DIA 1.º DE ABRIL.
Al amanecer me puse en camino, (y siempre dos hombres achicando agua de la chalupa, que apenas podian dar abasto á echar afuera la que entraba), á buscar parage proporcionado para carenarla. En el espacio de 1,000 varas al NO, pasé dos despeñaderos de corriente y poca agua, y en uno de ellos fué preciso ponerle 15 hombres al bote vacio para poder pasarlo. Se me presentó otro paso que no me es posible pasarlo en la conformidad que está la chalupa, y por esto arrimé á una playa, que, aunque no es muy suficiente, la varé en ella. A la una de la tarde ya la tenia toda en tierra, pero me faltó el moton del amante, y varias veces las tiras de los aparejos. Se reconoció por los maestros carpinteros y calafate, y se halló por cuatro partes la quilla rompida, varios astillazos en las tablas del fondo, la quilla torcida, y por último he visto que necesitaba una carena, que aquí de ningun modo puede hacerse, así por la falta de útiles, como por el tiempo que me falta para navegar, por estar ya muy destituido de víveres, y en estas descargas se desperdician sin que pueda remediarse. En esta atencion y en la de que tengo intentado llegar á la Laguna de Huechum-lauquen (siendo por mí su nombre propio la Deseada), á tiempo que pueda pasar, ó mandar chasque á Valdivia, para que de allí me socorran y auxilien con víveres para finalizar, y examinar hasta lo último el conocimiento de estos rios y del Diamante; pues emprendiendo su navegacion en las crecientes, no tengo duda en llegar á Mendoza, mandé se compusiese lo preciso hasta llegar á la expresada laguna: se trabajó en ella toda la tarde, habiendo puesto toda la carga en tierra[17].
Registramos el terreno lo que pude á pié: hallo que no solo es incapaz de producir manzanas fuera de la orilla del rio, sino que no puede criarse en él planta alguna, como con efecto no se crie; pues la planta de mayor altura, de las muy raras que hay en él, asciende á una cuarta y media, y tal cual mata de pasto que hay, es una especie de fieltro seco, que me parece no comerán los animales; esto es en aquellas grietas de los peñazcos, y en lo llano que vá desde lo alto de estos cerros, hasta el Cerro de la Imperial, lo que se vé y es perceptible contiene la expresada miseria, siendo la tierra un compuesto de polvo, piedra y arena.
DIA 2.
Se prosiguió la carena de la chalupa, y se le halló la quilla separada de los maderos, por falta de no estar suficientemente clavada y empernada, que es la única causa por que tengo este atraso: pues aunque está la quilla rompida y astillada por diversas partes, por ninguna hacia agua de consideracion, ni que mereciese la pena de vararla: pero los carpinteros del Rio Negro, como han estado sin ser subordinados de capitan de maestranza, que debia egercer como tal el facultativo que estuviese allí, á quien correspondiese el mando de la maestranza, interviniendo en los gastos y consumos que se hacen pertenecientes á marina, han hecho las obras á medida de su deseo. Tal es esta chalupa, y otras obras que no han tenido otro director que la misma maestranza: así se consumieron, cuando se armó esta chalupa, muchos jornales inútiles y aun perjudiciales; pues habiendo venido de Buenos Aires hecha y arreglada por aquel maestro mayor, en el Rio Negro se le realzó mas de un palmo, se le puso cubierta, y por último se echó á perder, y tanto que no me atrevi á llevarla al Colorado, y llevé la San Francisco, siendo mucho menor. En esta enmienda que hizo la maestranza del Rio Negro, se consumieron jornales, tablazon, clavazon, estopa, brea y lonas, cuyos útiles hicieron despues falta, y para venir á esta expedicion fué preciso volverla á poner en los mismos términos en que vino de Buenos Aires, perdiéndose toda aquella obra que fabricó la ignorancia del Rio Negro, y quedó de las mejores propiedades: de suerte que no conozco otra embarcacion de su porte tan buena aquí ni en el Rio de la Plata, despues que se le quitó lo superfluo[18].
Con motivo de la descarga de esta chalupa, se registró todo el bizcocho, que se halló sano y hermoso, habiendo ya 7 meses que está hecho, tal fué el cuidado que tuve con los panaderos en el Rio Negro cuando lo hicieron: y el que se me remitió ni Choelechel en la fortaleza de Villarino, fresco y acabado de hacer, al mes y medio ya estaba podrido considerable porcion; y tanto, que hago juicio que se me pudrió mas de la tercia parte: tal lo han fabricado en aquel establecimiento á prisa sin lindarse ni repasarse. Esto sirve de tanto perjuicio que atrasa dos meses, porque si hubiese sido bien hecho y se hubiese tratado con aquel celo, eficacia y amor que se requiere, tendria víveres ahora la expedicion para dos meses mas, y nunca en mejor proporcion de descubrir, por hallarme en la Cordillera y tan cerca de Valdivia, en las bocas de los tres rios que nos dicen los indios: y si á esto se añadiese el tener caballos, mucho se podria hacer.
Esta mañana salieron á reconocer el campo Bartolomé de Peña y Miguel Ignacio Salazar: volvieron con la noticia de haber visto la laguna de Huechum, aunque confusamente, la que dicen distará seis leguas de nosotros: el campo por donde fueron que está quemado de fresco, pampa llana, y que hallaron rastro fresquito de dos ginetes.
A las 4½ eché la chalupa al agua, ya compuesta y estanca. A las 7 de la noche tenia ya á bordo todos los víveres, y mandé deshacer una tienda de campaña inútil para poner por abajo del bizcocho, á plan de la chalupa, y acomodados los víveres, proseguí de noche metiendo la artilleria y demas útiles á bordo. A las 8 tuve arbolado y embarcado todo, menos algunas cosas de poca consideracion, y mandé la gente á cenar y descanzar.
DIA 3.
Al salir el sol ya tenia embarcado el resto que me quedó de anoche sin embarcar, y seguí mi navegacion con viento NNE á la sirga y espias, adonde eran necesarias, viendo solo riscos y peñascos, míseros y estériles campos. A las 12 del dia llegué á vista de un cerro, que si no supiera que estas tierras estaban habitadas solo por salvages, creeria firmisimamente, que en él estaba un castillo con dos baluartes al rio con ocho cañones montados. Son varias las figuras que hace esta serrania, pero ninguna mas bien representada que esta. Navegué este dia al NNO corregido 3 millas de distancia.
DIA 4.
Al salir el sol continué mi viage con los trabajos de siempre. A medio dia llegué á un parage que se divide el rio en tres partes, en el cual hay 4 islas: á la parte del N hay un regular potrero, ó llanada que tiene 2½ leguas cuadradas de extension: en las playas que hace el rio se hallaron abundantes cáscaras de piña: en la expresada llanura hallé bastantes fogones, y una manzana ya mordida, que regularmente la habrian arrojado por de mal gusto. Ya cerrada la noche me acampé en una isla, habiendo navegado este dia al NNE corregido 3½ millas de distancia.
Hoy á mediodia se advirtió que San Antonio hacia mucha agua, por lo que lo hice descargar. A la una lo varé en tierra, y se le dió vuelta la quilla al sol, la cual tenia rompida, y todos los fondos maltratados: pero como la estacion ni los víveres me dán lugar á detenerme, procuré estancarle el agua con una breve y ligera composicion. A las 2½ de la tarde lo eché al agua, y á esta hora seguí rio arriba.
Este bote muchos dias ha que lo hubiera remitido al establecimiento por inútil al reconocimiento, pero no puedo desprenderme de la gente que lo tripula, si bien que puede que me sirva en la laguna de Huechum, si llego á fondear las chalupas dentro, para barquear con él y tener la marineria segura.
DIA 5.
Al amanecer continué mi navegacion, y seguí con imponderable trabajo hasta las 4 de la tarde, que llegué á parage que no me fué posible proseguir, por serme preciso descargar las embarcaciones, y talvez abrir canal para pasar: para cuya faena se necesita mas tiempo que lo que resta hasta la noche; por este motivo arrimé á tierra, y me acampé, para de mañana emprender la expresada maniobra.
Esta mañana hallé unos árboles parecidos al olivo, el color de esta madera es pajizo, no le he visto fruto ni semilla. A las 2 hallé un manzano, muy grande y hermoso, en una isla que tiene 3 millas de largo. Este árbol estaba sin manzanas, que ya los indios se habian apoderado de ellas, y aun de las que suelen caerse con los vientos poco sazonadas y secas: no habia ninguna debajo del árbol, siendo así que se conoce que cargó este año muchísimo de fruta, tal es el hambre que padecen los indios.
Esta tarde, cuando atraqué á tierra, salió Fernando Mallo á reconocer sobre los cerros del S, y volvió á la noche con la noticia de haber visto tres caballos y una yegua: halló fogones adonde los indios habian estado con toldos, de cuyo sitio, dice, habrán salido ayer, y vió la Laguna del Límite, que dice confina con los cerros de la Cordillera. Navegué este dia 2½ millas al NNO.
DIA 6.
Al amanecer hice la descarga de las embarcaciones, y se empezó la faena de pasarlas: se condujo toda la carga, palos, vergas y demas utensilios por tierra bastante trecho, hasta donde podian estar en flote las chalupas: duró esta maniobra hasta mediodia que las tuve en disposicion de seguir viage: pero es fuerte cosa que á las 2 de la tarde me viese precisado á volver á descargar para pasar las chalupas por palmo y medio de agua, tal es la navegacion que sigo. Al anochecer tenia ya cargadas las embarcaciones, y seguí hasta hallar parage proporcionado para acamparme, que lo egecuté á las 8. En estos pasos y descarga, es adonde mas se rinde la gente, porque ya cansados de ir arrastrando por unas corrientes tan violentas las embarcaciones, llegan á estos parages, en los cuales ademas de tener que conducir los utensilios por tierra, se necesita hacer el mayor esfuerzo, porque todos los pasos de poca agua están á donde esta precipitadamente se despeña. Navegué este dia al N corregido 1½ millas de distancia, y salió apócrifa la noticia que dió ayer Francisco Mallo.
DIA 7.
