X

La casa tan querida

donde habitaba ella,

sobre un montón de escombros arruinada

o derruída, enseña

el negro y carcomido

maltrabado esqueleto de madera.

La Luna está vertiendo

su clara luz en sueños, que platea

en las ventanas. Mal vestido y triste,

voy caminando por la calle vieja.


XI

Ante el pálido lienzo de la tarde,

la iglesia con sus torres afiladas

y el ancho campanario, en cuyos huecos

voltean suavemente las campanas,

alta y sombría, surge.

La estrella es una lágrima

en el azul celeste.

Bajo la estrella clara,

flota, vellón disperso,

una nube quimérica de plata.


XII

Tarde tranquila, casi

con placidez de alma,

para ser joven, para haberlo sido

cuando Dios quiso, para

tener algunas alegrías... lejos,

y poder dulcemente recordarlas.


XIII

Yo, como Anacreonte,

quiero cantar, reír y echar al viento

las sabias amarguras

y los graves consejos;

y quiero, sobre todo, emborracharme;

ya lo sabéis... ¡Grotesco!

Pura fe en el morir, pobre alegría

y macabro danzar antes de tiempo.


XIV

¡Oh tarde luminosa!

El aire está encantado.

La blanca cigüeña

dormita volando,

y las golondrinas se cruzan, tendidas

las alas agudas al viento dorado,

y en la tarde risueña se alejan

volando, soñando...

Y hay una que torna como la saeta,

las alas agudas tendidas al aire sombrío,

buscando su negro rincón del tejado.

La blanca cigüeña,

como un garabato,

tranquila y disforme, ¡tan disparatada!,

sobre el campanario.


XV

Es una tarde cenicienta y mustia,

destartalada, como el alma mía;

y es esta vieja angustia

que habita mi usual hipocondría.

La causa de esta angustia no consigo

ni vagamente comprender siquiera;

pero recuerdo y, recordando, digo:

—Sí; yo era niño, y tú mi compañera.


XVI

Y no es verdad, dolor, yo te conozco;

tú eres nostalgia de la vida buena

y soledad de corazón sombrío,

de barco sin naufragio y sin estrella.

Como perro olvidado, que no tiene

huella ni olfato y yerra

por los caminos, sin camino; como

el niño que la noche de una fiesta

se pierde entre el gentío

y el aire polvoriento y las candelas

chispeantes, atónito, y asombra

su corazón de música y de pena;

así voy yo, borracho melancólico,

guitarrista lunático, poeta,

y pobre hombre en sueños,

siempre buscando a Dios entre la niebla.


XVII

¿Y ha de morir contigo el mundo mago

donde guarda el recuerdo

los hálitos más puros de la vida;

la blanca sombra del amor primero,

la voz que fué a tu corazón, la mano

que tú querías retener en sueños,

y todos los amores

que llegaron al alma, al hondo cielo?

¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,

la vieja vida en orden tuyo y nuevo?

¿Los yunques y crisoles de tu alma

trabajan para el polvo y para el viento?


XVIII

Desnuda está la tierra,

y el alma aúlla al horizonte pálido

como loba famélica. ¿Qué buscas,

poeta, en el ocaso?

¡Amargo caminar, porque el camino

pesa en el corazón! ¡El viento helado,

y la noche que llega, y la amargura

de la distancia!... En el camino blanco

algunos yertos árboles negrean;

en los montes lejanos

hay oro y sangre... El Sol murió... ¿Qué buscas,

poeta, en el ocaso?


XIX
CAMPO

La tarde está muriendo,

como un hogar humilde que se apaga.

Allá, sobre los montes,

quedan algunas brasas.

Y ese árbol roto en el camino blanco

hace llorar de lástima.

¡Dos ramas en el tronco herido, y una

hoja marchita y negra en cada rama!

¿Lloras?... Entre los álamos de oro,

lejos, la sombra del amor te aguarda.


XX
LOS SUEÑOS

El hada más hermosa ha sonreído

al ver la lumbre de una estrella pálida

que en hilo suave, blanco y silencioso

se enrosca al huso de su rubia hermana.

Y vuelve a sonreír, porque en su rueca

el hilo de los campos se enmaraña.

Tras la tenue cortina de la alcoba

está el jardín envuelto en luz dorada.

La cuna casi en sombra. El niño duerme.

Dos hadas laboriosas lo acompañan,

hilando de los sueños los sutiles

copos en ruecas de marfil y plata.


XXI
RENACIMIENTO

Galerías del alma... ¡El alma niña!

Su clara luz risueña;

y la pequeña historia

y la alegría de la vida nueva...

¡Ah, volver a nacer, y andar camino,

ya recobrada la perdida senda!

Y volver a sentir en nuestra mano

aquel latido de la mano buena

de nuestra madre... Y caminar en sueños,

por amor de la mano que nos lleva.


XXII

Tal vez la mano, en sueños,

del sembrador de estrellas,

hizo sonar la música olvidada

como una nota de la lira inmensa,

y la ola humilde a nuestros labios vino

de unas pocas palabras verdaderas.


XXIII

Y podrás conocerte recordando

del pasado soñar los turbios lienzos,

en este día triste en que caminas

con los ojos abiertos.

De toda la memoria, sólo vale

el don preclaro de evocar los sueños.


CANCIONES

HUMORADAS