CIVILIZACIÓN DE LOS INCAS

Con la repentina aparición de Manco-Ccapacc[121] y Mama Occlla, en el año 1021, principia á disiparse algo la bruma de los tiempos prehistóricos, para iniciarse, al fin del gobierno de los Incas, el período histórico del Perú.

Pasaremos por alto el origen de los Incas, relatado ya por los antiguos cronistas Garcilazo de la Vega, Cieza de León, Betanzos, Polo de Ondegardo, Sarmiento de Gamboa, Cabello de Balboa, Santa Cruz Pachacuti, Montesinos y otros, cuyas relaciones discrepan en varios puntos y carecen de verosimilitud, algunas.

Manco-Ccapacc y Mama-Occlla se presentaron como enviados del Sol, para sacar á los indígenas de la barbarie en que vivían, libertarlos de la tiranía de los Curacas, y señalarles, él, á los hombres, á labrar la tierra para darles alimento, á la vez que el culto del Sol, dispensador de bienes; y ella, á las mugeres, para enseñarles á hilar y tejer, como medio para cubrir la desnudez de sus familias. Con tan saludables propósitos, aquellas gentes se persuadieron que era conveniente obedecerlos y someterse sumisos á sus mandatos, reconociéndolos como verdaderos hijos del Sol ó Pachaccamacc, que fué como ellos se proclamaron.

Para asegurar su autoridad y la de su descendencia, Manco-Ccapacc se tituló Inca ó Soberano de Tahuantinsuyo.

Algunos escritores han considerado á este personaje como un ser misterioso ó mitológico; empero, es reconocido por la mayoría de los historiadores, no solamente como un apóstol y reformador, sino también como el verdadero tronco de la estirpe imperial y el fundador de la dinastía incáica. Apóstol y reformador, porque enseñó á su pueblo la religión de un Supremo Dios invisible, Criador del Universo, instituyendo el culto del Sol, imagen visible de ese Dios, que por sus rayos vivificantes dá vida á todo lo criado. Y tronco de la estirpe incáica, porque fundó una monarquía basada sobre el régimen del comunismo, aunque algo restringido, proveyendo el Estado á todas las necesidades de la vida de sus súbditos. También dió Manco Ccapacc á su nuevo pueblo leyes naturales dictadas por la recta razón, pues eran llenas de sabiduría y de prudencia, imponiendo penas corporales contra los delitos de adulterio, hurto, homicidio y blasfemia contra el Sol y el Emperador, delitos que eran castigados con la pena de muerte, nombró Curacas ó Caciques para el gobierno civil de sus súbditos, escogiendo para esas funciones los de mayor honradez y aptitud para el mando. Además, dividió la tierra en tres partes, asegurando la propiedad de éstas al culto, al trono y al pueblo; instituyó las principales fiestas y ritos religiosos, y fundó una orden de vírgenes y otra de sacerdotes para el cuidado de los templos. En fin, dejó fundada la capital del Cuzco, organizado varias provincias bien administradas, y constituídos pueblos gobernados con equidad y justicia.

Por estos grandes beneficios que Manco-Ccapacc hizo á sus súbditos, es considerado como uno de los primeros legisladores del mundo, y muy distinguido entre los grandes bienhechores de la Humanidad, pues fué, para los Peruanos, lo que Solón y Licurgo para los Griegos, Numa para los Romanos, Mahoma para los Arabes, y Confucio para los Chinos.

Aunque la cronología de los Incas es algo obscura,[122] suministrando noticias vagas, no muy exactas, algunos historiadores, entre ellos Gonzáles de la Rosa, y Dr. Cárlos Wiesse, la dividen en dos períodos, feudal y unificado, siendo el primero, de la dinastía de Huaray-Sayacc, y el segundo de la dinastía de Hanay-Sayacc. Nosotros seguiremos también este orden, que está en conformidad con los relatos de los cronistas de la conquista.

La dinastía de Huaray-Sayacc (con la que principió el período feudal), gobernó durante más de un siglo y medio (1021 á 1197), y tuvo cinco Emperadores, que por sus conquistas extendieron los límites de su Imperio, y son:

1o. Manco-Capacc.—Que fundó su pequeño Imperio con las tribus del Cuzco, á las que agregó las de los Canchis y Quispicanchis, cuyos Régulos redujo en calidad de vasallos ó amigables confederados: su reinado duró cuarenta años (1021 á 1061).

2o. Sinchi-Rocca.—Consolidó la obra de su padre, extendió algo los límites del Imperio mediante solo la persuación, acrecentando por este medio su dominación hasta Chuncara: á este Inca se le atribuye el haber dividido el Imperio en cuatro regiones, bajo las denominaciones de Ccollasuyo, Antisuyo, Ccuntisuyo y Chinchaysuyo, que corresponden á los cuatro puntos cardinales, dando á todo el Imperio el nombre de Tahuantinsuyo[123].

3o. Lloccque-Yupanqui.—Con él empezaron las expediciones guerreras, echando así los cimientos del régimen militar, pues en dos expediciones que llevó á cabo, ensanchó aún más los límites del Imperio hasta los Canas, en la primera, y hasta el Desaguadero, en la segunda. Gobernó treinticinco años (1091 á 1126).

4o. Mayta-Ccapacc.—Se distinguió por su génio aguerrido y conquistador: emprendió dos expediciones, en las cuales conquistó varias provincias, entre ellas, la de los Collas y la de los Huallccavizos. Su reinado duró treinta años (1126 á 1156).

5o. Ccapacc-Yupanqui.—Siguió las conquistas de sus antecesores, y se hizo dueño de las provincias de los Aymarás, Pucarás, Hatunrucanas y otras, extendiendo su influencia hasta Nazca, en la costa. El hizo construír canales de riego y fundó una orden de caballería. Su gobierno fué de cuarentaiun años (1156 á 1197).

Con este Inca terminó la dinastía de Huaray-Sayacc, sucediéndole la de Hanay-Sayacc, que gobernó cerca de un siglo y medio, contando tan sólo tres monarcas, que fueron:

1o. Inca-Rocca.—Sometió á los Chancas y á los Charcas, ensanchando sus dominios por más de cincuenta leguas de Norte á Sud, y otras tantas de Este á Oeste. Este Inca fundó en el Cuzco escuelas para la enseñanza de la nobleza, é impuso á todos sus súbditos la obligación de aprender la lengua quechua. Su reinado duró cincuentaidos años (1197 á 1249).

2o. Yahuar Huaccacc.—Soberano pusilánime, no aspiró, como sus antecesores, á extender sus dominios; empero, trascurridos nueve ó diez años de su reinado, por no ser calificado de cobarde, confió á su hermano Inca-Mayta, el mando de un crecido ejército, el cual conquistó el territorio que se estiende desde Arreqquepay hasta Atacama. Su hijo segundogénito, Inca-Tupacc (algunos historiadores le llaman CusiInca-Yupanqui), de carácter opuesto á su padre, se distinguía por su valor extraordinario, y no pudiendo el monarca congeniar con él, lo apartó de su compañía, enviándole á una hermosa dehesa á cuidar el ganado del Sol. Estando allí, tuvo en sueños la famosa visión del dios Huiraccocha, que le anunció la rebelión que tenían dispuesta los Chancas, de Uscovilca, que, en número de 40,000 hombres al mando de Asto-Huaracc y Tomay-Huaracc, marchaban sobre la capital. Noticiado de ello el Inca Yahuar-Huaccacc, abandonó su corte, lo cual, sabido por Inca-Tupacc, le determinó á encaminarse á la capital, resuelto á defenderla ó morir. Reunió inmediatamente un ejército de 28,000 hombres, con el que libró una batalla sangrienta, en Ichu-Pampa, quedando vencidos los rebeldes. Con este brillante hecho de armas, Yahuar-Huaccacc abdicó la mascaypaycha ó borla colorada, en su hijo vencedor, y se retiró á la vida privada, sobreviviendo siete años más, hasta que murió en Chita, habiendo gobernado cuarentaisiete años (1249 á 1296).

