CAPITULO III.

Prehistoria y protohistoria.--Indeterminación de fechas.--Thomsen: ley cronológica de la industria humana.—Mortillet: edad de la piedra y sus períodos eolítico, paleolítico y neolítico.—Colecciones etnológicas de Puerto Rico: Látimer, Acosta, Los Jesuitas, Stahl, Neumann, Nazario.—Nuestra colección prehistórica boriqueña.—Restos humanos en yacimientos del interior y de la costa de la Isla.—Fijación social del autóctono boriqueño en el período de la piedra pulimentada.—Opinión contraria de algunos autores.—El taller de piedra de la gruta de Miraflores, en Arecibo.—Pérdida del lenguaje indo-antillano.—Conservación de los idiomas indios del Continente.—El boriqueño trabajaba también la arcilla.—Utilizaba los huesos de pescado.—Conocía el oro é ignoraba el uso de los demás metales.—Desconocía el uso doméstico de la sal.—Collares de piedra.—Los siete collares del tesoro de Caonabó.—Su significación.—La muerte y el olvido tras la Conquista.—Las tribus boriqueñas.—Sus jefes.—El dujo.—El boriqueño no había llegado en su civilización al último grado del período neolítico.—Carencia de túmulos.—Tal vez se encuentren algún día.

La naturaleza es un libro abierto al investigador y en ella escudriña el hombre las huellas de la raza extinguida con el afán que le domina por conocer los orígenes de la humanidad.

Hace veinte y cinco años se usaba la palabra ante historia para caracterizar los tiempos que han precedido á las anotaciones de los primeros cronistas; pero hoy usamos el vocablo prehistoria; y cuando nos acercamos á los períodos más modernos y de alguna documentación, aunque nebulosa, usamos de la dicción proto-historia.

El punto en el cual los tiempos prehistóricos terminan es variable, según los países. Por ejemplo, para Europa, en lo que se refiere á España, Francia y Alemania, pertenece á la raza de Canstad, á la de Cro-Magnon y á la de Furfooz; viniendo además el cráneo de Neanderthal, exhumado en 1856, y la bóveda craneana de Eguisheim, en 1867, á dar mayor base científica paleo-etnológica á estos estudios; pues la mandíbula de Moulin-Quignon resultó un engaño de los obreros de Abbeville, según el parecer de la célebre comisión de sabios, presidida por Milne-Edwards, que averiguó que dichos obreros pretendieron ganar 200 francos á Mr. Boucher de Perthes. Así, pues, mientras para Grecia y Roma la historia bien conocida de griegos y romanos determina en ellos la cesación de los tiempos prehistóricos; para los franceses vienen á terminar con los celtas; para los españoles con los celtíberos; y para los alemanes con la introducción del cristianismo en la época germánica. De manera que para los griegos la época de los pelasgos sería su protohistoria[[42]]; para los romanos la época etrusca[[43]]; para los franceses la época céltica[[44]]; para los españoles, la celtíbera[[45]] y para los alemanes la germánica.[[46]] Lo que revela la variabilidad é indeterminación de fechas cronológicas sobre este particular, en correlación únicamente con el desenvolvimiento civilizador histórico.

Thomsen[[47]], de Copenhague, en 1836, formuló la ley cronológica del desarrollo de la industria humana, y dividió los tiempos prehistóricos en tres edades: edad de la piedra, en la cual el hombre no conocía los metales y explotó el sílex y las piedras calcáreas; edad de bronce, que vino á sustituir á la piedra en las armas y en los utensilios domésticos; y edad de hierro, que sustituyó á la anterior con la explotación de este utilísimo metal. Y Mortillet[[48]] dividió la edad de la piedra en otros tres períodos sucesivos: eolítico, paleolítico y neolítico. Tres palabras de origen griego, para designar respectivamente el origen de la piedra, la antiguedad de la piedra y las nuevas piedras en las manos del hombre como utensilios. El eolítico es para el período geológico terciario; el paleolítico es para el cuaternario; y el neolítico para el período cuaternario reciente. El primero, por lo tanto, corresponde al origen de la humanidad, y los otros dos á su desarrollo en la nebulosidad de la prehistoria. En la América, la clasificación de Thomsen hay que modificarla, poniendo en lugar de la edad de bronce la edad del cobre, pues este metal fué el qué empezó á sustituir á la piedra en el Continente Americano.

