ESCENA IV

Dichos y REMEDIOS, luego LUISA.

ANDRÉS vuelve a llenar su regadera.

REMEDIOS

(Viene por el camino, llamando.) ¡Flora... Flora!

MARCELA

(Volviéndose al portal.) Fuése con Carmen, tía Remedios.

REMEDIOS

¡Si en juntándose las dos es el acabóse!... Pues a casa no ha llegado.

ANDRÉS

(A REMEDIOS.) Déjela que se esparza, mujer.

REMEDIOS

No; que las mozas están muy bien arrecogidas. (ANDRÉS vuelve a entrar en el huerto.) ¡Ay Marcela, con el aquel de que tu agua es la mejor no te dejamos vivir!

MARCELA

Al contrario, me gusta ver aquí a la mocedad.

REMEDIOS

(Acercándose misteriosa.) Sí, hijuca, sí; más te valen esas visitas que no otras.

MARCELA

(Con inquietud.) ¿Cuáles dice usted?

REMEDIOS

(Mirando hacia el camino y en voz baja.) Por estos andurriales pena Irene igual que un ánima.

MARCELA

(Disimulando su zozobra.) ¡Como vive ahí detrás!

REMEDIOS

Pero ronda por aquí delante.

MARCELA

¿Ahora mismo?

REMEDIOS

Veníame a la zaga y se me oscureció no sé por dónde... Paéz que pisa en el aire: no le suenan los pasos ni siquiera el respiro: ¡Jesús qué mujer! (Curiosa y confidencial.) ¿Sabías que estuvo para casarse con el tu marido?

MARCELA

(Algo brusca.) Sí, señora: y a pesar de saberlo... quise a Andrés...

REMEDIOS

Por ti la dejó.

MARCELA

Y por su gusto.

REMEDIOS

(Cada vez más insinuante.) ¡Ay, los primeros amores, dicen que suelen retoñar!

MARCELA

(Dolida y orgullosa.) ¡Qué le vamos a hacer!

LUISA

(Desde el camino, llamando.) ¡Marcela!

MARCELA

(Asomándose fuera del portal.) Pasa, Luisa.

LUISA

(Entrando.) Buenas tardes, tía Remedios.

REMEDIOS

Buenas te las dé Dios y quedaros con Él, que yo me marcho; no venía más que a buscar a la muchacha.

LUISA

(A REMEDIOS.) Ahí la encontré con el serroján ¡mucho platican!...

REMEDIOS

¡Bah, cosas del mocerío!... ¿Quién hace caso d'ello?

MARCELA

(Que aparece muy preocupada.) Es verdad.

REMEDIOS

Conque adiós. (Sale despacio.)

LUISA

Adiós.

MARCELA

Que le vaya bien.

LUISA

Quería que me prestases el mandil de color de rosa para hacer uno igual.

MARCELA

Sí, mujer.

LUISA

(Reparando en la preocupación de MARCELA que se ha sentado en una silla de través y apoya los brazos en el respaldo.) Pero, oye, ¿qué te pasa?

MARCELA

(Suspirante.) Lo de siempre.

LUISA

¿Está peor Jesusín?

MARCELA

Lo mismo sigue.

LUISA

Tan ruinuco ¿verdad?... Para el primer ahijado que tuve me lucí.

MARCELA

Lleva nombre de mártir.

LUISA

¡Vaya, y de rey!

MARCELA

¡Si su mal tuviera remedio!

LUISA

Claro que no le tiene: nunca habrás visto un jiboso... que se le quite la jiba...

MARCELA

Ya lo sé: no me lo asegures.

LUISA

(Algo extrañada.) ¡Cuidado Marcela que te duele el jayón!

MARCELA

(Se levanta suspirando.) Hay que tener caridad.

LUISA

Harto hiciste por él: bien puedes decir que te debe la vida.

MARCELA

¡Una vida que vale tan poco!

LUISA

¿Y qué culpa tienes tú?

MARCELA

¡Que va a ser un tormento!

LUISA

¡Dale! ¡Si lo tomas así! ¡Mira que tienes una cara de angustia!

MARCELA

(Queriendo justificarse.) No es por eso, mujer.

LUISA

¿Pues qué, sigue el tu hombre con la melancolía?