Salí al amanecer, y á la media hora de navegacion fué preciso profundar el rio para pasar. A mediodia llegó una cuadrilla de indios y chinas por la parte del S, y no obstante estar nosotros de la del N, gritaron por Basilio, diciendo Basilio Chulilaquin. Mandé el bote para que trajese hasta cuatro que fueron los que se embarcaron: dos de estos son hijos de este cacique, y yo, deseando de informarme, los regalé con tabaco, aguardiente y algunas bujerias, y despaché á uno de estos para que avisase á su padre de como yo me hallaba en este sitio, y que viniese á verse conmigo, y trajese consigo la lenguaraza María Lopez, á quien le mandé un poco de tabaco, como tambien á Chulilaquin. El fin que yo llevaba, era el de poder por medio de la lenguaraza informarme de estos terrenos, la distancia á Huechum, ó Valdivia, las maderas, frutos y ganados: pasé el paso y seguí mi viage hasta la noche, en cuyo intermedio pasé otros dos pasos. A esta hora llegó Chulilaquin con una porcion de indios: mandé el bote en su busca, y lo condujo con otros tres, que era la órden que llevaba. Uno de estos era el famoso ladron Jacinto que venia por lenguaraz: me disgustó la venida de este cacique por no haber traido la lenguaraza, pues Jacinto ni me entiende ni lo entiendo; pues no sabe hablar otra cosa que pedir aguardiente, yerba, tabaco y bizcocho. Molieron muchísimo, y al fin pude despacharlos ya tarde con un poco de yerba, aguardiente y tabaco.
Chulilaquin y Jacinto trajeron cada uno una bolsita con docena y media de manzanas en cada una: las de la una bolsa chiquitas y agrias, las de la otra eran grandes y de buen gusto. Pesé dos de ellas, y pesaban cerca de 17 onzas, pero todas magulladas de traerlas á caballo, de modo que no se puede guardar ninguna.
Los primeros indios trajeron cuatro bolsas para vender, llenas de esta fruta: yo le compré una por una limeta de aguardiente, á fin de apartar algunas para llevar al establecimiento; pero lo dudo por estar muy maltratadas. Un indio me vendió una bolsa llena por cuatro galletas: yo le daba tres, pero yo deseaba las manzanas, y el pan me hace mucha falta.
Suelen estos indios regalar una manzana por mucha fineza, pero veo que hay abundancia.
Preguntándole á los primeros indios por el parage llamado Huechu-huchuen, me dijeron que este mismo sitio tenia este nombre.
Esta tarde se hallaron dos árboles, ó manzanos chicos á la parte del N, pero sin fruto.
Como es tan fácil engañarse con las noticias de los indios, motivado de no entenderlos, ni ellos bien entenderme, no escribo aquí las noticias que me han dado hasta que pueda hallar lenguaráz, para por este medio escribirlas con mas verosimilitud ó certeza.
Navegué este dia al N corregido una milla de distancia, y se toldaron las embarcaciones por algunas gotas de agua que caen.
DIA 8.
A las 12½ de la noche vino el indio Jacinto con otro, y un hijo de Chulilaquin pidiendo aguardiente: esto causó bastante alboroto en el campamento, porque estando los indios á la parte del S del rio, y nosotros á la parte del N, no se pensaba en que viniesen, y mas habiéndoles avisado que de noche no se llegasen á nosotros: pero ellos que continuamente piensan siniestramente, pasaron procurando averiguar el método que llevamos para guardarnos. Pero á poco les sale cara la prueba, que á no venir el hijo de Chulilaquin, de seguro pierden la vida, pero les reñí, les quité la botija y los despaché sin aguardiente.
Al amanecer pasé el rio Chulilaquin con veinte indios, y me pidió aguardiente, que le dí en la botija, y su muger me trajo unas cuantas manzanas, á quien regalé tabaco y algunas bujerias: luego se bebieron la botija de aguardiente y estuvieron importunísimos pidiendo mas, y asimismo pedian sombreros, bayetas y otras cosas, á cuyas pesadeses fué preciso armarme de toda paciencia y aguantar, porque tenia las embarcaciones paradas, y la gente cavando el rio para allanar paso para las chalupas. A mediodia pasé este penoso paso, y me fué preciso toldar por algunos chaparrones de agua que cayeron, y á este tiempo llegó María Lopez, y el hermano del capitan Chiquito. Esta me dijo que adonde ellos estaban que habrá 4 leguas de Huechu-huechuen, que las manzanas las traen del pié de la Cordillera en cargueros; que estos indios ni ella pueden dar razon de los cristianos que están de la otra parte del Cerro de la Imperial, por mediar entre aquellos pueblos y el Huechu-huechum los indios Aucaces, enemigos acerrimos suyos: que tampoco estos indios iban á la laguna Huechum por la misma razon, ni tampoco podian ir á los piñones, y solo sí se los comprában á algunos Aucaces, que se los traian á vender por pellejos, y otras cosas de que ellos carecian. Un indio me regaló unos 15 ó 16, que repartí entre las tripulaciones, que les cupo uno á cada tres individuos, y yo comí uno y guardé otro: son de bello gusto y mantenimiento, su tamaño es casi como el datil de Berberia, el gusto casi como los piñones de España: son blancos, la cáscara delgada, y si tuviese á esta hora abundancia de esta fruta, sin otros víveres pudiera seguir 4 meses mas el reconocimiento.[19] Otro indio trajo en una bolsita como 4 libras de dichos piñones, por los cuales queria dos frascos de aguardiente, y se volvió con ellos: dos indios, de los que vinieron con María Lopez, trajeron dos ovejas muertas de regalo, pero uno de ellos, porque no le dí sombrero, bujerias, yerba, tabaco y dos frascos de aguardiente, se la volvió á llevar; el otro la dejó por una botija de aguardiente, cuatro hilos de cuentas y una cuarta de yerba, la cual repartí entre la gente.
El parage adonde estuvieron establecidos los cristianos, dice María Lopez, que es á la orilla del Rio de la Encarnacion, dos jornadas aguas arriba desde su desague en el rio principal. Seguí á pasar otro paso de poca agua que está muy inmediato, en el cual estuve hasta las 8 de la noche, y me acampé á la parte del N. Chulilaquin se fué, y algunos indios; María Lopez con otros se acampó á la del S.
Navegué este dia al NNO corregido un cuarto de legua de distancia, y con incesante trabajo.
DIA 9.
Amaneció lloviendo una lluvia blanda, de cuyo modo estuvo toda la noche: por este motivo se mantuvieron las embarcaciones toldadas. En este sitio bien de mañana vinieron los indios que estaban á la parte del S, entre ellos María Lopez: supe por ella que se hallaba aquí el cacique Francisco con su gente, y el desertor Miguel Benites, acompañados del cacique Miquiliña, y creo que de Chulilaquin tambien. A mediodia llegó un indio ladino, el cual habiendo tenido noticia por la gente de Guchumpilqui de nuestra venida, habia ido rio abajo buscándonos: este trajo una oveja y unos piñones, le dí una botija de aguardiente, yerba y algunas frioleras mas. Me dijo que la laguna de Huechum-lauquen distaba de aquí una jornada: que el Cerro de la Imperial quedaba á la parte del N de ella: que el Huechu-huechuen era chico: que la tierra de los cristianos estaba cerca, pero que él no habia estado en la plaza; sí solo habia estado en una guardia, cuyo comandante se nombraba Manuel, pero que los Aucaces se hallaban poseyendo el intermedio de aquí á Valdivia, á los cuales compraban ellos pellejos de guanaco, trigo, maiz, habas, porotos, piñones y aun las manzanas, pero que llevando diez cristianos que le acompañasen, se determinaba á pasar la Cordillera para Valdivia: le dije que se informase bien de los Aucaces, y hallariamos en llegando á los toldos conocidos, chinas de las que seguian los toldos del cacique Francisco.
Se fué el indio á las 4 de la tarde, encargado en buscar otros que lo acompañasen á Valdivia, porque no distando aquella plaza mas que tres jornadas del sitio en que me hallo, intento despachar á ella chasque por ver si me auxilian con víveres y cabos, para proseguir el reconocimiento de todos estos rios, principalmente el del Diamante, y el de la Encarnacion: y en este es á donde hubo la poblacion de españoles, cuya capilla y casas desmoronadas se hallan á su orilla dos jornadas distantes á la confluencia de dicho rio, con el Desaguadero. Dicen estos indios que poco há estuvieron allí cristianos que vinieron con barcos chicos, pero que se les rompieron, y que se han vuelto: por esto dicen que aquel rio tiene comunicacion con la mar del S, lo que es moralmente imposible: y sí lo que me parece, (siendo cierto lo que los indios dicen) que de Valdivia, ó mas bien de Chiloé, se intentaria el reconocimiento de este rio, habiendo construido las embarcaciones de este lado de la Cordillera; y esto se hace fácil por las infinitas maderas de que abundan las cordilleras de Chiloé.
Asimismo dicen que es tierra fértil de mucha arboleda; que se crian batatas de extraordinario tamaño, y mucha manzana: y mas arriba que está el campo espeso de pinos y otros árboles. No me parecen apócrifas estas noticias, porque el marido de María Lopez se determina á llevarme á dicho sitio; pero quiere por la diligencia la paga que no tengo para darle. Anocheció lloviendo.
DIA 10.
Toda la noche se mantuvo lloviendo y tronando, y prosiguió la lluvia basto las 10 de la mañana, de modo que no fueron bastantes los toldos á que entrase considerable porcion de agua en las embarcaciones, que fué preciso estarla continuamente achicando: se mojaron los petates y toda la ropa de los marineros, y luego que aclaró, se pusieron á sacar estos y otros útiles.