En Puerto Rico pocas personas se han dedicado á recolectar objetos arqueológicos para el estudio del hombre prehistórico. Las primeras colecciones podemos referirlas á la primera Exposición que hubo en el país, el año de 1854.[[49]] En ese primer Certamen de nuestra actividad humana expuso don Jorge Látimer, distinguido comerciante de esta ciudad, entre una variedad de objetos, los siguientes, interesantes para el estudio del hombre indo-antillano:

Un ídolo de mármol negro, jaspeado de verde, encontrado en una cueva de la isla de Santo Domingo.

Tres ídolos de piedra, encontrados en una gruta del interior de esta Isla: dos blancos y el otro negro. Además, un pedazo blanco de un ídolo roto.

Dos cráneos y un pedazo de tinaja de barro cocido, hallados en un cementerio de indios.

Una piedra, figurando la cabeza de una higuana, con cuatro patas, cola y alas.

Cuatro hachas de piedra.

Dos pedrezuelas agujereadas, para colgar al cuello.

Posteriormente, don Jorge Látimer siguió enriqueciendo su colección arqueológica, habiéndola regalado después á Smithsonian Institution, museo nacional de los Estados Unidos.

En 1876, Otis T. Mason hizo un estudio especial de esta Colección[[50]], la que en 1903 tuvimos el gusto de ver detenidamente en aquel hermoso centro de Prehistoria antropológica.

En esa misma Exposición y según la citada Memoria descriptiva del señor Viña, presentó don José Julián Acosta varios objetos, pertenecientes á muchos indígenas puertorriqueños, y fueron:

Dos ídolos de piedra, afectando la forma de serpiente enroscada, sobre la cual se adapta una especie de cara con ciertos rasgos de fisonomía humana. Encontrados en Yauco.

Un ídolo de piedra, que representa una figura extraña, porque en su conjunto participa de la del hombre y de la del mono. Se encontró en tierras de un ingenio de Ponce.

Un hacha de piedra.

Los Jesuitas tenían, allá por los años de 1865, en el museo del Seminario-Colegio de la calle del Cristo, en San Juan, una colección de collares, ídolos, hachas y otros objetos de piedra, pertenecientes á los indígenas. Entre todos estos objetos recordamos, por haber estudiado nuestro Bachillerato en dicho Colegio, que llamaban la atención las bandas ó collares pétreos de tres tamaños.

El doctor don Agustín Stahl[[51]] poseía en el inmediato pueblo de Bayamón, una variada colección arqueológica, que ha cedido al museo de New York. El señor don Eduardo Neumann[[52]] ha cedido también los valiosos objetos prehistóricos que poseía, á Smithsonian Institución de Washington.

El presbítero don José Nazario[[53]] tiene reunida una brillante colección de objetos prehistóricos indo-antillanos. Es de sentir que el padre Nazario no la hubiese descrito al final de su libro, como tan acertamente lo hizo el doctor Stahl en su citada obra. Nuestro sabio amigo da á conocer primero una bellísima variedad de hachas, que el indio utilizaba enclavándolas á la extremidad de un fuerte mango de madera. Pasa luego el autor á los ídolos y anota las piedras mamiformes con cara humana, ó de reptil y pies de hombre. Y finalmente detalla las figurillas grotescas de barro cocido.

Los demás amateurs de objetos arqueológicos, hallados en Puerto Rico, los han enviado á los museos de Europa ó Estados Unidos; ó no los han dado á conocer sus dueños.

Nuestra colección prehistórica indo-antillana se compone de:

Dos collares ó bandas. Uno tiene los trabajos de ornamentación del cincel á la derecha, el otro á la izquierda. Son de roca granítica, como la que se usa para el baldosado de las calles. Encontrados en el barrio Bayaney, jurisdicción de Hatillo, en dos cuevas distintas. Largo, 42 centímetros; ancho, 30 centímetros; grueso, 8 centímetros arriba y 10 centímetros abajo, entrambos. Cedimos uno al doctor Velazco de Madrid, en 1877, para su museo.

