XII.

El loro es un ave de la India, casi del mismo tamaño que una paloma, pero de distinto color. No es el blanco leche, ni el tinte amarillento, ni la mezcla de ambos colores con el gris ceniciento; el color del loro es verde desde el nacimiento de las plumas hasta la punta de las alas, y solo el cuello se diferencia por estar rodeado de un círculo de bermellón que, como collar de oro, se repite alrededor de la cabeza en forma de brillante corona. El pico es de una dureza sin igual, y cuando desde la altura se precipita sobre una roca con toda la impetuosidad de su vuelo, el pico es como ancla que lo sujeta. La cabeza es igualmente dura, y por eso, para obligarle a imitar nuestro lenguaje, se le da en ella con una varilla de hierro a fin de hacerle comprender lo que se le manda. Es como la férula del colegial.

Puede ser instruido desde que nace hasta la edad de dos años, porque entonces su garganta se presta fácilmente a todos los ejercicios, su lenguaje a todas las evoluciones. Pero cuando se le coge viejo, es indócil y olvidadizo.

El loro que se presta mejor a reproducir el lenguaje humano es el que se alimenta con bellotas y tiene en las patas tantos dedos como el hombre. En esto se distingue de las otras especies; pero es condición común a todas, la de que, poseyendo la lengua más fuerte que las demás aves, articulan más fácilmente la palabra humana por tener el paladar y la laringe más desarrollados.

El loro habla, o mejor dicho, canta lo que aprende con tan fiel imitación, que al oírle se creería que es un hombre, pero viéndole se reconoce que su palabra es un esfuerzo. Por lo demás, el loro, como el cuervo, no pronuncia más que los sonidos que ha aprendido. Enseñadle palabras indignas y os aturdirá día y noche con sus blasfemias; esta será su poesía y su canción, y cuando agote su repertorio, comenzará la misma cantilena. El único medio de poner coto a su tan indecorosa verbosidad, será cortarle la lengua o devolverle cuanto antes a sus bosques.