MARCELA

Y otra cosa además.

LUISA

Chismes y cuentos, de seguro. Desde que Irene volvió al pueblo te están mortificando entre unos y otros.

MARCELA

Si es ella misma que...

LUISA

¿Ella?

MARCELA

Sí; me ronda la casa, me persigue...

LUISA

(Incrédula.) Tú ves visiones.

MARCELA

No; que la tía Remedios la sorprendió ahora poco, ahí cerca...

LUISA

Pero el camino es de todo el mundo. Irene es vecina tuya.

MARCELA

Ya te dije que la encontré la otra tarde entre las escanillas.

LUISA

No importa... Sentiría un poco de curiosidad... Debes ponerte en su caso...

MARCELA

(Muy alterada.) Le tengo miedo.

LUISA

¿Miedo?

MARCELA

Sí.

LUISA

¿Piensas que va robarte el hijo?

MARCELA

¡Qué sé yo!

LUISA

¡Vamos, no estás en tus cabales!... Ya ves tú, a mí esa moza me da mucha lástima: tiene cara de hambre; está muy pobre, sola en el mundo, sin un consuelo, sin un arrimo... ¡y tan cerca de la dicha tuya!... ¡Su madre dicen que se murió de pena al ver a la hija deshonrada!

MARCELA

(Muy conmovida.) ¡No me lo mientes, no!

LUISA

A ti ya, ¿qué daño te puede hacer?

MARCELA

¡Bastante me hizo!... Estoy segura de que Andrés no la olvida, de que la quiere más que a mí; de que está prendado de ella como nunca; ¡para siempre!: ¡los primeros amores suelen retoñar!

LUISA

(Maliciosa.) ¡Juraría que eso te lo acaban de decir!

MARCELA

¡Puede ser!... Pero el amor que a mí me tuvo fué un capricho y ya se le pasó.

LUISA

¿Y en qué lo conoces?

MARCELA

(Obstinada.) En todo: debiendo ser feliz, está siempre sombrío, amargurado; si la nombran se altera, si la ve se aturde... ¡Esas son malas señales!

LUISA

¡No seas aprensiva! Si es verdad que Andrés volvió a buscarla fué sólo por compasión, sin dejar de quererte... ¡Así acabó de perderla!

MARCELA

¡Por eso la compadece más!

LUISA

Ahora, considerando lo que estás haciendo por esa criatura (Indicando al niño.) te venera lo mismo que a una imagen.

MARCELA

(Muy huraña.) No basta que me venere... si se acuerda de la otra... Además... yo no merezco esa veneración.

LUISA

(Con asombro.) ¿Qué dices?

MARCELA

(Evadiéndose.) Nada, nada... Te estoy entreteniendo... Iré a buscarte el delantal. (Entra en la casa.)

LUISA

(Suspirante.) Pues, señor, esta moza se consume: ¡tan guapa, tan buena!... Y la otra lo mismo... Todo por un hombre; ¡no tenemos remedio las mujeres!... Voy a ver a este crío infeliz. (Se acerca a la cuna de Jesús.) ¡Ay, qué ojos luce más implorantes!

MARCELA

(Saliendo con el delantal en la mano.) Estará despierto ¿verdad? Se pasa horas enteras con los ojos abiertos, sin moverse, sin quejarse: parece que escucha, que discurre y cavila... (Entrega la prenda a LUISA.) Toma.

LUISA

Tú sí que cavilas, mujer.

MARCELA

(Bajo su preocupación.) El otro se despierta y se vuelve a dormir...

LUISA

Me voy. Ya es tarde y Antonio me estará esperando para cenar. (Va anocheciendo.)

MARCELA

Yo voy a recoger las cunas y a cerrar las puertas: hace frío.

LUISA

(Asombrada.) ¿Frío?

MARCELA

(Estremecida.) Sí; en cuanto se va el sol, siento un aire helado que no sé si baja del monte o sube del valle...

LUISA

Nada, hija, que estás perdiendo la salud.

MARCELA

(Sombría.) ¡Puede ser!

LUISA

Vaya, que no te mortifiques; que mires algo por ti, y hasta mañana. (Sale LUISA.)

MARCELA

Vete con Dios...