Francisco Martínez de la Rosa

(1787–1862)

EPÍSTOLA AL DUQUE DE FRÍAS (CON MOTIVO DE LA MUERTE DE LA DUQUESA)

¡Desde las tristes márgenes del Sena,

Cubierto el cielo de apiñadas nubes,

De nieve el suelo, y de tristeza el alma,

Salud te envía tu infeliz amigo,

A ti más infeliz! Y ni le arredra 5

El temor de tocar la cruda llaga,

Que aún brota sangre, y de mirar tus ojos

Bañarse en nuevas lágrimas. ¿Qué fuera

Si no llorara el hombre? Yo mil veces

He bendecido á Dios, que nos dió el llanto 10

Para aliviar el corazón, cual vemos

Calmar la lluvia al mar tempestuoso.

Llora, pues, llora; otros amigos fieles,

De más saber y de mayor ventura,

De la estoica virtud en tus oídos 15

Harán sonar la voz; yo que en el mundo

Del cáliz de amargura una vez y otra

Apuré hasta las heces, no hallé nunca

Más alivio al dolor que el dolor mismo;

Hasta que ya cansada, sin aliento, 20

Luchando el alma, y reluchando en vano,

Bajo el inmenso peso se rendía.

¿Lo creerás, caro amigo? Llega un tiempo

En que gastados del dolor los filos,

Ese afán, esa angustia, esa congoja, 25

Truécanse al fin en plácida tristeza;

Y en ella absorta, embebecida el alma,

Repliégase en sí misma silenciosa,

Y ni la dicha ni el placer envidia.

Tú dudas que así sea; y yo otras veces

Lo dudé como tú; juzgaba eterna

Mi profunda aflicción, y grave insulto 5

Anunciarme que un tiempo fin tendría...

Y le tuvo: de Dios á los mortales

Es esta otra merced; que así tan sólo,

Entre tantas desdichas y miserias,

Sufrir pudieran la cansada vida. 10

Espera, pues; da crédito á mis voces,

Y fíate de mí. ¿Quién en el mundo

Compró tan caro el triste privilegio

De hablar de la desdicha? En tantos años,

¿Viste un día siquiera, un solo día, 15

En que no me mirases vil juguete

De un destino fatal, cual débil rama

Que el huracán arranca, y por los aires

La remonta un instante, y contra el suelo

La arroja luego, y la revuelca impío? 20

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