VI.
No es del momento hacer la historia del partido conservador de Puerto-Rico. Ocasion oportuna llegará. Pero sí es del caso (aun cuando se haga precisa una digresion) advertir que ese partido no existia antes de la revolucion de 1868 y que de 1869 acá ha sufrido tantos cambios y ha adoptado tantos nombres que apenas si merece ser considerado con seriedad. En otros países, en Cuba por ejemplo, ya la cosa es muy otra. Allí lo mismo en 1820, que en 1840, que en 1854, que en 1868, existió un partido conservador, más ó menos simpático, pero al fin digno de este nombre, con fuerza y autoridad, y que repetidas veces dió señales de vida. Mas en Puerto-Rico nada de esto sucedia. Con aplauso de todo el país, Power, el ilustre diputado doceañista, habia conseguido en 1811 que se suprimieran las facultades omnímodas de los capitanes generales. En 1820 se habia promulgado la Constitucion del 12 en Puerto-Rico, é instaládose y funcionado los ayuntamientos sin oposicion de nadie. En 1836, mientras en Cuba se perseguia á los que proclamaban el código político de Cádiz, era este jurado por autoridades y particulares en la pequeña Antilla. En 1866, cuando el Gobierno de la Metrópoli abrió la célebre Junta de informacion en Madrid, los ayuntamientos (llamémoslos así) comisionaron á cuatro personas, de las que tres principiaron por pedir la abolicion de la esclavitud, con indemnizacion ó sin ella, con organizacion ó sin organizacion del trabajo, y la cuarta solo se atrevió á discutir la oportunidad de la protesta abolicionista. No existia, pues, en Puerto-Rico un grupo de verdaderos conservadores, ni hombre alguno caracterizado por su posicion ó su inteligencia, á cuya direccion pudieran someterse los elementos tradicionalistas del país.
Habia, eso si—y es natural—un número, pequeño despues de todo, de gentes que vivian á la sombra de los monopolios de nuestro régimen colonial, algunos poseedores de cincuenta y hasta cien esclavos, y, en fin, un grupo de no gran valía, de interesados en el statu quo; pero grupo poco importante así por el mérito de las personas cuanto por la monta de los intereses.
El país era verdaderamente por tradicion, por sentimiento y hasta por su situacion geográfica, liberal, siquiera no hubiese dado forma precisa y acabada á sus aspiraciones.[33]
La revolucion de Setiembre de 1868 fué saludada con verdadero júbilo en Puerto-Rico, sin que obstase á ello un pequeño motin, que luego los conservadores han convertido en insurreccion de Lares[34], dirigido por tres ó cuatro extranjeros, sofocado instantáneamente por las milicias del país (no habia entonces voluntarios), al que el entonces capitan general de la isla (el digno general Pavía, hombre del partido moderado) calificó de mera calaverada, y que, atendido que brotó á poco de la revolucion de Setiembre, en buena lógica debe suponerse tramado en los tiempos de la prevision y del rigor borbónicos.
La voz del Gobierno Provisional, luego de votado en las Constituyentes el art. 108 de la Constitucion actual, llamó al Congreso á los representantes de la pequeña Antilla (sin duda para los efectos del art. 108 referido) y entonces comenzaron á ponerse en relacion todas las personas que por pagar 500 rs. de contribucion al Estado ó ser individuos de corporaciones científicas, empleados, jefes y oficiales del ejército, doctores y licenciados y profesores de instruccion pública eran electores, con arreglo al decreto del Sr. Lopez de Ayala, fecha 14 de Diciembre de 1868.
La isla se dividió en tres circunscripciones y en el momento de la lucha electoral surgió una division entre los electores; division que no entrañaba resistencia alguna á las reformas políticas, económicas y sociales que eran de esperar, supuesto el voto de las Constituyentes, sino que se referia al grado y alcance da las reformas; y en particular la relativa á la esclavitud. Y buena prueba de ello es la alocucion que en son de despedida dirigieron al país casi todos los diputados electos. En ella se leen estos significativos párrafos:
"Vuestros diputados van á la madre patria, no en busca de medros personales, sino á defender vuestros intereses y derechos, que son los suyos y pedirán para esta Antilla cuanto se necesite para su regeneracion política, social y económica, sin comprometer vuestra tranquilidad y vuestra cara nacionalidad..."
