Diego Hurtado de Mendoza
(1503–1575)
AL SILENCIO DE LAS QUEJAS
De los tormentos de amor,
Que hacen desesperar,
El que tengo por mayor
Es no poderse quejar
El hombre de su dolor. 5
Cualquier mal es duro y fuerte,
Y tiene su furor loco;
Mas el mío es de tal suerte,
Que consume poco á poco,
Hasta llegar á la muerte. 10
No hay mal que con publicallo
No se acabe, aunque sea fiero;
Mas yo, cuitado, que callo,
¿Cómo es posible pasallo,
Si de entrambas cosas muero? 15
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
¡Oh, tiempo para llorarse,
Donde se sufre y se espera,
Y áun para desesperarse,
Pues quieres que un triste muera
Sin el gusto de quejarse! 20
Y pues en todo recibo
Agravio con daño cierto,
Hagan bien á este cautivo,
Que está, de medroso, muerto;
De desesperado, vivo. 25
SONETO
Tiempo ví yo que amor puso un deseo
Honesto en un honesto corazón;
Tiempo ví yo, que ahora no lo veo,
Que era gloria, y no pena, mi pasión.
Tiempo ví yo que por una ocasión, 5
Dura angustia y congoja, y si venía,
Señora, en tu presencia la razón
Me faltaba y la lengua enmudecía.
Más que quisiera he visto, pues amor
Quiere que llore el bien y sufra el daño, 10
Mas por razón que no por accidente.
Crece mi mal, y crece en lo peor,
En arrepentimiento y desengaño,
Pena del bien pasado y mal presente.