VI.
La India, paraje lleno de habitantes y que se extiende hasta el infinito, está situada lejos de nosotros, al Oriente, en los lugares donde el Océano forma un golfo, donde nace el sol. Próximo a los primeros astros y límite del mundo, encuéntrase más allá de los sabios Egipcios, de los Judíos supersticiosos, de los Nabateos mercaderes, de los Arsácidas de vestiduras talares, de los Itureos, pobres en frutos, de los Árabes, ricos en perfumes.
Por mi parte no admiro a esos indios por sus masas de marfil, sus cosechas de pimienta, su comercio de cinamomo, el temple de sus hierros, sus minas de plata y sus auríferos ríos. ¿Qué me importa que tengan el mayor de estos, el Ganges?
Monarca de las aguas; origen de cien ríos
Que cien valles recorren, fecundizando el suelo,
Y por cien bocas entran en el undoso mar.
¿Qué me importa que estos pueblos, situados en los lugares donde empieza el día, muestren en sus cuerpos el color de la noche, y que allí inmensas serpientes luchen con monstruosos elefantes en combates donde igualmente peligran y mueren? Porque estos reptiles encadenan con sus tortuosos repliegues a los elefantes, que no pudiendo desenlazar las patas y escapar a la furiosa presión de las serpientes y a sus escamosas ligaduras, vense precisados a procurar la venganza con el peso de su cuerpo, arrojándose al suelo para aplastar con su masa a los enemigos que les sujetan.
Hay entre los indios gran variedad de razas, pues me agrada más contar los prodigios del hombre que los de la Naturaleza. Una de ellas solo sabe apacentar bueyes, y de aquí que se les llame boyeros. Otras se distinguen por su habilidad en el cambio de mercancías o por su valor en la guerra; de lejos combaten con la flecha, y de cerca con la espada.
Existe además una clase preeminente que se llama de los gimnosofistas. Estos son los que admiro. ¿Por qué? Porque son hábiles, no en propagar la viña o podar los árboles o labrar la tierra; no saben cultivar el campo, ni recolectar el vino, ni domar un caballo, ni sujetar un toro, ni esquilar o apacentar ovejas y cabras. ¿Y qué importa? Saben lo que es superior a todo; todos ellos cultivan la sabiduría, lo mismo los viejos maestros que los jóvenes discípulos, y mis mayores elogios son al odio que profesan a la torpeza del entendimiento y a la ociosidad. Por ello, cuando está puesta la mesa, y antes de traer las viandas, todos los jóvenes dejan sus trabajos y moradas, reuniéndose para la comida, y los maestros les preguntan qué han hecho bueno desde la salida del sol hasta aquella hora del día. Uno refiere que, elegido por árbitro entre dos hombres, ha sabido calmarles la ira, aplacar sus corazones, disipar sus sospechas, y de enemigos que eran, convertirles en amigos; otro dice que ha obedecido todas las órdenes de sus padres; otro que ha logrado con sus meditaciones algún descubrimiento o que lo aprendió por las demostraciones de otro; finalmente, todos refieren lo que han hecho, y el que nada tiene que decir para merecer la comida, es echado fuera, para que continúe el trabajo con el estómago vacío.