"Esperad, pues, y oponed un corazon fuerte á toda seduccion; aconsejad al que se estravie y manteneos unidos por los más estrechos lazos de la fraternidad, que una vez rotos tarde vuelven á reanudarse y solo dejan en pos de sí amargas lágrimas que dificilmente se enjugan. Habitantes de Puerto-Rico, esperad y pronto os convencereis de que la España regenerada no concluye en las playas de Cádiz; esperad y vuestros diputados probarán que saben cumplir como buenos."[35]
Poco antes se habia publicado en Ponce (ciudad importante de Puerto-Rico y cabeza de la tercera circunscripcion electoral) una exposicion al gobierno de la Península entre cuyos párrafos habia algunos como los siguientes:
"La revolucion de España, juntamente con otros acontecimientos que se han venido sucediendo bajo distintas formas, han señalado aquella, á las Antillas como la medida única y suprema de todos sus sufrimientos, de toda su paciencia, de toda su lealtad. O entrar de lleno á ser partícipes de las libertades de la madre patria ó rotas sus ligaduras, no se les podria vituperar si en tan inesperado caso procedieran por si mismas á atender á sus destinos."[36]
Y esto lo firmaban D. Sebastian Plaja, D. Francisco Marich, D. Antonio Arbizu, D. Luis Becerra, etc., etc., etc.
Las reformas, la asimilacion, el cumplimiento del artículo 108 de la Constitucion de 1869 era hasta aquí la aspiracion unánime de los que á poco se habian de separar por razon no de la cantidad y del grado, sino de la esencia misma de las reformas. Pronto, empero, la division brota, ya presentes los diputados puerto-riqueños en Madrid; y brota decidiéndose los Sres. Plaja, Puig, marqués de la Esperanza, y Machicote por el aplazamiento de las reformas políticas hasta que vinieran los diputados de Cuba (esto es, aceptando el criterio del Sr. Romero Robledo) y mostrándose, los mismos, decididos partidarios de la conservacion de la esclavitud, como lo demostraron el Sr. Puig (¡¡¡hoy obispo de Puerto-Rico!!!) en la junta creada por el Sr. Becerra en Octubre de 1869 para proponer al gobierno las bases para la reforma del órden político y social de la pequeña Antilla; el Sr. Plaja, en plena Cámara Constituyente, abogando entre lacrimoso y asustado y en medio de la indignacion del Congreso por la conservacion del castigo de azotes; y los señores Esperanza y Machicote, siempre silenciosos y siempre elocuentes, ayudando en la medida de sus fuerzas, las enmiendas esclavistas del señor Plaja al proyecto de ley preparatoria de 1870.
Sobre esta base se organizó en Puerto-Rico el partido conservador, obteniendo, gracias á la existencia de los ministerios de conciliacion de 1870 y 71, influjo y poder en la Capitanía general de Puerto-Rico y medios en el ministerio de Ultramar (sobre todo en tiempo del Sr. Ayala, es decir, durante el primer ministerio del rey Amadeo) para prodigar favores á sus adeptos. Por aquel entonces parecia resignado no solo con la ley preparatoria de abolicion, sí que tambien con las leyes municipales y provincial votadas para Puerto-Rico y la reforma de la ley electoral que rebajó el censo á ocho pesos y dió capacidad á todo el que supiese leer y escribir.
Pero llegan las elecciones de diputados provinciales y de diputados á Córtes de 1871.