3o. Huiraccocha.—A su exaltación al trono, permutó su nombre de Inca-Ripacc con el de Huiraccocha (adoptando así el de la visión que se le había aparecido en la dehesa). Los primeros años de su reinado los ocupó en dictar leyes para la buena administración de su Imperio. En seguida, emprendió dos expediciones, son las que agregó á su Imperio varias provincias, incluso la tierra de Tucumán. Este Inca predijo la invasión al Perú de hombres desconocidos y la destrucción del Imperio. Su glorioso reinado duró cuarentaicuatro años (1296 á 1340), terminando en él la dinastía de Hanay-Sayacc.

Después de esta dinastía se inició el segundo período llamado período unificado, en el que reinaron seis Incas, porque Inca Urco, que sucedió á Huiraccocha, fué depuesto á los once días de su exaltación, en un movimiento operado por los príncipes y grandes de la sangre real, que, no pudiendo tolerar su suma estolidez, le obligaron á abdicar en favor de su hermano Pacha-Cutecc-Yupanqui. Estos seis Incas reinaron en el orden siguiente:

1o. Pacha-Cutecc-Yupanqui.—Más se dedicó á reformar y administrar sus reinos, desde el Cuzco, que salir á campañas; por eso, las cuatro expediciones que organizó, las encomendó á los príncipes de la familia, logrando someter á crecido número de pueblos, entre otros, á los Huancas, Puntus, Huaillas, Conchucos, hasta Caxamallca, y á su regreso, Chachapoyas, Palltas, Cañaris, y la extensa provincia del Gran Chimú, acrecentando notablemente las fronteras de los dominios del Imperio. Su reinado fué de larga duración, pues gobernó sesenta años (1340 á 1400).

2o. Amaru-Inca Yupanqui.—En sus conquistas fué desgraciado. La de Chile terminó con el descalabro de su ejército, que fué vencido por los feroces Purumancas ó Promancas, quienes no le permitieron avanzar más adelante del río Maule. En su reinado también hubo una formidable sublevación de los Collas, que alborotó tanto á la Corte, que le obligó á renunciar el mando, siendo su reinado de solo treintainueve años (1400 á 1439).

3o. Tupácc-Inca-Yupanqui.—Extendió los límites de sus dominios por el Sud y por el Norte: por el Sud, llegó su ejército á Chile, hasta Cachapoal y naciones salvajes; por el Norte, fué el que principió la conquista del reino de los Shyris ó Quitús, en el Ecuador; á él se debe la construcción de grandes acueductos. Su reinado fué de treintaiun años (1439 á 1470).

4o. Huayna-Capacc.—Para celebrar el nacimiento de su hijo primogénito Titi-Cusy-Huallpa-Inti-Illapa (Huáscar), hizo fabricar la célebre cadena de oro que, según Garcilaso, Inca, «tenía trescientos pasos de largo y del grueso de una muñeca». Este Inca elevó el Imperio á la cumbre de la grandeza, consumiendo la sumisión del reino de Quitú, iniciada por su antecesor, venciendo á los Huancavilcas, Cayambis, Caranques, Pastos y Quitús. Después de su triunfo en la batalla de Hatuntaqui, en la que murió el Shyri Cacha-Duchisela, eligió la capital de ese reino para su residencia, pues estaba sumamente apasionado de la bella Shyri-Paccha, hija del ex-rey, á la que tomó por concubina y tuvo en ella á Atahuallpa. Estando en su palacio de Tumipampa, en la provincia de Cañaris, le llegó la noticia de la aparición en la costa de gente estraña, lo cual le preocupó bastante, acordándose entonces de la funesta predicción de Huiraccocha; acontecimiento que, efectivamente, originó luego la pérdida de la autonomía del gran Imperio Incáico. Antes de morir, Huayna-Ccapacc dividió su Imperio entre sus dos hijos, dejando la parte del Cuzco á Huáscar, (su hijo legítimo), y la de Quitú á Atahuallpa (su hijo bastardo), sin imaginarse que esa división sería, más tarde, motivo de desavenencias entre sus dos herederos, y ocasionaría hasta la caída del Imperio. Desde el Inca Huayna-Ccapacc se aclara la confusión de la historia de los Incas, entrando de lleno en el período histórico del Perú. Huayna-Ccapacc reinó cincuentaicinco años (1470 á 1525), los doce primeros en solo el Imperio, y los restantes en el reino de Quitú que había conquistado.

5o. Huáscar-Inca.—Entró en posesión del trono en los tiempos más funestos, pues Atahuallpa aspiró á la corona imperial, estimulado por la poca voluntad que Huáscar manifestaba en reconocerlo rey de Quito. Éste le envió una embajada exigiéndole obediencia; el astuto Atahuallpa le respondió que estaba pronto á obedecerle, y, con tal objeto, pasaría al Cuzco á hacer las exequias de su padre; pero su intención era otra, y al efecto, juntó un poderoso ejército cuyo mando confió á sus aguerridos generales quiteños Calcuchima y Quisquiz. Cuando Huáscar advirtió la traición de su hermano, no tuvo tiempo de juntar otro ejército numeroso para contrarestarle; sin embargo, á tres leguas de distancia, en el sitio llamado Quipaypampa, se libró una sangrienta batalla, en la que quedó vencido el ejército de Huáscar, cayendo éste prisionero y asegurado en la fortaleza de Sausa (Jauja). Al poco tiempo fué muerto Huáscar-Inca por insinuación de Atahuallpa, quien, temiendo que escapara y recobrara su cetro, ordenó á su general Calcuchima, que le quitara la vida y arrojara su cadáver al río Yanamaru. El gobierno de Huáscar fué de solo siete años (1525 á 1532).

6o. Atahuallpa.—(De rama bastarda, y último Inca que reinó). Después del atroz regicidio que ordenó cometer en la persona de su hermano paterno, se encontró dueño de todo el Imperio peruano; pero su gobierno fué también de corta duración, porque ya Francisco Pizarro, con su hueste, había llegado á Cajamarca, donde luego se desarrolló el lúgubre drama que dió lugar á que Atahuallpa cayera prisionero de los Españoles. Apesar de haber ofrecido, por su rescate, llenar de oro y plata el cuarto donde se encontraba cautivo, ansiaron los Castellanos ser dueños y señores absolutos de todo el Perú, y, al efecto, tramaron contra el Inca el pérfido proyecto de darle muerte, culpándole de supuestos planos de conspiración. Un tribunal inícuo le acusó de crímenes imaginarios, condenándole á ser quemado vivo en la plaza de Cajamarca. Cerca ya de la pira en que debía ser inmolado, por insinuación del P. Vicente Valverde, consintió en hacerse cristiano, afin de que se le conmutara el suplicio de la hoguera por el del garrote; al bautizársele, se le puso el nombre de Juan, por ser ese día el del Evangelista. Momentos después, Atahuallpa, el descendiente de Manco-Ccapacc y último Emperador del extenso Imperio del Perú, exhalaba el postrimer suspiro después de nueve meses y medio de cautiverio...... La ejecución se realizó en la noche del 29 de Agosto de 1533, implicando ella, no solamente la extinción de la dinastía de los Incas, sino también la destrucción completa del extenso Imperio Incáico. Su reinado, como el de su hermano Huáscar, fué breve, pues solo duró siete años (1525 á 1532).

Con la muerte de Huáscar, la descendencia legítima de los Incas desapareció, quedando sólo dos hijos legítimos de Huayna Ccapacc, Paullu-Tupacc y Manco-Inca, que fueron perseguidos con el vil intento de estirpar del todo la dinastía Incáica[124].

