Francisco de Rioja
(† 1658?)
SILVA: Á LA ROSA
Pura, encendida rosa,
Émula de la llama
Que sale con el día,
¿Cómo naces tan llena de alegría,
Si sabes que la edad que te da el cielo 5
Es apenas un breve y veloz vuelo?
Y no valdrán las puntas de tu rama
Ni tu púrpura hermosa
A detener un punto
La ejecución del hado presurosa. 10
El mismo cerco alado,
Que estoy viendo riente,
Ya temo amortiguado,
Presto despojo de la llama ardiente.
Para las hojas de tu crespo seno 15
Te dió Amor de sus alas blandas plumas,
Y oro de su cabello dió á tu frente.
¡Oh fiel imagen suya peregrina!
Bañóte en su color sangre divina
De la deidad que dieron las espumas; 20
Y esto, purpúrea flor, y esto ¿no pudo
Hacer menos violento el rayo agudo?
Róbate en una hora,
Róbate licencioso su ardimiento
El color y el aliento; 25
Tiendes aun no las alas abrasadas,
Y ya vuelan al suelo desmayadas,
Tan cerca, tan unida
Está al morir tu vida,
Que dudo si en sus lágrimas la aurora
Mustia tu nacimiento ó muerte llora.
Á LA POBREZA
Desde el infausto día
Que visité con lágrimas primeras 5
Me tienes ¡oh pobreza! compañía;
Aunque tan buena como dicen fueras,
Por ser tanto de mí comunicada,
Me vinieras á ser menos preciada.
Diré tus males, sin que mucho ahonde 10
En ellos; que es muy raro
Lo que por glorias tuyas contar puedes.
Tal vez el que en su casa un monte asconde
De Numidia y de Paro
En aras y paredes, 15
Cuando entre el blando lino se rodea,
Puesto de los cuidados en el fuego,
Sin conocerte alaba tu sosiego,
Y nunca, aunque lo alaba, lo desea.
Llegas á ser de alguno al fin loada; 20
Mas de ninguno apenas deseada.
Si eres tú de los males
El que nos trata con mayor crueza,
¿Cómo podrá ninguno codiciarte?
Después que nació el oro, 25
Y con él la grandeza,
Murió tu ser, murío tu igual decoro,
En otra edad divino;
Sí, por eso, pobreza, en toda parte
Con enfermo color andas contino. 30
Con preciosos metales
Siempre veo levantado
Lo que tienes tú sola derribado.
¿Qué ciudad populosa
Se sabe que por ti se haya fundado?
¿Qué fuerza inexpugnable y espantosa 5
Por ti se ha fabricado?
El suave color, la hermosura,
Sólo en tu ausencia con su lustre dura.
Píntame la belleza
Mayor que imaginares, 10
Compuesta de jazmines y de grana,
Si con vestido tuyo la adornares,
Su lustre pierde y gracia soberana,
Pues cuando el agro invierno,
Hijo tuyo sin duda, 15
Que como tú también, siempre desnudo,
Roba al bosque el verdor, y lo despoja,
Pobre por ti su frente,
Ni su sombra codicia ya la gente
Ni sus ramas las aves 20
Y si yo vanamente no discierno,
¿Cuándo armarse pudieron vastas naves
Donde se vió tu sombra?
¿Cuando ejércitos gruesos?
El número infinito de sucesos 25
Que por ti han avenido ¿á quién no asombra?
Hablen los nunca sepultados huesos
Que en las playas blanquean,
De tantos que por falta de sustento
Al mar rindieron el vital aliento. 30
¿Cuántos has escondido
En los anchos desiertos
Para que al mal seguro caminante
Asalten encubiertos
Ó ¿en cuántas partes se verá teñido
El campo con la sangre de los muertos?
No hay voz, aunque de hierro, que bastante
Sea á decir los males que acarrean
Duras necesidades. 5
Los que pobres habitan las ciudades,
¿Qué afrenta no padecen?
Los que por sus ingenios merecieron,
¡Oh pobreza! por ti lo desmerecen.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
¿Qué vale ¡oh pobres! levantaros tanto? 10
Mirad que es necio error, necia costumbre
Soltar á la soberbia así la rienda;
Que yo apenas, humilde y sin contienda,
Puedo contar en paz algunas horas
De las que paso en el silencio obscuro, 15
Olvidado en pobreza y no seguro.
Á LA RIQUEZA
¡Oh mal seguro bien, oh cuidadosa
Riqueza, y cómo á sombra de alegría
Y de sosiego engañas!
El que vela en tu alcance y se desvía 20
Del pobre estado y la quietud dichosa,
Ocio y seguridad pretende en vano,
Pues tras el luengo errar de agua y montañas,
Cuando el metal precioso coja á mano,
No ha de ver sin cuidado abrir el día. 25
No sin causa los dioses te escondieron
En las entrañas de la tierra dura;
Mas ¿qué halló difícil y encubierto
La sedienta codicia?
Turbó la paz segura
Con que en la antigua selva florecieron
El abeto y el pino,
Y trájolos al puerto,
Y por campos de mar les dió camino. 5
Abrióse el mar y abrióse
Altamente la tierra,
Y saliste del centro al aire claro,
Hija de la avaricia,
A hacer á los hombres cruda guerra. 10
Saliste tú, y perdióse
La piedad, que no habita en pecho avaro.
Tantos daños, riqueza,
Han venido contigo á los mortales,
Que aun cuando nos pagamos á la muerte, 15
No cesan nuestros males,
Pues el cadáver que acompaña el oro
Ó el costoso vestido,
Sólo por opulento es perseguido;
Y el último descanso y el reposo 20
Que tuviera en pobreza le es negado,
Siendo de su sepulcro conmovido.
¡A cuántos armó el oro de crueza,
Y á cuántos ha dejado
En el último trance ó dura suerte! 25
. . . . . . . . . .
Al menos animoso,
Para que te posea,
Das, riqueza, ardimiento licencioso.
Ninguno hay que se vea
Por ti tan abastado y poderoso, 30
Que carezca de miedo.
¿Qué cosa habrá de males tan cercada,
Pues ora pretendida, ora alcanzada,
Y aun estando en deseos,
Pena ocultan tus ciegos desvaneos?
Pero cánsome en vano, decir puedo;
Que si sombras de bien en ti se vieran,
Los inmortales dioses te tuvieran. 5