SAN-JOAQUIN.

Esta mision fué fundada por los Jesuitas al este del rio Blanco y á una distancia muy apartada del sitio que actualmente ocupa, en una época posterior á 1700. En marzo de 1796, so pretesto de que los indios Baures, que componian su poblacion bajo el régimen de los administradores, se veian continuamente perseguidos y robados por los salvages, fué trasferida al lugar donde se encuentra, es decir, sobre una ligera plataforma rodeada de bañados y situada en la ribera izquierda, á un cuarto de legua del Machupo. Los edificios provisorios del pueblo, al que se sube por una calzada, son de construccion sencilla y de un solo piso. Por lo demás, nada tiene de notable esta mision; cuya industria no se diferencia de la de las otras misiones. El punto que ocupa San-Joaquin está cubierto de mineral en pepitas de hierro hidratado. Los campos cultivados por cuenta del gobierno, y que se encuentran á una legua del pueblo, en el interior de un bosque, abrazan un grande espacio de terreno, donde crecen plantas llenas de vigor: el plátano, la caña-dulce, el cacao, la mandioca y el maiz son de exelente produccion. Como media legua distante de la mision hay una hermosa laguna que nunca está seca. Se encuentra tambien á la parte nordeste, despues de haber cruzado un pantano de una legua de ancho, un terreno seco, muy notable por la gran cantidad de pepitas de hierro hidratado que cubren el suelo, y de las que se podria sacar un pingüe provecho para el establecimiento de herrerías catalanas ó de altas fraguas, hallándose poblados de bosque todos sus contornos. Es muy estraño que los Jesuitas, tan sumamente industriosos, no hayan beneficiado estas riquezas mineralógicas que habrian duplicado sus recursos, y dado una grande impulsion al adelanto de aquellas comarcas. Estas capas horizontales y á descubierto, se estudien como dos leguas, siempre circundadas por bosques, como si la naturaleza hubiese colocado de propósito, al lado de las minas, los medios de practicar su laboreo.

La vegetacion de las inmediaciones de San Joaquin es maravillosa. Se ven en los bosques árboles gigantescos y de un follage el mas variado: distínguense allí entre los motacúes y otras plantas conocidas, unas hermosas palmas, llamadas de rosario[1], por servir sus cocos para hacer cuentas de rosarios. Esta palmera, cuyo tronco liso y derecho está coronado de grandes hojas graciosamente arqueadas, es sin disputa una de las mas elegantes. El suelo se ve cubierto por todas partes de magníficos helechos, en tanto que los gajos de los árboles sostienen los tallos crecidos de una especia de Palma christi, cuyo fruto es diez veces mayor que el de la especie ordinaria. Nótanse ademas en las orillas de los bosques otras dos especies de palmas; la una muy elevada y que sostiene sus hojas en una sola línea repartida á los dos lados del tronco, formando un abanico de verde hermosísimo[2] y la otra, espinosa[3] y de hojas semejantes, aunque mas pequeñas, á las de la palma real de Chiquitos. Algo mas cerca de la mision, se cria un fruto silvestre de la forma de una pera, que solo se come cuando está negro de maduro: su sabor es semejante al del níspero, y sus pepitas tienen mucha analogía con las de la pera.

[Nota 1: La Euterpe precatoria]

[Nota 2: La Oenocarpea tarampabo.];

[Nota 3: La Mauritia armata.]

La poblacion de San-Joaquin se componia en 1823 de setecientos sesenta y seis indios baures; pero los estragos causados en 1832 por las viruelas y el sarapion, la redujeron al número de seiscientas noventa almas. El pueblo consta de cinco parcialidades, conocidas bajo los nombres de Paschiono, Caparebocono, Tacarano, Abeabano y Tocono.

El ganado vacuno de la propiedad del Estado ascendia, en 1830, á tres mil ochocientas ocho cabezas, y el caballar á trescientas treinta y cinco. En el citado año el producto de la mision fué de seiscientos setenta pesos.