Solo con procedimientos tan injustos, villanos y pérfidos, pudieron los españoles extinguir el último vástago de la familia incáica. La inmensa riqueza de este suelo privilegiado, y la nobleza, hospitalidad, mansedumbre y buena fe de sus habitantes, dieron mérito á que sus inhumanos y oscuros conquistadores afianzasen su poder en tan dilatados dominios, validos de la astucia, el dolo, y de una creencia religiosa de la que ellos mismos renegaban á cada paso, no contando sino con la fe del ignorante y sin tener la convicción del catequista[125].


VI
Ruinas de monumentos y ciudades pre-incáicas

Las mas admirables de las ruinas diseminadas en el vasto territorio del Perú, son las de Tiahuanaco[126], en las inmediaciones del lago Titicaca, cuyo centro, se cree, fué el más antiguo foco de la civilización peruana y americana; empero, algunos historiadores piensan que los soberbios monumentos cuyas ruinas subsisten aún en Mocha, y los sorprendentes trabajos hidráulicos que se ven todavía en Nazca, consistentes en largos socabones subterráneos, con el objeto de buscar el agua de infiltración en el cauce del río y traerla sobre los terrenos cultivados, son obras que demuestran civilizaciones anteriores al período de Tiahuanaco.

Estas ruinas de Tiahuanaco han llamado la atención de todos los arqueólogos y sabios que han tenido oportunidad de visitarlas y estudiarlas. Gigantescos túmulos, rodeados de pilastras que descansan sobre grandes cimientos de piedra; murallas, cuyas piedras son de tal magnitud y tan enormes dimensiones, que no se concibe como fuerzas humanas han podido ponerlas en su sitio, teniendo algunas de ellas treinta piés de largo, dieziocho de ancho y ocho de espesor, extraídas de las canteras de Yunguyo, situadas á más de cuarenta millas de distancia, siendo verdaderamente admirable que sin bestias de tiro, sin vehiculos apropiados, sin ninguna máquina poderosa, hayan podido traer tan enormes masas desde tan larga distancia[127]; templos de ciento á ciento cuarenta varas de largo, con columnas angulares; pórticos monolíticos en proporciones colosales, todo esculpido con figuras humanas de regular ejecución; estátuas de basalto é ídolos de piedra, gigantescos, artísticamente tallados. Tales son las sorprendentes obras que yacen en ruinas en Tiahuanaco y que pertenecen á un orden arquitectural especial, pues no tienen semejanza con las construcciones y esculturas de alguna otra nación.

Un historiador moderno hace la siguiente descripción de las ruinas de Tiahuanaco: «Estas ruinas, situadas á veinte kilómetros al Sud del lago Titicaca, son de antigüedad desconocida, muy anteriores al período incáico. Son de grandes moles de pórfido, predominando los colosales bloques, todos simétricamente labrados y artísticamente pulidos. Una serie de aposentos con esculturas uniformes se nota á primera vista después de una colina artificial sobre cimientos hechos de grandes rocas cortadas á escuadra, que tiene cincuenta piés de altura, seiscientos veinte de largo, cuatrocientos de ancho, formando tres terrazas superpuestas concéntricamente. Más adelante de esta cúspide artificial están dos grandes ídolos de forma humana con largas vestimentas y adornos y ornamentos en la cabeza. Una serie de largas columnatas ofrecen el aspecto de un monumento druídico, y resaltando sobre todo este conjunto, se destaca una colosal portada hecha en una sola piedra con rigorismo geométrico y adornada primorosamente con relieves, cornizas, geroglíficos, imágenes coronadas y emblemas de irreprochable elegancia. El templo es un rectángulo de cuatrocientos cuarentaicinco piés de largo sobre trescientos ochenta de ancho; una columnata adorna uno de sus costados y en su base se han encontrado grandes excavaciones. Este edificio parece el más antiguo de todos los que forman las ruinas. Entre todas estas obras, y esparcidas al acaso, se ven cornizas, bases de pirámides, pedestales, zócalos, molduras y diversos tallados que han quedado inconclusos.»

Otro escritor hace también la descripción de los principales monumentos megalíticos de Tiahuanaco, diciendo:

«Akapana ó la fortaleza, es un hermoso mound builder de unos cincuenta metros de altura, que consta de terraplenes concéntricos sostenidos por macizos muros de contención; fué destinado indudablemente al rito religioso á los muertos: Akapana tiene un canal escalonado á sus terrazas, presumiéndose que ha sido el sitio donde se enterraba á los de estirpe real ó principal. Kalosaya ó la sala de justicia, tiene su entrada por medio de una hermosa escalinata; en uno de sus ángulos se ostenta la famosa puerta del Sol, llena de figuras simbólicas, y se cree que fué monumento de la segunda civilización de Tiahuanaco. El llamado templo, al norte de Akapana, es rectangular y perteneció al Tiahuanaco primitivo. Tuncapunca, al sudeste, es también una notable construcción que denota haber sido un gran tribunal de justicia, por los enormes bloques que se semejan á asientos ó sillones de magistrados: constituye cuatro plataformas de gigantescas proporciones puestas en línea, conteniendo diez umbrales que corresponden á diez puertas que soportarían portadas magníficas. El muelle prehistórico ocupa la parte norte de la región de las ruinas: es la construcción que prueba que las riberas del lago Titicaca vinieron á contornear todo el frente de la grande metrópoli, sirviendo para el desembarque de las canoas, balsas, que eran el medio de navegación lacustre. Aparte de estos principales monumentos, existen varios grupos aislados y dispersos de bloques, monolitos y otros fragmentos correspondientes á períodos diversos de la civilización de Tiahuanaco, esa mansión del misterio, pasmoso testimonio de la primera civilización, donde yacen olvidados los esplendores de una actividad intelectual que no ha sido imitada por las naciones que siguieron á la vida, en las edades que se sucedieron.»

Y se preguntará: ¿Quiénes fueron los ingeniosos y atrevidos artífices que llevaron á cabo la construcción de esas obras titánicas sin iguales? No hay duda que serían hombres dotados de una fuerza hercúlea y de una inteligencia superior, cuyo grado de civilización se encontraba á una altura muy elevada. Algunos autores creen que no sería aventurado el suponer que esos hombres fueron los mismos Caldeos cuyo idioma Súmero, según el Dr. Hyde Clarke y el Dr. Pablo Patrón, guarda tanta analogía con el Aymará y el Quechua, ó talvez, los mismos hombres de raza blanca que, se cree, sean los fundadores de los antiguos imperios mexicanos; porque, si debemos dar crédito al historiador Cieza de León, en el Perú ha habido también, en época lejana, una raza de hombres blancos, como lo asevera este historiador en el cap. I de la parte II. de su Crónica del Perú, donde dice: «En la isla de Titicaca, en los siglos pasados, hubo unas gentes barbadas, blancas como nosotros, y que saliendo del valle de Coquimbo un capitán que había por nombre Cara, llegó donde ahora es Chucuito, de donde, después de haber hecho algunas nuevas poblaciones, pasó con su gente á la isla, y dió tal guerra á esta gente, que digo que los mató á todos.»

Pero, veamos lo que á este respecto opinan varios antiguos historiadores, tocante á los artífices que construyeron estos colosales y magestuosos monumentos.

Según lo refieren Gomara, Cieza de León, Garcilaso, Acosta, Torquemada, Herrera, y, posteriormente, el presbítero Velasco, en sus respectivas historias, la construcción de esos grandiosos monumentos fué debida á una inmigración de hombres gigantes[128] cuya estatura no bajaba de ocho varas[129]. En apoyo de sus aserciones, citan el hecho de haberse encontrado, después de la conquista española, sepulcros huecos, hechos de piedra, conteniendo esqueletos enteros que tenían esa misma dimensión[130]; raza de gigantes que, según presumen aquellos mismos historiadores, fueron los artífices que labraron esos ciclópeos monumentos cuyos vestigios se encuentran, aún, en Tiahuanaco, Manta, Punta de Santa Elena é Islas de Pascuas[131], y cuyas medidas y proporciones, especialmente de las puertas, manifiestan, de un modo evidente, que esas obras no fueron hechas con las fuerzas de hombres de estatura natural, sino con las de aquellos hombres de talle extraordinaria, para cuyo uso y servicio eran únicamente proporcionados estos monumentos[132]. Además, Montesinos en sus Memorias antiguas historiales y políticas del Perú, asevera también que durante el reinado del emperador pirhua Ayar-Taco (1588 á 1563 antes de la Era Cristiana, ó sea, en el lapso de veinticinco años), invadieron el Perú multitud de gigantes, que poblaron principalmente la costa desde Puerto Viejo hasta Chincha, y se extendieron hasta el interior del país.

