XXV.
"Todavía padezco al recordar el peso que cayó sobre mi alma cuando ví desaparecer las encantadas playas de mi patria."
"Me fueron indiferentes las tormentas, las calmas y la magnífica hermosura del mar; yo llevaba una borrasca perpetua en mi corazón."
"Las imágenes queridas del hogar lejano á quienes da forma sensible la magia del amor y los recuerdos, me acariciaban y oprimían al mismo tiempo."
"En los dulcísimos rayos de la luna, en los celajes de la aurora y en el cristal de las aguas contemplaba el semblante de mi madre."
"Los suspiros del viento y el arrullo de las olas me repetían sin cesar el último gemido de María en su silenciosa despedida."
Al oir el Padre José hablar de patria y de familia, se puso la mano en la frente, cerró los ojos cual si quisiera evocar algún recuerdo é interrumpiendo á D. Carlos, exclamó:
—¡Es verdad; existe un poder invisible que nos sujeta con vínculos de flores al lugar donde nacimos!...... Las memorias más gratas y á la vez más dolorosas son las de la patria perdida. Cualquier país que no sea el nuestro nos parece la tierra del castigo y del destierro. Por más que vivamos con tranquilidad y mucho amemos á la patria adoptiva, queda en lo interior del alma un hondo vacío que no se puede llenar. Yo por mi parte, después de cuarenta años y ciego que estuviera, podría llevar á Ud. á la distante aldea y al humilde hogar de mi familia, le mostraría el árbol que me dió su sombra, la floresta donde pasé los días de la inocencia y aquel obscuro rincón en que mi madre me enseñó á rezar.
Después de una pausa ligera concluyó diciendo con tranquila satisfacción:—No obstante, D. Carlos, en todas partes hallamos á Dios y su providencia.
La campana dió el toque de la oración y ambos se dirigieron al convento.
Repentinamente llovió de una manera estrepitosa.
Un fuerte viento sacudía los árboles y maltrataba las flores.
Ocultas entre las ramas piaban tristemente algunas aves, cuyos nidos habían caído deshechos por la tempestad.