Gustavo Adolfo Bécquer
(1836–1870)
RIMAS
II
Saeta que voladora
Cruza, arrojada al azar,
Sin adivinarse dónde
Temblando se clavará;
Hoja que del árbol seca 10
Arrebata el vendaval,
Sin que nadie acierte el surco
Donde á caer volverá;
Gigante ola que el viento
Riza y empuja en el mar, 15
Y rueda y pasa, y no sabe
Qué playa buscando va;
Luz que en cercos temblorosos
Brilla, próxima á expirar,
Ignorándose cual de ellos 20
El último brillará;
Eso soy yo, que al acaso
Cruzo el mundo, sin pensar
De dónde vengo, ni adónde
Mis pasos me llevarán. 25
VII
Del salón en el ángulo obscuro,
De su dueño tal vez olvidada,
Silenciosa y cubierta de polvo
Veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, 5
Como el pájaro duerme en las ramas,
Esperando la mano de nieve
Que sabe arrancarla!
¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio
Así duerme en el fondo del alma, 10
Una voz, como Lázaro, espera
Que le diga: «Levántate y anda!»
VIII
Cuando miro el azul horizonte
Perderse á lo lejos,
Al través de una gasa de polvo 15
Dorado é inquieto,
Me parece posible arrancarme
Del mísero suelo,
Y flotar con la niebla dorada
En átomos leves 20
Cual ella deshecho.
Cuando miro de noche en el fondo
Obscuro del cielo
Las estrellas temblar, como ardientes
Pupilas de fuego, 25
Me parece posible á do brillan
Subir en un vuelo,
Y anegarme en su luz, y con ellas
En lumbre encendido
Fundirme en un beso. 30
En el mar de la duda en que bogo
Ni aun sé lo que creo;
¡Sin embargo, estas ansias me dicen
Que yo llevo algo
Divino aquí dentro! 5
XXI
¿Qué es poesía? dices mientras clavas
En mi pupila tu pupila azul;
¿Qué es poesía? Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.
LVII
Este armazón de huesos y pellejo, 10
De pasear una cabeza loca
Cansado se halla al fin, y no lo extraño;
Pues, aunque es la verdad que no soy viejo,
De la parte de vida que me toca
En la vida del mundo, por mi daño 15
He hecho un uso tal, que juraría
Que he condensado un siglo en cada día.
Así, aunque ahora muriera,
No podría decir que no he vivido;
Que el sayo, al parecer nuevo por fuera, 20
Conozco que por dentro ha envejecido.
Ha envejecido, sí; ¡pese á mi estrella!
Harto lo dice ya mi afán doliente;
Que hay dolor que al pasar, su horrible huella
Graba en el corazón, si no en la frente. 25
LXXIII
Cerraron sus ojos
Que aun tenía abiertos;
Taparon su cara
Con un blanco lienzo;
Y unos sollozando, 30
Otros en silencio,
De la triste alcoba
Todos se salieron.
La luz, que en un vaso
Ardía en el suelo,
Al muro arrojaba
La sombra del lecho;
Y entre aquella sombra 5
Veíase á intervalos,
Dibujarse rígida
La forma del cuerpo.
Despertaba el día,
Y á su albor primero 10
Con sus mil ruidos
Despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
De vida y misterios,
De luz y tinieblas, 15
Medité un momento:
«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»
De la casa en hombros
Lleváronla al templo, 20
Y en una capilla
Dejaron el féretro.
Allí rodearon
Sus pálidos restos
De amarillas velas 25
Y de paños negros.
Al dar de las ánimas
El toque postrero,
Acabó una vieja
Sus últimos rezos; 30
Cruzó la ancha nave,
Las puertas gimieron,
Y el santo recinto
Quedóse desierto.
De un reloj se oía 35
Compasado el péndulo,
Y de algunos cirios
El chisporroteo.
Tan medroso y triste,
Tan obscuro y yerto 40
Todo se encontraba...
Que pensé un momento:
«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»
De la alta campana 45
La lengua de hierro,
Le dió, volteando,
Su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
Amigos y deudos 50
Cruzaron en fila,
Formando el cortejo.
Del último asilo,
Obscuro y estrecho,
Abrió la piqueta 55
El nicho á un extremo.
Allí la acostaron,
Tapiáronle luego,
Y con un saludo
Despidióse el duelo. 60
La piqueta al hombro,
El sepulturero
Cantando entre dientes
Se perdió á lo lejos.
La noche se entraba, 65
Reinaba el silencio;
Perdido en las sombras,
Medité un momento:
«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»
En las largas noches
Del helado invierno,
Cuando las maderas 5
Crujir hace el viento
Y azota los vidrios
El fuerte aguacero,
De la pobre niña
A solas me acuerdo. 10
Allí cae la lluvia
Con un son eterno;
Allí la combate
El soplo del cierzo.
Del húmedo muro 15
Tendida en el hueco,
Acaso de frío
Se hielan sus huesos!...
¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo? 20
¿Todo es vil materia
Podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
Que explicar no puedo
Que al par nos infunde 25
Repugnancia y duelo,
Al dejar tan tristes,
Tan solos los muertos!