Caminos de San-Joaquin á Exaltacion.

Para ir de San-Joaquin á San-Pedro, se sigue (como se dijo al hablar de esta mision) el curso del rio Machupo, pasando por San-Ramon. Para ir en tiempo de lluvias á Exaltacion, que está á veintisiete leguas en línea recta hácia el oeste, es menester atravesar en canoa una llanura cruzada en todas direcciones por varios arroyuelos que se encaminan, los unos al rio Machupo, los otros al Mamoré. En tiempos secos se lleva el mismo camino transitando á caballo las magníficas llanadas; mas para la conduccion de mercancias no hay otro vehículo que el de los rios, y el camino se prolonga entónces hasta ciento veinte leguas. Se bajan primeramente treinta por el rio Machupo, hasta su confluencia con el Iténes ó Guaporé; en seguida cuarenta por este hasta su confluencia con el Mamoré, el cual es menester subir, siguiendo sus largos rodeos por el espacio de cincuenta leguas, hasta llegar á Exaltacion. Para hacer conocer mejor estos vehículos de transporte, que son al mismo tiempo los raudales mas hermosos de la provincia, voy á describirlos detalladamente.

Saliendo de San-Joaquin se navega durante dos dias por el Machupo, descendiendo hácia el nornordeste. Las orillas de este rio están guarnecidas de bosques muy tupidos, que revelan el vigor de una vegetacion activa. El aspecto salvage, pero variado, de estas soledades, no carece de cierta grandeza. A un lado, el tinte verdinegro de las selvas, las sinuosidades multiplicadas del rio, las tropas de monos, los numerosos bufeos que viajan á par de las canoas, y al otro la muchedumbre de pájaros ribereños y terrestres, animan el paisage haciéndolo mas interesante. El rio, cuya anchura es de cien varas, recibe los tributos de un sin número de arroyuelos que ayudan al desagüe de las llanuras inundadas. A las doce del segundo dia se pasa por un sitio en donde ámbas riberas se ven cultivadas y cubiertas de plantíos pertenecientes á los indios de San-Ramon y de San-Joaquin. Los ribazos del rio Machupo son bastante altos sobre un largo espacio de su curso, circunstancia que debe favorecer al cultivo de sus orillas, siendo de estrañar por lo tanto que no se haya pensado en situar las misiones á ménos distancia. A poco mas de las dos de la tarde se presenta la confluencia del rio Itonama, bajo cuyo nombre continua corriendo el Machupo hasta reunirse con Guaporé ó Iténes. Entónces se descubre hácia el norte, por encima de los árboles, la prolongacion occidental de la Sierra del Diamantino. Desde este punto empiezan á mostrarse millares de bufeos jugando sobre las ondas, y en el tránsito de algunas leguas, se ven tres hermosas especies de palmas, que no se encuentran en ninguna otra parte[1]. A eso de las cinco se desemboca en el rio Iténes, en cuya confluencia habria sido muy conveniente establecer una poblacion, vista la mucha elevacion de la ribera izquierda del Itonama; pero indudablemente no han dado lugar á ello las interminables discusiones entre Españoles y Portugueses, sobre los límites de sus posesiones respectivas; y queda ya referido que, deseosos estos últimos de conservar el monopolio de la navegacion de esos rios, espulsaron á los Jesuitas que trataban de establecerse sobre sus orillas[2].

[Nota 1: Maximiliana regia. Martius. Bactris socialis, Martius.]

[Nota 2: Corografía brasilica.]

