ESCENA VII

DICHOS, SEÑORA CALIXTA y ANICETÍN.

La madre saca, cogido de la mano, al niño, que viene vestido de marinero, con un traje de piqué blanco, hecho una verdadera birria. Una manga muy corta, la otra muy larga. Lo mismo ocurre con las perneras del pantaloncito. El cuello le viene sobre un hombro, y tiene un ancla en el pecho y la otra en la espalda. El bolsillito casi en el sobaco. Lleva una gorrita blanca con cinta negra, sobre la que se lee en letras doradas: El Terror.

Calixta

(Entrando airada.) Aquí traigo esto. Ustés verán. (Deja al niño en mitad de la habitación. El padre y la hija quedan mirándole con espanto.)

Antonio

(Coge al niño de la mano, lo lleva hasta primer término y le da vueltas, examinándolo con estupor. Mira alternativamente al niño, a su hija y a la señora Calixta., y no sabe si sonreír o afligirse. Al fin adopta un gesto de extrañeza.) ¿Y qué es, que... que no le sienta bien del todo?...

Calixta

¿Cómo del todo?... ¡Pero usté s’ha dejao los ojos en su pueblo, hijo!... Amos, que si no fuera por no darle un susto al juez, esto es pa irse al Juzgao de guardia, ¡palabra!, que hay que ver la engañifa; que esto no se hace con unas personas regulares... ¿A usté le parece bonito?

Antonio

Mujer, como bonito...

Leonor

(Aterrada y llorosa.) Pues sí que me choca esto, porque...

Calixta

Más me choca a mí, que te he encargao un trajecito e marinero, y me encuentro al niño haciendo de miraguano, metío en la funda de una almohada. ¡Porque hay que ver la birria!

Antonio

No, no está tan mal; lo que pasa es que el cuellito...

Calixta

¿Pero le llama usté cuellito a esto?... ¡Qué imaginación! Si esto no es cuellito, hijo; si esto es como si se hubiá echao el niño una manta al hombro.

Leonor

¡Qué he hecho yo, Dios mío!

Antonio

Mujer, no tanto; usté exagera.

Calixta

¿Que exagero?... Fíjese usté en las anclitas; una le pilla en las narices y la otra en salva sea la parte... Y un bolsillo en el sobaco... pa guardarse el sudor será... ¡Amos, que esto clama al cielo, hija!... ¡Habernos echao a perder la tela!... ¿Pero ande ties tú los ojos?

Leonor

(Llorosa.) ¡Ay, señora Calixta!...

Calixta

¡Qué señora Calixta ni qué narices!... Que si tú no sabes de estas cosas ¿pa qué te metes?

Antonio

No, si la niña sabe.

Leonor

Sí, señora, yo sé... y no es el primer traje de marinero que hago.

Calixta

¡Pero hay que ver la poca vergüenza!... ¿Pues no dice que sabe?...

Leonor

Y además, lo he cortado con patrón...

Antonio

Y ya sabe usté de toda la vida que donde hay patrón...

Calixta

Donde hay patrón no se manda este marinero... que es lo que yo digo. Que fíjense ustés... una manga de pierró... y la otra como si el niño se hubiá remangao pa hacer morcillas... Y el pantaloncito ídem de lienzo; es decir, ídem de piqué... y el talle en las corvas... porque hay que ser francos... ¿Ustés creen que si el niño se presenta así en la parroquia le dan la primera comunión?... Le dan la primera patada. Y luego la ocurrencia de haberle puesto en el letrero de la gorrita El Terror. ¡El terror va a ser si lo saco a la calle!...

Antonio

¡El Terror es un destróyer, señora!

Calixta

El destróyer lo ha sío su hija de usté... ¡Dos metros de tela perdidos!... ¡No m’ha pasao otra en los años que tengo!... ¡Amos, que el disgusto es pa morirse!...

Leonor

¡Por Dios, no lo tome usté así!

Calixta

No, si yo no lo tomo. ¡Ni así ni de ninguna manera!... Y ustés verán lo que hacen, que yo no pierdo el piqué...

Antonio

Calma, señora Calixta, calma, que me estoy fijando y esto tiene arreglo.

Calixta

¿Cómo arreglo?

Antonio

Sí, señora; verá usted... Al niño, el trajecito, bien, bien del todo no le sienta; ¡pa qué nos vamos a engañar! Ahora, que yo creo que bajándole de aquí, metiéndole de este lao, sacándole de esta sisa...

