DON IGNACIO GUTIÉRREZ PONCE
DOLORA
El ángel de mi cielo, mi María,
Que á la primera vuelta de las flores
Tres años cumplirá, medrosa un día
Buscó refugio en mis abiertos brazos,
Y cuando entre caricias y entre abrazos,
Que prodigué, con paternal empeño,
Hubo al fin disipado sus temores,
Trocando así en sonrisas sus clamores,
Cerró los ojos en tranquilo sueño.
En silencio quedó la estancia mía;
Y sintiéndome ansioso
De no turbar el infantil reposo
De mi bien, en mi pecho reclinado,
Inmóviles mis miembros mantenía,
Y mi amoroso corazón latía
Al ritmo de su aliento sosegado.
Sobre su faz serena,
Regadas como límpido rocío
En el cáliz de pálida azucena,
Brillaban gotas del reciente lloro,
Y las guedejas de oro
Del undoso cabello
Caían arropando su albo cuello.
Así nos sorprendió mi tierna esposa.
Que á la par temerosa
De interrumpir mi sueño de ventura,
Con paso leve recorrió el estrado
Y sin sentirla yo, vino á mi lado.
Aquella dulce calma
Que reinaba entre mí y en torno mío,
Llenóme al fin de arrobamiento el alma.
Y se quedó mi mente
Enajenada en éxtasis creciente.
Absorto siempre en ella,
Con íntimo lenguaje la decía:
«Eres botón de flor embalsamado
Con aromas del cielo todavía.»
Y al verla así, tan bella,
Con plácido embeleso
Á su rosada frente
Fuíme inclinando para darla un beso;
Pero escuché, de súbito, á mi lado,
Algo como un sollozo;
Y mirando con ojos sorprendidos,
Hallé los de mi esposa humedecidos
Por inefable gozo...
«No la despiertes,» díjome sencilla,
Y me acercó su cándida mejilla.