A las 5 de la tarde vino un indio con cuatro chinas, de las cuales la una era la Cacica Vieja, y la otra la lenguaraza Teresa. Trajeron dos bolsas de manzanas que repartieron á los marineros: les pregunté á qué venian, y dijeron que á ver, y que las mandaba el cacique Francisco. Les pregunté ¿porqué se habían venido del Choelechel, habiendo quedado conmigo en que me esperarian en aquel sitio, para desde allí mandar chasque al pueblo, y en trayendo la respuesta seguir juntos rio arriba?—Dijo que el marinero Miguel Benites les habia dicho que yo llevaba la determinacion de avanzarlos, y que esto lo habia dejado de hacer antes con Francisco, y algunos indios, porque los queria prender á todos con los toldos, caballos y todo lo que tuviesen, y que por esto habian huido precipitadamente de miedo, y que asimismo habian venido dos indios del Colorado, á decirles de parte del cacique Negro á Francisco que no se fiase de nosotros, pues traiamos intentado prenderle y matarle. Procuré como pude hacerle conocer lo contrario, y le dije, que respecto á que Miguel Benites estaba en poder de Francisco, que me lo trajese y viniese con él, y que veria como confesaba la mentira, con que los habia engañado, solo con el fin de casarse con la hija de Francisco, de quien se hallaba apasionado: y á esto se rien así estos como los Chulilaquin y dicen que como le habian de dar á un esclavo la hija de un cacique!
Los agasajé bastante y se quedaron á dormir, por tener los toldos (segun dicen) á la parte del N del rio, juntos con los del cacique Niquiliña, de donde salieron esta mañana temprano.
Le hice otras preguntas tocantes al reconocimiento, cuyas respuestas dejo de escribir, las unas por poco verosímiles, y las otras porque ya las tengo apuntadas por informes antecedentes. Esta mañana apareció la Cordillera toda blanca de la nieve que cayó de noche.
Anocheció con el viento al NE flojo, y los horizontes achuvascados. A las once, empezó á llover.
DIA 11.
Amaneció lloviendo: á las 10 de la mañana cesó un poco el agua, y seguí rio arriba. A las 500 varas de distancia descargué parte de la carga de las embarcaciones, para pasar un salto de poca agua; y aquí ayudó un indio de los de Francisco con su caballo, que contribuyó bastante á pasar.
A las cuatro de la tarde hallé dos despeñaderos de corrientes seguidos, y de muy poca agua, y visto que no me llegaba el resto de la tarde para pasarlos, arrimé á tierra á la banda del N, para pasar la noche. A esta hora llegó la china Teresa, la Cacica Vieja, y otra con Benites se habia huido anoche con otro desertor de los acerradores, llamado Francisco, que habian robado dos caballos y el sable del cacique, y este indio con otros dos iban siguiendo el rastro en busca suya. Al anochecer llegó el indio, y dijo, que el rastro habia llegado cerca de nosotros, y que luego se habia vuelto para atras.
El dicho Benites perdió las pistolas, porque habiéndole hallado una cuadrilla de Tehuelches lo corrieron, le dieron dos puñaladas en una espalda, se le disparó una pistola, y la bala le pasó un muslo, y por escaparse de la muerte se tiró al rio, y en él se le quedaron las pistolas.
La navegacion de este dia fué de cuarto de legua al NO corregido. Anocheció con el viento al SSE flojo, y los horizontes achuvascados. A las diez de la noche empezó á garuar.
Parece que Benites intentó sublevar todos los indios, porque así á los Guilliches como á los Tehuelches y Aucaces les dijo que nosotros teniamos intentado poner guardias y poblar el Choelechel, á fin de que estas naciones no pudiesen tener comunicacion con los campos de Buenos Aires, que es de donde se proveen de todos ganados, y esto es lo que mas sienten los indios: y verdaderamente si esta comunicacion les falta no tienen como vivir, y se verán precisados á domesticarse y reducirse, por esto dicen que están (los Aucaces particularmente) muy mal con nuestro reconocimiento, y por cuantos caminos halla su imaginacion, procuran saber á que fin es nuestra venida, y dicen que de ningun modo les puede ser á ellos útil. Estas conferencias celebradas entre ellos, las sé por los ladinos y ladinas que suelen venir á hablarnos, de quien procuro informarme, tomando para ello aquellas medidas que me parecen á propósito, segun me lo permite la cortedad de mi talento.
Preguntándole los indios á algunos individuos de las tripulaciones, á qué veniamos, les respondieron que solo á buscar manzanas: y despues supe que en sus conferencias decian que no era posible, porque en la tierra de los cristianos habia de esta fruta, y que la podiamos conducir al Rio Negro en las embarcaciones mayores, sin pasar los trabajos que pasamos por este rio arriba. Dejo otras reflexiones que me han dicho que hacen los indios, hasta informarme mas bien de ellas; pero es cierto que lo que les hizo mas ruido fué la poblacion del Choelechel.
Los campos que median entre el rio á donde me hallo, hasta la falda de la alta Cordillera Nevada, que tirando al OSO habrá dos leguas y media, y tirando al Cerro de la Imperial, ocho, son llanos, crian bastante pasto, sin maleza ni tomillo, y me parece que pueden llevar fruto, pues ya no se vé aquella esterilidad de las tierras antecedentes.
DIA 12.
Amaneció lloviznando, y así se mantuvo todo el dia; y seguí rio arriba, que creció un poco con la escasa lluvia de estos dias, pero no fué bastante la creciente á franquearnos suficiente agua para que las embarcaciones naveguen sin ir arrastrando por el fondo. Este dia se hallaron muchos árboles de manzanas, y particularmente en un potrero, donde llegué á la noche, en el cual hay con abundancia, pero sin siquiera una manzana.
En cualquiera parte á donde se recogen frutas, siempre queda alguna en los árboles por descuido de los cosecheros; pero los indios son cosecheros tan finos, que ni una siquiera dejan por descuido.
Navegué dia este al NO 5° N una y media millas de distancia.
DIA 13.
Al amanecer llegaron á bordo siete indios Peguenches, uno de ellos hablaba regularmente. Daba noticia de Buenos Aires, Montevideo, Maldonado, Santa Teresa, Santa-Fé y Valdivia. Desde este sitio á dicha plaza dice que hay tres jornadas: que los pinos estan por la Cordillera, y á la falda del Cerro de la Imperial: trajo algunos piñones y manzanas. Los agasajé todo lo posible, y diciéndole que si me conducia una carta á Valdivia le pagaria bien la diligencia, dijo que la llevaria con mucho gusto, si no fuera porque le parecia que los cristianos estaban mal con los indios; pues hacia poco tiempo que habian hecho una salida, en la cual habian apresado un toldo, y que por esto no se determinaba. Me dijo que tenia vacas, y que entre los indios habia bastante de este ganado, caballar y lanar: que en llegando cerca de sus toldos hariamos trato con algunas vacas. Se fué á las ocho, y yo seguí mi viage: se llama este indio Ignacio Delgado.
A las 2 de la tarde llegó una de las mugeres de Chulilaquin, llamada Guichalachen, con un indio ladino, y otros. Estos indios y chinas trajeron en sus bolsitas piñones y cinco carneros y un macho, muertos: pues habiéndole yo ponderado la necesidad en que me hallaba, á fin de que no me pidiesen, vinieron en dicho socorro, y una vejiga de grasa de vaca que trajo Guichalachen con una bolsa de piñones. A estos igualmente obsequié, gastando toda aquella paciencia que se necesita para tratar con ellos, y aquellas rústicas y groseras políticas que son precisas para hacerse amable entre esta gente salvaje, y pudiera llamarlas finas por lo rústicas y separadas que estan de las que se usan entre naciones cultas.
Me ponderaron estos indios su pobreza, y el dolor que tenian en que sus fuerzas no pudiesen contribuir á mi alivio y al de toda la gente: y así estos coma los Peguenches que vinieron esta mañana, viendo los marineros desnudos con frio excesivo metidos en el rio, arrastrando las embarcaciones, decian lastimándose: pobres soldados, en su idioma.
Para despacharlos les ponderé el deseo que tenia de llegar á sus toldos, y que esto me precisaba á dejarlos y seguir viage: con esto, y con haberlos regalado algunas frioleras y bastantes palabras de amistad, se fueron, dejándome dicho que aquellas ovejas y piñones que me habian traido, se las habian comprado á los Peguenches, por caballos, pellejos, &a. El rio estuvo tan malo, que todo el dia navegué por dos palmos y por menos de agua, arrastrando continuamente las embarcaciones: excesivo trabajo á la verdad para las fuerzas de los marineros, pero poco para el espíritu que los alienta, con la esperanza de llegar á la laguna de Huechum-lauquen, y en ella tener socorro de Valdivia, para continuar con las crecientes de los rios el reconocimiento del de la Encarnacion y el Diamante, en lo cual procuro con la mayor viveza esforzarlos; y ellos esperanzados en que tendremos víveres de Valdivia, no solo trabajan con vigor, sino que se convidan á pasar á dicha plaza entre 12 hombres armados, aunque sea pasando por entre los indios á fuego y sangre, á fin de tener de ella los socorros necesarios para concluir el todo del reconocimiento; y es de admirar esta constancia y firmeza entre marineros, pero no saben las dificultades que median desde aquí hasta conseguir lo que proponen[20].
Navegué este dia al NO 5° N una milla de distancia.
DIA 14.
Al amanecer me puse en camino rio arriba: pasaron algunos indios sin llegar á bordo. A mediodia llegaron dos: estos traian algunas piedras de guanaco para vender, y una chiquita bolsa de piñones, lo que no se les compró, así porque esto no es lo mas importante, como porque querian mucho por ello; y lo mas, porque hallándome ya casi destituido de las bujerias que traje para regalarlos, y de bastantes cosas mias propias, con que obsequié á unos y otros, algun resto que queda le voy resguardando hasta ver si hallo algun indio que quiera ir á Valdivia, en cuyo caso será indispensable regalarle bien. Se fueron luego estos dos indios, y á las 3 de la tarde llegó un muchacho ladino con otro 4 indios y una china vieja: este trajo un cordero; la china y los otros compañeros trajeron algunas manzanas, y cada uno una chiquita bolsa con piñones. Vaciando estas bolsitas advertí una mazorca maiz, y registrando cuidadosamente saqué de entre los piñones maiz muy bueno, trigo superior, chícharos blancos y otros casi negros algo mayores, habas y lentejas; las cuales semillas puse en una bolsa. Preguntándoles á estos indios si estaba lejos la tierra á donde se sembraban y recogian estos frutos, me han dicho que distante de aquí una jornada, pues en las llanuras de Huechum-lauquen sembraban y recogian los indios con mucha abundancia.
Parece que los Peguenches defienden y estorban el que estos indios, que habitan las márgenes de estos rios y andan vagantes, entren en sus tierras ni pasen á la Cordillera á buscar piñones ni manzanas; porque preguntándole yo, porqué no traian los caballos bien cargados de piñones, ya que los habia en tanta abundancia, como me ponderaban, dijeron, que los dueños de los piñares se los vendian á estos, y que valian bastante caros; y que las manzanas que habia en estas inmediaciones ya se acababan por la mucha indiada que se junta por estos tiempos á la cosecha, y que consumen de esta fruta con exceso, porque hacen de ella (ademas de la que comen) cidra ó chicha: y que para pasar á las faldas de la Cordillera á buscarlas, es menester que se les compren á los dueños de aquellas tierras, y yo presumo que como estos indios Tehueletos, Guilliches, Leubus, Chulilaquines, y otros pasan toda su vida vaqueando, cazando y robando, que es de lo que se mantienen, aquellos que siembran y tienen ganados, precisamente estan de asiento en parage fijo: y así, por venderles á los otros los frutos que se crian y los que recogen por medio de la agricultura, como asimismo por estorbar que estos vagamundos les roben sus haciendas, si les permitiesen la entranda á ellas, emplearán todas sus fuerzas, á fin de que no les entren. Contestan muchos indios en que Ignacio Delgado es cacique, y hombre de mucha hacienda: este vive á la orilla del rio Catapuliche, un poco mas arriba del desague de Huechu-huechuen, en dicho Catapuliche.
El rio Huechu-huechuen es menos que el Catapuliche: entra en este por la izquierda siguiéndolo aguas arriba.
A estos indios agasajé y regalé, habiéndose ido á sus toldos ya puesto el sol; y yo me acampé en una isla grande que divide el rio en iguales proporciones. En esta isla hay cantidad de grandes manzanos, pero sin siquiera una manzana: tan expertos son los indios en el arte de recoger que no se les olvida una siquiera encima, y al pié del árbol.
El Cerro de la Imperial se descubrió esta tarde: hermosísimo, desde alto á bajo cubierto de blanquísima nieve, y asimismo la Cordillera, cuya eminencia dista de nosotros, al rumbo del OSO, dos y media leguas de distancia.
Navegué este dia, ó mas bien, arrastré las embarcaciones este dia, al NO 5° N, una milla de distancia.
DIA 15.
Salí al amanecer continuando rio arriba. A mediodia llegó el indio que ha sido amo del negro Ventura: trajo una oveja muerta. Lo regalé con lo que pude por esta fineza, y se fué muy contento. Al irse este vinieron 4, cada uno traia una bolsita con cosa de una libra de piñones para vender por yerba; pero no se les compraron, porque ya queda muy poca. Al anochecer se fueron, y yo me acampé á la parte del S del rio, habiendo arrastrado las embarcaciones una milla de distancia al NO 5° N.
A la orilla del rio casi toda la distancia de hoy parece todo campamento de indios, que poco ha lo levantaron. Las islas están llenas de manzanos, pero las manzanas ya las recogieron los indios; y es cosa admirable el ver entre poca tierra mezclada con chinos y arena, unos árboles tan grandes, tan poblados de rama y hermosos, que no los ví mejores en ninguna parte. Latitud observada, 39° 33′.
DIA 16.
Este dia navegué con menos trabajo que otros. A mediodia estaba distante de una sierra nevada de la Cordillera tres cuartos de legua, demorándome al OSO corregido. A las 3 de la tarde hallaron les maestros calafate, sangrador y un marinero, un chico manzano, del que recogieron como 100 manzanas: junto á dicho árbol habia otros muy grandes, pero ya le habian quitado la fruta los cosecheros de estos paises. En toda la distancia que caminé este dia, hay un potrero, ó llanura de buena tierra, á la parte del N, y á la del S tambien es buena, pero no es de tanta extension. Hoy no parecieron los indios, y creo seria por el mucho frio y fuerte viento del O que nos incomodó bastante: este viento viene por las nieves de la Cordillera, y con él se pone el agua del rio tan fria, que los marineros que andan precisamente metidos en el rio, lo mismo es salir que se les raja la piel, particularmente en las piernas, en las que se les hacen profundas grietas. Navegué este dia al NO 5° N dos millas de distancia; y me acampé á la parte del S del rio, junto á un salto grande, que se previene para pasar mañana.
Yujaunaujén se llama por los indios el cerro Imperial.
DIA 17.
Salí al ser de dia, y continué por un imponderado despeñadero de corriente; y como ya en estos parages no gasto otra sirga que un calabrote, por no poder otros cabos resistir al impulso de la corriente, meten á veces las chalupas los castillos debajo del agua. A mediodia llegó Maria Lopez con su marido, y otro indio con una embajada de Chulilaquin, diciendo que la noche pasada habian muerto de una puñalada en su toldo al cacique Guchumpilqui, porque este con otro indio, que tambien mataron, habian venido á solicitar de Chulilaquin el que con su gente se juntasen para avanzarnos y destruirnos: y que por esto Chulilaquin le habia muerto, y así que temian el que los Aucaces viniesen á tomar venganza de la muerte de su cacique, y que lo esperaban esta noche: por lo cual Chulilaquin me rogaba lo favoreciese con 10 soldados para que le ayudasen, y que para conducirlos mandaria caballos. A esto le respondí, que bien veia que me eran necesarios todos los soldados para tirar las embarcaciones, y que por esto no podia mandárselos; pero que yo haria diligencia de llegar con los barcos á los toldos, y que entonces estaria defendido de los Aucaces. Volvió repetidas veces á importunar por los 10 soldados, y yo escusándome suavemente, la regalé y se fué; pero antes de irse se arrimó cuidadosamente al patron de la chalupa San Juan, y le preguntó, si sabia si al capitan Chiquito le habian muerto los cristianos, ó estaba en Buenos Aires. Yo que enteramente desconfio de estos bárbaros, me hizo esta pregunta mayor la desconfianza, aunque así ella como los dos indios venian con el aspecto asustado.
A las 4 de la tarde llegó un indio ladino, y un esclavo de Chulilaquin con dos caballos de diestro, ponderándome la fineza de Chulilaquin por haber muerto á Guchumpilqui en defensa nuestra, y que aquellos dos caballos los traian para que fuesen en ellos dos soldados, para que esta noche los ayudasen contra los Aucaces. Estos venian como asustados, y con mucho empeño á llevar los dos hombres que pedia su cacique. A este le dije le dijese, que mi gusto era defenderlo, y que no solamente 2, sino 20 le mandaria: pero que estos soldados no entendian la lengua de los indios, ni tampoco sabian pelear, sino al lado de su capitan; y que si yo llegase á tiempo le socorreria, y sino que trajese su gente y toldos para donde yo estoy, y entonces que no tuviese miedo, aunque viniesen mas indios que yerba tiene el campo. Se fueron los indios, y yo me acampé á la banda del S, parage de los mas proporcionados que hay para en caso de haber algun encuentro.
Mandé toldar las embarcaciones, alistar las armas, cargándolas de nuevo; montar los pedreros y esmeriles, y dormir toda la gente á bordo: porque, aunque en los semblantes y expresiones se vé el miedo que tienen estos indios, y á no ser cierto lo que dicen, parece mucha política para estos bárbaros, no obstante son muy diestros en el arte de engañar; y por esto me pusieron esta noche en mayor cuidado, pero lo cierto es, que con los Aucaces, ó con nosotros hay alguna revuelta ó intento, que si no llega á tener efecto, será porque no hallan hueco; si bien, que no dejo de pensar que los Aucaces pueden venir á vengarse de los que mató, robó y cautivó Chulilaquin, y que tambien ahora habrán muerto alguno. Pero la muerte de Huechumpilqui no la tengo por cierta, por lo que pude comprender y deducir de las respuestas de Maria Lopez á las preguntas que le hice: pero el querernos hacer creer esta muerte, es solo por obligarnos y vendernos la fineza.
Aquí se halló en una pequeñita isla un manzano chico, á quien quitaron los marineros hasta 200 manzanas. Navegué este dia al NO 5° N un cuarto de legua de distancia.
DIA 18.
Toda la noche se llevaron los teruteros en continuo alboroto, por la orilla del rio á la parte del N. Amaneció con el viento al O fuerte con algunos aguaceros, por lo que no fué posible el continuar rio arriba, ni aun examinar un paso que está inmediato, á ver si tenia paso para las embarcaciones.
A las 3 de la tarde ví venir una nube de indios á toda prisa, á distancia de una legua: llegaron á bordo primeramente 4, que fueron los dos hijos del Cacique Viejo, Manuel y Julian, la Cacica Vieja, y Teresa. Esta trajo una oveja de regalo, y la cacica otra: fué llegando la indiada, y á las 4½ de la tarde llegó Chulilaquin con el vestido de galones y su baston. Me hizo, por medio de la lenguaraza, un razonamiento digno de oirse.—Primeramente, ponderó su voluntad hácia nosotros: despues ponderó la siniestra intencion y alevosos hechos de los Aucaces con los cristianos, como andaban solícitos, buscando ayuda para matarnos, á cuyo fin habia venido el cacique Guchumpilqui, solicitando su ayuda y la de su gente; y que para empeñarlo en el asunto, le decia que yo venia de mala fé á matar los indios con capa de amistad. Pero que no pudiendo sufrir esto, lo mató inmediatamente en desagravio nuestro; y que por este motivo se habian juntado todos los Aucaces contra él, y que sin duda alguna venian á darle esta noche el avance. Y así, que habian salido huyendo á refugiarse á la sombra de sus leales amigos, porque sabia que perderian la vida sus amigos los cristianos, antes que permitir su ruina: y así, que aquí tenian un fugitivo que buscaba mi amparo y patrocinio, y que fiaba de mi amistad saldria con mis soldados en defensa suya cuando llegase el lance.—Lo obsequié bastante, y le ofrecí firme amistad; y que estando él y su gente junto á nosotros, nadie le ofenderia. Toda la indiada estaba á caballo á la orilla, y yo con todas las armas prevenidas, las chalupas á son de combate y las mechas encendidas. Procuré animarlo mucho, y hacerle ver la poca gente que eran todos los Aucaces para nosotros. Disparé un cañonazo á su solicitud, para que los indios lo viesen y oyesen el estruendo; todo lo cual hacia el entender á los indios, ponderando la fuerza de nuestras armas. Y yo se la encarecia bastante, y que diesen gracias á Pepichel por haberle en este aprieto socorrido con tan buenos amigos. Me dijo que tenia noticia que el Cacique Negro habia dicho en el establecimiento del Rio Negro, que el baston que le habian regalado lo habia cortado para rebenque, pero que allí estaba el baston para que se viese la mentira, y que era prenda que él estimaba mas que otra alguna. Con una hora de noche se retiró á sus toldos, que distan como tiro y medio de fusil de nosotros, dejándome encargado por repetidas veces el socorro de nuestras armas.
