José María Heredia.
(1803–1839)
AL HURACÁN
Huracán, huracán, venir te siento,
Y en tu soplo abrasado
Respiro entusiasmado
Del Señor de los aires el aliento. 25
En las alas del viento suspendido
Vedle rodar por el espacio inmenso,
Silencioso, tremendo, irresistible
En su curso veloz. La tierra en calma
Siniestra, misteriosa,
Contempla con pavor su faz terrible.
¿Al toro no miráis? El suelo escarban 5
De insoportable ardor sus pies heridos;
La frente poderosa levantando,
Y en la hinchada nariz fuego aspirando,
Llama la tempestad con sus bramidos.
¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblando 10
Vela en triste vapor su faz gloriosa,
Y su disco nublado sólo vierte
Luz fúnebre y sombría,
Que no es noche ni día.
¡Pavoroso color, velo de muerte! 15
Los pajarillos tiemblan y se esconden
Al acercarse el huracán bramando,
Y en los lejanos montes retumbando
Le oyen los bosques y á su voz responden.
Llega ya... ¿No le veis? ¡Cual desenvuelve 20
Su manto aterrador y majestuoso!
¡Gigante de los aires, te saludo!
En fiera confusión el viento agita
Las orlas de su parda vestidura.
¡Ved, en el horizonte 25
Los brazos rapidísimos enarca,
Y con ellos abarca
Cuanto alcanzo á mirar de monte á monte!
¡Oscuridad universal! ¡Su soplo
Levanta en torbellinos 30
El polvo de los campos agitado!
En las nubes retumba despeñado
El carro del Señor, y de sus ruedas
Brota el rayo veloz, se precipita,
Hiere y aterra el suelo,
Y su lívida luz inunda el cielo.
¡Qué rumor! ¡Es la lluvia! Desatada
Cae á torrentes, oscurece el mundo,
Y todo es confusión, horror profundo. 5
Cielo, nubes, colinas, caro bosque,
¿Dó estáis? Os busco en vano:
Desparecisteis... La tormenta umbría
En los aires revuelve un Oceano
Que todo lo sepulta. 10
Al fin, mundo fatal, nos separamos:
El huracán y yo solos estamos.
¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,
De tu solemne inspiración henchido,
Al mundo vil y miserable olvido, 15
Y alzo la frente de delicias lleno!
¿Dó está el alma cobarde
Que teme tu rugir? Yo en ti me elevo
Al trono del Señor: oigo en las nubes
El eco de su voz; siento á la tierra 20
Escucharte y temblar. Ferviente lloro
Desciende por mis pálidas mejillas,
Y su alta majestad trémulo adoro.
ODA Á NIÁGARA
Dadme mi lira, dádmela: que siento
En mi alma estremecida y agitada 25
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz!... Niágara undoso,
Sola tu faz sublime ya podría
Tornarme el don divino, que ensañada 30
Me robó del dolor la mano impía.
Torrente prodigioso, calma, acalla
Tu trueno aterrador: disipa un tanto,
Las tinieblas que en torno te circundan,
Y déjame mirar tu faz serena,
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena. 5
Yo digno soy de contemplarte; siempre
Lo común y mezquino desdeñando,
Ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo, 10
Palpitando gocé: ví al Oceano
Azotado del austro proceloso,
Combatir mi bajel, y ante mis plantas
Sus abismos abrir, y amé el peligro,
Y sus iras amé: mas su fiereza 15
En mi alma no dejara
La profunda impresión que tu grandeza.
Corres sereno y majestuoso, y luego
En ásperos peñascos quebrantado,
Te abalanzas violento, arrebatado, 20
Como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
De la sirte rugiente
La aterradora faz? El alma mía
En vagos pensamientos se confunde, 25
Al contemplar la férvida corriente,
Que en vano quiere la turbada vista
En su vuelo seguir al borde obscuro
Del precipicio altísimo: mil olas,
Cual pensamiento rapidas pasando, 30
Chocan, y se enfurecen,
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
Y entre espuma y fragor desaparecen.
Mas llegan... saltan... El abismo horrendo
Devora los torrentes despeñados;
Crúzanse en él mil iris, y asordados
Vuelven los bosques el fragor tremendo.
Al golpe violentísimo en las peñas
Rómpese el agua, y salta, y una nube 5
De revueltos vapores
Cubre el abismo en remolinos, sube,
Gira en torno, y al cielo
Cual pirámide inmensa se levanta,
Y por sobre los bosques que le cercan 10
Al solitario cazador espanta.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .