Gaspar Núñez de Arce

(B. 1834)

¡EXCELSIOR!

¿Por qué los corazones miserables,

Por qué las almas viles, 10

En los fieros combates de la vida

Ni luchan ni resisten?

El espíritu humano es más constante

Cuanto más se levanta:

Diós puso el fango en la llanura, y puso 15

La roca en la montaña.

La blanca nieve que en los hondos valles

Derrítese ligera,

En las altivas cumbres permanece

Inmutable y eterna. 20

Á ESPAÑA

Roto el respeto, la obediencia rota,

De Dios y de la ley perdido el freno,

Vas marchando entre lágrimas y cieno,

Y aire de tempestad tu rostro azota.

Ni causa oculta, ni razón ignota 5

Busques al mal que te devora el seno;

Tu iniquidad, como sutil veneno,

Las fuerzas de tus músculos agota.

No esperes en revuelta sacudida

Alcanzar el remedio por tu mano 10

¡Oh sociedad rebelde y corrompida!

Perseguirás la libertad en vano,

Que cuando un pueblo la virtud olvida,

Lleva en sus propios vicios su tirano.

MISERERE

Es de noche: el monasterio 15

Que alzó Felipe Segundo

Para admiración del mundo

Y ostentación de su imperio,

Yace envuelto en el misterio

Y en las tinieblas sumido. 20

De nuestro poder, ya hundido,

Último resto glorioso,

Parece que está el coloso

Al pie del monte, rendido.

El viento del Guadarrama 25

Deja sus antros obscuros,

Y estrellándose en los muros

Del templo, se agita y brama.

Fugaz y rojiza llama

Surca el ancho firmamento, 30

Y á veces, como un lamento,

Resuena el lúgubre son

Con que llama á la oración

La campana del convento.

La iglesia, triste y sombría, 5

En honda calma reposa,

Tan helada y silenciosa

Como una tumba vacía.

Colgada lámpara envía

Su incierta luz á lo lejos, 10

Y á sus trémulos reflejos

Llegan, huyen, se levantan

Esas mil sombras que espantan

A los niños y á los viejos.

De pronto, claro y distinto, 15

La regia cripta conmueve

Ruido extraño, que aunque leve,

Llena el mortuorio recinto.

Es que el César Carlos Quinto,

Con mano firme y segura 20

Entreabre su sepultura,

Y haciendo una horrible mueca,

Su faz carcomida y seca

Asoma por la hendidura.

Golpea su descarnada 25

Frente con tenaz empeño,

Como quien sale de un sueño

Sin acordarse de nada.

Recorre con su mirada

Aquel lugar solitario, 30

Alza el mármol funerario,

Y arrebatado y resuelto

Salta del sepulcro, envuelto

En su andrajoso sudario.

«¡Hola!» grita en son de guerra

Con aquella voz concisa,

Que oyó en el siglo, sumisa

Y amedrentada la tierra.

«¡Volcad la losa que os cierra! 5

Vástagos de imperial rama,

Varones que honráis la fama,

Antiguas y excelsas glorias,

De vuestras urnas mortuorias

Salid, que el César os llama.» 10

Contestando á estos conjuros,

Un clamor confuso y hondo

Parece brotar del fondo,

De aquellos mármoles duros.

Surgen vapores impuros 15

De los sepulcros ya abiertos:

La serie de reyes muertos

Después á salir empieza,

Y es de notar la tristeza,

El gesto despavorido 20

De los que han envilecido

La corona en su cabeza.

Grave, solemne, pausado,

Se alza Felipe Segundo,

En su lucha con el mundo 25

Vencido, mas no domado.

Su hijo se despierta al lado,

Y destrás del rey devoto,

Aquel que humillado y roto

Vió desmoronarse á España, 30

Cual granítica montaña

A impulsos del terremoto.

Luego el monarca enfermizo,

De infausta y negra memoria,

En cuya Edad nuestra gloria,

Como nieve se dishizo.

Bajo el poder de su hechizo

Se estremece todavía.

¡Ay, qué terrible armonía, 5

Qué obscuro enlace se nota

Entre aquel mísero idiota

Y su exhausta monarquía!

Con terrífica sorpresa

Y en silencioso concierto, 10

Todos los reyes que han muerto

Van saliendo de su huesa.

La ya apagada pavesa

Cobra los vitales bríos,

Y se aglomeran sombríos 15

Aquellos yertos despojos,

Aquellas cuencas sin ojos,

Aquellos cráneos vacíos.

De los monarcas en pos,

Respondiendo al llamamiento, 20

Cual si llegara el momento

Del santo juicio de Dios,

Acuden de dos en dos

Por claustros y corredores,

Príncipes, grandes señores, 25

Prelados, frailes, guerreros,

Favoritos, consejeros,

Teólogos é inquisidores.

. . . . . . . . . .

Por mandato soberano

De Carlos, que el cetro ostenta, 30

Llega al órgano y se sienta

Un viejo esqueleto humano.

La seca y huesosa mano

En el gran teclado imprime,

Y la música sublime,

Que á inmensos raudales brota,

Parece que en cada nota 5

Reza y llora, canta y gime.

Uniendo al acorde santo

Su voz, los muertos despojos

Caen ante el ara de hinojos

Y á Dios elevan su canto. 10

Honda expresión del quebranto,

Aquel eco de la tumba

Crece, se dilata, zumba,

Y al paso que va creciendo,

Resuena con el estruendo 15

De un mundo que se derrumba:

«Fuimos las ondas de un río

Caudaloso y desbordado.

Hoy la fuente se ha secado,

Hoy el cauce está vacío. 20

Ya ¡oh Dios! nuestro poderío

Se extingue, se apaga y muere.

¡Miserere!

«¡Maldito, maldito sea

Aquel portentoso invento 25

Que dió vida al pensamiento

Y alas de luz á la idea!

El verbo animado ondea

Y como el rayo nos hiere.

¡Miserere! 30

«¡Maldito el hilo fecundo

Que á los pueblos eslabona,

Y busca, y cuenta, y pregona

Las pulsaciones del mundo!

Ya en el silencio profundo

Ninguna injusticia muere.

¡Miserere!

«Ya no vive cada raza

En solitario destierro, 5

Ya con vínculo de hierro

La humana especie se enlaza.

Ya el aislamiento rechaza:

Ya la libertad prefiere.

¡Miserere! 10

«Rígido y brutal azote

Con desacordado empuje

Sobre las espaldas cruje

Del rey y del sacerdote.

Ya nada existe que embote 15

El golpe ¡oh Dios! que nos hiere.

¡Miserere!

«Mas ¡ay! que en su audacia loca,

También el orgullo humano

Pone en los cielos su mano 20

Y á ti, Señor, te provoca.

Mientras blasfeme su boca

Ni paz ni ventura espere.

¡Miserere!

«No en la tormenta enemiga: 25

No en el insondable abismo:

El mundo lleva en sí mismo

El rayo que le castiga.

Sin compasión ni fatiga

Hoy nos mata; pero muere. 30

¡Miserere!

«Grande y caudaloso río,

Que corres precipitado,

Ve que el nuestro se ha secado

Y tiene el cauce vacío.

¡No prevalezca el impío,

Ni la iniquidad prospere!

¡Miserere!»

Súbito, con sordo ruido 5

Cruje el Órgano y estalla,

La luz se amortigua y calla

El concurso dolorido.

Al disiparse el sonido

Del grave y solemne canto 10

Llega á su colmo el espanto

De las mudas calaveras,

Y de sus órbitas hueras

Desciende abundoso llanto.

A medida que decrece 15

La luz misteriosa y vaga,

Todo murmullo se apaga

Y el cuadro se desvanece.

Con el alba que aparece

La procesión se evapora, 20

Y mientras la blanca aurora

Esparce su lumbre escasa,

A lo lejos silba y pasa

La rauda locomotora.