V.
Pero si son asombrosos—por lo audaces y lo inverosímiles—los esfuerzos de los reaccionarios y esclavistas para convencer al partido radical de que sus compromisos están por la reforma ultramarina y su interés no corre pareja con el de la libertad en América (lo cual no obsta para que por admirable coincidencia los periódicos que aquí más defienden el statu quo ultramarino, y cuya vida se refiere más ó menos á la vida del esclavismo americano sean precisamente los que en el órden de la política peninsular más enérgica oposicion hacen al partido que domina)[27]; pero ni causa maravilla el empeño de estas gentes en convertir lo blanco en negro y lo negro en blanco, fiando lo que no es decible en la bondad, por ellos tan reida, del antiguo progresismo; ni es menos digno de particular mencion el trabajo que ponen en violentar la realidad de los hechos y sorprender la opinion pública para que en la Península se crea que todo lo que ocurre en Puerto-Rico es una razon bastante para que el hombre político más atrevido aparte la mano del majestuoso edificio del statu quo colonial.
No es el fenómeno nuevo. Hace poco más de año y medio los pacíficos habitantes de la coronada villa fueron sorprendidos, bien de mañana, por el descompuesto vocerío y la escandalosa movilidad de una turba de muchachos que gritaban: «¡¡¡La revolucion de Puerto-Rico, La revolucion de Puerto-Rico!!!» y repartian un papel en que se leia:
"El gobierno debe saber que nuestro ejército ha sido atacado en la capital de Puerto-Rico al grito de ¡Muera España! de cuyas resultas hay que lamentar cuarenta y cinco víctimas; y no contentos con esto los que quieren difundir la alarma (!!!) y borrar á esta Antilla del mapa nacional, al dia siguiente reproducen con mayor fuerza y mayor cinismo sus gritos separatistas, sus actos de rebelion y sus ataques al ejército que al grito de ¡viva España! atacó á los insurrectos, reproduciéndose otras víctimas en número de ochenta y dos. El gobierno debe saber que un invicto español, oficial de voluntarios, al caer mortalmente herido, supo gritar ¡viva España! y se vió contestado por quien debia secundar este grito con un ¡Eso no, la ley! que pudo ocasionar sabe Dios si la desolacion y la muerte de los que en nombre de nuestro pabellon representan el órden y la autoridad."
"El gobierno debe saber que fuera de la capital, en Rio Piedras y otros puntos han sido desarmados por los rebeldes algunos guardias civiles; el gobierno debe saber que se han dado licencias para que puedan armarse los habitantes de la isla, y con ello están entregadas armas para que los enemigos de la integridad del territorio logren, sin presumirlo, el poder separar de España esa isla y ayudar en Cuba á los rebeldes, que con este auxilio tienen ya un nuevo punto de apoyo y el gobierno español una lucha doble con el filibusterismo en armas. ¿Sabe el gobierno que han circulado, sin que la autoridad se aperciba, ó si se apercibió sin poner correctivo, terminadas las elecciones, por todo el litoral personas aptas sin duda y en condiciones personales para poder hablar contra España y á favor de derechos á la nacionalidad funestos? ¿Sabe el gobierno si la rebelion ha sido capitaneada por algun cabo ido ad hoc de la Península? Si sabe todo esto y lo ha tolerado y parece dispuesto al statu quo hasta Octubre, por razones que su alta política personal comprenda, el gobierno está juzgado."[28]
La señal estaba dada. Desde aquel momento todos los periódicos que en Madrid tenian el cargo de servir los intereses de los reaccionarios ultramarinos comenzaron á reproducir y comentar las horribles nuevas de la hoja volante, que, en efecto, consiguió que las gentes se alarmasen y brotase el deseo universal de conocer lo que habia pasado en Puerto-Rico.
