ESCENA II
Dichas y REMEDIOS
REMEDIOS aparece en el camino con la falda por la cabeza, descubriendo un refajo rojo. Lleva abarcas y una toquilla cruzada a la cintura.
REMEDIOS
¡Eh, Marcela, aquí estoy yo!
MARCELA
(Asomándose a encontrarla.) Pase, pase, tía Remedios.
LUISA
Venga con Dios.
REMEDIOS
(Dejando caer el vestido.) ¡Ah, tienes buena compaña! Pues, hijuca, lleguéme acá pensando que estarías sola.
MARCELA
Se lo agradezco. (Acerca otra silla para REMEDIOS y las tres se sientan.)
REMEDIOS
Y a saber si habían venido los del invernal. (Saca de una gran faltriquera una media empezada y unos espejuelos que se pone y comienza a tejer.)
MARCELA
¡No fuera malo!
LUISA
Ya le digo yo, que vendrán así que escampe.
REMEDIOS
¡Eso es!... Y en el ínterin, no te apures, que buena cabaña tienen.
MARCELA
(Sin tranquilizarse.) ¿Y si les ha cogido fuera la nevisca, ya en el retorno, es un suponer?
LUISA
(Impaciente.) ¿Y si llega el día del juicio final?
MARCELA
¡Ay, Dios mío!
REMEDIOS
(Sacando de la faltriquera un mazo de algodón.) Miray, y si no hacéis nada, devanarme esta madeja.
LUISA
(Cogiendo el mazo y desdoblándole.) Venga; no nos ha de sobrar mucha luz, por eso no traje labor.
MARCELA
Yo no puedo hacer nada: me sería imposible.
LUISA
(Alargándole la madeja para que le ayude.) ¿Ni tener aquí?
MARCELA
¡Ni eso!
LUISA
¡Válgame el Señor! (Se levanta, cuelga la madeja en el respaldo de la silla y se pone a devanar.)
REMEDIOS
(A LUISA.) Bien considero lo que padece esta infeliz, que el que tiene un hijo solo, está siempre si le ve o no le ve.
LUISA
Yo, ¡como no tengo ninguno!
REMEDIOS
¡Y no estarás conforme!
LUISA
¡Qué remedio me queda!
MARCELA
¡Dichosa de ti!
REMEDIOS
(Suspirando.) ¡Ay, una sola he criado yo, de seis que tuve, y quisiera meterla en un fanal!
LUISA
Tú, Marcela, no has pensado siempre como ahora.
MARCELA
Tienes razón.
LUISA
Esperaste a Serafín como si fuera el premio gordo.
MARCELA
Mucho más: hubiese dado media vida por él.
LUISA
Como tardaba en venir, toda te volvías ofertas y peregrinaciones...
REMEDIOS
¡No sabe una lo que pide!
MARCELA
(Evocadora.) Sí; me puse muchas veces en cruz a los pies de la Virgen de la Esperanza, y fuí sola, cuando llenó la luna, a beber agua en la fuente del argomal...
REMEDIOS
Dicen que tiene mucha virtud.
LUISA
(Incrédula.) Puede ser.
REMEDIOS
(A LUISA.) ¿Tú no has hecho la prueba?
LUISA
No, señora; yo no.
MARCELA
(Embargada en sus recuerdos.) Una noche, la última que fuí, campaba la luna, para mi cuenta, más grande y más luciente... Era por el mes de mayo; estaban las árgomas en flor, olía todo el valle a madurez y un malvís cantaba como un loco en el ansar... (Ni LUISA devana ni REMEDIOS teje.) Llegué a la fuente, me hinqué a beber en la misma boca del manantío, y al levantarme vi una mujer a mi lado.
REMEDIOS
¡Te quedarías como lela!
LUISA
¿No sería tu sombra?
MARCELA
Una sombra muerta me pareció... pero estaba viva... Tenía los ojos del color del bosque; los pasos, chitos; el habla, muda...
REMEDIOS
No digas más: ya sabemos quién era.
LUISA
¿Y qué hiciste?
MARCELA
Eché a correr sin buscar el sendero. El vestido se me enganchaba en las púas de la ramazón, y pensaba yo que «la otra» corría detrás de mí; que me quería detener, que me iba a matar... rodé por la tierra, volví a levantarme...
REMEDIOS
Sólo de oirlo se me acorta el resuello, muchachas.
LUISA
Y se pone un ñudo en el corazón.
MARCELA
Pasaron nueve años, y tengo patente en el alma, como si fuera hoy, aquella noche blanca de luna y de miedo, llena de flores amarillas, que me tiraban de la ropa... (Va anocheciendo. Se oyen pasos en el corral. LUISA, que sigue de pie, se asoma a ver quién llega, sin soltar el ovillo que devana.)
LUISA
Aquí viene Antonio.
REMEDIOS
(A MARCELA, volviendo a su labor.) ¡No sé cómo lograste el hijo, con el susto y la caída!
MARCELA
(Aparte.) ¡Lograrse! ¡Más se logró el de «ella»!