Garcilaso refiere que Cieza de León le dijo haber oído en la provincia donde habían llegado los gigantes, «que éstos desembarcaron en la Punta de Santa Elena, cerca de la villa de Puerto Viejo, y que por las tradiciones de padres á hijos se sabía que habían venido por mar, en balsas de junco hechas como unos barcos, y eran tan altos que de la rodilla para abajo parecían hombres de talla regular; que tenían barba; que llevaban pelo que les colgaba sobre los hombros; que algunos iban desnudos y otros cubiertos con pieles de bestias salvajes; y que no trajeron mugeres con ellos.»

Acosta dice que él mismo midió esqueletos de gigantes cuya talla era más de tres tantos mayores que los indios.

Gomara infiere que el conquistador Francisco Pizarro, al llegar á Puerto Viejo, halló allí estátuas de piedra hechas por los gigantes á semejanza de sus personas, de más de ocho varas de altura.

M. Pagador, en su Historia de América, impresa en Lima en 1872, también dice: «Que se han hallado cadáveres de gigantes en diversas partes, desde la conquista hasta los tiempos contemporáneos, no con cráneos y huesos truncados que puedan producir duda y atribuirse á otros animales, sino los esqueletos enteros, sin faltarles parte alguna, no sepultados bajo la tierra, sino en sepulcros hechos á propósito para este fin.»

Toranzos, escabando una huaca de los indios, encontró una calavera y una canilla enormes que correspondían á un hombre de estatura gigantesca.

Y este juicio de los historiadores y escritores citados, parece que fuera algo fundado, máxime cuando la magestuosa grandeza de esos monumentos antiquísimos, que han resistido á los embates de tantos siglos y cuyos restos amontonados en ruinas asombran el espíritu de los hombres de la actual generación, hacen suponer que fueron obras de una raza titánica, de poderosa fuerza muscular, y cuyo desarrollo floreciente marca una etapa de sobresaliente actividad humana y de primitiva civilización tan adelantada que ha dejado una luminosa huella de su actuación y su saber.

La época en que esos gigantes aparecieron en América es aún obscura é incierta, pues algunos los suponen de remota antigüedad, anteriores al Diluvio universal; y otros, al contrario, los creen casi coetáneos de los Incas, por haberse encontrado todos sus cadáveres sólidos y consistentes.

El presbítero Velasco, en su Historia del Reino de Quito, opina que «esos gigantes fueron muy posteriores á todas las demás naciones americanas, no pudiendo exceder su antigüedad los principios de la Era Cristiana. Cuanto á la procedencia de esos gigantes, también es incierta: lo único que se infiere, es que arribaron á las playas del Pacífico en grandes embarcaciones de junco, sin traer consigo ninguna mujer de su raza, por cuya causa se colije que su estadía en estas comarcas fué de corta duración, extinguiéndose esa raza al cabo de algunos años, porque, según aseveran los historiadores Cieza de León en el cap. III de su Crónica del Perú, y el P. Acosta en el cap. XIX de su Historia Natural y Moral: «Pasados algunos años, no pudiendo tener otro desfogo de la naturaleza, se entregaron al vicio nefando mútuamente, en público y sin rubor alguno; finalmente, estando una vez muchos de ellos en ese enorme pecado, bajó fuego del cielo y fueron consumidos por ese elemento en castigo de sus horribles pecados.»

Condensando las opiniones de los diversos autores citados, el hecho positivo é incontestable es, que hay razones para creer que han existido en el Perú razas civilizadas antes de la época de los Incas; pero, cuáles eran esas razas y de dónde provinieron, son cuestiones que solo los anticuarios pueden solucionar con sus investigaciones, tanto mas cuanto que existe tal conflicto de contradicciones sobre este particular, que el criterio se pierde y se convierte en conjeturas. Lo único definitivo, y ello, ateniéndonos al resultado de las investigaciones antropológicas y paleontológicas, es que la raza genuinamente tiahuanacota ha sido dolicocéfala, opuesta esencialmente á los Aymarás braquiocéfalos.

VII
Continúa la materia antecedente

Pero, dejando á un lado lo que á esos gigantes se refiere, sigamos inquiriendo lo relativo á los constructores de los monumentos ciclópeos de Tiahuanaco, cuyo origen es aún problema no resuelto del todo.

El P. Anello Oliva, jesuita, en su Historia del Perú, pág. 38, trae á colación una tradición de los Collas de la altiplanicie del Titicaca, tocante á Tiahuanaco, según la cual este sitio sería el más antiguo en su fundación en la Tierra, y tanto por su nombre original «Chucara»,[133] ignorándose su primitiva historia, menos el que allí moraba el gran jefe Huyustus, que era el señor del Mundo, jefe de una raza de hombres blancos y barbudos, que al fin fueron exterminados por los indígenas.

El sabio enciclopédico Antonio de León Pinelo, en su Paraíso en el Nuevo Mundo (Madrid, 1658), afirma, á este respecto, lo siguiente: «De lo de Tiahuanaco dijeron los más antiguos á los primeros Españoles, que no sabían de sus autores y que eran obras que excedían la memoria de sus pasados; y para significarlo á su modo, añadían haberse levantado antes que hubiese Sol en el Cielo, que es la frase con que dan á entender que totalmente ignoran el principio.»

Otro autor, Felipe Pomanes, en su manuscrito inédito del siglo XVII titulado Los notables del Perú, dice, refiriéndose al mismo asunto: «No hay memoria en el Perú, quienes hayan sido los autores de esta obra, ni yo pude jamás hallar noticia de ellos, aunque lo pregunté en muchas partes; y más me hizo creer que todo esto hubiese sido reliquia antigua de alguna cosa memorable.»

A lo alegado por estos dos últimos autores, el sabio y erudito José Eusebio de Llano Zapata objeta diciendo: "Aunque Pinelo y Pomanes afirman que los indios ignoraban los autores de estas construcciones, no se prueba la falta de noticias de éstos, para atribuír á otras naciones imaginarias el origen de estas fábricas, fuera de que cuando el primero hizo sus investigaciones ya había pasado más de medio siglo de la conquista y habían perecido los quipocamayos, que eran los que guardaban en los quipos las historias del Imperio. Y cuando escribió el segundo, había corrido más de siglo y medio, en que precisamente había de ser mayor la confusión de las antigüedades en aquellos reinos. Esto supuesto, no hallo motivo para asentir á la vana presunción de los autores citados, y negar á los indios la construcción de las fábricas que poseían en sus mismas tierras y dominios, no habiéndose hasta ahora encontrado noticia que favorezca lo contrario, sino unas conjeturas de razón que más oscurecen la Historia que ilustran los hechos."

