ESCENA VI
CRISTINA, DOÑA EDUARDA (del huerto).
Se levanta la cortina de la ventana y asoma la cara dulce y graciosa de Cristina. Por el otro extremo asoma doña Eduarda.
Cristina
¿No hay nadie?
Eduarda
Nadie. Pasa, Cristina; pasa. (Entran de puntillas. Cristina trae unas flores en la mano.)
Cristina
Tengo miedo que nos puedan oír.
Eduarda
Pasa, pasa sin temor; siéntate aquí y cuéntamelo todo. ¡Oh, pero quién iba a figurarse que tú!... ¡Habla, hija; habla! (Se sientan.)
Cristina
Sí; sí, señora doña Eduarda, es preciso que hablemos, porque yo necesito una persona buena como usted a quien abrirle mi corazón, contándole todo lo que me sucede.
Eduarda
Claro, así te encontraba yo de triste y de pensativa. ¡Pero cómo iba a imaginar! ¡Oh, tu aventura es una aventura llena de interés, de poesía, de pasión!...
Cristina
¡Me ha costao ya más lágrimas!... ¡Si supiera usté!...
Eduarda
Sigue, sigue... ¿y dices que se trata de un joven esbelto, de ojos oscuros, fuerte como un pugilista, ágil como un berebere?...
Cristina
Sí, señora; es alto, elegante, de ojos grandes, pelo negro, labios finos... dientes blancos...
Eduarda
¡Una tontería de moreno, vaya!
Cristina
¡Usted no puede imaginarse un hombre más guapo, doña Eduarda!
Eduarda
Ya lo creo que puedo. Tú no conoces mi fuerza imaginativa. Además, tú te expresas con un calor, que no es que describes, es que fotograbas... Y sigue, sigue... ¿dices que cuando estabas ahogándote, él, heroicamente se lanzó al agua?
Cristina
Sí, señora; cuando yo estaba ahogándome, de pronto él, se tira al agua, coge la botella, llena el vaso, me lo da, bebo un sorbo y me pasa la espina.
Eduarda
(Con cierto desencanto.) ¡Ah! ¿Pero no fue un naufragio?
Cristina
No, señora; fue una raspa. Si ya se lo he dicho a usté, sino que usté se ha empeñao que me pasó en el océano, y fue en una fonda.
Eduarda
Confiesa que en el mar hubiese sido más romántico; pero, en fin, todo es ahogarse. Sigue, sigue.
Cristina
Pues como digo, fue en la fonda del balneario de la Robla, donde yo había ido acompañando a mi tía Constanza. Allí encontré a Alfredo.
Eduarda
¡Ay, Alfredo, hasta el nombre escalofría!
Cristina
Antes de aquello de la espina, había notao yo que aquel joven me miraba con interés y que me decía al pasar alguna palabra cariñosa; pero ya desde aquella tarde nos acompañó sin falta en todos nuestros paseos, y al cabo, una noche de luna muy clara, muy clara, después de cenar, fuimos a dar una vuelta por la carretera y se me declaró.
Eduarda
¡Oh!... Sigue.
Cristina
Se me declaró pintándome un amor... ¡ay, doña Eduarda!...
Eduarda
¿Rosáceo?
Cristina
No me acuerdo, porque yo no estaba para colores... Pero ¡qué frases me dijo tan discretas y tan amables!... Y claro, como una metida en estos poblachos no ha oído jamás a un joven educao tres palabras cariñosas y bien dichas, pues yo, a medida que me pintaba su cariño, iba sintiendo interiormente una alegría y un temblor que yo no sabía cómo disimularlo.
Eduarda
¿Y tú qué le dijiste, qué?...
Cristina
Pues le dije que aquello no podía ser formal, que era que quería burlarse de mí, que yo no podía gustarle... en fin, todas esas tonterías que dice una mujer cuando quiere decir que sí y no sabe cómo.
Eduarda
¡Oh, qué cándida ingenuidad!
Cristina
Él, entonces, me contó toda su vida. Y yo no sé, vamos, porque a los hombres no los puede una creer... pero qué sé yo, se me figuró que aquel me hablaba con un sentir honrao y verdadero. Me dijo que era pobre, muy pobre.
Eduarda
¡Pobre!... ¡Qué poemático!
Cristina
Que no tenía padres.
Eduarda
¡Huérfano!... ¡Qué elegíaco!
Cristina
Que vivía con un tío.
Eduarda
¡Vivir con un tío!... ¡Mi ideal!
Cristina
Y yo..., pues también le conté mi vida. Le dije que era huérfana como él, que vivía enterrada en esta tristeza de pueblo con un hermano de mi padre que me administraba la fortuna, y que se me figuraba que esto me tenía amarrada a mis tíos, que querían casarme a su gusto, pa que no pudiese escapar de su lao; y que yo tenía ansia de un cariño leal y verdadero que me sacara de esta esclavitud y de estos egoísmos. Él me escuchaba así como emocionao, y luego, con voz temblorosa, me prometió quererme siempre, venir por mí, casarse conmigo, sacarme del pueblo... Yo, entonces, lloré al oírlo, nos cogimos las manos y... ¡me da un sofoco recordarlo!..
