ESCENA V

LUISA y MARCELA

LUISA

(Vuelve al portal y queda muy sorprendida ante la actitud de MARCELA.) Pero, ¿vas a llorar ahora?

MARCELA

(Con desolación.) ¿Tú sabes lo que me ha dicho esa mujer?

LUISA

Nada nuevo.

MARCELA

(Exaltada.) Nada nuevo, ¿verdad?

LUISA

¡Claro que no!

MARCELA

(Con impulso irrefrenable.) Aquel hijo que aguardé tres años, de rodillas a la vera del altar y de la fuente, aquel hijo que había de servir de orgullo a Andrés y me iba a vengar para siempre de «la otra»... es Jesús, ¿sabes?... Es Jesús, el niño maltrecho y ruin, ese que vale poco, ese a quien llamáis con desdeño el jayón...

LUISA

(Con asombro inmenso.) Pero... ¿qué dices?

MARCELA

(Delirante lanzada a la confidencia como en un vértigo.) Que los cambié en la cuna, que sentí el bochorno de confesar por mío al jorobado, al que mira todo el mundo con burlas o con lástima, y mentí... los troqué... ¡Soy una criminal!

LUISA

¿Te has vuelto loca?

MARCELA

No, Luisa; estoy en mi sana razón.

LUISA

(Sentándose al lado de MARCELA.) Pero... ¿cómo pudiste?...

MARCELA

Yo sola conocí la desgracia de mi criatura. Tenían los niños tres meses cada uno; eran como dos mellizos de semejantes y únicamente yo los diferenciaba, cuando un día palpé en el pecho de Serafín las costillas viciosas, los huesos retorcidos... Nublé de espanto.

LUISA

¿Y, entonces?

MARCELA

Llamé al médico. Le examinó con señales de compadecerse mucho, y sin decir el mal que tenía, va y me pregunta:—Este niño, ¿cuál es? Yo conocí que le iba a sentenciar para siempre, y como la comedianta que representa una mentira, salté y repuse:—Este es el jayón.

LUISA

¡Te creyó a pies juntos!

MARCELA

Igual que al Evangelio. Aun quiso echarme flores tratándome de generosa y buena porque criaba yo misma al infeliz... Y le sentenció a padecer doblado y enfermo, toda la vida...

LUISA

¡Vaya un trance!

MARCELA

(Con desesperada tristeza.) Desde aquella hora, Serafín, el pobre hijo de mi alma, se llamó Jesús, y ya solo fué mío en las entrañas obscuras de mi corazón...

LUISA

¡Te creímos todos!

MARCELA

Y el primero Andrés... Así empezó mi castigo... Tuve que cuidar al niño ajeno como si fuera el mío, y esconder para el otro el amor y la misericordia...

LUISA

No lo escondiste mucho...

MARCELA

¡Por eso me creisteis llena de virtudes y me ensalzasteis más!

LUISA

¡Dabas un ejemplo tan noble!

MARCELA

Sí; ¡mintiendo...! Andrés me mira como a las efigies de los santos... (Con infinita amargura.) sin conseguir «olvidarla»... Por bien agradecido huye de Irene y quisiera tratar al hijo sano con todas las finuras, creyendo que me premia... A veces le registra los ojos con afán... (Clavando mucho la mirada.) así... así... como un loco... Es que los tiene lo mismo que su madre, verdes, tristes, pungidos de penas y de brasas... ¿te has fijado?

LUISA

En que son muy hermosos; pero en la semejanza no... ¡Cómo se me iba a ocurrir...!

MARCELA

Pues el padre los teme y los busca sin saber por qué... Debe pensar que engendró en mí un hijo lleno de la pasión de la otra, dueño de aquellos ojos y de aquella mirada... En tanto se me oculta para consolar al enfermo imaginando que es el de «ella» y que me duele ese cariño.

LUISA

Por desgraciado le prefiere.

MARCELA

¡Y también porque en él la sigue queriendo todavía!...

LUISA

Tú discurres demasiado. Al cabo del tiempo, Andrés no se acuerda de Irene, que está, la pobre, acabada, consumida...

MARCELA

(Con sombría expresión.) ¡No; que le quedan los ojos!

LUISA

¿Querías que estuviese ciega?

MARCELA

(Misteriosa.) Pero los tiene llenos de lumbre, llenos de esperanza... le viven, allá en la hondura, unos secretos que Andrés no puede olvidar.

LUISA

(Fascinada.) ¿Y tú los descubriste?

MARCELA

No, no... parecen cosa de brujería...

LUISA

(Con la misma inquietud.) ¡Cosa de sortilegio!

MARCELA

Es como si otras almas que sufrieron de amores y de olvidos se asomaran al semblante de esa mujer, para rogar clemencia.

LUISA

(Levantándose y sacudiendo la obsesión.) La mitad de lo que hablas es porque la compadeces y porque...

MARCELA

(Interrumpiendo.) Sí, dilo, dilo: porque tengo remordimientos...

LUISA

¡Mujer!

MARCELA

(Atendiendo a rumores del camino.) Se oyen pasos: viene gente.

LUISA

(Asomándose al corral.) ¡Si ya es de noche!

MARCELA

(Observando también.) Y ha dejado de nevar.

LUISA

Sin duda Antonio vuelve con los pastores.

MARCELA

(Estrechando las manos de su amiga.) ¡Guárdame el secreto, por Dios!

LUISA

Descuida, mujer.

MARCELA

¡Nadie en el mundo lo sabe más que tú! (Llega ANTONIO con los pastores.)