El Dr. Pablo Patrón opina en igual sentido, pues en el Congreso de Americanistas tenido en Stuttgart en el mes de agosto de 1904, sustentó el hecho de que "no ha habido en el Perú, en los tiempos primitivos, ninguna raza especial diversa de las actuales y constructora de obras ciclópeas; que todas las existentes en el Perú, han sido hechas por los mismos Aimaraes y Keshuas, en la época de su mayor cultura: las más notables de todas, las de Tiahuanako, así lo comprueban." Opina el Dr. Patrón, que "las ruinas que hoy contemplamos son las del templo levantado por los Aimaraes en honor de Huirakocha, en recuerdo de la creación del Mundo hecha por él, según sus creencias cosmogónicas, en el lago Titikaka;" y agrega que "no es necesario recurrir á argumentos indirectos para demostrarlo." Según su parecer, "en la portada monolítica de Akapana, aparece en medio Huirakocha con un pez de cara humana esculpido en su busto, por ser este supremo dios de los andinos el abismo de las aguas, como lo era Ea entre los Caldeos. Por último, repetidas veces está esculpido el nombre de Huirakocha en la misma portada, según el sistema iconofónico de la escritura general de América"[134].

No nos compite ni nos hallamos capacitado para juzgar las opiniones contradictorias que al respecto formulan los escritores á quienes hemos aludido, siendo ésta una cuestión que, quizá con el tiempo, pueda ser dilucidada por los antropólogos. Empero, expondremos una breve indicación al respecto. Es de suponer que los sabios Llano Zapata y Dr. Patrón están en un error al aseverar que ninguna raza especial fué la constructora de los colosales monumentos de Tiahuanaco.

No solamente los sabios Llano Zapata y Dr. Patrón, sino, con ellos, algunos otros autores, han supuesto que los Aymarás fueron los constructores de la misteriosa ciudad de Tiahuanaco; pero creemos que es también un lamentable error atribuirles tal preeminencia. Al contrario, celosos los Aymarás, de que antes hubiera habido una raza superior á la suya, de presumir es, que ellos mismos fueran los destructores de aquella ciudad, por el antagonismo de razas que existía, pues la dolicocéfala (primitiva), era opuesta esencialmente á la raza braquicéfala (aymará, posterior) del altiplano de los Andes.[135] ¿De qué medios se valdrían los Aymarás para conseguir la destrucción de esa portentosa ciudad? Es lo que vamos á tratar de dilucidar.

Se opina que Tiahuanaco estaba situado entonces en las riberas del lago Titicaca, elevado en esa misma época á 34 m. 75 c. sobre su nivel actual. Las aguas de este lago azotarían los muros de los diques y calzadas de esa ciudad. Á superior nivel que el lago Titicaca se hallaban las lagunas de Arapa y Silustani, Azángaro (Puno), Lagunillas (Lampa) y los torrentes Itapayuni (Puno), cuyas hoyadas y relieves de la Cordillera se habían rellenado en el último período glacial del hemisferio austral. Se presume que los Aymarás, previendo que en un tiempo no lejano podía desbordar de sus causes esas grandes masas de agua, desviaron el natural curso de éstas en dirección de la región Tiahuanacota, siendo natural que esa inmensa avalancha inundara y revolviera la mayor parte de los edificios. En efecto, parece que esta catástrofe sucedió así, quedando la ciudad sepultada entre el aluvión: Cuando se retiraron las aguas al gran depósito de Titicaca, Tiahuanaco quedó medio cubierto de pantanos, y, por fin, convertida en una llanura estéril, ostentando, de su pasada grandeza, sólo los restos de sus admirables monumentos que han podido resistir á los embates de tan enorme inundación, y son los que aún quedan en pié.

Otra prueba convincente de que los Aymarás no fueron los constructores de Tiahuanaco, es, que posteriormente se han sacado de allí objetos de una alfarería que no se asemeja absolutamente á la de ellos.

Entonces cabe preguntar: ¿Cuál fué la raza primitiva genuinamente Tíanahuanacota? Es pregunta difícil de absolver de un modo exacto y afirmativo. Unos autores suponen que fueron los primitivos Quechuas que formaron un imperio teocrático en la altiplanicie del Titicaca; otros, dicen que fueron los Antis, pueblo asiático que invadió la América Meridional antes del Diluvio universal; otros, afirman que fueron los Caldeos, antiguo pueblo de la Mesopotamia; otros, alegan que fueron los Uros, nación poderosa en otro tiempo y cuyos pocos descendientes constituyen hoy una raza dejenerada á tal extremo, que, apesar de los adelantos del siglo actual, permanecen aún en el estado más brutal y salvaje; por consiguiente, siendo inadmisible que esos Uros estuvieron ahora 10,000 años (según el ingeniero Posnausky) en un grado de civilización tal que les permitiera formar una ciudad de la magnitud é importancia de Tiahuanaco; y otros, en fin, presumen que fueron los mismos Aymarás ó Collas, los fundadores de esa portentosa ciudad.

Pero, sean los unos ó los otros los famosos constructores de las gigantescas obras de Tiahuanaco, es un hecho irrefutable que fueron hombres de una raza superior, de fuerzas hercúleas, y que tuvieron á su disposición recursos de grandes poderes mecánicos para haber trasportado, de canteras que distan hasta de 64 á 65 kilómetros, bloques enormes de piedra de granito, cuya medida era, para unos, de 7 m. 44 de largo por 4 m. 66 de ancho, y para otros, aún de 12 m. de largo por 2 m. 50 de ancho, y cuyo peso, algunos de ellos, ha sido calculado en 200 toneladas. Lo que no puede concebirse es, de que medios se valieron aquellos antiguos constructores para elevar á tan grandes alturas aquellas pesadas moles de granito; medios que hoy mismo, apesar de las poderosas maquinarias que se posean, los aparatos modernos serían insuficientes para elevarlas á alturas en que se encuentran las que se ven colocadas en los gigantescos monumentos de Tiahuanaco.

A juicio nuestro, esas ruinas son restos de una floreciente ciudad edificada por hombres de fuerza hercúlea, que se establecieron en el Perú en tiempos protohistóricos. Esos hombres han podido ser de dos razas distintas: ó de la de la Nueva Zelandia, del archipielago de la Polinesia, según algunos historiadores, ó de la de los Caldeos, antiguo pueblo de la embocadura del Tigris y del Eufrates.

Nuestra humilde opinión puede basarse en que, la raza de los primeros fueron los que vinieron á las playas del Perú por la ruta de la Polinesia, en el Océano Pacífico del Sur, y que al penetrar al interior del país, pudieron edificar la ciudad de Tiahuanaco, que guarda tanta semejanza, en la dimensión de sus monumentos ciclópeos, con los que existen en la Isla de Pascuas. Cuanto á los de la raza de los segundos, bien sabido es la influencia que su adelantada civilización tuvo entre los habitantes de la altiplanicie de los Andes peruanos, legándoles no solamente sus costumbres y su filología, sino también su arte arquitectónico, pues se asegura que los monumentos de Tiahuanaco guardan cierta analogía con los de la Caldea Babilónica. El hecho es, que en medio de todo, no es posible precisar con exactitud quienes fueron los edificadores de esos grandiosos monumentos, los más notables del Mundo, por las piedras colosales empleadas en su construcción; pero lo cierto es, también, que esos famosos monumentos son hechura de una raza especial, y si se quiere, hasta extraordinaria.

Los antropólogos niegan, en lo absoluto, la existencia en el Perú de una raza de gigantes constructora de portentosos monumentos monolíticos; pero el hecho es, que todos los antiguos historiadores están acordes en un punto: que en el Perú hubo, en tiempos remotísimos, una civilización bastante avanzada, que desapareció totalmente, al extremo de que, cuando aparecieron Manco-Ccapacc y Mama Oclla en la cumbre del Huanancauri á regenerar la sociedad, el país estaba habitado por tribus algo civilizadas, algunas, y salvajes las más, que no sabían siquiera explicar el origen de las importantes ruinas de Tiahuanaco. Sin embargo, no solamente es presumible, sino hecho que no tiene lugar á duda, que los hombres de esa civilización antiquísima debieron poseer algún medio mecánico de grandísimo poder, no tanto para arrastrar á largas distancias las pesadísimas moles de piedra de granito de esos soberbios edificios ciclópeos, sino, sobre todo, para colocarlas en los elevados sitios en que se hallan. Es posible que los hombres extraordinarios de esa civilización antiquísima se remonten á la época antediluviana, ó, á lo menos, á los principios de la post-diluviana.