El rio Iténes tiene como un cuarto de legua de ancho en este punto, y sus magestuosas aguas corren con bastante rapidez por entre islas de un aspecto el mas pintoresco. Sobre una de sus orillas, pobladas de arbolados, hay un puesto brasilero: para dirigirse á él, es menester luchar contra la corriente de los rios Iténes é Itonama; que chocándose con fuerza forman una barrera movible, de un aspecto imponente. El puesto se halla ocupado par un sargento y cuatro soldados, que tienen órden de no dejar pasar embarcacion alguna sin el previo consentimiento del comandante del fuerte de Beira, que está situado dos leguas mas abajo. Es pues indispensable escribir de antemano á este mandatario en solicitud de un permiso para pasar por delante del fuerte. Aunque la ribera izquierda pertenece en toda propiedad á la República de Bolivia, los Brasileros se consideran dueños absolutos de todo el curso del rio. Los soldados que guardan el puesto, apénas están vestidos, y viven en la mayor miseria: un puñado de farinha de pao es la racion diaria que se les da para su manutencion, y cada ocho dias reciben algunos cartuchos de pólvora con que cazan los antas y otros animales selváticos cuya carne les sirve tambien de alimento.

Fuerte del Príncipe de Beira.

Cuando se ha conseguido el indicado permiso, se desciende el Guaporé ó Iténes, admirando lo pintoresco de sus márgenes, y las montañas que dominan su ribera izquierda. A dos leguas, poco mas ó ménos, se presenta el fuerte del Príncipe de Beira sobre el cual tremola el pabellon brasilero. Este fuerte, de forma cuadrada y rodeado de fosos, tiene ademas un baluarte en cada flanco. La piedra arenisca carbonífera, de que se componen las montañas adyacentes, es el material empleado en su construccion, la que ha sido muy bien ejecutada por un ingeniero europeo. Su guarnicion se reduce actualmente á treinta hombres. Era este fuerte en su fundacion, un presidio para los asesinos; mas hoy en dia está destinado á servir de destierro á los condenados políticos, que viven privados de todo género de recursos en este lugar apartado, donde gozan sin embargo, de alguna soltura.

El pueblecillo de Santa-Rosa, dependiente del fuerte, y que primitivamente distaba media legua hácia el oeste, se halla colocado al presente háacia el norte y á ménos distancia, componiéndose de una sola hilera de casas, cuyos habitantes, que son todos negros y mulatos, ascienden al número de cuatrocientos. Ocúpase esta poblacion en traficar con los gariteas, que suben desde el Pará, por el rio de Madeiras y en seguida por el Guaporé, hasta Mato-Groso. Estas grandes barcas, toldadas y de fondo plano, son del porte de una chalupa de veinticinco á treinta toneladas; y aunque en proporcion á la profundidad del rio pudieran tener mas capacidad, el sin número de saltos del rio de Madeiras (que toda vez que se presentan obligan á los navegantes á retirar del agua sus embarcaciones para llevarlas por tierra con la ayuda de unos troncos redondos, colocados á guisa de ruedas) hace que se minore su tamaño. Por lo demás esta es la única dificultad que ofrece la navegacion de este rio, el cual tiene por todas partes la hondura suficiente para servir de vehículo á los barcos de vapor de la mayor dimension.

Partiendo del Pará suben las gariteas á la vela ó á remo hasta la embocadura del rio de Madeiras, luego á remo solamente hasta tropezar con las primeras cachuelas, que es menester salvar del modo que dejo dicho; operacion que se renueva mas de veinte veces, y en la que se pierde mucho tiempo[1]. Habiendo salvado la última cachuela se rema con grandísimo trabajo hasta la confluencia de los rios Iténes y Mamoré, y desde este punto, hasta el fuerte de Beira, donde se toman víveres para subir en seguida hasta Mato-Groso. Siendo indispensable emplear un año entero en la ida y vuelta de estas espediciones, se prefiere llevar directamente por tierra del Rio Janeiro ó de Santos las mercadurías de valor; y aunque la distancia que se transita en mulas es de ochocientas leguas, la economía de tiempo no deja de ser considerable; de manera que las gariteas, estando reservadas solamente para el transporte de los efectos de mucho volúmen ó peso, no hacen sino tres ó cuatro espediciones por año del Pará á Mato-Groso.

[Nota 1: Los traficantes, que hacen muy á menudo esta navegacion, siembran algunos de los campos por donde atraviesan llevando sus embarcaciones; así es que á su regreso encuentran abundante provision en los frutos que recogen.]

