Marcelino Menéndez y Pelayo

(B. 1856)

EN ROMA

¡Y nada respetó la edad avara... 25

Ni regio pueblo, ni sagradas leyes!...

En paz yacieron extranjeras greyes

Do la voz del tribuno resonara.

No ya del triunfador por gloria rara

Siguen el carro domeñados reyes,

Ni de Clitumno los hermosos bueyes

En la pompa triunfal marchan al ara.

Como nubes, cual sombras, como naves, 5

Pasaron ley, ejércitos, grandeza...

Sólo una cruz se alzó sobre tal ruina.

Dime tú, ¡oh cruz! que sus destinos sabes:

¿Será de Roma la futura alteza

Humana gloria ó majestad divina? 10

ELEGÍA EN LA MUERTE DE UN AMIGO

¿Por qué dicen, señora,

Que es el dolor la tierra conquistada

Por el moderno reflexivo numen?

¿No hay lágrimas de ardiente poësía

Hasta en el polvo más menudo y leve 15

De los sagrados mármoles de Atenas?

Hoy mismo, ¿quién podría

Llenar las soledades de tu alma,

Con voz más empapada de consuelos,

Que la solemne voz medio cristiana, 20

Présaga del dolor de otras edades,

Con que Menandro repitió en la escena:

«Joven sucumbe el que los dioses aman»?

Le amaron... sucumbió... ¡Triste destino,

Nunca cual hoy profundo y lastimero! 25

No sé qué vaga nube,

De futura tormenta anunciadora,

Cubrió mi frente, al encontrar perdida,

De un escoliasta en las insulsas hojas,

Esa eterna razón de lo que muere 30

Antes de tiempo y sin razón cortado.

¿Te acuerdas? Otro día

La vimos centellar con luz siniestra

En el campo purísimo y sombrío

Del amador toscano de la nada,

Que en versos no entendidos 5

Del vulgo vil, y á espíritus gentiles,

Como el tuyo, señora, reservados,

La secreta hermandad te descubría

Del amor y la muerte.

. . . . . . . . . .

. . . . . . . . . .

Y quizá soñarías 10

Aplausos, y victorias, y loores,

Y el tronco de su estirpe,

Por él con nuevas y pujantes ramas

De perenne verdor engalanado...

¡Alégrate, señora, 15

Que aun fué mejor su venturosa suerte!

Intacto lleva á Dios su pensamiento;

No deja tras de sí recuerdo impuro,

Y ni la envidia misma

Puede clavar en él la torpe lengua. 20

Blanco de ciega saña

Nunca se vió, ni de traición aleve,

Ni, rota el ara del amor primero,

Halló trivial lo que juzgó divino...

Acá le llorarán; allá en el cielo 25

Árbol será firmísimo y lozano

Lo que era germen en la ingrata tierra.

Yo le envidio más bien. ¡Qué hermosa muerte!

¡Qué serena agonía,

Cual sintiendo posarse 30

Los labios del arcángel en sus labios!

¡Morir, no en celda estrecha aprisionado,

Sino á la luz del sol del Mediodía,

Y sobre el mar, que ronco festejaba

El vuelo triunfador del alma regia

Subiendo libre al inmortal seguro! 5

¡Morir entre los besos de su madre,

En paz con Dios y en paz con los humanos,

Mientras tronaba desde rota nube

La bendición de Dios sobre los mares!