Entonces levanta bandera, usa el nombre de conservador y declarando que representa una política de atraccion, proclama la necesidad de reformas administrativas y económicas y el principio de «la asimilacion, mediante profundas modificaciones de la Constitucion española de 1869.» ¿Cuáles eran estas modificaciones? ¿Comprendíase en esa asimilacion la cuestion social? ¿Hasta qué punto se aceptaban las conquistas hechas—las leyes de 4 de Junio sobre ayuntamientos y diputaciones provinciales, la representacion en las Córtes españolas, la ley electoral del Sr. Ayala con la modificacion del artículo adicional ó de la ley de 3 de Enero de 1871 (que rebajó el censo á ocho pesos y dió capacidad á todo el que supiera leer y escribir) y en fin, el decreto de libertad de imprenta dado por el general Baldrich el 30 de Agosto de 1870, y en cuya virtud solo quedaba vedado tratar de la esclavitud y de la integridad nacional, cometiéndose á los tribunales el conocimiento de los delitos de imprenta?
Nada de esto decia el manifiesto conservador de 23 de Marzo de 1871, venido al mundo despues de otro fechado el 11 del mismo mes y repartido secretamente á los probables devotos de la nueva Iglesia, pero que por su carácter agresivo y malsonante fué muy luego declarado apócrifo á pesar de su perfecta verosimilitud.
Pero lo que el papel callaba, lo decian bien á las claras las gestiones y los manejos de los se-dicentes conservadores, en el Ministerio de Ultramar de la Metrópoli y los artículos y los sueltos de sus periódicos—en particular, El Español, que por aquel entonces vino á la luz para ser luego eclipsado por El Debate.
Las aspiraciones de los conservadores puerto-riqueños eran en realidad, no dar un paso ni en lo relativo al artículo 108 de la Constitucion ni al 21 de la ley preparatoria del Sr. Moret: conseguir que no se plantease la ley municipal: alzar el censo y escatimar el derecho de sufragio; anular la diputacion provincial y sobre todo tener un capitan general suyo, investido por de contado de las ámplias facultades de los vireyes y capitanes generales, de leyes de Indias, con las que el decreto de libertad de imprenta de Baldrich era ilusion y podrian impedir la renovacion de los tres ayuntamientos de Puerto-Rico, Ponce y Mayagüez (únicos en una isla de 600 habitantes) que quizá les quitase la influencia que venian ejerciendo en ellos por el modo con que fueron constituidos en 1869. Y consiguieron casi todo esto: todo menos lo del censo.
El general Pulido, nombrado por el partido radical para sustituir al general Baldrich se hizo conservador á la caida del ministerio Zorrilla... y anuló la diputacion provincial puerto-riqueña con una série de competencias que al fin ha resuelto el Consejo de Estado en favor de aquella: y no renovó los ayuntamientos: y consiguió que la prensa radical se limitase á teorizar, para enmudecer totalmente durante las elecciones de diputados á Córtes, y en fin, hizo unas elecciones tales que su éxito sorprendió en Madrid á todo el mundo, inclusos el ministerio y los mismos periódicos conservadores.[37]
Despues de la inesperada victoria de Febrero de 1872, el partido conservador cambia de nombre: se llama español; y el general Gomez Pulido da oficialmente cuenta de la lucha de los comicios y de los candidatos respectivos de esta manera: general Sanz—español: general Fernandez de Córdova—radical. De este modo pretendian los conservadores puerto-riqueños (sólo uno habia nacido en la pequeña Antilla) ser estraños á las contiendas políticas de la Península, al par que marcaban á sus adversarios con la señal del antipatriotismo.