Se quedó la lenguaraza, porque dijo que tenia que hablarme en secreto, por lo cual supe el lance de Chulilaquin con Guchumpilqui, y fué, que, habiendo este venido con yeguas, ponchos y otras cosas, á rescatar una hija que tenia Chulilaquin que no ha mucho le habia cautivado, ya el ajuste hecho y entregado el rescate al cacique Chulilaquin, un hijo de este, porque Guchumpilqui no le habia dado nada, sacó la daga y le dió dos puñaladas, estando sentado, y luego mataron á un indio que habia traido consigo. Asimismo me dijo, que el cacique Francisco no habia querido entregar á Miguel Benites, y que habia sublevado á todos los Aucaces contra nosotros; y que no tenia que advertirme, respecto á que ya conocia bien á Francisco, que el mayor sentimiento suyo y de los Aucaces era el que se poblase el Choelechel, y hubiese cristianos en este rio. Que tampoco tenia que fiarme del Cacique Viejo, porque este y Francisco eran una misma cosa: que ella ya estaba cansada de andar entre los indios, y que con tal que no la entregase á ellos, se quedaria con una muchachita pequeña: que por ella, á fin de matarla, entregaria Francisco los tres desertores nuestros, pero que podiamos tomar los tres desertores, y ella quedarse. Que de Francisco ya no habia que esperar otra cosa que robos de ganado y de cristianos, y de buscar confederados que le ayudasen contra nosotros. Dicho esto se fué, y yo alargué de tierra las embarcaciones cuanto me permite la seguridad posible, lo incómodo del sitio, para que nadie pueda salir ni entrar á bordo; habiendo recogido toda la gente y las chalupas con los toldos puertos, porque la noche se puso cerrada en agua.
DIA 19.
Toda la noche estuvo lloviendo, y los indios en continua griteria á caballo: amaneció lloviendo, y así anocheció. Están los indios tan llenos de miedo, que ellos mismos confiesan, que los oprime tanto, que aun tienen miedo de llorar; y esto que es número de indios considerable.
Esta mañana se fué la Cacica Vieja, y dejó á la lenguaraza Teresa: esta me pidió que por Dios la llevase á bordo, así porque no, la matasen los Aucaces, como porque no queria andar mas entre los indios; y porque tiene una niña que dice quiere ser cristiana. Me pareció obra de caridad el admitirla, y tambien interesante, porque sabiendo ella los designios de los indios, se puede por su medio conseguir el saber alguna cosa que convenga, por lo cual la admití á bordo.
A las 4 de la tarde llegó un indio de chasque á Chulilaquin, mandado por un cacique amigo, por el que le avisaba que los Aucaces de seguro llegaban mañana á avanzarle, pues ya estaban cerca aguardando á que descanzasen los caballos para entrar en la refriega, y que de camino decian que habian logrado la ocasion de llevar bastantes cristianos cautivos.
Es constante que siempre tuve alguna desconfianza, y al principio no quise creer de modo alguno la muerte de un cacique tan principal y respetado por sus robos y atrocidades, como era Guchumpilqui: pero son ya tantos los indicios y señales que he visto, que me fué preciso creerlo. Casi de noche trajeron algunos indios los toldos debajo de la artilleria de las chalupas, y no hallar lugar á donde meterse.
La lenguaraza Teresa me dijo que era cierto que los Aucaces tenian determinado sorprendernos, y que para observar nuestros movimientos habia mandado Guchumpilqui á Ignacio Delgado, que era de su gente, y que tenian pensado el regalarnos ó vendernos algunas vacas para que saliese la gente á carnearlas á fuera, y entonces que á su salvo nos tenian muertos, y se apoderaban de la carga de las chalupas: y que haciendo esto no poblarian el Choelechel, ni les estorbarian el paso á los campos de Buenos Aires, que es de donde se surten de ganado. Y á la verdad, ellos no lo entienden, porque la mejor ocasion era de dia, cuando toda la gente va desnuda, arrastrando por espacio de mediodia, una chalupa, dejando la otra sola y precisamente varada, y luego vuelve en busca de esta, dejando la otra en la misma disposicion.
Me dijo asimismo, que el número de Aucaces era grandísimo, y que estos indios que paraban junto á nosotros, no eran nada en comparacion de los que vendrian á buscarlos.
Me dijo asimismo, que los dos marineros, Mariano Gonzalez y José Navarro, que estaban muertos, pero no por mano de los indios; pues Guchumpilqui los habia entregado á las chinas para que los matasen. Reflexionando en todo esto, y que pasa ya de un mes que no hallé parage en este rio tan defendido como el en que me hallo, porque todo es varadero, y se pasa por donde quiera á caballo sin que se le moje la cincha, tengo pensado detenerme aquí el dia de mañana, fortificar el sitio; y en todo caso tengo mas de 100 soldados, (digámoslo así) en los indios de Chulilaquin, quienes precisamente han de pelear por defender sus vidas: y así como él viene buscando nuestro socorro, podemos decir que hemos hallado nosotros socorro en él: porque si los Aucaces, sabiendo que estamos juntos y aunados, (como dicen estan persuadidos) vienen á avanzarnos, ciertamente que mejor lo harán cuando nos hallen solos é indefensos, los marineros con una embarcacion á cuestas arrastrando, que ni para abajo ni para arriba se puede navegar dentro de ella, porque en todas partes vara, y la otra sola y varada de la misma suerte.[21]
El hecho de Guchumpilqui en llevar los expresados dos marineros, despues de haberlo yo regalado y obsequiado mucho, y de haber venido embarcado el cacique Roman y el indio José, dá á conocer su intencion, y que de ningun modo apetecen los Aucaces nuestra amistad; y que si pudiesen, hubiera hecho con todos nosotros lo mismo y de mejor gana, pues les interesaba mas: y esto se puede esperar tengan pensado aquí, que es lo mismo estar en el rio que en tierra, porque su caudal de agua no estorba á pasarlo de un lado á otro, pero ni aun de galoparlo. Aquí estoy en un pozito corto, pero no es menester casi nadar para llegar á las chalupas; y en todo caso mas vale esperarlos aquí que no media legua mas arriba, (en caso que se puedan subir las chalupas) ni 25 leguas abajo, pues en ellas no hay parage como este.
DIA 20.
Se llevó lloviendo toda la noche, y los indios estuvieron sosegados: talvez seria por haberles yo dicho que gritaban de miedo, porque los hombres de valor y de espíritu, y que tenian esperanzas de vencer á su enemigo, lo esperaban callado; y que primero se debia oir el ruido de las armas y los clamores del contrario, que los gritos, que, sin motivo, estaban dando al aire.
Luego que fué de dia, pasé á reconocer el campo inmediato, y héchome cargo de él, pensé el modo de fortificarlo: y para esto mandé llamar á Chulilaquin, avisándole que viniese de gala, con el baston y vestido que se le habia dado en nombre del Rey, mi amo, á quien él debia obedecer; y que tragese consigo los indios de mas suposicion: hízolo así inmediatamente.
Habia yo prevenido á los patrones, oficiales de mar y marineros, se aseasen lo mejor que pudiesen; y que dejando hachas y azadas á bordo, prontas á fin de desmontar un pedazo de sauceria y barrancas para igualar el terreno, bajasen conmigo á tierra la mitad de la gente, y los mas aseados y de mejor presencia, armados; y quedándose la otra mitad de guardia en las embarcaciones. Luego que llegó Chulilaquin al puerto que le habia señalado, lo recibí con amistad, y por medio de la lenguaraza Maria Lopez le hice un razonamiento segun me dictó en esta ocasion mi corto alcance: diciéndole, que él y sus indios habian venido fugitivos á ampararse de mí, tan asustados y temerosos de que sus contrarios les quitasen sus vidas, las que apenas podian respirar. Que yo les habia ofrecido favorecerlos: pero que las dos noches antecedentes no habia yo tenido cuidado alguno, porque sabia que no habian de venir á avanzarlos, como ya se lo habia dicho siempre: que él se me presentaba afligido, pero que ya hoy en el dia era otra cosa, porque los Aucaces habian ya tenido bastante tiempo para juntarse y prepararse suficientemente para seguirlos y acabarlos. Que él mismo les habia mandado á decir que estaba protegido de nosotros; y que en tal caso, siempre que dichos indios se determinasen á venir á avanzarle, que precisamente vendria un número crecidísimo; y que así estuviese atento y pensase bien en lo que le iba á decir.
Que yo era uno de los mas chiquitos criados que tenia el Rey de España, cuyo Señor tenia dominios en todas las cuatro partes del mundo: que se hiciese cargo de que, estando este Señor tan lejos de Buenos Aires, que se tardaba caminando de dia y de noche, seis, siete y ocho lunas, atravesando la mar sin ver tierra hasta llegar á donde estaba. Estando nosotros tan lejos de su presencia, todos le obedeciamos; y que primero perderiamos las vidas que dejar de obedecerle, y de cumplir en todo su voluntad, sin faltar en nada al mas mínimo precepto suyo.
