VII.

Alejandro, el más ilustre de todos los reyes por sus acciones y sus conquistas, mereció el título de Grande, que le dieron para que quien había adquirido una gloria por nadie igualada, no fuera jamás nombrado sin elogio. Desde que el mundo empezó y la tradición existe, este hombre, cuyo brazo invencible había sometido el universo, es el único superior a su fortuna. Sus más extraordinarios triunfos los provocó con su valor, los igualó con su mérito y los sobrepujó con la grandeza de su alma. Es el único que brilla sin rivales, hasta el punto que nadie se atrevería a esperar su virtud o a desear su fortuna.

Las acciones sublimes que llenan la vida de Alejandro, los brillantes rasgos que causan la admiración, aquella audacia en la guerra, aquella previsión en el gobierno, ha tomado a su cargo el referirlas un poeta eruditísimo y suavísimo, mi Clemente[7], en un maravilloso poema.

Pero ved aquí un rasgo notable entre los que lo son más. Quería Alejandro que su imagen fuera transmitida fielmente a la posteridad, y temiendo que la desfigurasen la generalidad de los artistas, prohibió en todo el universo reproducir su real efigie en bronce, en pintura o por medio del grabado. Polícleto solo fue el encargado de reproducirla en bronce, Apeles de representarla con el pincel, y Pirgoteles de esculpirla con el buril. A excepción de estos tres artistas, cada uno superior en su arte, quien se atreviera a acercarse a aquella santa imagen, debía ser castigado como sacrílego. Gracias a este general temor, Alejandro es él en todos sus retratos. En todas las estatuas, en todos los cuadros, en todos los vasos aparece igualmente el varonil vigor del audaz guerrero, el inmenso genio del héroe en la flor de su bella juventud y con el encanto de su olímpica frente.

¡Oh! ¡Si la filosofía pudiera, como Alejandro, prohibir a lo vulgar reproducir su imagen! Corto número de hombres de bien verdaderamente instruidos, se dedicarían a este estudio que lo comprende todo: al estudio de la sabiduría. La turba grosera, ignorante, inculta, no imitaría a los filósofos hasta en el manto, y a la reina de las ciencias, que no enseña menos a bien decir que a bien vivir, no la deshonrarían con un mal lenguaje y peor conducta. Este doble vicio es facilísimo; nada más común que la violencia del lenguaje, unida a la bajeza de las costumbres. Ambas cosas nacen del desprecio a los demás y a sí mismo, porque prescindir de la moral es despreciarse a sí propio y atacar groseramente a los demás; es despreciar al auditorio. ¿Acaso no es para vosotros el mayor ultraje que os crean íntimamente gozosos por los insultos dirigidos a los hombres más honrados, suponer que no comprendéis el sentido de las palabras bochornosas y deshonestas, o que, si lo entendéis, os agradan? ¿Qué zafio, mozo de esquina o tabernero, no tendría más verbosidad que vosotros para insultar, si quiere tomar el manto?