Un dujo. De piedra de asperón gris. Largo, 40 centímetros; ancho, 11 centímetros. Cuatro patas de 4 centímetros de diámetro y 6 centímetros de alto. El respaldo figura la cola de una tortuga. Esta sillica de piedra fué hallada en Utuado. Es de suponer perteneciera al célebre cacique Guarionex, régulo del Otoao, que ocupaba aquella comarca, en la época de la conquista española, de 1508 á 1511. Este dujo es un objeto indo-antillano simbólico de soberanía cacical. El jefe, puesto en cuclillas sobre esta pétrea sillica, presidía las asambleas de nitaynos para deliberar.

Un mortero. De asperón gris. Imita un dujo. Ha tenido mucho uso á juzgar por el hueco que tiene en el centro. Largo 35 centímetros; ancho 16 centímetros; alto 10 centímetros. Cuatro patas gruesas de 6 centímetros de diámetro. Hallado en Arecibo. Opinamos, que este mortero lo usaba el boriqueño para moler bija (el grano que conocemos nosotros con el nombre de achiote), y preparar con aceite vegetal del carapa el unguento con el cual se embadurnaba todo el cuerpo para preservarse de las picaduras de los mosquitos; y también para el tatuaje ó caprichoso pintado de la piel.

Una mano de mortero. De asperón gris. Es el complemento del almirez de piedra, anteriormente descrito. Esta mano de mortero está ornamentada en su terminación superior con una cara humana grotesca. Largo, 11 centímetros; ancho, 7 centímetros. Hallada en Arecibo.

Una máscara de piedra. De roca arenisca. Largo, 17 centímetros; ancho, 13 centímetros. Interesante objeto arqueológico indígena, por tener trabajados oblícuamente los ojos, al figurar una cara, que prueba la mezcla mogólica de la raza americana. Hallada en Barros.

Un ídolo raro. Muy cincelado, figurando un pez. De roca granítica. Largo, 7 centímetros; ancho, 6 centímetros. Encontrado en Utuado. Muy original é interesante ejemplar.

Un ídolo mamiforme. De mármol blanco. Largo, 13 centímetros; ancho, 6 centímetros; alto, 3 centímetros. Figura un cono sobre un animal. Opinamos, que simboliza la montaña Luquillo, el monte más alto de la Isla, reposando sobre un batracio. Es Yukiyú, el dios protector de Boriquén, que concedía la blanca yuca al indio, para su alimenticio pan casabí. Encontrado en Arecibo.

Un ídolo mamiforme. Como el anterior. De asperón. Largo, 16 centímetros; alto, 11 centímetros; ancho, 9 centímetros. Hallado en Barros.

Una piedra plana, con el dibujo de un rostro circular, con ojos, nariz y boca. Opinamos simboliza la luna. De asperón gris. Largo, 15 centímetros; ancho, 10 centímetros. Hallado en Arecibo.

Un punzón, de piedra pulimentada, figurando un cincel. De pedernal. Largo, 12 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrado en la cueva de Miraflores, de Arecibo. Opinamos sería para trabajar en aquella gruta los pillar-stones, ó piedras pilares, que servían á los boriqueños para limitar sus juegos de pelotas. Interesante objeto, por lo raro en las colecciones arqueológicas indo-antillanas.

Un hacha, de piedra pulimentada. De asperón gris. Largo, 25 centímetros; ancho, 8 centímetros. Encontrada en Arecibo. Opinamos que es de la clase que destinaba el boriqueño á la tumba de árboles.

Un hacha, de piedra pulimentada. De serpentina. Largo, 21 centímetros; ancho, 8 centímetros. Con señales de mucho uso en el encaje del mango de madera. Encontrada en Gurabo.

Un hacha, de piedra pulimentada. De pórfido. Largo, 9 centímetros; ancho, 4 centímetros. Bello ejemplar, matizado de puntos rojos. Hallada en Arecibo.

Un hacha, de piedra pulimentada. De diorita. Largo, 12 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrada en Lares.