Que ademas de las inmensas tierras que poseia este Gran Señor, tenia tantos tesoros y riquezas, cual el no era capaz de comprender; y mandaba tanta multitud de gentes, cual él no era capaz de imaginar. Que reparase en que, siendo yo uno de sus menores esclavos, se venia él á amparar de mí, y que de seguro podia yo solo con aquellos pocos soldados que me acompañaban, defenderlo de cuantas indiadas pudieren venir, acabando y haciendo pedazos con mis cañones á todos cuantos intentasen ofenderle: y que valia mucho mas tenerme á mí por amigo, que tener por amigos á todos cuantos indios y caciques abrigaba el continente. Pues yo solo valia y podia favorecerlo mas que todos ellos juntos; y que si así era el esclavo mas chico, que se hiciese cargo cuan poderosísimo seria el Señor. Que el vestido que me cubria me lo daba este Gran Señor: que él me daba de comer, me daba riquezas y estimacion: que yo gustosísimamente le servia y obedecia: que estas embarcaciones y cuanto venia en ellas era suyo, con gente y todo; y que de su mandado veniamos por este rio. Que todo aquel que no quisiese obedecerle, perderia la vida; y que era este Señor tan poderoso y de tan buen corazon, que á todos sus criados nos tenia mandado el que favoreciesemos á todos los indios, porque les tenia mucha lástima, sabiendo lo pobres é infelices que eran en todo. Esto es, pobres de hacienda y pobres de saber, pues andaban continuamente entre estos cerros, llenos de sustos, pereciendo de hambre y frio, y viéndose precisados á robar para poder vivir; y que á esto se seguian las muertes, y el andar continuamente por este motivo vagantes, fugitivos, y llenos continuamente de miedo, y que la benignidad de este Señor tan grande nos mandaba que atendiesemos á la pobreza de los indios, socorriéndolos y amparándolos á todos, pero particularmente á los amigos y fugitivos que viniesen á ampararse, como á él le sucedia. Que reparase en que de su mandado lo favorecia yo, y lo habia favorecido el Super-Intendente, y todos los cristianos del Rio Negro: que aquel vestido y baston que traia se lo habia dado este Gran Señor, y que se hiciese cargo los favores que le debia, y le habia hecho y hacia á todos los indios sin conocerlos.
Que yo ahora iba á tomar su defensa por mi cuenta, como este Señor mi amo me lo mandaba; pero que para esto era preciso que él y todos sus indios hiciesen en un todo cuanto les mandase sin faltar un punto en nada, y que no tuviese cuidado ninguno de sus enemigos, estando yo en su defensa: que los hariamos pedazos, aunque se juntasen mas indios que yerba tenia el campo, (toda esta relacion hacia yo en alta voz, y lo mismo hacia la lenguaraza Maria Lopez, estando toda la indiada en círculo y ella, Chulilaquin y yo en medio): pero que para esto era indispensable que él y todos los indios me obedeciesen, y fuesen leales vasallos del poderosísimo Rey de España, como yo la era, que en cualesquiera partes del mundo, donde se arbolase su bandera, debian todos estar obedientes á él.—A todo se convino, haciendo de cuando en cuando relacion á sus indios de los favores que recibia; y acabado esto le dije que dijese conmigo, él y todos: ¡Viva el Rey! A cuyo tiempo se largó la bandera y un cañonazo, con mucha aclamacion y griteria de todos los indios y cristianos.
Hizo despues Chulilaquin un razonamiento á sus indios, en que les ponderaba lo mucho que le debian, pues por la amistad que él tenia con los cristianos se veian libres de la muerte, y de perder sus haciendas, mugeres é hijos; y que diesen gracias á Dios de haber hallado en esta ocasion un tan buen amigo: que debian todos mirarme y respetarme como á un padre, pues tomaba á su cuenta su defensa. Se repitió por los indios la griteria y algazara.
A este tiempo hice señas á las tripulaciones que ya estaban prevenidas, para que con la mayor viveza desmontasen los sauces, y allanasen el terreno para que los indios se admirasen. Esto se hizo tan á lo vivo y con tanta presteza, que se quedaron los indios admirados. Mandé á todos los indios y chinas conducir todos los sauces cortados á todos los parages que eran necesarios para la fortificacion: de modo que en breve hice una especie de trinchera por medio de una zanja y sauces, poniendo estacas y atravesando palos en unas partes, y en otras cortando el terreno, la cual no pueden romper los caballos en ningun avance, dejando solo un boquete para entrar y salir á una sola parte de la orilla del rio. Esta entrada tiene solo 18 varas de ancho, y en ella prolongué las chalupas, montando la artilleria en los costados que decian hácia aquella parte. Les mandé deshacer todos los toldos y conducirlos adentro: se los mandé hacer allí juntos, y no separados como suelen. Todo lo egecutaron puntualmente, de modo que á las 2½ de la tarde estaba todo hecho.
Despues llamé á Chulilaquin con todos los indios y á la lenguaraza, y les ponderé el favor que me debian. Les dije que ellos ignoraban el arte de pelear, que para que viesen mi buen corazon, que reparasen como los guardaba, metiéndolos á ellos en casa, y poniéndome yo á la puerta á recibir los golpes, porque á ellos no los lastimasen: que ya veian el modo, la disposicion y ligereza de mi gente, y el modo como los guardaba. Todo lo cual entendido por Chulilaquin, (que es uno de los hombres mas capaces y reflexivos que he tratado) me dió la gracias, abrazándome muchas veces, que Pepechel le habia traido su mejor hermano. Hizo relacion, y le hizo entender á los indios los motivos porque yo habia hecho todo aquel aparato, y como me quedaba á la entrada por guardarlos á ellos. Se repitió la griteria, y al instante mataron una yegua la mas gorda que tenian, para regalar á las tripulaciones, y una oveja y dos cabritos para mí, (excesivo regalo para estos indios). A los marineros les regalaron piñones y manzanas, y no sabian que hacerse todos, y cada uno de por sí, con nuestra gente.
Al anochecer mandé que todos los indios ensillasen sus caballos, y estuviesen sosegados hasta que yo les avisase para seguir á los que se escapasen de la artilleria, y que se pusiesen cuatro indios en los mejores caballos á trechos de media á media legua, por el camino de los Aucaces, para traer la noticia. Les dí la seña, que era, ¡Viva el Rey! Quedaron tan satisfechos y tan llenos de valor, que ya parecian otros hombres.
Hecho esto, llegó un indio huido de los Aucaces, y dijo, que estos ya estaban cerca, que venian á avanzarlos; pero que hallado en el camino á la Cacica Vieja, les dijo que juntasen mas gente, ó que no viniesen, porque estaban los cristianos con Chulilaquin, y que venian á morir; y así, que fuesen á buscar más gente, y que por esto se volvieron. Esta noche dicen que llegó otro con la noticia de que decian los Aucaces, que los cristianos eran buenos esclavos.
DIA 21.
Se pasó la noche sin novedad. Amaneció con el viento al O récio, y en exceso frío. Estuvieron los indios muy contentos, y Chulilaquin de vestido y baston.
Hoy acaeció entre estos salvajes una gran fiesta, y la mayor entre ellos, por haber alcalizado su pubertad la nieta de este cacique.
A las 5 de la tarde vino un indio con la noticia de que los Aucaces habian mandado llamar á los Peguenches de uno y otro lado de la Cordillera, para venir contra nosotros; y estos que habian respondido si habian de venir á buscar balas, y que no quisieron: por lo que los Aucaces estaban enteramente desmayados.
DIA 22.
Amaneció nublado, y el viento al O friísimo y récio, sin darme lugar á poder hacer ningun reconocimiento, de cuyo modo se mantuvo todo el dia. A las 11 de la mañana llegó un indio de entre los Aucaces, y dijo, que estos habian convidado á los Peguenches de la una y otra parte de la Cordillera, para que los ayudasen contra nosotros, y que estos habian respondido que no querian venir á guerrear con los cristianos, porque no sacarian de ellos otro fruto que muchas balas. Que asimismo procuraron ellos solos venir sin el auxilio de los Peguenches, pero no queriendo muchos caciques acompañar á los otros, por quien eran solicitados, llegaron á enojarse los unos con los otros, de modo que se trabó una contienda en la cual murieron muchos.
A las 3 de la tarde vino á bordo la muger del cacique Francisco, á la que agasajé como siempre.
Al ponerse el sol les dí el santo á los indios, y largué embarcaciones de tierra. A las 9 de la noche se dejó caer un aguacero fuertísimo, con viento OSO duro; cesó este, y cayó nieve hasta las 2 de la mañana; y prosiguen los indios los bailes, en obsequio de lo acaecido á la nieta de Chulilaquin.
DIA 23.
Amaneció en calma: las montañas cubiertas de nieve, y los llanos del rio de una grande helada. A las 8 de la mañana compré un caballo, y salí con el bote á reconocer el rio Catapuliche, sirgando á la cincha; y á este tiempo se fueron Domingo Goytia y José Oyólas, en dos caballos que me prestaron, el uno, Chulilaquin, y el otro, un hijo suyo, á reconocer por tierra el Huechu-huechuen. Al mismo tiempo llevaron una mula que prestó Chulilaquin, para traer cargadas de manzanas: fueron acompañados del marido de Maria Lopez, hermano de Chulilaquin y de un sobrino suyo, indio ladino. Al mismo tiempo fueron otros indios y chinas á buscar manzanas.
Yo llegué á la boca del Huechu-huechuen, y reconocí su entrada: baja por un despeñadero con rapidísima corriente, por entre espesas peñas, y es de tanto caudal como el Catapuliche. Desde su boca hasta la Cordillera en línea recta hay una legua. Seguí el Catapuliche, y habiéndolo navegado una legua aguas arriba, arrastrando por el fondo del botecillo vacio, llegué á donde desplayándose un poco el rio, no permitió paso para el bote. Aquí fuí por tierra y salieron 5 indios á la furia por un cerro arriba: luego salieron otros 3 á toda prisa, y se repartieron tal vez, dando noticia á otros indios, de que íbamos nosotros. No pudiendo pasar mas adelante, volví á las 4 de la tarde. Al anochecer dí el santo á los indios, y largué las embarcaciones, y no vinieron todavia los dos marineros ni los indios que los acompañaban, ni otros que al mismo tiempo salieron á buscar manzanas.
DIA 24.
