ESCENA VIII
PEPE OJEDA, DON SABINO y MARÍA TERESA, primera izquierda.
D. Sabino
(Entra rápido, desolado, seguido de María Teresa y en actitud suplicante) ¡Caballero, caballero, por piedad, ampárenos!
Pepe
¿Qué le ocurre a usted, señor mío?
D. Sabino
Ampárenos, vengo huyendo, lleno de temor y zozobra.
Pepe
¿Pero qué le pasa? ¿Qué es lo que teme?
D. Sabino
Que cometan conmigo la más infame de las iniquidades. Sospecho que me persiguen, que me quieren encarcelar.
Pepe
¿Pero por qué causa?
D. Sabino
Por nada en realidad. El Alcalde, que pretexta un ridículo desacato. ¡Son unos miserables! Pero a mí lo que me importa, sobre todo, es salvar a mi hija. ¡A mi hija!... No tengo otra cosa en el mundo... ¡Por Dios, caballero!
M.ª Teresa
(Suplicante.) ¡Piedad, señor!
Pepe
Cálmese usted, señorita, cálmense ustedes, siéntense y tengan la bondad de decirme cuáles son sus desdichas y cómo puedo yo remediarlas. (Se sientan.)
D. Sabino
Caballero, soy el médico de este pueblo, me deben mis honorarios de siete años. Ayer mañana fui con otros dos hombres de bien a elevar una protesta a casa de ese fariseo. Mis compañeros ya están en la cárcel, yo temo correr la misma suerte. Por eso vengo a implorar auxilio y protección de usted, que en estos instantes es aquí autoridad suprema como Delegado del Gobierno.
Pepe
(¡Caracoles! ¿Y cómo le digo yo a este pobre señor?)... ¿Pero usted es realmente enemigo del alcalde?
D. Sabino
¡Yo qué he de ser!... Yo no soy enemigo de nadie, señor; pero como yo no he tolerado que mi asistencia a los enfermos esté mediatizada por los caprichos políticos de un bárbaro, me llama su enemigo y me persigue, y no me paga, y quiere hundirme en la miseria y en la desesperación, o quizá lanzarme al crimen... Por eso solicito el auxilio de usted. Tengo miedo. Quiero irme, irme pronto. Antes que permanecer aquí, prefiero morir de hambre en la cuneta de una carretera. Después de todo, esto coronaría gloriosamente el martirio de una vida consagrada a la humanidad y a la ciencia en un país de ingratos. (Llora.)
M.ª Teresa
¡No llores, papá!
Pepe
¿Pero tanta infamia es posible?...
D. Sabino
¡Qué saben ustedes los que viven lejos de estos rincones!... Treinta y cinco años, señor, me he pasado de médico titular, de médico rural, luchando siempre contra el odioso caciquismo; contra un caciquismo bárbaro, agresivo, torturador; contra un caciquismo que despoja, que aniquila, que envilece... y que vive agarrado a estos pueblos como la hiedra a las ruinas... Yo he luchado heroicamente contra él, con mi rebeldía, con mis predicaciones; porque yo que la conozco, estoy seguro de que en esta iniquidad consentida a la política rural, está el origen de la ruina de España.
Pepe
Ah, sí; tiene usted razón, señor mío, y lo grave es que esa tremenda iniquidad de que usted habla no desaparece, porque en ella tienen su fundamento las tradicionales oligarquías de nuestra vieja política.
D. Sabino
Exacto, exacto...
Pepe
(Sigue con exaltación oratoria.) Por eso este mal es tan hondo y tan permanente, porque es base de muchos intereses creados, raíz sustentadora de muchos poderes constituidos.
D. Sabino
¿Y será tal nuestra desgracia, señor, que esta vileza no tenga remedio?
Pepe
¡Cómo no!... Abandonemos valientemente este árbol añoso y carcomido de la política caciquil, y plantemos otro joven, sano y fuerte que absorba para sí la savia fecunda, y seque al otro y dé con él en tierra, porque solo en las ramas de ese árbol nuevo podrá cantar el pájaro de nuestra aurora... (¡Ojeda, que te pones cursi!)