En honor de la verdad no consiguieron ni lo uno ni lo otro. Lo de la marca, era soberanamente ridículo y bien lo condenó el Sr. Labra en su discurso del 7 de Mayo de 1872 en medio de los aplausos de diversos lados de la Cámara:
"He prometido, señores diputados, tratar con calma el asunto de las actas de Puerto-Rico, porque no quiero que la pasion mia dañe á la claridad del asunto y á la bondad de la causa. Por eso yo no he de rechazar aquí, no ya con el desden, sí que con la santa ira que ha de encenderse en pechos donde la lealtad se anida, la infame imputacion que á las veces algunos menguados nos hacen, de que al venir á abogar ante la Representacion nacional por los intereses de la civilizacion, la causa de la justicia y la extension á nuestras colonias de esos derechos consignados en nuestra ley fundamental como propios é imprescriptibles del sér humano, y cuya consagracion nos exalta y engrandece á los ojos del siglo xix, despues de haber aparecido ante el mundo como el lastre y compensador de toda la historia, lo hacemos movidos de un resentimiento incalificable, con ánimo de traer sobre nuestra Patria los desastres de una revolucion que amanece por todos los estremos de nuestro imperio colonial; amamantados, en fin, á los pechos de aquella perfidia inmortalizada por el autor del Príncipe, y que tan cómodamente hace su camino en el seno de los pueblos corrompidos y destrozados por el despotismo. No; yo no he comprendido nunca cierto género de acusaciones de esas que no se hacen cara á cara y frente á frente, porque constituirian la mayor injuria posible, pero que sin embargo van siendo muy admitídas en lo que se llama vida política, sin que el mismo que las lanza crea que tienen más gravedad que la de la mera suposicion de un error ó una falta. Y tan no lo comprendo, que á mí nunca se me ocurriria suponer que aquí pudieran venir hombres que levantando la bandera de patria trajesen oculto el puñal con que hubieran de asesinarla á la faz del mundo civilizado."
"¡Cómo! ¡Quién tan menguado, quién tan miserable, que de tales medios habia de valerse para satisfacer sus pasiones! ¡Cómo de sospecharlo siquiera, lo habiais de consentir aquí! ¡Quién tan villano que hubiera de venir aquí á engañar, estando Cuba donde combatir! Y yo no necesito hacer protestas de ningun género, que nadie tiene derecho á pedirme, que yo no consiento que nadie me exija.—Y lamento haber hablado con cierto calor de este particular. Perdóneme el Congreso la digresion."
"Pero es el caso que esto del españolismo de los unos y del anti-españolismo de los otros es un arma muy del gusto de ciertos conservadores de Puerto-Rico; y el anti-españolismo es afortunadamente todavía un mote denigrativo en la pequeña Antilla, no por los males que pueda acarrear, ni por las persecuciones que pueda atraer, sino porque es una acusacion de deslealtad que afecta gravemente al carácter de los hombres que uno y otro dia sostienen que el interés de la patria no es el interés de un partido determinado, y que con España pueden coexistir en nuestras Antillas la libertad, los derechos, el órden que en las Antillas inglesas, en la Australia y en el Canadá coexisten con el imperio de la Gran Bretaña."
Respecto del apartamiento de las luchas políticas de la Península á poco se levantó en el Congreso el Sr. Fernando de Vida á declarar que era alfonsino, y al caer el ministerio Sagasta, y firmar los conservadores ó constitucionales su protesta contra el partido radical triunfante y la disolucion de las Córtes, aparecian con estos los Sres. Sanz, Sedano, Cortés, Gallostra y demás diputados españoles de la pequeña Antilla: y en la reunion de los constitucionales del teatro Real voceaba, como poseido de la fiebre, el ya famoso cubano D. Antonio Gonzalez Llorente, diputado electo de Mataró y Mayagüez.
Pero llega la cuarta evolucion. Es en Julio. Está en el poder el partido radical. Apróximanse las elecciones de diputados á Córtes y se acerca al ministerio una comision de exdiputados conservadores pidiendo al gobierno que desapruebe (por lo menos) determinadas candidaturas en Puerto-Rico (las candidaturas naturales de la isla) y se ofrecen á conservar en las nuevas Córtes la autoridad de los diputados vascos. El gobierno por de contado desoye tales proposiciones, resuelto á ser neutral como pedian unánimemente los candidatos radicales; y envia á Puerto-Rico de gobernador superior al Sr. D. Simon La Torre y de secretario á D. José Ayuso.