La Epoca, la conservadora y autoritaria Epoca, habia dicho pocos dias antes bajo la firma de su corresponsal de la pequeña Antilla:
"Los leales son menos que los laborantes y aunque estén dispuestos á todo no pueden contar con el apoyo de la autoridad (el general Baldrich) que con sus actos protege á los separatistas y tiene la insensatez de decir que allí no hay más insurrectos que los españoles y que fusilando á dos docenas él conseguiria que la isla quedase completamente tranquila. Tanta obcecacion, tanta infamia parece mentira que quepa en el pecho de un general español."[29]
Pero El Debate no se habia quedado en zaga. Su corresponsal le escribia desde San Juan de Puerto-Rico:
"La Internacional se halla entre nosotros. Numerosos agentes han invadido la isla y empezado á predicar el reparto de bienes, el odio á España, á la monarquía y á la religion. Dícese que los filibusteros é internacionalistas han hecho un pacto de auxilios mútuos... Los propietarios están haciendo inmensos esfuerzos para liquidar en parte sus bienes ya que por las circunstancias no puedan otra cosa y marcharse á Europa. El valor de la propiedad ha bajado extraordinariamente. Haciendas que producen 15.000 duros anuales he oido que se ofrecen por 100.000 á plazo."[30]
Así preparado el terreno—y cuenta que los reaccionarios y esclavistas no dejan de la mano el propósito que tienen,—la hoja volante de mediados de Agosto debia producir efecto. La Epoca, El Tiempo, El Debate... todos los periódicos del statu quo repitieron el grito de alarma. «Nuestras predicciones se han cumplido—decia El Debate del dia 16—la sangre ha corrido en abundancia por las calles de Puerto-Rico.» Y aquí de las protestas, de las amenazas, de los recuerdos terribles. ¡Oh! aquello era para imponer al mismo Convidado de piedra. Así que La Correspondencia primero y luego la prensa ministerial comenzaron tímidamente á poner reparos y pedir tregua para inquirir la verdad de los hechos. Pero entonces gritaba con más furia El Debate:
"El ejército español ha sido víctima de traidoras celadas de los traidores y alevosos que pueblan la isla: el ejército español se ha visto, como los voluntarios y muchos leales españoles, atropellado, insultado y maltratado en la pequeña Antilla. La prensa ministerial no lo niega. Los hechos están, pues, reconocidos."
Verdaderamente la cosa era séria. La cuestion de Cuba palidecia ante este conflicto. Corríamos un peligro colosal. Quizá habia llegado el momento de exclamar: caveant consules.
Pero corrieron los dias... Y se supo que todo habia sido la derrota pacífica y ordenada de los conservadores en las urnas electorales. A lo sumo, un pequeño motin ocurrido en la capital de la isla (esto es, donde los conservadores tienen toda su fuerza y el gobierno todos sus soldados y sus medios de accion) dos ó tres semanas despues de las elecciones; y que el voluntario que se suponia herido mortalmente habia recibido solo un palo y que no habian ocurrido bajas de ninguna especie y que el grave ataque dado al ejército español y á los voluntarios habia consistido en unas cuantas pedradas tiradas no se sabe por quién (el gobierno sí lo sabe porque tiene el parte detallado del general Baldrich) á un batallon de hombres armados hasta los dientes.
La falsedad de las noticias quedó, por lo tanto, absolutamente demostrada. Pero esto no obstó para que los enemigos de las reformas consiguieran dos cosas: la primera, dejar en el espíritu de la multitud, que no se ocupa de los asuntos políticos sino bajo la fé de los rumores y las conversaciones públicas, la impresion de que en Puerto-Rico habian sobrevenido disgustos y complicaciones á consecuencia de las reformas (porque al derecho electoral y á la libertad de imprenta se atribuyeron los sucesos de Julio de 1871) y bajo la administracion radical. La segunda, que se minase la autoridad del general Baldrich hasta el punto de conseguir su relevo de la capitanía general de Puerto-Rico.
Debian ya conocer los reaccionarios que el camino que emprendian era de seguro efecto. Medio año antes lo habian andado, tomando por objetivo al Sr. D. Cárlos de La Torre, capitan general de Filipinas. Disgustábales lo que no es decible la administracion de esta autoridad de la Revolucion. De repente La Epoca y El Debate, La Esperanza y El Pensamiento Español principian á hablar de perturbaciones y conflictos revolucionarios en Filipinas. No habia llegado el correo: no existia entonces telégrafo: nadie podia saber por dónde ni cómo se habia recibido la noticia. Pero los rumores crecian: los comentarios iban en aumento: el general La Torre era atacado: pedíase al general Prim la separacion de éste, aunque los que lo solicitaban no se atrevian á acceder á los deseos del conde de Reus pidiendo la separacion por escrito y bajo su firma... Pero llega la Mala. No habia sucedido nada.—Esto no obstante, mes y medio ó dos meses despues estaba relevado el capitan general don Cárlos María de La Torre.
Pues bien, ahora no se ha hecho más que seguir igual conducta. Han comenzado las noticias de efecto y han seguido los sueltos y los artículos de sensacion: pero desde el principio al fin no se ha abandonado un instante el camino de las falsedades.
