Ángel de Saavedra, duque de Rivas
(1791–1865)
UN CASTELLANO LEAL
I
«Hola, hidalgos y escuderos
De mi alcurnia y mi blasón,
Mirad como bien nacidos
De mi sangre y casa en pro.
«Esas puertas se defiendan, 25
Que no ha de entrar, vive Dios,
Por ellas quien no estuviese
Más limpio que lo está el sol.
«No profane mi palacio
Un fementido traidor,
Que contra su rey combate 5
Y que á su patria vendió.
«Pues si él es de reyes primo,
Primo de reyes soy yo;
Y conde de Benavente,
Si él es duque de Borbón; 10
«Llevándole de ventaja,
Que nunca jamás manchó
La traición mi noble sangre,
Y haber nacido español.»
Así atronaba la calle 15
Una ya cascada voz,
Que de un palacio salía,
Cuya puerta se cerró;
Y á la que estaba á caballo
Sobre un negro pisador, 20
Siendo en su escudo las lises,
Más bien que timbre, baldón;
Y de pajes y escuderos
Llevando un tropel en pos,
Cubiertos de ricas galas, 25
El gran duque de Borbón;
El que lidiando en Pavía,
Más que valiente, feroz,
Gozóse en ver prisionero
A su natural señor, 30
Y que á Toledo ha venido,
Ufano de su traición,
Para recibir mercedes
Y ver al Emperador.
II
En una anchurosa cuadra
Del alcázar de Toledo,
Cuyas paredes adornan
Ricos tapices flamencos,
Al lado de una gran mesa 5
Que cubre de terciopelo
Napolitano tapete
Con borlones de oro y flecos;
Ante un sillón de respaldo,
Que entre bordado arabesco 10
Los timbres de España ostenta
Y el águila del imperio,
De pie estaba Carlos Quinto,
Que de España era Primero,
Con gallardo y noble talle, 15
Con noble y tranquilo aspecto.
. . . . . . . . . .
Con el condestable insigne,
Apaciguador del reino,
De los pasados disturbios
Acaso está discurriendo; 20
O del trato que dispone
Con el rey de Francia preso,
Ó de asuntos de Alemania,
Agitada por Lutero;
Cuando un tropel de caballos 25
Oye venir á lo lejos,
Y ante el alcázar pararse,
Quedando todo en silencio.
En la antecámara suena
Rumor impensado luego; 30
Álzase en fin la mampara
Y entra el de Borbón soberbio.
Con el semblante de azufre
Y con los ojos de fuego,
Bramando de ira y de rabia
Que enfrena mal el respeto,
Y con balbuciente lengua 5
Y con mal borrado ceño,
Acusa al de Benavente,
Un desagravio pidiendo.
Del español Condestable
Latió con orgullo el pecho, 10
Ufano de la entereza
De su esclarecido deudo.
Y aunque advertido procura
Disimular cual discreto,
Á su noble rostro asoman 15
La aprobación y el contento.
El Emperador un punto
Quedó indeciso y suspenso,
Sin saber qué responderle
Al Francés de enojo ciego. 20
Y aunque en su interior se goza
Con el proceder violento
Del conde de Benavente,
De altas esperanzas lleno
Por tener tales vasallos, 25
De noble lealtad modelos,
Y con los que el ancho mundo
Goza á sus glorias estrecho;
Mucho al de Borbón le debe,
Y es fuerza satisfacerlo, 30
Le ofrece para calmarlo
Un desagravio completo;
Y, llamando á un gentilhombre,
Con el semblante severo
Manda que el de Benavente
Venga á su presencia presto.
III
Sostenido por sus pajes
Desciende de la litera
El Conde de Benavente 5
Del alcázar á la puerta.
Era un viejo respetable,
Cuerpo enjuto, cara seca,
Con dos ojos como chispas,
Cargados de largas cejas; 10
Y con semblante muy noble,
Mas de gravedad tan seria,
Que veneración de lejos
Y miedo causa de cerca.
. . . . . . . . . .
Con paso tardo, aunque firme, 15
Sube por las escaleras,
Y al verle, las alabardas
Un golpe dan en la tierra:
Golpe de honor y de aviso
De que en el alcázar entra 20
Un grande, á quien se le debe
Todo honor y reverencia.
Al llegar á la antesala,
Los pajes que están en ella
Con respeto le saludan 25
Abriendo las anchas puertas.
Con grave paso entra el Conde,
Sin que otro aviso preceda,
Salones atravesando,
Hasta la cámara regia. 30
Pensativo está el Monarca
Discurriendo cómo pueda
Componer aquel disturbio
Sin hacer á nadie ofensa.
Mucho al Borbón le debe
Aún mucho más de él espera,
Y al de Benavente mucho 5
Considerar le interesa.
Dilación no admite el caso,
No hay quien dar consejo pueda,
Y Villalar y Pavía
A un tiempo se le recuerdan. 10
En el sillón asentado,
Y el codo sobre la mesa,
Al personaje recibe,
Que comedido se acerca.
Grave el Conde lo saluda 15
Con una rodilla en tierra,
Mas, como grande del reino,
Sin descubrir la cabeza.
El Emperador, benigno,
Que alce del suelo le ordena, 20
Y la plática difícil
Con sagacidad empieza.
Y entre sereno y afable
Al cabo le manifiesta,
Que es el que á Borbón aloje 25
Voluntad suya resuelta.