Entonces el partido conservador de la pequeña Antilla toma una nueva actitud, en relacion con la de sus amigos de Madrid. Se llama el partido de españoles sin condiciones y pretende torpemente introducir la division en las filas de los radicales apoyando contra los Labra, los Padial, los Blanco, los Sanromá y tantos otros perfectamente caracterizados á los Sres. Gasset, Herrero, Romero Giron, etc., etc. Tampoco el éxito corona sus esfuerzos y ante la seguridad de la derrota proclaman el retraimiento... allí donde no podian luchar (á pesar de tener suyos los ayuntamientos, las juntas de visita, la casi totalidad de corregidores, la guarnicion y los empleados), en su famosa protesta de 20 de Agosto de 1872: protesta que es solo un ¡ay! lanzado ante la realidad de no poseer todos los medios de influencia y de coaccion que hasta entonces habia tenido el partido conservador: pero nunca una condenacion elocuente y terminante de las condiciones en que vive el elector en Puerto-Rico y de los medios que las leyes, hechas, defendidas y glorificadas por los conservadores mismos, ponen en manos del gobierno, ora contra conservadores, ora contra radicales.
Desde este momento comprende el partido... (¿como se llamará luego?) que tiene perdida la campaña. Su protesta es cuando más la mejor demostracion contra las facultades omnímodas de los capitanes generales: el éxito de la lucha electoral los pone en ridículo: su impotencia en Madrid les arranca los medios de derramar cruces, marquesados y favores de toda especie sobre sus devotos; la conducta enérgica del capitan general los coloca en una actitud humillante; la severidad, la inteligencia y el civismo del pueblo puerto-riqueño compromete su causa—aquella brillante causa que comienza con el manifiesto de Ponce firmado por el Sr. Plaja en 1869 (manifiesto en que se amenazaba á la Metrópoli) y concluye con la inolvidable y celosa administracion del radical Gomez Pulido.
¡La esclavitud peligra! ¡El absolutismo agoniza! ¡Los monopolios se cuartean! ¿Cómo callar? ¿Cómo permanecer tranquilos? ¿Por ventura no pasó algo análogo en Julio de 1871? Pues ¡A las armas! ¡A la sorpresa! ¡A la difamacion! ¡A la calumnia!
Ahí está el general La Torre; pues fuego sobre él. Acúsesele de haberse vendido á los conservadores por treinta mil pesos, para hacerles traicion luego en el período de las elecciones. Acúsesele y es hombre perdido. El gobierno tendrá que separarle y se repetirá la caida del general Baldrich.
Cierto que desde luego resultaria que hay un partido ¡qué partido!!!—en Puerto-Rico que se cree capáz de comprar á la autoridad superior por treinta mil pesos. Pero ¡qué importa! ¿No es ese el mismo partido que en Cuba públicamente ha abierto en las columnas de sus periódicos, y á ciencia y paciencia de la autoridad, una suscricion para pagar á los que en la Península fuesen condenados por nuestros tribunales de justicia por infamantes y calumniadores en la discusion de las cuestiones ultramarinas? ¡Brava cosa! ¡Ya á nadie admiran estos recursos! A todo nos tienen acostumbrados ciertas gentes!!! ¡Adelante! ¡Viva la calumnia!!!
Ahí está el pueblo de Puerto-Rico. Pues caed sobre él. Haced correr que la inquietud reina en la pequeña Antilla. Hablad de un motin... en Yabucoa—como hace un año hablásteis de la espantosa insurreccion de San Juan. Repetid lo del armamento de los separatistas y—¡horror!—de la clase de color, que representa nada menos que el 60 por 100 de la poblacion de Puerto-Rico. Volved sobre lo de la libre circulacion por la capital y las costas de Puerto-Rico de Emeterio Betances, aquel honrado médico, perseguido por abolicionista hace diez ó doce años y á quien la mala voluntad de las autoridades borbónicas lanzó al separatismo. Gritad que los puestos de confianza y los cargos de alcaldes se dan á los procesados de Lares: gritad que las familias acomodadas huyen de la isla previendo graves y deplorables conflictos: insistid en que el valor de la propiedad baja y en que los hacendados tratan á toda costa de vender sus fincas..... Todo lo habeis dicho en Agosto de 1871: pero no importa, repetidlo: repetid absolutamente lo mismo, que estas frases son siempre de efecto, y el miedo es una debilidad frecuente de los liberales.