¡Oh! habia ocurrido en Puerto-Rico una cosa grave, muy grave; de nuevo habian sido derrotados en las elecciones los conservadores. Derrota efectiva, por más de que estos se hubieran decidido por el retraimiento, en vista de la inutilidad de sus esfuerzos, aunque bajo el especioso pretesto de que el Gobierno habia intentado y realizado coacciones de todo género.
Hablar de coacciones ellos, que habian hecho unas elecciones bajo la direccion del general Gomez Pulido en Abril de 1872, faltando á todas las leyes y todos los principios, como demostró hasta la saciedad el Sr. Labra en su discurso contra el acta de San Juan de Puerto-Rico[31]; ellos que habian tenido que alquilar casas (como en Mayagüez) para encerrar á los radicales que prendian la víspera ó el mismo dia de las elecciones; ellos que de un golpe habian arrebatado el derecho de sufragio á la cuarta parte de los electores de un distrito (Sabana Grande) so pretesto de insolvencia como segundos contribuyentes, no estando apremiados; ellos, que habian prohibido la publicacion de manifiestos y detenido y preso á sus firmantes (como en San German y Arecibo); ellos que contra el precepto de la ley habian dado curso á espedientes gravísimos de escepcion de contribuciones; ellos, que detuvieron á las puertas de la pequeña Antilla el manifiesto del partido radical de la Península, bajo el pretesto de ser falso en algunos de sus asertos y atentatorio al principio de autoridad; ellos, que obligaron á la prensa liberal á no tratar de asuntos políticos durante el período de las elecciones; ellos, que habian llenado las listas de candidatos con nombres de personas, respetables sin duda, pero absolutamente desconocidas del país y que casi en su totalidad jamás se habian ocupado un solo momento de cuestiones coloniales ni de los asuntos ultramarinos; ellos, que habian separado de los corregimientos y las alcaldías á los hombres de posicion que gratuitamente los desempeñaban, para poner á su frente verdaderos corregidores, con sueldo, émulos de los famosos Desvravadores y Antonets de Ecija y Sevilla; ellos, en fin, que se habian fabricado un censo ad hoc, no aceptando rectificacion alguna del censo de 1871, pero incluyendo á todos los soldados y marinos que habian de votar á gusto de sus jefes...!! ¡Oh! atrevimiento era hablar de las elecciones del mes de Agosto de 1872, en que no hubo un preso, ni un disgusto, ni se negó á nadie el derecho de sufragio, ni se puso limitacion á la prensa, ni se reprendió siquiera por la autoridad á los empleados activos del Gobierno que (como los directores del Boletin y del Don Cándido), no daban tregua en sus periódicos á los ataques á la situacion y á la conducta de la primera autoridad, ó (como los funcionarios de Mayagüez) se unian á los conservadores, sus patronos, para abstenerse en la eleccion, y con esta abstencion realizar un acto político; ó en fin (como los jefes y oficiales de la guarnicion de la capital) resueltamente votaban á un candidato de oposicion, al general D. José Laureano Sanz. ¡Atrevimiento se necesitaba! pero no es atrevimiento lo que falta á los se-dicentes conservadores de Ultramar.[32]
Mas como queda dicho, era grave, gravísimo lo que habia ocurrido en Puerto-Rico. ¡Habian triunfado los radicales! Aquí vendrian estos; la Península los oiria; creeria con justicia que eran los legítimos representantes de la pequeña Antilla; por lo menos lo creeria el partido radical. Y esos diputados hablarian; espondrian sus quejas; esplanarian sus deseos; afirmarian sus derechos. ¡Y horror!!!—se prepararia el advenimiento de las reformas.
Era preciso destruir estas perspectivas. Hacer callar á los diputados,—llamándose estos Sanromá, Blanco, Padial, Labra, Maitin, Cintron, Alvarez Peralta, Moret, Borrell, Soria, Alvarez Osorio, Mosquera....—¡imposible de toda imposibilidad! Y consentir, en el ínterin que al otro lado de los mares continuase echando raices el partido radical por medio de aquella diputacion provincial que con mil cuestiones de competencia habia anulado el general Gomez Pulido, pero que ahora creceria al amparo de la autoridad imparcial, digna y justa del nuevo gobernador superior de la isla D. Simon de La Torre.... ¡ah! esto era más imposible todavía.