Un hacha, de piedra pulimentada. De pórfido. Largo, 10 centímetros; ancho, 4 centímetros. Hallada en Arecibo. Este ejemplar tiene la particularidad de tener un brillo tan acentuado, que parece barnizada. Este barniz es debido á la acción del medio arenisco, donde ha estado durante tantos años esta piedra enterrada.

Un hacha, de piedra pulimentada. De pedernal. Largo, 9 centímetros; ancho, 4 centímetros. Encontrada en Ponce.

Un hacha, de piedra pulimentada. De roca cuarzosa. Largo, 9 centímetros; ancho, 4 centímetros. Hallada en Arenalejos, Arecibo. Esta hacha tiene figura distinta de las demás descritas anteriormente: la manera de terminar la parte destinada al corte es diferente á las otras.

Un hacha, de piedra no muy pulimentada. De pedernal. Largo, 5 centímetros; ancho, 3 centímetros. Hallada en Bayaney, Hatillo.

Un collar, de piedras pequeñas. Son diez y ocho pedrezuelas, como cuentas. Están taladradas en dos direcciones. Opinamos, que estos agujeritos han sido hechos para colocar en ellos plumas de colores. Dos cuentas son turquesas, seis son de mármol blanco y diez de mármol jaspeado. Este collar fué encontrado en los campos de Utuado, por el farmacéutico don Federico Legrand. Estaban las pedrezuelas dentro de una ollita de barro cocido, en unión de una pequeña vértebra de pescado, y tapada con una concha de almeja. En nuestro Repertorio Histórico de Puerto Rico[[54]] dedicamos un artículo á este interesante hallazgo.

Una ollita, de arcilla roja, cocida. Muy bien trabajados sus bordes con ornamentación de líneas circulares y verticales, guardando cierto paralelismo. Opinamos, que era el joyerito de una india, pues dentro de esta ollita fué que el licenciado Legrand encontró el collar de piedras y la vértebra de pescado, descritos anteriormente.

Un mortero, de piedra. De arenisca. Muy usado, por los desgastes que presenta al examen. Largo, 17 centímetros; ancho 15 centímetros; alto, 8 centímetros. Puesto al revés tiene la figura de la bóveda superior de un cráneo humano. Encontrado por el doctor Curvelo en una finca de su propiedad en las montañas de Arecibo.

Una mano de mortero. De arenisca. Muy usada. Corresponde al mortero, anteriormente descrito. Largo, 13 centímetros; ancho, en la base, 6 centímetros; en el vértice, 3 centímetros.

Una cazuela, de piedra. De asperón gris. Largo, 25 centímetros; ancho 23 centímetros; alto 10 centímetros. También revela haber prestado mucho uso. Hallada en Arecibo.

Una piedra plana, figurando una cara. De asperón grís. Largo, 9 centímetros; ancho 7 centímetros. Procedente de Lares.

Una bola, de piedra. De granito. Largo 11 centímetros; ancho 9 centímetros; alto 7 centímetros. Encontrada en Hatillo.

Una piedra, de diorita, empezada á tallar. Largo 20 centímetros; ancho 14 centímetros; alto 17 centímetros. Procedente de Barros.

Una figurilla, de arcilla roja, figurando una cara grotesca. Largo, 5 centímetros; ancho 3 centímetros. Amuleto indígena. Encontrada en Arecibo.

Una figurilla, de arcilla cocida, imitando una rana. Largo, 4 centímetros; ancho, 3 centímetros. Amuleto indígena. Hallada en Arecibo.

Entre estos despojos arqueológicos, hallados en Puerto Rico, hay que tener en cuenta, que algunos son exóticos, traidos á Boriquén en la época indo-antillana: ya mediante las relaciones comerciales que sostenía el indígena boriqueño con sus vecinos los quisqueyanos, por reducido que fuera comercio era al fin, ó ya dejados en esta isla por los Caribes de Barlovento, en algunas de sus piráticas incursiones. De nuestra colección prehistórica nos parece caribeña el hacha de Arenalejos (Arecibo). Y el idolito figurando un pez, hallado en Utuado, nos inclinamos á creer que no es de origen boriqueño.