Los alrededores del fuerte del Príncipe de Beira se hallan poblados de bosques espaciosos, donde sobresalen las palmeras: las colinas inmediatas, colocadas en forma de anfiteatro, se levantan gradualmente hácia el nordeste, viniendo á quedar su punto culminante bastante retirado. El suelo, enteramente compuesto de despojos de piedra arenisca, es infecundo, y únicamente algunos retazos contiguos á la orilla del rio Iténes se prestan á la agricultura y producen muy buenos frutos.

Al dejar el fuerte de Beira, el rio Iténes ó Guaporé[1] tiene cerca de media legua de ancho; sus aguas claras, pero de viso negruzco, corren con lentitud por entre bosques magníficos y de un aspecto mas bien salvage que pintoresco. La naturaleza en este parage es demasiado grande y magestuosa para que puedan comprenderse sus detalles. Entre tanto, muy rara vez llega á perturbar algun viagero esta hermosa soledad, que no ostenta mas adornos que la rica vegetacion de sus sombrías florestas, pues hasta los pájaros solo cruzan por acaso y sin jamas detenerse. Sin embargo, la uniformidad del paisage se ve de vez en cuando interrumpida por algunas islas guarnecidas de árboles, y por las montañas azuladas de la ribera derecha, que resaltan á lo léjos sobre el fondo verdinegro de los frondosos bosques.

[Nota 1: El nombre de Iténes, que le dieron los Españoles, ha sido tomado de los indios salvages que habitan sus riberas en el espacio comprendido entre el fuerte de Beira y la confluencia con el Mamoré. Guaporé es el nombre que le han dado los Brasileros.]

Despues de haber andado una larga jornada, bogando con toda la rapidez de la corriente, se hace alto al anochecer, ó sobre la orilla derecha donde hay una selva muy tupida cuyo terreno debe ser exelente para el cultivo, ó sobre la izquierda que está poblada de magníficos bosques. Los Brasileros del fuerte suelen verse atacados muy á menudo en estos parages por los indios itenes que habitan las dos riberas, y que aprovechan todas las ocasiones de procurarse, por la violencia, las armas y el hierro que les son de absoluta necesidad desde el tiempo de su contacto con los Españoles y Portugueses. Estos salvages, de un carácter independiente y altanero, han conservado su entera libertad, prefiriendo verse diezmados todos los dias desde mas de un siglo, ántes que someterse al celo religioso de los Jesuitas ó al yugo de los Españoles. Hoy en dia son aun lo que eran en tiempo del descubrimiento, y deben la conservacion de su independencia á la estrecha union que parece reinar entre ellos.

Esta nacion ocupa todo al ángulo formado por la confluencia de los rios Iténes y Mamoré. Las tribus que la componen viven diseminadas en el seno de unos desiertos circundados por inmensos pantanos y por selvas impenetrables. Estos indígenas, cuyas costumbres son en extremos singulares, solo hacen caso de la mediana civilizacion que los rodea, para deslizarse astuta y ocultamente con sus canoas en los pequeños tributarios del Mamoré y del Iténes, donde asechan á los indios de las misiones ó á los soldados brasileros del fuerte de Beira, atacándolos al descuido, muchas veces al favor de las sombras de la noche, sin otro intento que el de procurarse algunas herramientas.

En la segunda jornada, aparece el rio tan ancho y hermoso como la víspera, pero mucho mas tortuoso y casi enteramente desembarazado de islotes: se ve entre tanto guarnecida su ribera izquierda de palmeras motacúes, al paso que sobre la derecha se presenta entre multitud de árboles muy variados, una nueva especie de palmas, conocida bajo el nombre indígena de chuco, y notabilísima por sus hojas, cuya figura es igual á la de un sol, pues se componen de infinidad de hojuelas que á manera de rayos parten de un punto céntrico al cual están sugetas[1].

[Nota 1: Este vegetal es el Thrinax chuco.]

