II

Yo la siento gemir, y sus gemidos
Resonante, recóndita cascada
En mi cerebro entumecido se hunden,
Y allí, en mitad de las tinieblas, cantan,
Con el santo fervor de los que piensan
Ablandar a su dios con sus plegarias,
Con el grave compás de los que lloran
Y al son de los sollozos se acompañan,
¡Con el hondo plañir de los que yacen
Más allá de la luz y la esperanza!
Yo la siento gemir, y sus gemidos,
Saetas del pesar, me despedazan,
Reproches del deber me paralizan,
¡Pregones de vergüenza, me anonadan!
Yo la siento gemir, y sus gemidos
Sobre mi frágil corazón, estallan
Como todos los vientos de la tierra
Soplando, sin cesar, sobre una rama.
Como toda la fuerza de los orbes
Gravitando, a la vez, sobre una espalda;
Como todo el dolor del universo
Que en una sola vida se agolpara;
Como toda la sombra de los siglos
En una sola mente refugiada.