ESCENA III

MARCELA y ANDRÉS

MARCELA

(Sale del portal hacia su marido que se dirige al pozo.) Oye, Andrés, ¿no estás disgustado conmigo?

ANDRÉS

(Complaciente y triste.) No, Marcela, no.

MARCELA

(Afanosa.) ¿Me quieres mucho?

ANDRÉS

¡Haga Dios que algún día te lo pueda probar! (Vacila un momento, luego habla como si tomase una determinación.) Y, dime, si se puede saber: ¿por qué hoy, así tan de súpito, saliste con esa cuestión que al cabo de los meses no habíamos mentado... ni falta que le hacía?

MARCELA

Porque ahora «ella»... (Con timidez.) bien sabes quién te digo, desde que volvió al pueblo al fallecer su madre, se acerca mucho por aquí. No se conforma con mirarnos desde su ventana, la que da al camino por el lado de allá (Señalando detrás de la casa.) enfrente de la mía, sino que ronda estos brañales... y me hacen temblar sus ojos que relucen como dos luciérnagas, tan hondos, tan tristes...

ANDRÉS

(Inquieto.) ¿Y qué más?

MARCELA

Pasa por ahí (Indicando los alrededores.) como una sombra, casi siempre al oscurecer, sin decir ni «buenas tardes».

ANDRÉS

¡Si no sois amigas!

MARCELA

Algo lo fuimos. Cuando me trajiste a la aldea, de recién casada, me amigué con todas las mozas, pero «ella» siempre huída, como una res que la persiguen, no se dejó tratar. Al cabo del tiempo desaparecióse y... no la he vuelto a ver hasta el otro día...

ANDRÉS

(Tratando de parecer indiferente.) ¿Qué pasó?

MARCELA

Dejé a los nenes solos un instante para coger un poco de hierbabuena, y al volver del huerto la encontré aquí, entre las dos cunas, muy descolorida, muy asombrada. Di un grito, creyendo que era una aparición. Ella dió otro, como si la despertasen de un sueño... Quedóse muy cobarde y dijo:—Pasaba por aquí... y entré a mirar los niños. (ANDRÉS oye el relato muy absorto, con la cabeza baja.) Conque, yo, fuí y le dije: «Mira lo que quieras.» Y me metí adentro; pero volví en seguida, temerosa no sé de qué.

ANDRÉS

(Con voz sorda.) ¿Y ella?

MARCELA

Se había marchado lo mismo que un fantasma... Desde entonces me cela como si quisiera hablarme. Y yo tengo mucho miedo a sus ojos verdes igual que el río del ansar; a su cara sin colores; a su voz llena de agruras...

ANDRÉS

¿Sólo por eso te acuerdas hoy de tus sospechas, y sufres, y me haces sufrir? (Hace un movimiento para volver a su tarea.)

MARCELA

(Siguiéndole.) Es que te encuentro más preocupado que nunca, más pesaroso... Según «ella» quiere acercarse a mí, parece que te me alejas tú... y pierdo la razón.

ANDRÉS

Pues no receles nada que te nuble; no llames a las penas ni hagas caso de sombras y fantasmas.

MARCELA

(Con deseos de retenerle.) ¿Adónde vas?

ANDRÉS

A seguir regando el plantío que hice ayer.

MARCELA

(Insinuante.) ¿Y voy a verte un poco más gozoso?

ANDRÉS

(Condescendiente.) ¡Pero, hija mía!

MARCELA

¡Casi nunca te ríes ni te alegras!

ANDRÉS

Se me habrá pegado a la cara la neblina del monte, la tristeza del país... ¡Yo no lo puedo remediar!

MARCELA

No siempre está nublado... ¡mira, mira qué sol!

ANDRÉS

(Melancólico.) ¡Sí; ya traspone!

MARCELA

(Apoyada en el hombro de su marido, contemplando con él el horizonte crepuscular.) Mira cómo se hunde en la mies.

ANDRÉS

Parece un ascua.

MARCELA

Parece, talmente, la hostia cuando relumbra en el viril...