XI.

Veis esos desgraciados que cultivan una heredad estéril, un campo pedregoso, lleno de guijarros y matorrales, no recolectando ningún fruto en sus arenales pantanosos, no encontrando sino la estéril cizaña y la infecunda avena; pues como no tienen frutos suyos, toman los de otros y cogen las flores del vecino para mezclarlas a sus cardos. Lo mismo sucede a los hombres estériles en virtudes.