ESCENA V

PEPE OJEDA y ALFREDO, primera derecha.

Alfredo

¡Bueno, tío, tenemos unas alcobas que estupefaccionan!... ¡Qué camas!... ¡Cinco mantas en cada una!

Pepe

¡Caracoles!... ¡Cinco mantas!... Oye, ¿no será una ironía alusiva a la frescura de que nos consideran poseídos?

Alfredo

Hombre, no lo creo. ¿Y usted ha sacado algo en limpio de esa señora...?

Pepe

Absolutamente nada. Sigo agitándome en el caos, Alfredo. He tratado de sonsacarla con cierta habilidad y lo único que me ha dicho de un modo concreto es que si ella sabe quiénes somos, esta mañana no nos da escabeche. De lo que he deducido que nos suponen dos personas a las que no se las puede escabechar, y esto ya es un buen síntoma.

Alfredo

Pues yo le declaro a usted, tío, que me encuentro sumido en la confusión más absoluta. Cada hora que pasa es mayor mi sorpresa. Cuando creíamos que nos iban a recibir de un modo hostil y agresivo, nos colman de atenciones, nos anegan en lujo.

Pepe

Nos recomiendan para una mesa luculesca y nos lo sufragan todo, que es lo verdaderamente inaudito.

Pepe

Pues yo atribuyo esto a dos cosas: o a enajenación mental complicada con delirio despilfarrante por parte de don Acisclo, o a que ese tío se ha enterado de tus pretensiones y se trae la táctica de colmarnos de agasajos e ir de obsequio en obsequio hasta favorecernos con dos billetes de vuelta para la Corte con el fin de que nos restituyamos con una celeridad cicloniana a la calle de Argumosa, 45, abandonando tus pretensiones a la mano de su opulenta sobrina.

Alfredo

Tiene usted razón, es muy posible que sea eso.

Pepe

Es casi seguro. ¡Como esta gente es tan pérfida!...

Alfredo

¡Ah, pues sería vano su propósito!... ¡Renunciar yo a Cristina!... ¡Jamás! ¿Ha visto usted qué encanto de criatura, tío?

Pepe

Eso no es criatura; eso es meter la mano en el saco de una tómbola y que te toque la Venus de Milo. ¡Qué suerte tienes!

Alfredo

Bueno, y esa señora que estaba con ella y que ha dado un grito gutural al verle a usted... ¿Quién es?... Porque también eso me ha sorprendido.

Pepe

¿Que quién es?... ¡Calla, hombre, que no he caído al suelo al verla porque no había alfombra, que si no pierdo el conocimiento!

Alfredo

¿Pero la conoce usted?

Pepe

¡Una ex-víctima! De esto hará ya cinco lustros... Yo habitaba en la calle de los Tres Peces; ella era mi vecina. Un día se asomó a la ventana, hice así, (Un revuelo de ojos.) la incendié y aún le queda rescoldo, estoy seguro.

Alfredo

¿Y esa señora es casada?

Pepe

Lo ignoro, pero de todas formas puede sernos de gran utilidad en el desenvolvimiento de los sucesos que nos aguardan.

Alfredo

Sobre todo por ser amiga de Cristina.

Pepe

En fin, pronto saldremos de dudas. El alcalde nos ha anunciado su inmediata visita. Esperemos.

Alfredo

Sí, esperemos. (Pasea. Dan las tres en el reloj.) Las tres.

Pepe

No... no hagas caso del reloj hasta que se lo consultemos a la dueña del hotel, (Deteniéndole.) ni te sientes en la mecedora hasta que ella te diga cómo tienes que columpiarte.

Alfredo

¡Es curioso!

Pepe

Ya me ha dicho que me dará un cuaderno con instrucciones para usar el mobiliario sin peligro.

Alfredo

Verdaderamente en estos tristes pueblos españoles todo es extraño, temeroso, desconcertante...

Pepe

Porque todo es viejo, solapado, sin sentido renovador... Muebles y personas... ¡Todo tiene un misterio, un secreto, una mácula!...

Alfredo

Cierto; sí, señor; ciertísimo; tan cierto, que yo que deseo ardientemente la visita de don Acisclo, al mismo tiempo temo, no sé por qué, que el enigma se aclare. (Dan golpes como llamando en la puerta izquierda.)

Pepe

Calla. (Alto.) ¿Quién?