ESCENA IV
Dichas menos ANTONIO
REMEDIOS
(Acomodando sus gafas y su labor en la faltriquera.) Y yo, muchachas, voy a dejaros; porque cavilo que ese mozón igual se me cuela donde la hija, y se quedó sola.
MARCELA
Además se está haciendo tarde para usted.
LUISA
(Devanando las últimas vueltas de la madeja.) Sí; que van los caminos muy malos. Ya está el ovillo hecho.
REMEDIOS
(Coge la mano que le ofrece MARCELA para levantarse.) ¡Aúpa!... ¡Ay, hija, estoy muy torpe! (Se cubre otra vez la cabeza con la falda, ayudada por MARCELA.)
LUISA
¿Conque el bueno de Cándido sigue pretendiendo a Flora?
REMEDIOS
No sé qué te diga, mujer. Es como si hubiera nacido de suyo con esa condición; serroján y cortejo de la mi muchacha: de ahí no sale... Pasaron los años, ella se cansó de esperar y casóse con otro. Ahora enviuda, con dos rapaces, y ya le tienes ahí.
MARCELA
Se conoce que la quiere.
REMEDIOS
¿Sabrálo él...?
LUISA
(A REMEDIOS, dándole el ovillo.) Tenga.
REMEDIOS
Dios te lo pague. (Le mete en la faltriquera.) Y tú, hijuca (A MARCELA), no te apures; que ni al hombre ni al hijo tuyo les puede suceder ningún percance. Son fuertes y sanotes; conque, si alguno lo pasa mal, será el jayón...
MARCELA
(Sin poderse contener.) ¡No le llame usted así!
REMEDIOS
Al fin y al cabo nada te toca, y un ser tan ruino poco vale...
MARCELA
(Aparte.) ¡Dios de mi alma!
REMEDIOS
Tú bastante sufriste por causa «de otros»... que tienen muchas culpas que pagar.
MARCELA
(Abstraída, desesperada.) ¡Culpas...! ¡culpas...!
REMEDIOS
Vaya, adiós.
LUISA
Adiós, y tenga cuidado dónde pisa. (Va con ella hasta el corral. MARCELA se deja caer en una silla y se cubre la cara con las manos.)
REMEDIOS
(Alejándose despacio.) Sí; que la nieve resbala mucho.
LUISA
¡Ahinque bien las abarcas...!