En varias partes de la Isla existen lugares designados con el nombre de cementerios de indios; y hay cavernas como la cueva de los muertos de Utuado, á las que se les atribuye el haber servido para el sepelio de cadáveres en la época indo-antillana. De la investigación de estos sitios se han obtenido despojos de huesos humanos, amuletos de arcilla, alguno que otro objeto de piedra y restos de potería. El explorador doctor Pinart, de París, recogió algunos cráneos en una de las cuevas de Arecibo. Nosotros poseemos uno, indudablemente boriqueño, dadas sus condiciones craniológicas de reducida capacidad (1,420 cm), método de Broca, índice mesaticefálico (77.78), aplastamiento natural del frontal y del occipital, las órbitas cuadrangulares y megasemas y el esqueleto de la nariz mesorriniano.

El encontrarse estos yacimientos de restos humanos lo mismo en las playas que en el interior del país, presupone desde luego, que el pueblo boriqueño, en la fijación de sus poblados, utilizaba los centros de la Isla y también las costas. En aquellos se refugiaba de las piraterías caribes que eran muy frecuentes al E. y al S.; y en éstos utilizaba la buena pesca marítima de algunos puntos de la Isla.

No se han encontrado en nuestras costas, esos sitios llamados en la arqueología prehistórica kjockkenmoedings, es decir, despojos de cocina: montículo de conchas marinas, situado sobre los bordes del mar, indicando una estación de pueblo primitivo, que vivía en dicho sitio, sobre todo, de la abundancia de mariscos. Mezclado con las conchas se encuentran cenizas, carbón, huesos, objetos de piedra y restos de potería. Se han encontrado estos joquemodingos (castellanizando el vocablo) en Chicago, California, Méjico, Brasil, Guayana y otros puntos de América. En Europa son comunes en Dinamarca, Irlanda y Portugal. Existen también en el Japón y Nueva Zelandia. Revelan una civilización muy rudimentaria. Le corresponden las piedras talladas en bruto, sin pulimento. Empezaban sus moradores á idear el hacha, usando un pedazo de silex con corte en la punta ó en un costado.

Los restos arqueológicos, que tenemos coleccionados, y los que han ido á nutrir los Museos extranjeros, son focos de potente luz para alumbrarnos en la ruta que emprendemos á fin de conocer al hombre prehistórico de Puerto Rico. La meditación sobre estos restos pertenecientes á un pueblo colombino que ya no existe, haciendo abstracción de la referencia de los Cronistas que estuvieron en contacto con él, nos revela el estado del hombre primitivo en el período de la piedra pulimentada. El boriqueño hacía uso de la piedra arenisca, de la diorita, del pórfido, de la piedra de toque, del feldespato, de la serpentina, del mármol y del barro cocido para trabajar sus hachas, sus ídolos, sus distintivos de mando y sus utensilios domésticos; y después los cincelaba y pulía cuidadosamente.

No faltan escritores que opinan, que los indo-antillanos usaban estas piedras porque las encontraban al paso, pero que no sabían trabajarlas; y suponen que estos objetos pétreos pertenecían á otros pueblos. Este es un error craso. Los que pretenden encontrar en los indo-antillanos los restos degenerados de otro pueblo y de una civilización perdida no van por el camino de la verdad prehistórica. No solamente tallaba el boriqueño la piedra, sino la cincelaba, pulía y ornamentaba con paciente labor. La cueva de Miraflores, en la jurisdicción de Arecibo, era un taller de piedra de los indígenas. La hemos explorado cuidadosamente. Tenemos en nuestra colección un buril de pedernal, obtenido en ella por Mr. Denton, propietario de la finca donde radica esta gruta. Todavía se encuentran allí iniciados los trabajos de algunos pillar-stones, de las columnitas que servían á los indígenas para limitar sus juegos de pelotas, tan bien descritos por Las Casas. Aquellas caras esculpidas en los paredones no son zemís ó dioses, sino los remates superiores de los pilares ó columnitas, no acabados de desprender del bloque de arenisca del paredón. Sorprendió al artista, ó á los artistas, la invasión colonizadora europea que introdujo en la Isla otra vida y otros usos y costumbres.