D. Sabino
¿Y usted que lo sabe y que lo dice, por qué no va a Madrid y lucha para lograrlo, y trabaja?...
Pepe
(Vivamente con disgusto.) ¡Ah, no; trabajar no!... A mí pedidme verbo, no acción. Yo soy un apóstol, los apóstoles no han trabajado nunca. Además, yo, que me parezco un poco a los políticos españoles, soy como un libro de cocina; tengo recetas para todo; pero... pero hay que buscar la cocinera.
D. Sabino
¿Pero si la cocinera no parece, qué vamos a hacer políticamente los españoles?
Pepe
Pues lo que venimos haciendo, ¡comer de fiambre!... Pero usted, mi pobre amigo, no ceje en su generosa lucha.
D. Sabino
¿Y cómo no cejar? ¿No ve usted el resultado de mi rebeldía? La niña y yo hemos sufrido miseria, nos morimos de hambre, de hambre ¡señor mío!... y cuando voy a implorar como una limosna mi sueldo, no quieren pagarme, me dicen que el Ayuntamiento no tiene dinero... ¡no tiene dinero!...
Pepe
(Exaltado.) ¿Que el Ayuntamiento no tiene dinero?... ¡Canallas!... ¡Y me dan a mí todo esto para que no los lleve a la cárcel!... ¡Don Sabino, tome usted! (Le entrega los billetes que ha sacado del bolsillo.)
Pepe
Dos mil pesetas.
D. Sabino
¡Señor!...
Pepe
Guárdeselas. No le humillo con el oprobio de una limosna, no. Ese dinero es del Ayuntamiento. ¿No es usted su acreedor?... Pues guárdeselo sin escrúpulo.
D. Sabino
Pero...
Pepe
¿No le deben a usted siete años? Pues uno menos.
D. Sabino
¿Y cómo le pagaría yo a usted, señor Delegado?...
Pepe
A mí no me llame usted Delegado, ¡por lo que más quiera!
D. Sabino
¿Pero por qué?
Pepe
Pues... porque no lo soy.
D. Sabino
¿Qué dice usted?
Pepe
La verdad.
D. Sabino
¿Entonces usted ha venido aquí?...
Pepe
A una cosa muy distinta de la que suponen, y para la cual usted podría hacerme ahora un favor inmenso.
D. Sabino
Usted me dirá.
Pepe
¡Mi sobrino y la sobrina del alcalde se aman!
D. Sabino
¡Cielos! ¿Cristinita?
Pepe
Es preciso que esa muchacha salga para Madrid esta misma noche. ¿Usted tendría inconveniente en acompañarla?
D. Sabino
¡Con alma y vida! Si ella quiere... Precisamente a Madrid vamos nosotros.
Pepe
¿A qué hora sale el tren?
D. Sabino
A las diez y cuarto.
Pepe
Todavía queda media hora; sobra tiempo. Usted y su hija se llevan a Cristina, esperan en la estación y toman los billetes. Nosotros no tardaremos.
D. Sabino
¡Pero cómo podrá usted salir del pueblo, porque yo he sabido que quieren coaccionarle, que le tienen cercado!
Pepe
No importa. Me iré.
D. Sabino
Además, esos bribones no tardarán en venir con los libros... ¡y con la murga!
Pepe
¿Con la murga, para qué?
D. Sabino
Es la costumbre del alcalde. En cuanto tiene que rendir cuentas de cualquier cosa, lleva la murga para que en cuanto le pidan una aclaración, toque el pasodoble de Joselito y no haya modo de entenderse.
Pepe
No está mal. Ahora, que a mí, como si me quiere traer la Sinfónica. Contra todos puedo. Yo le doy a usted mi palabra que no solo no han de tocarme el pelo de la ropa, sino que hasta alguno de ellos puede que me acompañe a la estación.
D. Sabino
¡Pero usted es el demonio!
Pepe
Peor. Soy el hombre que ha vivido sin dinero.