Réstanos, para terminar este punto, manifestar la opinión de un viajero alemán, que, últimamente, ha hecho exploraciones científicas en Tiahuanaco, el que supone que este lugar, en la época de su mayor apogeo, fué una gran ciudad de más de un millón de habitantes, cuya extensión abrazaba un perímetro de ocho ó nueve millas, fundándose en ese cálculo, por haber encontrado en toda esa extensión grandes capas de ceniza.

VIII
Continúa la materia antecedente

Indudable es, que en el extenso territorio del Perú hay un vastísimo campo de investigaciones para los arqueólogos, los naturalistas, los anatómicos y aún los filólogos, cuyos estudios podrían arrojar importantes revelaciones. Los hombres científicos peruanos deberían interesarse, algo más, por las muchas y grandes curiosidades que ofrecen las tantas ruinas de monumentos antiquísimos diseminadas en todo el territorio, porque, estudiadas debidamente esas ruinas, se llegaría á obtener importantes conocimientos, relativos á las misteriosas condiciones que rodeaban á los hombres y pueblos de esas épocas lejanísimas. En vista de la casi desentendencia de los sabios peruanos modernos, á este respecto, un escritor contemporáneo exclamó: «¿Es posible que la ciencia peruana no se preocupe de estudiar estos anticuarios restos, en sus propios yacimientos, para que sean sometidos al análisis de la ciencia prehistórica?»

Esas investigaciones, que deberían ser practicadas, preferentemente, por peruanos, son más bien llevadas á cabo, generalmente, por extrangeros, que se interesan más por los estudios arqueológicos, que los mismos hijos del país, quienes permiten que los forasteros les arrebaten los triunfos que ellos podrían obtener con esos descubrimientos. Sin remontarse á época distante, últimamente el sabio arqueólogo norteamericano Mr. Hiram Bingham, director de la expedición científica enviada al Perú, en 1911, por la Universidad de Yale y repetida en 1912 (cuya segunda expedición fué costeada por la misma Universidad y la Sociedad Geográfica de Washington), ha hecho interesantes descubrimientos en los casi desconocidos distritos montañosos de Vilcabamba, situados al noreste del Cuzco. En el valle de Urubamba esa expedición ha descubierto numerosas ruinas importantísimas de ciudades y fortalezas preincáicas, de las que anteriores expediciones no habían tenido noticia, por existir solamente muy vagos y escasos informes sobre la existencia de monumentos históricos en las regiones apartadas en que se encuentran.

Mr. Bingham ha dado últimamente una conferencia científica, de alto interés, en la Sociedad Geográfica de Washington, ocupándose en dicha actuación, de los estudios que en su expedición practicara en las ruinas de esos monumentos, que datan de épocas sumamente lejanas. En dicha conferencia explanó, extensamente, la importancia de las siguientes ruinas:

Macchu-Picchu, que es una ciudad situada en la cima de un cerro casi inexpugnable, de dos mil pies de altura, sobre el río Urubamba, y que está completamente ocultada por la exhuberante y asombrosa vegetación que cubre los precipicios profundos que la circundan; por estas dificultades los Españoles jamás habrían podido encontrarla, á menos de ser guiados al lugar. Esa ciudad está llena de monumentos de alto valor histórico, muy superiores á los existentes en otros lugares del Perú. Su situación sobre peligrosos abismos, se debe que los antiguos y modernos exploradores no la hubieran encontrado, porque la falta de caminos los obligaba á evitar en su travesía, rodeándola, esta parte del Urubamba. Macchu-Picchu, según opina Mr. Bingham, fué fundada, probablemente, por la raza megalítica: sus ruinas son de gran belleza y magnificencia, con fortaleza, palacios, baños, templos y trescientas casas, todo construído con bloques de granito blanco hasta de doce pies de largo: el templo de Yuracraim contiene un monolito tallado de ciento ochenta pies de circunferencia.

La ciudad de Viteos, fué la capital donde se encuentra el palacio que el último Inca Manco II ocupó después de haber sido derrotado por el ejército de Francisco Pizarro.

Tipón, que es otro pueblo situado en la eminencia de un cerro, donde hay muchas ruinas preincáicas, llamando la atención su gran fortaleza, más inexpugnable que las de Ollantaytambo y Sacsahuaman; está rodeada de un alto muro de más de tres kilómetros de largo.

Existen, además, en aquellos solitarios parajes de Vilcabamba y Urubamba, otras ruinas de ciudades y pueblos que, se supone, deben también ser de época preincáica, como Ñustac-Hesppanan, donde se encontraba el santuario llamado Yurah-Rumi, lugar sagrado en que se hacían los sacrificios; Pucyura, donde existen los restos de una fundición de metales en grande escala; Uncapampa, donde subsisten las ruinas de una gran muralla, de una sola casa, que mide 1,665 pies de largo por 33 de ancho; Rosaspata, con ruinas de un soberbio palacio de 245 pies de largo y 43 de ancho, con quince puertas en su frente y otras quince en su espalda, todo de granito blanco; Chuquepalpa, que ostenta aún las ruinas de una casa del Sol, que en su tiempo ha debido ser de suma magnificencia; siendo también notables las ruinas de Rumicolca, Piquillacta, Choquepujio, Piteos, Paltaytambo, Llactapata y otras.

Todas estas ruinas, abandonadas, manifiestan, tácitamente, ser huellas de una civilización remotísima, que indudablemente perteneció á una raza anterior en mucho á la de los Incas; ruinas que deben excitar el celo patriótico de las autoridades para inducirlas á tomar todas las medidas que sean conducentes á su conservación, y que sugieren la necesidad de una comisión científica de peruanos para estudiarlas detenidamente, ya que la casualidad las ha deparado al Perú moderno. Desgraciadamente para el Perú, las autoridades muy poco se han preocupado de la conservación de sus reliquias antiquísimas, porque la malhadada política absorbió siempre la atención.

Ya que tocamos este punto, debemos decir algo sobre las ruinas de Choqquequirau, también ciudad prehistórica. Aunque descubierta ésta hace ya como cuarenticinco años, las autoridades de los últimos tiempos no han dado paso alguno, tendiente á su conservación ni al estudio de los muchos monumentos de inestimable valor arqueológico que encierra.

Choqquequirau (que significa cuna de oro), es una ciudad más extensa que la del Cuzco, situada á poca distancia de la boca de la gran península formada por los ríos Apurimac, Ené y Tambo, y es limitada, por un lado, con la cadena de la Cordillera de los Andes, y por otro, por el caudaloso río Apurímac: es construída toda de piedra labrada, con suntuosos palacios que tienen salones de más de cuarenta metros de largo por diez ó doce de ancho; además, posee hermosas construcciones, baños admirables y templos magníficos. Se cree que esa ciudad era una morada de recreo de los Incas, y fué, según se asevera, el último baluarte de los pocos miembros de la familia imperial, que escaparon á la persecución de los Españoles, después de la sublevación de Manco II, y que allí enterraron la cuna de oro en que se meció Huaynahuantinsuyo[136].

IX
Escritura pictórica é ideográfica de los antiguos peruanos

De todo lo dicho hasta aquí se desprende que, efectivamente, en el Perú hubo pueblos civilizados antes de los Incas, como lo manifiestan también los geroglíficos grabados que se ven en diferentes lugares de este territorio, principalmente en las ruinas preincáicas.

En el sitio llamado Corralones, á ocho leguas de Arequipa, se encuentran grabados hechos á cincel, sobre unas masas de granito, representando figuras de hombres y de llamas, círculos, paralelógramos, cifras semejantes á las letras R y O, y aún restos de un sistema planetario.