Calixta

¡Usté quie decir que haciéndole otro, vamos!

Antonio

No, no creo yo que sea para tanto. Mira, Leonorcita, fíjate, hija; a este niño lo que hay que hacer es cortarle el cuello... dame un cuchi... digo, dame unas tijeras.

Leonor

(Se las da.) Toma.

Antonio

Dame los alfileres. Lo dejo como un figurín, va usté a ver. Verás tú cómo remetiéndole de esta sisa... (Le hace un pliegue, le clava un alfiler y le pincha.)

Anicetín

(Dando un grito.) ¡¡Ay!!

Antonio

Perdona, rico. (A la madre y sonriendo.) Nada, un ligero pinchacito... que uno está nervioso... Ahora, iguálale esa pernerita.

Leonor

Yo creo que así será bastante. (Le clava otro alfiler.)

Anicetín

¡Ay! (Se lleva la mano a la parte dolorida.)

Antonio

¡Y estrechándole de aquí! (Le clava otro.)

Anicetín

(Huyendo.) ¡Ay!... ¡Mamá, que me pinchan!

Calixta

¡Bueno, a ver si dejan ustés al chico, no me lo vayan a agujerear encima!

Antonio

¿Y si le cortáramos la pierna?

Anicetín

¡Que me quieren cortar la pierna!

Calixta

Que no le cortan ustés na, vaya, y no sirven pamplinas. El trajecito está echao a perder, de modo que m’ha dicho mi marido que le diga a ustés que se queden con él... (Coge al niño y lo empieza a desnudar.)

Antonio

Pero si yo creo que cortándole...

Calixta

Que no le corta usté na, hombre, ¡qué empeño! Ahí va la blusita, el pantalón y la gorra. (Se lo tira.) ¡El Terror!... ¡Ha sío ocurrencia!

Leonor

Que se va a acatarrar.

Calixta

Está hecho al fresco. Conque busquen ustés otra tela nueva pa esta tarde, que vendrá mi marido a recogerla; y vengan las seis pesetas cincuenta céntimos que le he entregao a la niña.

Antonio

Pero si yo creo que cortándole...

Calixta

Corte usté por donde quiera. Las seis pesetas o doy un escándalo.

Antonio

Bueno, pero es que...

Calixta

Las seis pesetas o vamos al juzgao; ustés verán.

Leonor

No, por Dios; papá, dáselas.

Antonio

Las seis pesetas no es posible, hija, porque...

Calixta

(Furiosa.) ¿Cómo que no es posible?

Antonio

Enteras, vamos... porque es que la niña cobró, sabe usté, y claro, la criatura trajo unos churros para el desayuno y unos pitillos para mí... y no nos quedan más que cinco ochenta y cinco...

Calixta

Pos hay que ver la frescura, hijo... En fin, venga lo que sea, en dinero y en lo demás... (Coge el dinero, los pitillos y los churros.)

Leonor

Y se lleva hasta los churros...

Calixta

Te paecen pocos churros los que te dejo. Anda, hijo, cómetelos tú... Eso has sacao. (El niño se va comiendo un churro.) ¡Conque esta era la especialidad en primeras comuniones!... ¡Hay que ver!... ¡Se necesita frescura de niña!... Engañar a la gente de esta manera... ¡qué desahogo!... En fin, que ustés lo pasen bien.

(Vanse foro.)

Antonio

(Casi llorando.) ¡Dice que lo pasemos bien, hija mía! ¡Y se lo lleva todo!

Leonor

(Echándose en brazos del padre, anegada en llanto.) ¡Ay, papaíto de mi vida, que yo no sirvo para nada!

Antonio

¡No, hija, por Dios, no digas eso, no llores!...

Leonor

¡No, papaíto, no sirvo para nada!...

Antonio

¡No has de servir!... ¡Pues menuda habilidad tienes tú! Lo que hay es que te falta práctica, costumbre... y claro...

Leonor

No, papaíto, no, ya lo ves; no sé hacer nada... Yo, que pongo el alma en todo para que me salga bien y ayudarte... Un día que podíamos comer a gusto... por culpa mía... ¡qué rabia! (Sigue llorando.)

