IX.
Si por acaso en esta ilustre asamblea hay alguno de mis envidiosos, porque en una gran ciudad siempre hay hombres que prefieren denigrar el mérito superior a imitarlo, y que, desesperando de igualarlo afectan despreciarlo; hombres cuyo nombre es oscuro y que quisieran darse a conocer a expensas del mío; si, pues, alguno de estos seres biliosos se ha mezclado, como mancha, a este brillante auditorio, deseo que pase un poco la vista por el inmenso concurso, y que mirando esta concurrencia tan grande que ningún filósofo la ha visto igual alrededor de su cátedra, medite qué peligros puede correr un hombre que inspira tan grande estimación y está tan habituado al desprecio.
¡Cuán ruda y penosa tarea la de satisfacer la curiosidad, por poca que sea, de un corto número de oyentes, sobre todo para mí, a quien mi fama y una favorable prevención no permiten negligencia alguna, ninguna expresión descuidada! ¿Quién de vosotros, en efecto, me perdonaría un solecismo? ¿Quién una sola sílaba pronunciada con acento bárbaro? ¿Quién me permitiría balbucear frases incorrectas y viciosas como las que produce el delirio de la fiebre?
Sin embargo, todo esto lo permitís a los demás y tenéis razón sobrada. Pero cada una de mis palabras la examináis, la pesáis cuidadosamente, la sometéis al contraste de la lima y de la cuerda, relacionáis el torno con las exigencias del coturno. Tanta es la indulgencia con la medianía, como la severidad con el mérito.
Reconozco, pues, la dificultad de mi situación y no os demando diferente disposición de ánimo; pero no os dejéis engañar por una ligera y falsa semejanza, porque ya lo he dicho con frecuencia: los pordioseros con manto llenan las calles. El pregonero sube al tribunal con el procónsul, y también va cubierto con toga; a veces está largo tiempo de pie: a veces anda; pero ordinariamente grita con toda la potencia de su voz. El procónsul permanece sentado; habla raras veces, y si habla es con voz pausada, y lo más frecuente es que lea en sus tablillas. Ahora bien: el gritador de voz estentórea es un ministril; el procónsul que lee en sus tablillas es un juez, y a su fallo, una vez pronunciado, no se puede añadir ni quitar una sola letra. Tal como lo pronuncia es inscrito en el archivo de la provincia.
Yo estoy, por mis estudios, casi en una posición análoga, salvo la distancia correspondiente. Lo que ante vosotros digo es escrito y leído en seguida, nada puedo retirar, ni cambiar, ni corregir, y por ello mis palabras tengo que medirlas y pensarlas en mis diversas composiciones. Porque hay más obras en mi galería que había en la fábrica de Hipias[8]. Sea de ello lo que quiera, estad atentos y hablaré con mayor cuidado y método.
Este Hipias, el primero de los sofistas por la variedad de su talento y la facilidad de sus locuciones, era contemporáneo de Sócrates. La Élida fue su patria: se ignora su origen; tenía gran reputación, mediana fortuna, memoria excelente, variados conocimientos y numerosos rivales. Vino una vez a los juegos olímpicos a Pisa; su traje era tan brillante como de extraña forma, y nada de lo que sobre sí llevaba lo había comprado, sino estaba hecho por sus manos, las telas que le cubrían, el calzado que llevaba en los pies y los adornos que llamaban la atención. Ceñía el cuerpo con estrecha túnica de finísimo tejido de tres hilos, de púrpura dos veces teñida, y la había tejido él mismo. El cinturón era un tahalí cubierto de bordados babilónicos de abigarrados y brillantes colores, y nadie le había ayudado en este trabajo. Cubríale un manto blanco que echaba por encima del hombro. Este manto también, según se decía, era obra suya y los pantuflos que le servían de calzado. Mostraba con ostentación en la mano izquierda un anillo de oro, cuyo sello estaba artísticamente trabajado, y él era quien había redondeado el oro, puesto el engarce y grabado la piedra. No he enumerado aún todas sus obras, porque no debo avergonzarme en referir lo que él sin ruborizarse y vanidosamente mostraba. Refirió ante numerosa asamblea haber fabricado el frasco de aceite que llevaba, que era un vaso de forma lenticular, suavemente redondeado por los contornos, y como compañero mostraba un precioso peinecillo de mango recto y púas en forma de tubos, de manera que el mango servía para sostenerlo, y los tubos para que corriese el sudor.