Amaneció en calma, habiendo caido esta noche una grande helada. A mediodia convidé á Chulilaquin á comer conmigo y á otros 4 indios de su familia, que parece son de los de mas cuenta que componen esta bárbara república. Ha estado muy regular y atento, así él como los 4 indios que le acompañaban, sin gastar aquellas pesadeses que acostumbraban en el establecimiento del Rio Negro. A las 3 de la tarde vinieron algunos indios y chinas, de los que habian ido ayer á tomar manzanas. Fuí inmediatamente á sus toldos á preguntar por los dos marineros que habian ido en su compañia, y me dijeron por medio de la lenguaraza, que habian quedado, porque se les habian perdido los caballos. Me impacienté bastante, y dije, que si en el dia no me traian los dos hombres, que no solo convertiria y reduciria todos aquellos toldos, sus indios, chinas y muchuchos á ceniza, sino que no quedaria cerro ni montaña en todo aquel distrito que no deshiciese y allanase á cañonazos. Diciendo esto, dí una voz á embarcar toda la gente y á prolongar los costados de las chalupas con los toldos, con la artilleria prevenida, y las mechas en las manos. Se ejecutó esto con tanta prontitud, que se quedaron asombrados todos los indios: y llenos de terror, corrió inmediatamente Chulilaquin á la orilla con sus mugeres y hermanos: con la lenguaraza corrió asimismo su hija, que llamamos la Princesa, con dos hijos y otros indios y mugeres de las de primera clase, todos asustados á donde yo estaba, disponiendo las embarcaciones, suplicando que me sosegase un poco, que mi gente no pasaria daño alguno, y que primero perderian ellos todos sus vidas. Me dijo Chulilaquin que cerca de las manzanas estaba su abuelo, principal cacique de aquella tierra, y que casi todos aquellos indios eran sus parientes: que su hermano, el marido de Maria Lopez, habia ido custodiando los cristianos, y su sobrino, por lo que no tenia recelo alguno, respecto á que estos no habian venido. Al mismo tiempo despachó 6 indios armados á saber de ellos: le hablé con sosiego, y le dije que yo estimaba mucho mi gente, y que se hiciese cargo de que el cacique Francisco me tenia un desertor: que los Aucaces me habian muerto dos con capa de amistad; y que esto me bastaba ya para escarmiento. Me dijo que tenia razon, pero que pereceria él y todos sus indios en venganza de algun agravio que hubiesen recibido los dos cristianos que habian ido en compañia de su hermano.
A las 5 llegaron dos esclavos de Chulilaquin, que fueron ayer á las manzanas, con la noticia de que nuestros dos marineros venian ya cerca con el hermano de Chulilaquin. A las 7 de la noche llegaron á bordo con un carguero de manzanas, y dijeron que su detencion habia sido porque habian ido de 8 á 9 leguas de distancia, y en ella, que se reparte el rio de Huechu-huechuen, en siete brazos, que bajan despeñándose de la Cordillera. Que llegaron muy cerca del Cerro de la Imperial, por la parte del S: que por las orillas de estos rios hay muchos árboles con pocas manzanas, por estar ya tomadas de los indios; pero que desde el parage á donde llegaron no se vé otra cosa en aquellos distados campos, que espeso monte de manzanos, amarillando su fruta encima de los árboles: que el suelo está empedrado ó matizado de esta fruta, en tanta abundancia, que los indios no se detienen en sacarla de los árboles, sino que la recogen de la que está en el suelo, amontonándola con los pies para meterla en las bolsas, ó sacos que llevan para conducirla. Que las tierras son de superior calidad, campos doblados y llenos de arroyuelos que los baña. Que estos manzanos no estan solo á las orillas de los arroyos, sino por toda la campaña: que es la mayor delicia que puede imaginarse el ver aquella tierra tan fértil y fructifera. Que la tolderia del abuelo de Chulilaquin ascenderá de 80 á 100 toldos: que la laguna de Huechum-lauquen está detras de un cerro que un indio les señaló, distante dos leguas de á donde ellos llegaron. Que vieron el parage á donde está enterrado Guchumpilqui, nombrado por estos indios el cacique alentado: que vieron su sangre; y que el hermano de Chulilaquin queria que le desenterrasen y me trajesen la cabeza, lo que no hicieron por ser ya tarde. Desde el parage donde estuvieron tomando las manzanas, dicen que se mira una llanura que se pierde de vista, sin que ninguna serrania se ponga delante, mirando al O: que al N y al S está la Cordillera cubierta de nieve; y que esta se les quedaba mas atras de donde llegaron, y en esta atencion que les parece ya no haber serrania á dicho rumbo hasta la mar del S, y esta dista del parage á donde me hallo, en línea recta, 16 leguas.
Prosiguió esta noche el bárbaro baile en obsequio de la nieta de Chulilaquin.
DIA 25.
Ayer estuvo en estos toldos un pariente de estos indios, que está casado entre los Peguenches: yo no lo he visto, pero me lo dijeron. Este vino á saber si yo le compraba algunas vacas; y habiéndole dicho el cacique Chulilaquin que las trajese que se le comprarian, se fué diciendo, que el dia de hoy las traeria. Preguntándole yo esta tarde á Chulilaquin como no venia el indio que habia ofrecido traer el ganado; me dijo, que no habia que fiar, porque seguramente aquel habia venido á ver y á observar en que disposicion estábamos, y yo sentí no haberle visto, porque por el interes cualquier indio Aucas ó Peguenche me conduciria una carta á Valdivia, á fin de tener de allí los auxilios necesarios para concluir el todo del reconocimiento, por serme sumamente doloroso que al cabo de haber pasado tanto trabajo, no tenga con que reconocer el Diamante, ni con que subsistir hasta que lleguen las crecientes para poder navegar dicho rio; ni el de la Encarnacion, que hago juicio pasará muy cerca de Chile: y solo me detuve hoy aquí, por ver si por algun camino se proporciona mandar chasque á Valdivia. Mas arriba por el rio no puedo navegar por falta de agua, y mas abajo es alejarme de los indios, por cuyo medio pudiera ser conducida la carta, y por esto me detuve. Pero ya el pan dá pocas treguas, y si en el dia de mañana no se proporciona chasque que vaya á Valdivia, tengo ya determinado el regreso al establecimiento del Rio Negro.
Hoy regalé á Chulilaquin y su familia con algunas bujerias y tabaco, y á otros de los principales, de lo que quedaron agradecidos, y regalan á los marineros manzanos, piñones, y les ofrecen de sus comidas con bastante agasajo.
Al hijo de Chulilaquin, que mató á Guchumpilqui, le sobrevino una grande calentura. Lo visité muchas veces: le hice poner puchero, y el sangrador le aplica los remedios que le parecen á propósito; y de esto están mas agradecidos. Al anochecer le dí el santo á Chulilaquin: recogí toda la gente, y largué las embarcaciones afuera.
DIA 26.
Amaneció con el viento al SO fuerte, y aunque deseo mucho el ver algunos Aucaces ó Peguenches, para por su medio dar aviso á Valdivia de mi paradero, á fin de tener de allí los auxilios necesarios para proseguir el reconocimiento con las crecientes, no me dán lugar los viveres á esperar mucho; y porque Chulilaquin está tan indispuesto con ellos por la muerte de Guchumpilqui, y asimismo por los dos marineros que este con su gente se llevó. No me parece sea fácil el que pueda conseguir el intento, por cuyo motivo le dije á la lenguaraza que le dijese á Chulilaquin, que ya habia llegado la hora de mi regreso al establecimiento. Sabido esto por Chulilaquin, vino á bordo apresuradamente, y me dijo, que como le queria dejar en manos de sus enemigos, que no tardarian mas en quitarle la vida, que lo que yo tardase en salir de junto á ellos con las embarcaciones? A esto le dije, que como tenia tanto miedo, respecto á juntarse entre sus toldos y los de su abuelo, sobre 150, entre los cuales habria mas de 600 hombres de guerra; y que los toldos de su abuelo estarian junto con él dentro de dos dias, pues ya iban viniendo á incorporarse, y estando juntos ya era suficiente gente para defenderse. A esto me dijo muy lastimado: ¡Ah, hermano! que Vd. no sabe la indiada que hay entre estas sierras, que son mas que yerbas tiene el campo, y me la estan jurando para la hora que de mí se aparten los cristianos. ¿Pues qué, le parece á Vd. que ellos por mi gente dejan de venir? No: que ellos mismos lo dicen, y me estan mandando á decir, que á mí no me tienen miedo, sino á los cristianos. Yo me vine huyendo para seguir para abajo, ó para arriba la orilla del rio, por ampararme de Vd. Y ahora ¿qué haré si Vd. me desampara? Mi hijo está enfermo, como Vd. está viendo, sin poder montar á caballo: mi súplica no se extiende á mas que dos ó tres dias que pueda Vd. parar hasta ver si mejora, para seguirlo á Vd., y marchar bajo su proteccion: pues con que sepan los Aucaces que yo salgo á la par de Vd., es bastante para que no me sigan. A esto le respondí, que yo me estaria con mucho gusto, pero que no podia de modo alguno, porque se me acababan los víveres, y no tenia que dar de comer á los soldados, y que solo podria estarme hasta mañana. Se fué, y mandó chusque con tanta diligencia á una tolderia que estaba de aquí 6 leguas, que á las 4 de la tarde ya tenia dos vacas en los toldos, y vino inmediatamente, y me dijo: Hermano, si la causa de apresurar Vd. su viage, es la falta de víveres, ya esta cesó; pues tenemos aquí dos vacas y vendrán mas: ya hay que comer media docena de dias. El dueño no quiere por ellas género de los indios, porque de lo que nosotros gastamos tiene él con abundancia; pues no es pobre, y nuestras riquezas se reducen á cueros. Desea algunas cosas de que acá carecemos, y tienen Vds.: si Vd. quiere comprarlas por algunas cosas de estas, será de cosa á que estaré agradecido; y sino, las pagaré yo, aunque sea quitándoles á mis mugeres é hijas las mismas alhajas que Vd. les dió, para comprarlas; á fin de que Vd. aguarde á que mi hijo se mejore, cuanto pueda llevarlo sobre un caballo.[22] Le dije que no queria que se destituyese de sus cosas: llamé al dueño de las vacas, y ajusté una por dos frascos de aguardiente, y otra por tres cuchillos viejos, un freno idem, dos varas de tabaco podrido, dos trompos, y unas pocas de cuentas de vidrio.