Al llegar los españoles al Archipiélago, la vida indo-antillana se perturbó por completo y no podemos exigir á los cronicones detalles minuciosos de toda ella. Ni siquiera se pudo recoger el lenguaje. Ni el más sencillo vocabulario. El que poseemos lo hemos formado con suma paciencia, recogiendo las palabras perdidas en las narraciones. ¿Cómo iban á continuar los infelices isleños en sus difíciles trabajos pétreos, que requerían tan paciente brega, al caerles encima la terrible irrupción extranjera? ¡Cuántas cosas se tragó la conquista de las islas, que en la invasión del continente se pudieron conservar con la ayuda de los misioneros franciscos y domínicos! Entre ellas, los idiomas. Empero, no faltó explorador que viese al antillano afilando su hacha, pues Pedro Mártir de Anglería en su correspondencia á Pomponio Leto[[55]] le dice entre otras cosas: “Hierro no tienen, pero de ciertas piedras de río forman instrumentos fabriles.”

El boriqueño manejaba también la arcilla hasta someterla cuidadosamente al fuego como cualquier moderno alfarero. Fabricaba vasijas, cazuelas, tinajones y grandes platos, de dos dedos de grueso, llamado burén, para coser al fuego las tortas de casabe. De barro cocido hacía también sus amuletos ó dioses penates, figurillas que abundantemente se encuentran en los cementerios de indios. En cuestión de alfarería llegaba al refinamiento artístico de adornar las abrazaderas de las cazuelas con grotescas caras, y hacer ollitas para guardar las indias sus collares, á estilo de un modesto joyel.

Nuestro indígena utilizaba los huesos de pescado. Las pequeñas vértebras para clavar en éllas fácilmente plumas de colores; y atar la vértebra á la cabellera, á modo de horquilla. Y los dientes de algunos peces para fijarlos en las puntas de sus azagayas, después de afilarlos bien.

El boriqueño conocía el oro, porque este metal se encuentra en estado natural en los placeres auríferos de nuestra Isla. El oro, por su brillantez, ha sido fácil de hallar y utilizar, desde los primeros comienzos de la humanidad. Estos datos sobre el oro lo debemos á las narraciones de los conquistadores; pues no tenemos en nuestra colección ningún objeto indígena de éste metal. Desconocía el boriqueño el cobre, el bronce y demás metales. Los objetos de cobre que tenían los indo-antillanos, especialmente algun guanín, procedían del inmediato continente donde el indio conocía ya este metal y empezaba a trabajarlo. Aunque en las grandes Antillas hay buenas minas de cobre no supo el indígena explotarlas. También le era desconocida la sal para usos domésticos, aderezando siempre sus comidas con ají.

Si no se han encontrado objetos indios de oro, en el país, se han hallado bastante número de collares de piedra, diseminados por las grutas de la Isla. Y sobre el uso de estas bandas pétreas guardan profundo silencio los cronistas. Unicamente, en una Relación de objetos pertenecientes al cacique Caonabó encontramos haberse recogido entre sus despojos siete collares de piedra; pero sin indicar el anotador el uso que tuvieran entre los indígenas.[[56]]

Estos collares de piedra, encontrados en diferentes puntos de la Isla, son de tres tamaños. El que guarda un término medio es muy parecido á una collera de arnés para caballo de coche. Están, en general, estas bandas pétreas muy bien pulimentadas y tienen ciertos grabados de ornamentación, unos á la derecha y otros á la izquierda. El encontrarse en poder del régulo dominicano Caonabó siete collares de estos es un dato revelador de que para los caciques indo-antillanos tenían un determinado valor. No conocemos ningún cronista, ni comentador, que haya hecho hincapié en este dato histórico que apuntamos. Hasta ahora, todas han sido conjeturas y suposiciones sobre estas bandas; pero, sin afianzar las hipótesis, como hacemos nosotros, sobre el hallazgo de siete collares de piedra en poder de un jefe de tanta importancia y poderío entre los suyos como el cacique destructor del fuerte de Navidad.