Antonio

(Hondamente conmovido.) Mira, hija mía, no llores... ¡no llores, porque se me parte el corazón!... Y déjalo... (Reaccionando y con gran energía.) Es decir, ¡déjalo, no!... No es posible dejarlo. Esto es preciso que termine, pero que termine hoy mismo. Pero no eres tú la que debes trabajar; soy yo, yo el que es necesario que busque, que busque y que encuentre trabajo, sea como sea y donde sea y lo que sea.

Leonor

¡Pero si tú lo has intentado todo, papá!... Aún no hace ocho días viniste a casa... ¡Pobrecito!, muerto de cansancio y con las manos ensangrentadas por haber querido trabajar en un tajo de la Villa...

Antonio

Pero no tuve resistencia. Que uno es blando, que uno es débil. Para los bajos oficios no tengo fuerza ni temperamento, para los altos no tengo favor ni suerte...

Leonor

Desde que perdiste el destino en aquella maldita agencia de negocios, todo se nos volvió al revés.

Antonio

¡Ah! Pero no te apures, hija; todavía me queda un recurso, ¡uno!, y a él hay que recurrir.

Leonor

¿Qué recurso, papá?

Antonio

¿Te acuerdas, hija, que hace ocho días traía yo todas las noches cinco pesetas a casa y tú te extrañabas?...

Leonor

Sí, ¿y de qué eran?

Antonio

Pues que me coloqué de anuncio ambulante y por las tardes...

Leonor

(Aterrada.) ¡Papá!... ¿Tú?...

Antonio

Sí, pero no con la cara descubierta, no te asustes; para eso no tenía valor. Iba metido dentro de una gran botella de cartón que anunciaba el coñac «Diez Cepas» de la casa Maroto y Compañía.

Leonor

¿Tú dentro de una botella?

Antonio

Sí, pues ahí está, que me duró poco; porque, claro, como yo no había estado nunca embotellado, una tarde quise atravesar la calle de Alcalá, me atonté y me dio un golpe una motocicleta.

Leonor

¡Qué espanto!

Antonio

(Sonriendo.) Sí, pero no me hizo nada. Salimos rodando... la botella quedó vacía, yo derramado por el suelo... nada, un sustillo. Recogí los cascos, me volví a la Casa anunciadora y, compadecidos, me cambiaron de anuncio. Y como cosa más a propósito para mí, me dieron un disfraz de cabezudo.

Leonor

¿Tú cabezudo?...

Antonio

Ahí lo tengo. Lo escondí debajo de la cama para que no lo vieses; pero hoy, ante la perspectiva de otro día sin pan...

Leonor

No, papá, de ninguna manera. ¡Tú de cabezudo para que te apedreen los chicos! ¡No, jamás, nunca!... ¡Prefiero morir de hambre!

Antonio

No, hija mía, no insistas; es preciso.

Leonor

¡No, papá!

Antonio

¡Anunciar, barrer las calles, pedir limosna, todo para que tú vivas! Es mi obligación y debo cumplirla. Déjame.

Leonor

(Desesperada, llorosa.) ¡No, papaíto, no!

Antonio

Déjame. (La aparta y entra en su cuarto, puerta izquierda.)

Leonor

(Golpeando la puerta.) No, papá, papaíto mío, abre... No te vistas, que no te dejo... Yo empeñaré mi abrigo... mis zapatos, todo... Abre, que no te dejo...

Antonio

(Abre y sale con un disfraz de cabezudo, que consiste en una gorda y ridicula cabeza de un señor molletudo y sonriente, con un monóculo y sombrero de paja, ladeado, guiñando un ojo, con el pelo rizado. Lleva un gran batín gris en forma de gabán de trabilla. En la mano, un cartelón sujeto a un palo con un anuncio que dice: «Coñac Diez Cepas. El rey de la alegría. Maroto Hermanos, cosecheros. Jerez de la Frontera. Sucursal, Carmen, 119. Madrid.») Ya ves que no se me conoce. ¡Déjame, hija mía, déjame!... (Intenta irse.)

Leonor

(Le detiene.) ¡Ay, qué horror! ¡Ay, no!... ¡Ay, no, papá!... ¡No quiero verte en esa vergüenza tan ridicula!... ¡No, no sales! ¡Quítate eso!

Antonio

No hay otro remedio: déjame, hija mía. ¡No puedo dejarte morir!

Leonor

(Llorando.) ¡No, por Dios, papá; quítate eso, de rodillas te lo pido! (Se arrodilla y se coge a sus pies.) Que no quiero verte así. ¡Quítatelo!