No me desagradó el estar mas aquí dos ó tres dias, á fin de lograr si puedo el intento referido; y estando estos indios agradecidos y persuadidos á que solo por ellos es la detencion, y yo deseo el que se junten algunos indios de los Aucaces y Peguenches: porque, aunque estan contrarios tienen parientes casados unas naciones entre otras, y estos son los que dán los avisos, y puede ser que logre lo que tengo pensado.
Al anochecer le dí el santo á Chulilaquin: recogí toda la gente, y largué las embarcaciones afuera.
La anta se llama entre los Guilliches haleglique, y el pellejo ysanam.
DIA 27.
Amaneció con el viento al OSO fresco. A las 8 vino el indio que vendió las vacas, y duró el ajuste de ellas hasta mediodia, habiendo quedado ajustadas de ayer, porque pedia muchas mas cosas de las en que fueron ajustadas, alegando el que eran grandes: el trabajo que le habian costado el haber salido de sus toldos con el frio que hace, solo por traernoslas. No obstante, no le dí siquiera un ápice mas de lo ajustado, diciéndole, que las llevase, que yo tambien me marchaba. A esto vino Chulilaquin y me dijo, que mandase un soldado á escoger las vacas: así se hizo, y despaché al que las habia vendido.
Al hijo de Chulilaquin le dió hoy un vomitivo nuestro sangrador, que lo asiste en su enfermedad desde su principio; y asimismo toma los caldos del puchero que le mandé hacer á mi criado, desde que cayó enfermo. Asimismo asiste á otros enfermos, contribuyendo yo con aquello que tengo para su alivio, pues en la caja de medicina no hay con que curar.
Esta tarde me ofreció el yerno de Chulilaquin, marido de la que llamamos Princesa, que mañana pasaria á ver unos parientes suyos, Aucaces, á fin de negociar chasque á Valdivia, y de camino que iba á traer piñones. Los chinos y chinas no cesan de conducir diariamente cargueros de manzanas: las comen crudas, asadas y en todos los guisados, y hacen chicha y orejones. Con todo, dicen que hay tantas sobre las sierras, que sin embargo de haber tantas indiadas, no es posible darles fin, y que el suelo queda de un año para otro empedrado de manzanas podridas; si bien asimismo dicen, que los Aucaces y Peguenches no gastan muchas, solo en la chicha, porque tienen mucho que comer, que estos tienen de todos frutos y legumbres, mucho ganado lanar, caballar y vacuno, y que por esto gastan poca manzana en la comida; pero en la bebida que gastan muchísima, y que por el tiempo de las manzanas están casi siempre borrachos.
Al anochecer le dí el santo á Chulilaquin, y largué las embarcaciones afuera.
DIA 28.
Al salir el sol me fuí al toldo del yerno de Chulilaquin, á fin de que abreviase el viage, y á encargarle que me trajese dos docenas de piñas con piñones, porque ademas de que deseo verlas, estimaria que me las trajesen por conducirlas al Rio Negro, de donde se podrian remitir al Exmo. Señor Virey, y aun á la Corte, porque me parecen serian dignas de verse por su extraordinario tamaño, segun me dicen: y segun la proporcion que tienen los piñones de España con las piñas, es preciso que estas sean mayores diez ó doce veces que nuestras piñas de España, pues me parece que un piñon de estos excede á uno de aquellos en tamaño, en otras tantas, y aun mas. Llegué á dicho toldo, y en él hallé una porcion de indios, los cuales, oyendo lo que yo le encargaba al indio, yerno de Chulilaquin, por medio de la lenguaraza, que todo se reducia á que examinase los dias de camino que habia desde aquí á Valdivia, y viese si podia negociar chasque que me condujese una carta á aquella plaza; si desde el Cerro de la Imperial se veia la mar; que me trajese las piñas. A este tenor formaron dichos indios conversacion en el asunto, y dijeron, que desde aquí á Valdivia habia tres jornadas en cualquier mancarron: que un chasque podia con todo descanso ir y venir en siete dias, tres de ida, tres de vuelta, y uno para estar allá: que el camino era muy corto, pero que no era bueno, porque por muchos parages de la Cordillera precisaba caminar despacio. Que si esperaba alguna cosa de Valdivia seria preciso conducirla en cargueros, porque carretas no podian venir: que al Cerro de la Imperial nadie podia subir, por estar en todos tiempos cubierto de nieve; pero que desde su falda se veia bien la mar, porque estaba cerquita. Que los cristianos de Valdivia tenian muchas embarcaciones, algunas como estas chalupas, y otras de extraordinario tamaño: que allí habia muchos fuertes y muchos cañones, muchos mayores que los que traia yo en mi chalupa. Que algunos cristianos de aquella plaza venian todos los años á comerciar con los Aucaces y Peguenches, los cuales, traian géneros, que cambiaban á los indios por ponchos y ganados: y que cuando sucedió la muerte del cacique Guchumpilqui, estaba uno que habia venido de Valdivia con algunos peones en los toldos del difunto, que distan de este sitio 5 ó 6 leguas, y que este le habia comprado al expresado cacique todo el ganado que habia traido de Buenos Aires; y asimismo habia comprado á otros indios y caciques, y que para esto habia traido bastantes géneros y algunas espuelas de plata: que ellos mismos le habian visto dos pares, y uno de ellos entró en la compra que le hizo del ganado á Guchumpilqui, y el otro á otro cacique, pero no saben si se habria marchado á su tierra este cristiano, porque ellos, sabiendo la revuelta que habla con la muerte de este cacique, se habian huido: pero que era regular que ya se hubiese ido por tener todas las compras hechas, y que estaba para irse cuando ellos se vieron, y que tambien por la revuelta de los indios era regular que dicho cristiano abreviase su viage. He sentido bastante el haber llegado á tan mal tiempo, cuando acaeció esta muerte, que, á no ser así, pudiera que nos llegasemos á ver, y á informarnos de dicho Valdivia; y aun poder con él pasar á dicha plaza, y lograr todo cuanto se podia apetecer.
El yerno de Chulilaquin me dijo que en esta luna se caian todos los piñones; que los indios los amontonaban por el suelo; que era mucha la abundancia de esta fruta: pero al mismo tiempo que se caian los piñones se caia tambien la hoja ó cáscara que los guardaba, quedándose solo el palo de enmedio. Le volví á encargar supiese bien si habia algun cristiano de Valdivia entre aquellos indios, y le diese noticia de nosotros, y de no haberlo, viese si hallaba el expresado chasque: á mediodia se fué.
Anocheció lloviendo: le dí el santo á Chulilaquin, y largué las embarcaciones afuera.
El parage á donde hace confluencia el Huechum-huechuen con el Catapuliche, está en 39° 40′ de latitud sur. Este pertenece al dia 29.
DIA 29.
Amaneció nublado, con viento O fuerte y muy frio. A las 8 empezó á aclarar, y salí á observar la latitud del desague del rio Huechum-huechuen: volví á la 4 de la tarde. Hoy condujeron las chinas de 50 á 60 cargueros de manzanas. Salieron á las 8 del dia, y volvieron á las 2 de la tarde; otras que salieron ayer á mediodia, volvieron hoy á las 4 de la tarde, y estas dicen fueron al Huechum-huechuen, porque las manzanas de allí son mucho mejor que las de otras partes. Yo bien pudiera á poca costa cargar las chalupas de esta fruta, pero viene la manzana toda lastimada ó golpeada, así porque la que recogen del suelo ya lo está del golpe que llevó en la caida, como porque en los cargueros se machacan unas con las otras, y con las arreatas y trote de los caballos, de modo que se hallan muy pocas sanas, y que se puedan guardar. Yo embarqué mas de 8,000, y registrándolas esta tarde las hallé casi todas podridas: de manera que pienso en registrarlas mañana, y de los pedazos que hallo sanos hacer orejones. Son muchas las calidades de manzanas que hay, pero es cierto que en gusto no le exceden las de Galicia, mi patria. Hoy al anochecer me trajeron doce camuezas, que se pudieron escoger entre dos cargas de las menos lastimadas; que es cierto que dá gusto el mirarlas, y á esta calidad de manzana le llaman en mi país repiñaldos reales. Yo, á lo menos, no he estado en parage de todos cuantos tengo andados, á donde hubiese tan buena, tan diversa ni tan abundante manzana como aquí. El yerno de Chulilaquin, que lo esperaba hoy, no ha venido. Al anochecer le dí el santo á su suegro, y largué las embarcaciones afuera.
DIA 30.
Amaneció con viento al SO duro. A mediodia me trajo Chulilaquin una bolsa de manzanas, para que se las llevase de su parte al Super-Intendente. A las 3 de la tarde llegó el yerno de Chulilaquin, el que vino luego que llegó á los toldos, á bordo, y me dijo que no habia hallado quien quisiese ir á Valdivia, no solo por los Aucaces de Guchumpilqui, sino por los del cacique Guchulap, con quien están muy contrarios por los robos que poco há se han hecho unos á otros. Me disgustó bastante esta novedad, por lo cual hice venir á bordo á Chulilaquin, y le dije: que á él y á mí convenia el que abreviase su viage rio abajo, y que si no lo hiciese así, que lo desampararia, y seguiria rio arriba (yo nunca le manifesté á Chulilaquin, que la causa de mi detencion aquí era por falta de agua, para poder navegar) y me dijo, que ya veia como estaba su hijo, que aunque algo mejorado no se podia poner en pié derecho, y así que me pedia solos dos dias de término, y al tercero que levantaria sus toldos y caminaria. Esto lo hice por si saliendo de aquí Chulilaquin, vienen los Aucaces ó Peguenches, que acaso tratando con ellos, se podrá acomodar alguna ventaja mayor que la que se logra con estos; pues estos no tienen que dar ni que quitarles en un caso urgentísimo, por su pobreza. Al anochecer largué las embarcaciones afuera, habiéndole dado el santo de Chulilaquin.