¿Quién no elogiaría a un sabio en tan gran número de artes, en tan varias ciencias; peritísimo Dédalo para todos los utensilios? Yo también elogio a Hipias, pero prefiero igualar su fecundidad con mi instrucción mejor que con mi talento para fabricar tantas cosas. Lo confieso: soy inferior a él en las artes mecánicas; compro mis vestidos al sastre y mi calzado al zapatero; no uso anillo y estimo el oro y las piedras preciosas como el plomo y los guijarros. El peine, el frasco de aceite y los demás objetos de baño los compro en el mercado. Finalmente, ¿por qué negarlo? no sé manejar ni la escuadra, ni la lezna, ni la lima, ni el torno, ni otras tales herramientas. A todas ellas, lo confieso, prefiero una pluma de escribir, que me sirve para componer toda clase de poemas dignos de la cítara, de la lira, del coturno o del zueco; sátiras, logogrifos, historias varias, discursos admirados por los oradores, diálogos elogiados por los filósofos; abarco todos los géneros y los expreso en griego y en latín, por mi doble vocación, con el mismo gusto e igual estilo.
¡Que no pueda yo ofrecerte, ilustre procónsul, todos estos tributos literarios, no en partes separadas y como nuestras, sino en su conjunto y unidad, y merecer tu glorioso testimonio por la universalidad de mis aptitudes! Y no es ciertamente por falta de alabanzas, porque mi gloria, siempre intacta, floreciente siempre, ha llegado a tu noticia por conducto de todos tus predecesores; pero deseo con preferencia a todos los otros sufragios, el del hombre que yo más estimo, porque es natural amar a quienes se estima, y buscar los elogios de aquellos a quienes se ama. Ahora bien: yo te profeso la más viva amistad, porque si ninguna obligación tengo con el hombre privado, el magistrado ha adquirido por completo mi afecto, y si ningún favor he obtenido de ti, es porque ninguno he pedido.
Además, la filosofía me ha enseñado a amar no solamente a mis bienhechores, sino hasta a mis enemigos; a escuchar la voz de la justicia mejor que los consejos del interés; a preferir la utilidad general a la mía propia. Así, pues, mientras los más aman los efectos de tu benevolencia, yo amo tu inclinación al bien. Me he aficionado a ti al ver tu celo por los negocios de la provincia, celo que te debe proporcionar el apasionado amor de todos: de los obligados, por el beneficio, de los demás, por el ejemplo; porque si los beneficios son útiles a gran número, el ejemplo es saludable a todos.
En efecto, ¿quién no deseará aprender de ti por qué moderación se adquiere esa amable gravedad, esa dulce austeridad, esa seguridad tranquila, esa amenidad que no excluye la energía?
Ningún procónsul, que yo sepa, inspira a África más respeto y menos temor. Jamás, antes de tu mando, se había visto ser más fuerte que la intimidación para reprimir el crimen, la vergüenza de cometerlo.
Ningún otro, con igual poder, repartió más beneficios e infundió menos terror; ninguno trajo consigo un hijo que tanto le asemejara en las virtudes; ninguno ha sido por más largo tiempo procónsul de Cartago; porque cuando tú recorrías la provincia, Honorio quedaba con nosotros, y si nuestro pesar fue más amargo, tu ausencia era menos sentida. En el hijo se encontraba la equidad del padre, en el joven la prudencia del anciano, en el teniente la autoridad del cónsul. Retrata tan fielmente todas tus virtudes, que se te admiraría más por tu hijo que por ti mismo, si este hijo no fuera uno de tus dones. ¡Plegue al cielo que gocemos siempre de tu mando! ¿Para qué esos cambios de procónsules? ¡Años demasiado cortos; meses que transcurren fugaces! ¡Cuán fugitivo es el paso de los hombres virtuosos! ¡Qué rápidamente cumplen su misión los buenos gobernadores! Ya te acompaña, Severiano, el sentimiento de toda la provincia; pero Honorio es llamado por su sangre a la pretura; el favor de los Césares le prepara el consulado. Desde ahora posee nuestro amor, y en él cifra Cartago su esperanza para lo porvenir. ¡Único consuelo que tu ejemplo nos da! Es enviado de lugarteniente, y pronto volverá a nosotros de procónsul.