Opinamos, que las bandas ó collares de piedra encontrados en poder del régulo Caonabó tenían por objeto dar distintivo de mando al indio á quien fuese entregado, electo sub-jefe de alguna comarca ó valle, y que el nitayno ó lugarteniente lo guardaría en su choza como signo material de que radicaba en él el mando de aquella zona insular. Podemos, por lo tanto, considerar estas bandas pétreas como una especie de escudo señorial. Como existen tres tamaños en estos collares, hay que suponer en esa diferencia cierto valor jerárquico. Y teniendo en cuenta además que el de mayores dimensiones había de exigir mayor labor de ornamentación de parte del artista, cuya brega de cincelación debería durar mucho tiempo, quizás años, hay que concederle también mayor valor real. También son los que más escasean. Nosotros no hemos conocido más que tres de estas formas agrandadas. Los que se conocen generalmente son los comparados con colleras de arneses de caballos de coche. Los pequeños tampoco es frecuente hallarlos.

A la venida de los españoles, estos objetos los guardaron los indígenas de tal manera, que los nuevos pobladores no tuvieron noticia de ellos. Lo mismo ocultaron muchos de sus dioses tutelares. Se les imponía con rigor una nueva vida social y una nueva religión y tuvieron los infelices que apelar al disimulo para ocultar ante los conquistadores tan venerandos objetos para ellos. Prontamente la muerte y el olvido barrieron con toda aquella rudimentaria civilización neolítica.

El pueblo boriqueño estaba constituido en tribus; y tenía sus jefes de primero y segundo orden, ocupando los mejores valles de la Isla con sus aduares. Cuando el conquistador Juan Ponce de León vino al Boriquén, en 1508, visitó al régulo Agiievbana, cacique principal de la Isla, en su ranchería Guaynía. Después al cacique Guaraca del Guayaney que le facilitó las primeras muestras de oro, obtenidas del Manatuabón, hoy río de Maunabo. Prosiguiendo su viaje por el E. el Esplorador capitán llegó al N. y obtuvo las segundas pepitas de oro del cacique Guacabo, del Sibuco. Al retornar, en 1509, utilizó los caciques nombrados y además al régulo Caguax de las orillas del Turabo, á Majagua de Bayamón, á Mabó de Guaynabo, á Aramaná del Toa, á Canóbana de Cayniabón, á Orocobix del Jatibonicu y Guamaní de Guayama. También destinó á las granjerías de los Reyes Católicos y á las minas, el personal de la cacica Yuisa del Haymanio, bautizada con el nombre de Luisa, y de donde se diriva el actual Loiza, fácilmente trastocados unos vocablos en otros. El 28 de Octubre de 1509, tomó Juan Cerón el mando del Boriquén, como Alcalde Mayor, por orden del Almirante Don Diego Colón, que había entrado á gobernar en La Española y tenía jurisdicción sobre todas las tierras descubiertas por su padre, con arreglo al fallo del Consejo de Indias. Juan Cerón, lugar-teniente del Virrey don Diego, hizo el primer Repartimiento de los indios del Boriquén, pues Ponce de León se había concretado hasta entonces á explotarlos en harmonía con la Capitulación celebrada con el gobernador Ovando el 2 de Mayo de 1509, en Santo Domingo. En este primer Repartimiento de los indios del Boriquén tocóle á don Cristóbal de Sotomayor el cacique Agiieybana con 300 súbditos. Como este régulo, amigo de los españoles, vivía en Guaynía, allá se fué el afortunado castellano á explotar su rica encomienda. Así hicieron los otros Encomenderos hasta que fueron sorprendidos por el alzamiento de 1.511.[[57]]

Es un error, por ende, que el distinguido historiador señor Brau[[58]] manifieste, que el pueblo boriqueño se encontraba á la venida del Almirante descubridor, en estado nómada, á semejanza de las tribus de la Guayana, mudando de domicilio á lo largo de las riberas. Extraña aseveración, cuando ya el doctor Stahl, en su estudio etnológico sobre los aborígenes, determina con sano criterio la exacta división de nuestra ínsula en cacicazgos, al igual de Haytí, aunque comete el autor sensibles equivocaciones.[[59]] Natural era que las aldehuelas indígenas del Boriquén, construidas sus chozas con troncos de palmera al exterior, é interiormente un solo estante hasta la cumbrera, con ramaje y hojarasca por seto, bejucos por trabazón, y sin mayor resistencia, fueran destruidas fácilmente al empuje turbulento de la conquista y en el alzamiento de 1511. Pronto estas exíguas agrupaciones indígenas fueron absorbidas por los incipientes poblejos que fundaban los españoles. Todavía la actual casucha de nuestros campesinos conserva mucho de la construcción del primitivo bohío indio.