Al arribar al ángulo formado por la reunion del Iténes con el Mamoré, un espectáculo el mas imponente se presenta á la vista, la que abrazando de un solo golpe el magestuoso giro de ámbas corrientes puede fácilmente compararlas y admirar el maravilloso contraste[1].

[Nota 1: Véase la Introduccion, pág. xix.]

El rio Iténes, que, como ya se dijo, recibe todas las aguas de la provincia de Mato Groso y del norte y norueste de Chiquitos, y cuyos tributarios, bajando de colinas poco elevadas, corren mansamente por una superficie inmensa de llanuras, donde tienen sólidos ribazos, conserva sus ondas casi siempre puras y jamas acarrea despojos vegetales; al paso que el Mamoré, no solamente se mantiene turbio y fangoso todo el año, sino que arrastra borbollando troncos, hojas, raices, y á veces árboles enteros; pues, á mas de tener sus fuentes sobre las altas cerranías de las provincias de Cochabamba, de Mizqué y de Valle Grande, ó sobre la vertiente norte de las últimas faldas de la cordillera, todos sus tributarios se forman de torrentes impetuosos y cruzan la llanura con tal rápidez que arrancan al pasar los ribazos de uno de sus bordes. Resulta de esta disposicion tan diferente, que el Iténes presenta por todas partes sobre sus riberas un terreno muy conveniente para fundar aldeas estables y florecientes, miéntras que las orillas del Mamoré no dan lugar á establecimiento seguro de ninguna clase, ni aun se prestan siquiera para la agricultura: razon por la que todas las misiones del Mamoré ocupan tan solo las riberas de algunos tributarios laterales.

Las aguas del rio Iténes despues de estar reunidas con las del Mamoré, corren por un largo espacio sin mezclarse y conservando todavía su viso particular.

Del punto de reunion de estos dos grandes rios hay que hacer una navegacion de seis jornadas en canoa para llegar á la confluencia del rio Beni, el cual bajando del oeste viene á incorporarse por la izquierda con el Mamoré, que lleva adelante su magestuoso curso bajo el nombre de rio de Madeiras[1].

[Nota 1: Véase lo que digo de este rio, al hablar de las grandes vias de comunicacion fáciles de entablarse entre la provincia y la Europa por el vehículo del Amazonas.]

Las orillas del Mamoré se encuentran ya desnudas en este parage de selvas antiguas, y por todas partes ofrecen terrenos de aluvion, en donde se cria la planta que los Españoles han llamado chuchio[1], así como el lambaiva, cuyas hojas blanquizcas y recortadas en forma de dedos resaltan sobre el verde tierno de los sauces, ó sobre el verde amoratado de los lisos. Entre las muchas especies de palmas ya conocidas, que cubren los terrenos mas encumbrados, se distingue una nueva, peculiar á este distrito, donde se cria en abundancia, particularmente sobre los ribazos. Este vegetal, al que los Brasileros dan el nombre de vinte pes (veinte piés) es uno de las mas elegantes de la familia de las palmeras; sus raices, que sirven de sosten al tronco, bajan desde la altura de tres varas, separándose unas de otras á proporcion que se aproximan al suelo: esta es la circunstancia que le ha hecho dar el nombre bajo el cual es conocida en el pais. Del remate de su tronco liso y empinado, que generalmente llega á la altura de quince á veinte varas, parten hácia todos lados sus grandes hojas graciosamente recortadas, formando un elegante penacho: sírvense los indios de sus frutos para hacer cuentas de rosarios[2].

[Nota 1: De esta especie, perteneciente á la familia de las cañas, hacen sus flechas todos los indios cazadores.]

[Nota 2: Esta palma es la denominada Iriartea Orbigniana, Martius.]

En esta primera jornada por el Mamoré, se avistan varios campamentos de indios salvages, y á cada paso se notan en las barrancas los angostos senderos por los que bajan al rio, particularmente sobre la ribera derecha, cuyos terrenos son mas elevados.