Con respeto muy profundo,
Pero con la voz entera,
Respóndele Benavente
Destocando la cabeza: 30
«Soy, señor, vuestro vasallo,
Vos sois mi rey en la tierra;
A vos ordenar os cumple
De mi vida y de mi hacienda.
«Vuestro soy, vuestra mi casa,
De mí disponed y de ella,
Pero no toquéis mi honra
Y respetad mi conciencia.
«Mi casa Borbón ocupe 5
Puesto que es voluntad vuestra,
Contamine sus paredes,
Sus blasones envilezca;
«Que á mí me sobra en Toledo,
Donde vivir, sin que tenga 10
Que rozarme con traidores
Cuyo solo aliento infesta.
«Y en cuanto él deje mi casa
Antes de tornar yo á ella,
Purificaré con fuego 15
Sus paredes y sus puertas.»
Dijo el Conde, la real mano
Besó, cubrió su cabeza,
Y retiróse bajando
A do estaba su litera. 20
Y á casa de un su pariente
mandó que lo condujeran,
Abandonando la suya
Con cuanto dentro se encierra.
Quedó absorto Carlos Quinto 25
De ver tan noble firmeza,
Estimando la de España
Más que la imperial diadema.
IV
Muy pocos días el Duque
Hizo mansión en Toledo, 30
Del noble Conde ocupando
Los honrados aposentos.
Y la noche en que el palacio
Dejó vacío, partiendo
Con su séquito y sus pajes
Orgulloso y satisfecho,
Turbó la apacible luna 5
Un vapor blanco y espeso,
Que de las altas techumbres
Se iba elevando y creciendo.
A poco rato tornóse
En humo confuso y denso, 10
Que en nubarrones oscuros
Ofuscaba el claro cielo;
Después en ardientes chispas,
Y en un resplandor horrendo
Que iluminaba las calles 15
Dando en el Tajo reflejos,
Y al fin su furor mostrando
En embravecido incendio
Que devoraba altas torres
Y derrumbaba altos techos. 20
Resonaron las campanas,
Conmovióse todo el pueblo,
De Benavente el palacio
Presa de las llamas viendo.
El Emperador, confuso, 25
Corre á procurar remedio,
En atajar tanto daño
Mostrando tenaz empeño.
En vano todo; tragóse
Tantas riquezas el fuego, 30
A la lealtad castellana
Levantando un monumento.
Aun hoy unos viejos muros
Del humo y las llamas negros,
Recuerdan la acción tan grande
En la famosa Toledo.
AL FARO DEL PUERTO DE MALTA
Envuelve al mundo extenso triste noche,
Ronco huracán y borrascosas nubes 5
Confunden y tinieblas impalpables
El cielo, el mar, la tierra;
Y tú invisible te alzas, en tu frente
Ostentando de fuego una corona,
Cual rey del caos, que refleja y arde 10
Con luz de paz y vida.
En vano ronco el mar alza sus montes,
Y revienta á tus pies, do rebramante,
Creciendo en blanca espuma, esconde y borra
El abrigo del puerto: 15
Tú con lengua de fuego aquí está dices,
Sin voz hablando al tímido piloto,
Que como á numen bienhechor te adora,
Y en ti los ojos clava.
Tiende apacible noche el manto rico, 20
Que céfiro amoroso desenrolla,
Con recamos de estrellas y luceros,
Por él rueda la luna;
Y entonces tú, de niebla vaporosa
Vestido, dejas ver en formas vagas 25
Tu cuerpo colosal, y tu diadema
Arde á par de los astros.
Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde
Rocas aleves, áridos escollos
Falso señuelo son, lejanas lumbres 30
Engañan á las naves;
Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca,
Tú, cuya inmoble posición indica
El trono de un monarca, eres su norte,
Les adviertes su engaño.
Así de la razón arde la antorcha, 5
En medio del furor de las pasiones,
Ó de aleves halagos de Fortuna,
A los ojos del alma.
Desque refugio de la airada suerte
En esta escasa tierra que presides, 10
Y grato albergue el cielo bondadoso
Me concedió propicio,
Ni una vez sola á mis pesares busco
Dulce olvido del sueño entre los brazos,
Sin saludarte, y sin tornar los ojos 15
A tu espléndida frente.
¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares
Al par los tornarán!... Tras larga ausencia
Unos, que vuelven á su patria amada,
A sus hijos y esposa: 20
Otros, prófugos, pobres, perseguidos,
Que asilo buscan, cual busqué, lejano,
Y á quienes, que lo hallaron, tu luz dice,
Hospitalaria estrella.
Arde, y sirve de norte á los bajeles, 25
Que de mi patria, aunque de tarde en tarde,
Me traen nuevas amargas, y renglones
Con lágrimas escritos.
Cuando la vez primera deslumbraste
Mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho, 30
Destrozado y hundido en amargura,
Palpitó venturoso!
Del Lacio moribundo las riberas
Huyendo inhospitables, contrastado
Del viento y mar, entre ásperos bajíos,
Ví tu lumbre divina:
Viéronla como yo los marineros,
Y olvidando los votos y plegarias
Que en las sordas tinieblas se perdían, 5
¡Malta! ¡Malta! gritaron;
Y fuiste á nuestros ojos la aureola
Que orna la frente de la santa imagen,
En quien busca afanoso peregrino
La salud y el consuelo. 10
Jamás te olvidaré, jamás... Tan sólo
Trocara tu esplendor, sin olvidarlo,
Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
La benéfica llama,
Por la llama y los fulgidos destellos, 15
Que lanza, reflejando al sol naciente,
El arcángel dorado, que corona
De Córdoba la torre.