ESCENA PRIMERA

MARCELA, después LUISA

MARCELA

(Con un chal obscuro atado a la cintura, se asoma al borde del portal en atisbo impaciente de la borrasca, muy afligida.) ¡Virgen Santa!... Arrecia el temporal y Andrés no vuelve con los niños... ¡Buena locura haberlos dejado ir!... ¿Qué será de ellos, Señor?

LUISA

(Envuelta en un mantón, con abarcas, llega muy arrebujada, llamando desde el camino.) ¡Marcela!... ¿Dónde estás?

MARCELA

Aquí, ¿dónde quieres que esté? Clavada en esta linde, esperando que pase la cellisca, pidiéndole a Dios que «aquellos» vuelvan sin mal ninguno.

LUISA

(Desembarazándose un poco del chal.) Ya sabía yo que estarías así, con el alma en un hilo, hecha una calamidad... Por eso vine.

MARCELA

(Agradecida.) Hiciste bien.

LUISA

(Mirándola con aire de reproche.) No; si tú no vas a llegar a vieja: ¡lo digo yo!

MARCELA

(Pesimista.) ¡Poco me falta!

LUISA

(Con indignación.) Pues, hija, ¡te luciste! Vieja tú, a los treinta años, con una salud como un roble; con esa cara; con ese pelo... ¿qué diremos, entonces, las demás?

MARCELA

¡Ay Luisa, he sufrido tanto!...

LUISA

(Animosa.) Para todo da el tiempo.

MARCELA

¡Y lo que me espera!

LUISA

Mira, si te pones de pésame me vuelvo a mi casa.

MARCELA

(Sentándose y poniéndole otra silla.) ¡Si supieras lo que estoy padeciendo!

LUISA

(Sentándose.) Pero criatura, atiéndete a razones: Andrés salió con los muchachos ayer a media tarde.

MARCELA

Sí; estaba el día nublado y sereno.

LUISA

¡Ya lo sé!... Pensaban dar la vuelta hoy, tal como a estas horas.

MARCELA

Eso mismo.

LUISA

Y como nieva, y como en el invernal están asubio, con torta caliente y leche abundante... ¡pues no vuelven hasta que mejore el tiempo!

MARCELA

(Sin persuadirse.) Es que Jesús está cada día peor... Yo creo que tiene calentura: no come, no duerme... y tiemblo por él.

LUISA

¿No decís que el monte le prueba, y que el médico le manda subir?

MARCELA

Por eso subió; porque arriba duerme y come algo más, y Andrés le lleva a menudo.

LUISA

(Convencida.) Pues habrá dormido y habrá cenado anoche.

MARCELA

¡Pero el frío le hace mucho daño!

LUISA

Tendrán buena lumbre. Además ha calentado un poco la tarde. Mira: ya me sobra el mantón. (Echándole para atrás sobre la silla.) Todo eso que ves (Señalando hacia fuera) no va a durar ni veinticuatro horas. Va a saltar el ábrego y a barrer la nevada en un periquete.

MARCELA

(Que permanece ensimismada.) ¡Ay, tú me animas!

LUISA

A eso he venido.

MARCELA

Pero no sabes...

LUISA

¿Qué es ello, di?: vamos a ver.

MARCELA

(Con voz sorda.) No... no.

LUISA

Bueno: pues no lo dices y en paz.

MARCELA

(Pasándose las manos por la frente.) ¡Dios mío! (Para esconder su pensamiento se levanta y vuelve a escrudiñar los horizontes.) Cunde la nieve; se rasan las veredas... todas las lejuras parecen una sola mortaja... (LUISA se asoma también a mirar.) Oye, oye los frémitos del aire, los clamores del agua en el fondo de la hoz...

LUISA

(Le interrumpe.) Sí, Marcela, sí; ya veo, ya oigo... Cuando hay un temporal aquí, en el mes de febrero, suele suceder que cae la nieve; que la tierra parece mismamente una difunta; que el viento muge igual que un toro; que el río se pone ronco de dar voces...

MARCELA

Tú lo dices así porque no tienes un hijo en medio de la borrasca.

LUISA

¡Mujer, ni tú tampoco! El tu muchacho, valiente y robusto, que salta y brinca lo mismo que un rebeco, está con su padre en la cabaña; no en medio de la sierra...

MARCELA

(Confusa.) Pero Andrés se verá muy mal con el otro, enfermo...

LUISA

El otro... el otro...