Viene entre tanto á reunirse al Mamoré, por la izquierda, el rio Iruyani, frecuentemente surcado por los Cayuvavas de Exaltacion, que suben aveces hácia el oeste, hasta muy cerca de la mision de Reyes. Un poco mas arriba, se encuentra tambien la embocadura del Matucaré, sobre cuyas orillas habitan algunas tribus itenes, que han formado en aquel punto una especie de aldea donde se cultivan hermosos plantíos de maiz, de mandioca y de plátanos: estos belicosos indios hacen frecuentes incursiones, por el tiempo de la seca, en el distrito de la mision de Exaltacion con el objeto de procurarse armas y herramientas.

Cuando las lluvias que caen en las fuentes del Mamoré son algun tanto copiosas, se acrecen considerablemente sus ondas, arrastrando consigo mayor cantidad de árboles que de ordinario; por lo que se ven algunos espacios, particularmente en medio del rio, de tal manera cubiertos de despojos vegetales que parecen grandes islas flotantes. Para tener que luchar ménos contra la corriente, se costea siempre la orrilla que le es opuesta; mas las multiplicadas sinuosidades que forma el rio, obligan á los navegantes á cruzar muy á menudo de un lado al otro, lo que no deja de ser sumamente peligroso, pues al mas leve choque contra esos troncos flotantes pueden sumergirse las endebles canoas: empero el tino y la destreza con que los pilotos y remeros ejecutan sus maniobras en los momentos difíciles, triunfan de lodos los obstáculos.

En este tránsito se descubren siempre bosques enmarañados, en los cuales hay un árbol corpulento, que suele tener basta trece y quince varas de circunferencia. Los Españoles le han dado el nombre de higueron[1], por ser una especie de higuera gigantesca; pero en la provincia de Santa-Cruz es conocido mas bien bajo el de bibosi. Emplean los indios la corteza de este árbol para hacerse camisas; y de sus raices chatas, las que se encuentran divididas en láminas verticales, se sacan tablas naturalmente recortadas que sirven para hacer los cajones en que se espiden las mercancias de la propiedad del Estado. Todos estos bosques, poblados de una diversidad prodigiosa de plantas casi desconocidas, abrigan tambien en su seno tigres y otros animales feroces.

[Nota 1: Véase la lám. 8.]

Las orillas del Mamoré presentan á cada paso paisages pintorescos, y á los que la variedad de vegetacion da un aspecto el mas risueño. Los lugares bajos se ven siempre revestidos de sensitivas de flor rosada, miéntras que en los parages algo mas secos abunda una planta, cuyos tallos tienen la forma de un abanico, y están coronados de penachos blanquizcos, que ondeando uniformemente al capricho del viento contrastan con las mimosas en flor, con el lambaiva de azucarados racimos, ó con las enredaderas que cuelgan por todas partes de los gajos entrelazados con las palmeras. Todo maravilla al viagero que transita por en medio de esas encantadoras orillas, donde reposa plácidamente sus ojos sobre una vegetacion tan lujosa, ó se detiene á contemplar con interes esas colonias de martin-pescadores, los que saliendo de sus casillas ocultas en los agujeros de las barrancas arenosas, siguen de léjos el rumbo de las canoas.

En la tercera jornada se tiene que arrostrar una de las mayores dificultades que presenta el Mamoré para su navegacion; pues hay un punto en el que estrechándose mucho su corriente, viene á ser mas impetuosa, y forma unos remolinos en embudo, demasiado rápidos para que las canoas puedan salvarlos sin aventurarse demasiado: es tal la violencia con que azota el agua al pasar por encima de ellas, que la débil embarcacion vacila y se bambolea como si hubiese chocado contra una roca. A un corto tiro de este punto se encuentra el primer campo sembrado de Exaltacion, distante dos jornadas todavía del sitio donde está la aldea: los plantíos de este campo, que vigilan cuatros indios cuya casucha se ve allí cerca, se componen de plátanos y de cacahuales.