En los espesos bosques que ciñen las márgenes del Marañón y del Huallaga, se ven todavía antiguos geroglíficos trazados en durísimas rocas.

En Huamanga, en Huaráz, y junto al pueblo de Huáitara, existen ruinas de fortalezas en cuyas paredes estaban esculpidas muchas figuras de hombres, animales, flores y otros dibujos, obra ó todo, de una raza destruída en otra época.

En fin, en Yonán, en Chavín de Huantar, en Huari, en Calango, en Huarochirí, en Locumba, en Tarapacá, en Paipai, en la Quebrada Honda, en Callancas, en la Caldera, en Chucuito, en la isla de Coatí del lago Titicaca, y otros sitios más del Perú, subsisten aun fragmentos de ruinas en que se hallan dibujados algunos signos pictográficos, mudos pero elocuentes testimonios de que en épocas lejanas existieron en aquellos lugares pueblos dotados de una civilización no poco adelantada.

Aunque el tiempo ha ido borrando la mayor parte de esos geroglíficos, no se les puede despojar del valor que tienen como signos de una cultura antiquísima muy anterior á la de los Incas. Todas estas manifestaciones de signos ideográficos se deben considerar como un sistema de escritura pictográfica, pues esos mismos signos eran la representación de ideas tendientes á ser trasmitidas y recordar el pensamiento de sucesos realizados. Estos signos pictográficos que revelan los principios de una escritura ideográfica, expresan una sucesión de ideas, y los indios dibujaban esos signos en las rocas, en las paredes de los monumentos, en las cortezas de árboles, en las pieles, armas, conchas, cántaros y otras vasijas de alfarería, en telas y demás objetos, para recordar y perpetuar hechos trascurridos, en esa época.

Al advenimiento de los Amautas se perdió la escritura pictórica é ideográfica, conocida hasta fines de la época de los Pirhuas, y fué sustituída por los quipus, cuyo uso perduró durante todo el período del Imperio Incáico.

Las antiguas naciones y tribus de indígenas Peruanos fueron decayendo, con el trascurso del tiempo, hasta llegar á ser conquistados por la raza Quechua. De las primeras, en la época de su apogeo, hállase aún algunas ruinas que testifican su pasado de grandeza: de las últimas, solo quedan las huellas del recuerdo confuso de su insignificante dominación: y las que aún subsisten al través de tantos siglos, en el seno de la Montaña del Perú y en el confin austral del Continente americano, no ofrecen interés alguno, ni se manifiestan por su cultura progresiva.

X
Rutas diversas por las que han podido venir las inmigraciones al Perú

Resumiendo las opiniones de los varios autores que hemos citado en el curso de este trabajo sobre el Perú, cabe, en lo posible, que parte de los primeros habitadores del Perú (prescindiendo de los autóctonos de la época antediluviana) fueran originarios de los Caldeos, como lo pretenden el Dr. Hyde-Clarke, el Dr. Pablo Patrón y otros; que otra parte se derive de los Chinos y Tártaros, como lo testifican Vater, Humboldt y Mac Carthy; y, por último, que algunos desciendan de los Fenicios, Suecos, Noruegos, Gaulos é Iberos, como lo sostienen otros escritores. Pero lo evidente es, que todas estas opiniones son más ó menos fundadas, por el origen de la población peruana, como el de toda la América, y no se halla aún perfectamente dilucidado, siendo pocas las pruebas que hoy existen en confirmación de estas mismas opiniones, que sólo revisten carácter problemático.

Pero sea lo que fuere, es un hecho evidente que no tiene lugar á duda, que las diversas inmigraciones llegaron á este suelo por diversas rutas y en diferentes períodos. Algunas debieron venir por tierra, después de haber desembarcado en ciertas regiones de América más en contacto con otros Continentes, como lo hacen creer las analogías de varias voces de las tribus de la Montaña con las del Brasil; de las de los antiguos habitantes de los valles del Norte con las del Chaco y la América Central; de las de los indios de la Sierra con las de las mesetas del Ecuador y de Nueva Granada. Algunas de las otras inmigraciones pudieron venir por mar, lo cual se infiere por la semejanza que se nota entre varios isleños de la Polinesia y los indios de Tumbes, Ica, Arica y otros pueblos costeños.

Sebastián Lorente, en su importante estudio sobre la Civilización de los primitivos Peruanos, asienta las siguientes conclusiones: «El Perú no fué poblado de una sola vez y por una sola nación: en diversos tiempos recibió pobladores de los Antiguos Continentes, sea por la parte oriental, sea del lado del Pacífico: el mayor número de colonizadores hubo de venir por tierra; los que llegaron por mar, ó habían estado antes en otra región de América, ó procedieron de la Polinesia; pocos llegaron directamente del Asía.»

Históricamente hablando, es un hecho incontestable y que no admite duda alguna, que el Perú ha sido visitado y habitado, como el resto de América, desde tiempos remotísimos: esos primeros habitantes post-diluvianos pertenecían á razas muy adelantadas y poderosas, indudablemente superiores á la de los Incas, porque los magestuosos restos de monumentos arquitectónicos que aún subsisten, anteriores al siglo XI, ó sea, á la fundación del Imperio Incáico, testifican el grado de cultura en que se encontraban esas razas. En efecto, repetímoslo, á inmediaciones del lago Titicaca, y en algunos valles del Norte, se encuentran vestigios de construcciones ciclópeas erigidas por las grandes naciones preincáicas, construcciones que causan la admiración de nuestros contemporáneos, quienes no atinan á determinar los medios que estos constructores emplearon para trasportar desde lejanas canteras esos inmensos trozos de pórfido, ni los instrumentos que usaron para tallarlos y pulimentarlos, coligiéndose que debían tener á su disposición recursos de grandes fuerzas mecánicas[137].

XI
Clasificación etnográfica de las razas peruanas

Quédanos por exponer algunas cortas consideraciones.

Por los estudios que varios frenólogos (entre ellos Mercator, y después de él, Tschudi) han hecho de los rasgos típicos y craneológicos de los antiguos habitantes preincáicos del Perú, éstos, según Juan Diego de Tschudi, se dividirían en tres razas: 1a La de los Aymarás, ocupantes de las dilatadas alturas perú-bolivianas, tenían el cráneo ovalado, afectando la forma de una bóveda bastante regular y algo alargada, la cara grande, las órbitas cuadrangulares y la quijada superior sesgada. 2a La de los Chinchas, que ocupaban el litoral desde el valle de su nombre hasta el desierto de Atacama y desde el Océano hasta las Cordilleras, tenían el cráneo de forma piramidal truncada, con la base vuelta hacia arriba, la cara pequeña, las órbitas transversalmente ovaladas, y la quijada superior casi perpendicular. 3a La de los Huancas, ocupantes de la extensión comprendida entre las Cordilleras, desde el grado 9 al 14 de latitud austral, tenían el cráneo cuadrado, alargado de abajo y adelante, hacia atrás y arriba, la cara muy pronunciada, pero más corta que la de los Aymarás, y las órbitas algo ovaladas[138].

Empero, esta clasificación etnográfica de las tres razas peruanas, hecha por los frenólogos citados, ha sido rebatida por el Dr. Rodríguez Dulanto, quien en su tésis publicada en los Anales de la Universidad Mayor de San Marcos de Lima, tom. XXV, págs. 404 y 405, declara «que si la separación de estas tres razas piensa fundarse sobre caracteres craneológicos, su existencia es de todo punto problemática;» alegando en seguida, «que pueden ser efecto de una deformación artificial,» trayendo á colación el hecho de que «los Chinchas usaron la deformación occipital mediante una contrapresión frontal casi insensible; que los Aymarás usaron esa misma deformación mediante la presión sub-occipital; que los Huancas usaron la deformación macrocéfala, ó sea, la presión dirigida de adelante á atrás.» Concluye el Dr. Dulanto manifestando «que las deformaciones artificiales explican perfectamente los caracteres atribuídos á esas pretendidas tres razas peruanas.»