Eduarda
¡Dime, dime!...
Cristina
¡Y luego nos dimos un beso!
Eduarda
¡Oh, un beso!... ¡Ah, Cristina, qué recuerdos se despiertan en mí!
Cristina
¡Pues ya ve usté si es infamia, al día siguiente de aquella noche tan feliz, desapareció del balneario sin despedirse siquiera!
Eduarda
¡Qué perfidia! ¡Qué ingratitud!...
Cristina
Yo lloré sin consuelo. Aquello me pareció una burla. En el hotel se murmuraba que se había ido sin pagar. Yo no hice caso, pero luego caí en la cuenta...
Eduarda
El que se conoce que cayó en la cuenta fue él.
Cristina
Caí en la cuenta de que quizá arrepentido de haberme engañao, no quiso ni despedirse.
Eduarda
¡Pobrecilla!
Cristina
A los pocos días volvimos al pueblo, y aquí me paso estas horas largas llorando y pensando en él. ¿Volverá? ¿No volverá? ¡Las margaritas que yo he deshojado!...
Eduarda
¡Volverá, ten esperanza!
Cristina
¡No, no volverá, doña Eduarda! Aquello fue una broma con una pobre señorita de pueblo. Como una no sabe expresarse, ni tiene modales, ni elegancia, ni nada... Claro, ¡cuesta tan poco engañarnos!... Si viera usté, ¡tengo una rabia y un coraje! ¡Ser una señorita de pueblo!... ¡Me da una pena!... (Llora.)
Eduarda
Por Dios, Cristina, no llores, no llores, que me estás atormentando cruelmente, (Se levanta.)
Cristina
¿Yo?...
Eduarda
¡Sí, ea!... Quiero también hacerte mi confesión. Me estás atormentando porque, sábelo de una vez, tu aventura renueva en mi alma el dolor de un episodio parecido.
Cristina
¿Doña Eduarda, qué dice usted?
Eduarda
Lo que oyes. ¡Qué mujer no tiene su dardo en el corazón!... ¡Ah, esos amores fugitivos, esas poéticas aventuras de unos días, dejan en el alma una huella tan perdurable!... Yo también conocí otro como tu Alfredo. El mío se llamaba Rigoberto. Rigoberto Piñones de Vargas. Como guapo, el Apolo del Belvedere era un charlot a su lado. Pertenecía a una gran familia valladolisoletana. Tú ya habrás oído hablar de los piñones de Valladolid.
Cristina
Muchísimo, sí señora.
Eduarda
Era tierno, blanco, suave, apasionado, donjuanesco, arrogante... y para colmo, me dijo que era militar.
Cristina
¿Pero todo eso sería antes de casarse usted con el señor Blanco?
Eduarda
Ah, claro, hija, eso fue mucho antes de que yo pusiera los ojos en Blanco. ¡Tú no puedes imaginarte cómo idolatré a Rigoberto! ¡Aquello era la enajenación, el arrebato, el traumatismo! ¡Yo también tengo mi noche de luna, mis promesas ardientes murmuradas en un jardín solitario!... Yo también gusté la miel de un beso furtivo... ¡Ah, Cristina!
Cristina
¡También!
Eduarda
También. Me lo dio en la rotonda, en la rotonda de mi casa. ¡Mamá dormitaba, yo confieme, el incitome... y al fin, imprimiómelo! ¡Cuánto adorele! Pero, ¡oh funesta coincidencia! también el mío, como el tuyo, desapareció un día súbitamente.
Cristina
¿Es posible?
Eduarda
Lo que oyes. Y a poco averigüé, aterrada..., que no se llamaba Rigoberto, sino Exuperio, que lo de los Piñones era una superchería y que lo único que tenía de militar era la licencia absoluta y un gorro de cuartel.
Cristina
¡Qué horror!
Eduarda
¡Qué horror y qué sacrilegio!
Cristina
¿Sacrilegio?
Eduarda
Sacrilegio, sí; porque ¡hay más!... ¡pásmate, aquel hombre estudiaba para sacerdote!
Cristina
¡Jesús!
Eduarda
Era un ordenado de Epístola, es decir, era un desordenado, porque todo se lo gastaba en juergas. Tuvieron que echarlo del Seminario. No te digo más.
Cristina
¡Qué desengaños hay en la vida!
Eduarda
Pues ya lo ves; pasó el tiempo, me casé, soy fiel a mi esposo, y, sin embargo, recuerdo tanto a aquel hombre, que cuando mi marido dice por ahí que estamos a partir un piñón, me pongo como la grana...
Cristina
¡Lo creo!
Eduarda
Vamos, Cristinita, vamos hacia el jardín. Necesito aire... Tu relato y mi recuerdo, me retraen a rememoraciones que... ¡Ah!...
Cristina
(Cogiendo una margarita que lleva en el pecho.) ¿Volverá? ¿No volverá?... Sí, no... sí, no... (La va deshojando. Hacen mutis por el jardín.)