En esta parte de las riberas del Mamoré se observa cierta variedad en la vegetacion: de tiempo en tiempo se ven sobresalir entre sus bosques la palma cuchis y las cañas tacuaras, que se presentan algunas veces totalmente aisladas: entre tanto, nada hay allí de tan singular como la sucesion de plantas sobre los terremonteros del rio. Los terrenos que se van levantando hasta quedar fuera de las aguas, se cubren, en el espacio de un año, de lisos que se anticipan siempre á los otros vegetales; pero bien pronto desaparecen sofocados por los sauces, que crecen con mas vigor. A los cuatro años, los sauces, despues de haber protegido el crecimiento de los lambaivas y de las higueras bibosis, desaparecen á su vez, dejando á estos enteramente dueños del campo. Los demás árboles, y particularmente las palmeras, no se manifiestan sino al cabo de muchos años, y cuando el terreno ya bastante elevado, solo llega á inundarse en las crecientes accidentales.

Para abreviar el camino, que seria interminable si no se economizasen de algun modo los grandes recodos del rio, y á fin tambien de tener ménos corriente, se atraviesa por unos bañados que se presentan sobre la ribera derecha. En uno de estos bañados, ó grandes lagos, se cria la planta acuática mas hermosa de América: sus hojas circulares, de dos varas de diámetro, rectamente levantadas en sus bordes, verdes en la parte de arriba y rojas en la de abajo, se estienden graciosamente sobre las aguas á la manera de las hojas del nenúfar de los bañados de Europa, ofreciendo á la vista, con sus magníficas flores de un pié de ancho, ya rosadas, ya blancas, un conjunto maravilloso digno de la vegetacion grandiosa de aquellas regiones[1]. El padre Lacueva, y tambien uno de los intérpretes que me acompañaban en mi espedicion á Moxos, me han asegurado que el naturalista Hainck, al ver esta planta por la primera vez, trasportado de admiracion, se habia puesto de rodillas para dar gracias á la Providencia por una creacion tan prodigiosa[2]; y efectivamente, nada hay comparable á la alta idea que nos da esta planta de la fuerza productiva de la vegetacion.

[Nota 1: Esta planta es la misma que han llamado los Ingleses, en 1836, Victoria regina, la cual fué recogida en la Guayana inglesa por el viajero Chonburk. La especie que encontré en Corrientes en el año de 1827, era conocida en Francia en el de 1829: así pues, soy yo el primero que la haya enviado á Europa.]

[Nota 2: Véase la lám. 9.]

Entre tanto, no deja de ser bastante incómodo el tránsito por los bañados, á causa de los enjambres de hormigas de que ya hemos hablado; así es que se sale de ellos con placer para proseguir la marcha por el rio; en el cual tambien hay que evitar otro peligro que amenaza á las pequeñas embarcaciones. Resulta este del desmoronamiento repentino de las barrancas arenosas, que alterando el rumbo natural de las aguas, promueven fuertes oleadas de proyeccion. En el punto donde se hace alto al anochecer, es menester, ante todo, derribar con el mayor cuidado posible estas frágiles y empinadas barrancas, hasta dejarlas gradualmente en declive, para evitar de este modo que lleguen durante la noche á desmoronarse de golpe, y echen á fondo las canoas. Esta navegacion, á mas de los peligros que hemos señalado, tiene no pocas molestias; la abundancia de mosquitos es una de las principales, sobre todo por las noches, en que no puede el viagero abrir la boca sin tragarse algunas docenas.

Al tocar en la última jornada, los terrenos, siempre removidos por la corriente, van siendo cada vez mas bajos: muy á menudo las avenidas arrastran consigo las plantaciones, y en diversas ocasiones los indios cayuvavas, viendo devastados sus campos de cultivo, han tenido que alimentarse durante un año entero con el tronco de la palma total, que es en los tiempos de penuria, el maná de aquellas comarcas. El puerto de Exaltacion aparece finalmente, al cabo de siete ó ocho dias de navegacion desde la salida del fuerte del Príncipe de Beira.