Y si por ventura el cable trasatlántico se hubiera roto, aprovechad este fracaso, y gritad por espacio de diez dias que no se reciben noticias de Puerto-Rico; que las comunicaciones están interrumpidas, y que la alarma cunde entre todas las personas que aquí residen y tienen intereses en la pequeña Antilla. Y si teneis amigos—que si los teneis, y hasta íntimos!—en el ministerio de Ultramar aprovechad sus indiscreciones y asegurad en todos tonos que el capitan general llamado á Madrid por el gobierno no ha contestado, á pesar de haber trascurrido ocho y diez dias. Y no descanseis un momento: y repetid la noticia; y glosad los sueltos..... y haced en fin, vuestro gusto, máxime si dais con algun medio de conseguir que tal ó cual periódico reformista enmudezca, y de que vuestra opinion sea la sóla que se haga escuchar en el estadio de la prensa. Y luego preguntad si dada esta situacion son posibles las reformas en Puerto-Rico!!!
Y así se ha hecho.
No parece necesario reproducir aquí los numerosos artículos é infinitos sueltos que en la prensa conservadora y alfonsina han aparecido en todo el mes de Noviembre sobre las primeras autoridades de Puerto-Rico, y sobre la situacion de la pequeña Antilla. Hasta cierto punto el efecto se ha conseguido.
El general La Torre ha sido llamado á Madrid por el gobierno á dar esplicaciones—suceso que habia sido anunciado con mucha anticipacion á Puerto-Rico por un telégrama de uno de los más conocidos representantes del esclavismo, residente en Madrid. Y esto se unia con la exageracion de los españoles sin condiciones en la pequeña Antilla, con la oposicion manifiesta de los jefes militares al capitan general de la isla, con el aparatoso bullir y las comentadas reuniones de los personajes del partido, allí donde, merced á los conservadores, no hay derecho de reunion: con los ataques en crescendo de los periódicos reaccionarios de Puerto-Rico, dirigidos por funcionarios públicos que hacian como ostentacion de su inesplicable conducta; con las manifestaciones públicas, allí donde la ley las prohibe (no por gusto de los radicales, en verdad), contra la política toda de la autoridad superior (investida de las facultades escepcionales de las leyes de Indias) á la cual se acusa de desleal y anti-española: hechos todos que no parecen sino que obedecen á un plan preconcebido, en cuya virtud debiera provocarse á la primera autoridad de la isla á determinadas soluciones que aun siendo perfectamente legales (y perfectamente legales son todas las del señor general La Torre, por la mera circunstancia de estar en posesion de todas las atribuciones estraordinarias que nuestras antiguas leyes conceden á las autoridades de Ultramar para el mantenimiento del órden y tranquilidad de la tierra) darian pié para que en Madrid se alzase un poderoso clamoreo contra los ataques de que allende el mar eran víctimas los españoles sin condiciones.
De la misma manera, por espacio de un mes se han llenado los aires con esclamaciones y denuncias del estado horrible de Puerto-Rico. Temerosa la prensa ministerial, enmudeció en los primeros momentos; y bien repartidos los papeles, los reaccionarios y esclavistas ultramarinos no han cesado de solicitar la atencion pública aventurando todo género de falsedades y haciendo esfuerzos estraordinarios para conseguir que en la opinion de las gentes quede como verdad absoluta é incontrovertible que el desórden reina en Puerto-Rico, y que en la pequeña Antilla es de todo punto imposible cumplir los solemnes compromisos de la revolucion de Setiembre, la abolicion de la esclavitud y la vida ordenada del derecho y de la libertad.