ESCENA V
DON MARCELINO y PABLITO PICAVEA
Pic.
Bueno, pero al mismo tiempo habrá usted comprendido también, que a ese monumento de criatura le he puesto verja.
Marc.
¿Cómo verja?
Pic.
Que esa chiquilla es de mi absoluta pertenencia, vamos.
Marc.
(Sonriendo irónicamente.) Hombre, Pablito, no quisiera quitarte las ilusiones, pero tampoco quiero que vivas engañado.
Pic.
¿Yo engañado?
Marc.
Las mismas coqueterías que ha hecho Solita contigo, se las vi hacer ayer tarde, con el más terrible de tus rivales; con Numeriano Galán, para que lo sepas.
Pic.
¡Con Numeriano Galán!... ¡Ja, ja, ja! ¡Ella con Galán! ¡Ja, ja, ja! (Ríe a todo reír.) ¡Galán con... ja, ja, ja!
Marc.
¿Pero de qué te ríes?
Pic.
(Con misterio. Cambiando su actitud jovial por una expresión de gran seriedad.) Venga usted acá, don Marcelino. (Le coge de la mano.)
Marc.
(Intrigado.) ¿Qué pasa?
Pic.
Que esa mujer no puede ser de nadie más que mía. Oigalo usted bien, ¡mía!...
Marc.
¡Caramba!
Pic.
Es un acuerdo de Junta General.
Marc.
¿Cómo de Junta General?... No comprendo...
Pic.
Va usted a comprenderlo en seguida. ¿No nos oirá nadie?
Marc.
Creo que no.
Pic.
Usted sabe, don Marcelino, que yo pertenezco al Guasa-Club, misterioso y secreto Katipunán formado por toda la gente joven y bullanguera del Casino, para auxiliarnos en nuestras aventuras galantes, para fomentar francachelas y jolgorios y para organizar bromas, chirigotas y tomaduras de pelo de todas clases. Como nos hemos constituído imitando esas sociedades secretas de películas, nos reunimos con antifaz y nos escribimos con signos.
Marc.
Sí, alguna noticia tenía yo de esas bromas, pero vamos...
Pic.
Pues bien, a Numeriano Galán y a mí nos gustó Solita a un tiempo mismo y empezamos a hacerla el amor los dos. Yo, como él no es socio del Guasa-Club, denuncié al tribunal secreto su rivalidad para que me lo quitaran de enmedio, y a la noche siguiente Galán encontró clavada con un espetón de ensartar riñones, en la cabecera de su cama, una orden para que renunciara a esa mujer; no hizo caso y se burló de la amenaza, y en consecuencia ha sido condenado a una broma tan tremenda que si nos sale bien, no solo abandonará a Solita, dejándome el campo libre, sino que tendrá que huir de la ciudad renunciando hasta su destino de oficial de Correos; no le digo a usted más.
Marc.
¡Demontre! ¿y qué broma es esa?
Pic.
No puedo decirla, pero dentro de unos instantes y en esta misma habitación, verá usted a Galán debatirse lloroso, angustiado e indefenso en la tela de araña que le ha tejido el Guasa-Club y lo comprenderá usted todo.
Marc.
Os tengo miedo. Recuerdo la broma que le disteis al pintor Carrasco el mes pasado y se me ponen los pelos de punta.
Pic.
Aquello no fué nada; que le hicimos creer que su marina titulada «Ola, ola»... había sido premiada con segunda medalla en la Exposición de pinturas.
Marc.
¡Una friolera!... Y el pobre hombre asistió tan satisfecho al banquete que le disteis para festejar su triunfo. ¡Sois tremendos!
Pic.
¡Damos cada broma!... ¡Ja, ja, ja!... (Empieza a tocar en la calle, un cuarteto de músicos ambulantes, la despedida del bajo de «El Barbero de Sevilla», que canta un individuo con muy mala voz y peor entonación.) ¡Hombre, a propósito!
Marc.
¿Qué pasa?
Pic.
¿Oye usted eso?... ¿Oye usted esa música?... Otra broma nuestra.
Marc.
¿También esa música?
Pic.
También. Esa música está dedicada a don Gonzalo de Trevelez, nuestro vecino. Es la hora en que se afeita, y como se afeita solo, hemos gratificado a un cuarteto ambulante, para que todos los días a estas horas, vengan a tocarle una cosa que le recuerde al barbero.
Marc.
Hombre, qué mala intención.
Pic.
Verá usted cómo se asoma indignado.
Marc.
Ya está ahí.
Pic.
(Riendo.) Ja, ja... ¡No lo dije!... ¡Y a medio afeitar!... ¡Verá usted, verá usted!