ESCENA IV
CRIADO, DON MARCELINO y NUMERIANO GALÁN, por la derecha
Criado
Pasen los señores. (Les deja paso y se va.)
Num.
¿Ha visto usted qué par de chacales esos que salían?
Marc.
Peña y Lacasa. Son los padrinos de Gonzalo. Iban furiosos y con un juego de pistolas debajo del brazo.
Num.
A cualquier cosa le llaman juego.
Marc.
Bueno, Galancito, ¿y a qué me traes aquí, si puede saberse?
Num.
Pues a que me ayude usted a convencer a don Gonzalo para que me deje batirme antes con Picavea. Si no, estamos perdidos.
Marc.
Me parece que no conseguimos nada. ¡Tú no sabes cómo está Gonzalo!
Num.
Entonces, ¿qué hacemos, don Marcelino, qué hacemos?
Marc.
A mi juicio, lo primero que hay que hacer es el borrador para la esquela de Picavea; porque Picavea sube hoy al cielo. A patadas, pero sube.
Num.
¡Ay, Dios mío!... ¿Y Florita estará?...
Marc.
Medrosa del todo. Desde que supone que Picavea y tú vais a batiros por ella, se ha puesto mucho más romántica.
Num.
¡Qué horror!
Marc.
Se ha soltado el pelo o por lo menos el añadido, ha extraviado los ojos en una forma que ni anunciándolos en los periódicos se los encuentran y anda deshojando flores por el jardín y preguntándoles unas cosas a las margaritas, que un día le van a contestar mal, lo vas a ver.
Num.
¡Virgen Santa!
Marc.
Y se ha encerrado en este dilema pavoroso: «O Galán o Capuchina.»
Num.
(Aterrado.) ¿Y qué es eso?
Marc.
¡No sé, pero debe ser algo terrible!
Num.
¡Ay, qué miedo! ¡Por Dios, don Marcelino, ayúdeme usted a convencer a don Gonzalo! ¡Sálveme usted! ¡Estoy desesperado! ¡Maldita sea!... De algún tiempo a esta parte todo se vuelve contra mí, ¡todo!... (Furioso, da un puñetazo al funchimbool, y, naturalmente, la pelota se vuelve contra él.) ¡Caray!... ¡Hasta la pelota!...
Marc.
¡Calla, Gonzalo viene!
Num.
¡Elocuencia, Dios mío!