XII
Otras consideraciones

Cuanto á los idiomas y dialectos de los Peruanos preincaicos, éstos eran numerosos, pues en cada provincia y en cada pueblo eran distintos, y los de unas provincias ó pueblos que se comprendían entre sí eran amigos, y los que no se entendían eran enemigos, y sostenían continuas guerras unos con otros, según lo refiere Garcilaso en la pág. 16 de sus Comentarios Reales. Posteriormente, para evitar esa confusión de lenguas y dialectos, es que los Incas trataron de generalizar el idioma Quechua.

La religión que profesaban esos Peruanos preincáincos se reducía á prácticas supersticiosas[139], pues en cada provincia, pueblo, barrio y aún en cada casa, adoraban konopas ó ídolos del lugar, diferentes unos de otros, pareciéndoles que el ídolo ageno no podía favorecerles, sino el suyo propio, según lo dice el mismo Garcilaso en el libro I, cap. IX, pág. 12 de su obra citada. Con posterioridad, para combatir y desterrar el politeismo y unificar las diversas creencias, los Incas establecieron, entre sus súbditos, el culto general del Sol, denominado Inti, construyendo, al efecto, en los valles principales de sus dominios, templos suntuosos dedicados al culto de ese astro, que se adoraba como divinidad tutelar del Imperio. Asi es, si en las edades preincáicas profesaban los Peruanos el politeismo, bajo el Imperio predominó el panteísmo.

En conclusión, es reconocido que las naciones de los Quechas y Aymarás fueron las más adelantadas de la América del Sud, las que descollaron como las primeras por su cultura. La nación de los Nahuas de México, y las de los Mayas y Quichés de Centro América, figuran en segunda línea. La nación de los Muyscas ó Chibchas, de Colombia, también algo civilizada, es reputada como la tercera en cultura. Cuanto á los Caribes, Guaranis, Araucanos, Patagones, Fueguinos, como asímismo las numerosas tribus de la Montaña peruana, del Gran Chaco Argentino-Paraguayo-Boliviano, y algunas otras, son naciones ó tribus que permanecieron y permanecen aún en la barbarie, en estado más ó menos salvaje, y, algunas de ellas, refractarias á los adelantos de la moderna civilización, completamente.

XIII
Nuestra opinión sobre el origen de los Indios del Perú

Para terminar este bosquejo sobre el origen de los Indios del Perú, nos permitimos emitir también nuestra humilde opinión á este respecto, condensándola en pocos renglones.

Los primitivos habitantes antediluvianos del territorio conocido hoy por el Perú, fueron, como los demás del Continente americano, autóctonos, ó sea, originarios de este mismo territorio, ratificando nuestro parecer en este sentido, los juicios que al final de la primera parte, hemos ya expresado.

Por los estudios llevados á cabo en estos últimos tiempos por sabios etnógrafos, arqueólogos y paleontólogos, se ha llegado á importantes descubrimientos en las ciencias etnogeníticas, de cuyos descubrimientos deducimos, que las diversas invasiones que arribaron á las costas del Perú, en las primeras épocas postdiluvianas, fueron de colonias procedentes de los siguientes puntos:

1.o De la Nueva Zelandia, isla del archipiélago de la Polinesia; cuya irrupción de gran número de emigrantes llegó, según parece, por el camino del Océano Pacífico del Sud, deteniéndose algún tiempo en la Isla de Pascuas. Después, desde esta isla, invadieron, presumimos, la América Meridional, desembarcando en Manta, Punta de Santa Elena y Puerto Viejo, internándose, parte de ellos, al interior, trayendo á estos puntos, sus costumbres, usos y cultura. Aún creemos que esos inmigrantes fueron hombres considerados como gigantes por su elevada estatura, y, quizá, los constructores de los monumentos ciclópeos é ídolos de piedra que se hallan diseminados entre las ruinas de Tiahuanaco, ciudad que llegó á ser el más antiguo foco de la civilización peruana, y ruinas que tanta semejanza tienen con las estátuas monolíticas que se hallan en la Isla de Pascuas. Además, la evolución religiosa de los Quicho-Aymarás es una prueba evidente de la estrecha relación que existía entre los antiguos Peruanos y los naturales de la Nueva Zelandia.

2.o De la comarca asiática de los Antis, pueblo guerrero y valeroso cuyo origen es desconocido por su atrasada existencia en época proto-histórica, el que, se dice, emigró en masa de su país, antes del Diluvio Universal, estableciéndose en los valles orientales de los Andes, en la sección que es hoy Bolivia y Ecuador.

3.o De Egipto, en el Africa Septentrional, cuyas invasiones á América se realizaron, quizá, mediante el camino de la Atlántida, estableciéndose algunas de ellas en el territorio del Perú, donde también cimentaron sus costumbres, ritos y aún su idioma, existiendo pronunciadas semejanzas entre los Quicho-Aymarás del Norte del Perú y los Egipcios del Nilo, pues se ha descubierto no solamente datos filológicos semejantes entre ambos pueblos en sus tres formas (geroglífica, hierática y demótica), sino también artefactos de cerámica y tejidos de dibujos simbólicos, y, sobre todo, monumentos arqueológicos que denotan curiosas analogías entre estos dos pueblos.

4.o De la Caldea, en el Asia Menor, cuyos inmigrantes llegarían á América quizá por la ruta del Estrecho de Annian, pasando por México, Centro América ó Istmo de Panamá, hasta llegar al territorio del Perú, donde, se cruzaron con la raza del país: por consiguiente, son considerados como uno de los progenitores de los Quicho-Aymarás. Al llegar al territorio peruano, los Caldeos desenvolvieron en él su lengua, la que se fué infiltrando y arraigando en este suelo, y cuya adaptación explica que la lengua Súmera y la Quicho-Aymará guardan tantas analogías entre sí. A la vez, los Caldeos legaron su adelantada cultura, la cual, al extenderse, se fué también asimilando algo entre los antiguos Peruanos, sin haberse, sin embargo, estacionado ni fijado entre los naturales del país.

5.o De la China, vasto imperio al Sudeste de Asia, que á consecuencia de la prolongada lucha de los Brahmanes y Budhistas, que terminó con la emigración de los Chamanes, se pueda presumir que éstos pudieron venir con facilidad á las costas del Perú por las grandes continuadas islas que entonces existían eslabanadas en el Océano Pacífico. Es de suponer que la civilización del Perú viene, en parte, de la China, por las muchas semejanzas de costumbres que existen entre estos dos pueblos, y aún por las similitudes filológicas que permiten que algunos habitantes del Perú puedan entenderse con los Chinos.

A más de las invasiones de los Zelandeses, Antis, Egipcios, Caldeos y Chinos, es probable que hayan habido otras de distintas partes del Antiguo Mundo, sin que podamos determinarlas con exactitud, aunque algunos autores citan las de los Fenicios, Cartagineses, Hebreos, Armenios, y aún Suecos, Noruegos é Iberos. Pero es un hecho incontestable, y hay pruebas suficientes para afirmarlo, que existieron en el Perú, antes del período Incáico, varias razas de relativa adelantada civilización, las que establecieron sus propios gobiernos; dinastías antiguas y poderosas, que sucesivamente fueron desapareciendo con el trascurso de una larga serie de siglos. Quedan, hasta la fecha, algunos recuerdos de esas razas y de esos centros de civilización, que testifican su pasado de grandeza, tanto en las ruinas de soberbios y gigantescos monumentos que se hallan aún diseminados en el territorio peruano, cuanto en los tantos artefactos de alfarería, tejidos y otros objetos que han sido descubiertos en los túmulos funerarios de los primitivos colonos establecidos en el territorio del Perú.

Tal es, en síntesis, nuestra humilde opinión tocante al orígen de los primitivos habitantes del Perú y posteriores inmigraciones que á este territorio arribaron.