ESCENA III

MARCELA y LUISA

MARCELA

Entonces, si te puedes quedar aquí voy un rato a la iglesia. Se me hará el tiempo más corto y aprovecharé la blandura que siento en el corazón.

LUISA

Yo te aguardo lo que necesites, y contenta, porque te veo más animosa.

MARCELA

¡Qué buena eres conmigo!

LUISA

Si te sirvo de algo no haré más que corresponderte.

MARCELA

Me sirves de mucho. Desde ayer puedo rezar y no se me endurecen los pensamientos, cerrados en la esclavitud... Es como si te diese un poco de este peso que me agobia.

LUISA

Me lo diste y se me aposentó aquí. (Señalándose el pecho.)

MARCELA

Pues con llevarlo tú me alivias. Me consuela saber que tengo a quién decirle hasta dónde se me hunde la compasión y la ternura por Jesús; como le quiero de un modo diferente a las otras madres que en el hijo disfrutan bienandanzas y goces... En mí todo el amor es una cuita que me consume... un dolor que me parte las entrañas...

LUISA

¡Así será para Irene!

MARCELA

¡Te acordaste de ella!, ¿verdad? ¿Qué haré yo, Luisa?

LUISA

¡Bien lo considero!...

MARCELA

Muchas veces en tantos años de padecer, tuve tentaciones de confesar a gritos mi culpa, que a todos nos aflige.

LUISA

¡Es un caso muy fuerte!

MARCELA

(Con pasión.) ¡Y está Andrés por el medio!

LUISA

Pero él es tu marido.

MARCELA

(Sordamente.) ¡Por gratitud!

LUISA

¡No, mujer!

MARCELA

¡Por Serafín!

LUISA

¿No dices que quiere más al otro?

MARCELA

En el hijo dañado le tira la pasión; en el saludable el orgullo...

LUISA

Andrés es bueno...

MARCELA

Sí, pero no la olvida; no la puede olvidar, ¡y si supiera!...

LUISA

¿Y cómo anoche la diste arrimo?

MARCELA

No te lo sé decir... Toda la lástima y el sentimiento subiéronse a mi boca de un pronto. «Estaba» ahí esperando como yo: la llamé y vino. Juntas lloramos y yo sentí consuelo al cobijarla. Pero si nos hallaste juntas... ¡nos apartaban muchas cosas!...

LUISA

¡Se te haría la noche un siglo!

MARCELA

Al revés... se me pasó como un vuelo. Las penas se me pasmaron aturdidas y ya no supe si yo era yo.

LUISA

Estarías trasoñada.

MARCELA

Estuve con los ojos abiertos como ahora.

LUISA

(Con mucho interés.) ¿Y ella?

MARCELA

Ella, igual.

LUISA

¿Hablasteis?

MARCELA

(Con voz sorda.) No: lloramos.

LUISA

¿Y no te dió recelo su mirada como otras veces?

MARCELA

Ninguno: con el llanto se le apagó la lumbre de los ojos...

LUISA

Parece mentira... Ahí en la soledad oscura, yo lo que tú me traspaso de miedo.

MARCELA

Había mucha luz. Como está creciendo la luna, quebró las nubes y se puso cada vez más blanca la noche... Según el ábrego iba deshaciendo la nieve, llenóse el valle con el vocerío de la riada...

LUISA

(Interrumpiéndola.) ¡Ya lo creo! Estaban rotos los azutes del ansar y los saetines del molino.

MARCELA

Y bajaban despeñados los chortales del monte. ¿Los oíste?

LUISA

¡Qué había de hacer!

MARCELA

(Con honda evocación.) Pues yo no sabía si aquel llorar tan grande era de Irene o mío, o de todas las tristezas de la vida juntas.

LUISA

Es que soñabas sin dormir.

MARCELA

Con todo y eso, no se me despertaron las agonías tan duras como ayer y ahora parece que se me derrite un poco la pesadumbre con el sol.

LUISA

(Alentándola.) Sí, Marcela, a ver si te recobras: Dios te ayudará.

MARCELA

(Con alguna esperanza.) ¡Ay!, mucho se lo tengo que pedir... Voy a buscar la mantilla. (Entra en la casa.)

LUISA

(Sola.) Y yo a sacar unos cántaros de agua y a gobernar allá dentro. (Hay un silencio, mientras el cual LUISA dispone los cántaros.)

MARCELA

(Sale con la mantilla en la mano y se la va poniendo.) Si algo ocurre te acercas a llamarme, ¿eh?

LUISA

Vete sin cuidado. (Se va MARCELA.) ¡Pobre criatura! ¡Lo que ella pena y se martiriza por el amor del su hombre!... Y él, tan amargo y sobrecogido como si la ventura le supiera a hieles. ¡Qué vida, Señor!