Entre los restos del primitivo pueblo indígena se encuentra, aunque muy raro, cierto banquillo, de madera ó piedra, que los boriqueños llamaban dujo. Está formada esta sillica de una sola pieza y suele tener algunos trabajos de ornamentación, al capricho. En nuestra colección arqueológica hemos descrito un dujo, pétreo, que conjeturamos perteneciera al régulo utuadeño Guarionex. Esta sillita es reveladora de que el indio boriqueño procuraba tener ya utensilios que sirvieran para fijar sus diferencias jerárquicas, en ciertos momentos; pues los dujos no tienen comodidad alguna para posarse en ellos. Opinamos, que sirviera el dujo para colocarse el cacique sobre él, en cuclillas, frente á sus nitaynos, congregados los sub-jefes con algún fin de carácter público. No pueden ser considerados estos objetos de uso doméstico, como nuestras sillas ó banquetas, por ejemplo, si tenemos en cuenta que para reposar podían disponer los indígenas de la gran comodidad de la hamaca, ó tenderse al dolce far niente á la umbría de la copuda ceiba ó á la fresca sombra de un grupo de palmeras de yaguas.

Con estos antecedentes podemos fijar bien el estado social á que llegó el autóctono boriqueño. Hemos dicho, que nuestro indígena se encontraba en el período social de la piedra pulimentada; y hablando con más propiedad paleontológica diremos, en el período neolítico de la edad de la piedra. El instrumento cuneiforme característico de esa época es el hacha pétrea, que poseía el boriqueño en abundancia. El indo-boriqueño había abandonado ya la gruta como vivienda y construido la choza. De cazador y pescador errabundo, había pasado, dando un paso avante, á agricultor. De la horda y la incipiente familia había avanzado á la tribu ó clan. Tenía jefes y subjefes y casta sacerdotal. La idea religiosa del bien y del mal dominaba en sus manifestaciones religiosas. Para defender sus yucayeques ó pueblos, disponía de aprestos guerreros y procuraba poner límites á sus cacicazgos, por lo que empezaba á tener idea de la propiedad, tanto individual como también de la colectiva. En la industria, además del mortero de silex para triturar el grano trabajaba la arcilla y hacía recipientes para la cocción de sus viandas, vasijas para el agua y tinajas para la fermentación de sus licores. Sabía sacar partido de algunas maderas de ebanistería como la maga y de la cubierta recia de algunos frutos como la jigüera. En la escultura, había iniciado el grabado y había avanzado á la ornamentación de grutas y chozas, de lo cual dan buenas muestras las pictografías de algunas cavernas. Y finalmente, cinselaba y bruñía pacientemente sus fetiches, sus bandas, sus dujos señoriales y sus armas, sin tener la pasión por la escultura decorativa sobre madera, tan desarrollada en otros pueblos primitivos, como por ejemplo, entre los Papúas de la Nueva Guinea; ni había llegado al gusto artístico del modelaje cerámico, que tenían los indios mejicanos y peruanos.

No tenía el boriqueño túmulos, de los cuales el dolman constituye la última palabra de esa edad prehistórica; sino únicamente simples cementerios para el sepelio vulgar de los cadáveres, que enterraban sentados, proveyéndolos de su zemi tutelar y de agua y viandas para el viaje de ultratumba, lo que comprueba su religiosidad. En la llanura de Toa-Baja, poco antes de llegar á la estación ferroviaria de ese poblejo, á mano izquierda, yendo desde San Juan hacia el Dorado, se divisa un montículo, que induce á creer sea artificial, pues las montañas se columbran muy á lo lejos, y el montículo se destaca solo, imperando en su torno una gran sabana, ó vega, en todas direcciones. Tal vez, sea un panteón indo-antillano, que merecería ser cuidadosamente esplorado. Hasta ahora no se ha encontrado ningún túmulo indio en la Isla; por lo que podemos considerar á nuestro indígena del Boriquén, en su estado social, sin haber llegado aún al último grado del período neolítico.