ESCENA VI

Dichas, ANTONIO, ELÍAS y MANUEL.

Los dos últimos llevan zajones a estilo del país, cayados y abarcas.

ANTONIO

(A MARCELA.) Aquí tienes a éstos.

ELÍAS

Buenas noches.

MANUEL

Dios os guarde.

MARCELA

Ya disimularéis el incomodo...

ELÍAS

¡Bah! ¡Siendo cosa tuya y de Andrés!

MANUEL

¡Lástima fuera!

MARCELA

¿Y el serroján?

ANTONIO

Está en casa de Flora y dijo, dice: Dile que no puedo ir.

LUISA

¡Qué zoquete!... Pero no os quedéis al raso. (Viéndoles a la orilla del portal.) Adelante. Voy a encender luz.

MANUEL

(A LUISA.) Déjalo: se ve bastante así.

MARCELA

No, no; os vais a sentar. Ahora sacaré un farol. (Entran bajo el techado y se sientan todos menos las mujeres.)

LUISA

Yo entro por él. (A su marido.) Alúmbrame tú.

ANTONIO

Voy. (Sin levantarse enciende la mecha con mucha calma. LUISA aguarda de pie.)

MARCELA

(A los pastores.) Conque no pasasteis por Bustarredondo ¿verdad? (Sentándose.)

ELÍAS

No.

MANUEL

No es camino ni menos pensarlo.

MARCELA

¡Tengo una inquietud!... Quería saber si es muy recio allá arriba el temporal.

MANUEL

Pues... no sé qué decirte. (ANTONIO alumbra a su mujer y entran en la casa.)

MARCELA

¡Ay, Dios mío; será tremendo!

ELÍAS

De todas suertes ya pasó lo peor.

MARCELA

(Ansiosa.) ¿Si?

MANUEL

¡Toma! Como que saltó el ábrego ¿no le oyes bufar? (Se oye un trueno sordo.)

MARCELA

(Escuchando.) Me parece que lo que oigo es un trueno.

ELÍAS

Eso mismo es.

MARCELA

Entonces vuelve la tormenta.

MANUEL

Al contrario, se va hacia la costa.

ELÍAS

El viento la sorbe. (Luce un relámpago.)

MARCELA

(Se santigua.) ¡Virgen santa!

MANUEL

Todo ese aparato es música celestial.

MARCELA

¿Y en el monte cayó mucha nieve?

ELÍAS

¡Bastante!

MARCELA

¿Como cuanta?

MANUEL

Era nevasca, ¿sabes? de esa que cae en torbellinos y le ciega a uno.

MARCELA

¡Eso temía yo!

ELÍAS

Fué esta mañana; de repente: mostróse el cielo gacho y turbio y empezó una cellisca que tenía que ver.

MARCELA

¡Ay, Señor! (Se levanta y se acerca a la puerta por donde entraron LUISA y ANTONIO.) ¡Luisa!

LUISA

(Desde dentro.) Allá vamos.

MARCELA

Trae un jarro de vino; haz el favor: ya sabes dónde está. (Volviendo a sentarse.) ¡Yo no vivo de incertidumbre!

MANUEL

¡Pero si ya está desnevando!

ELÍAS

¡Y que va por la posta!

MARCELA

(Bajo su preocupación.) ¿De modo que esta mañana hubo remolinos y ventisca?

MANUEL

¡Con fuerza!

MARCELA

¿A qué hora empezó?

ELÍAS

Sobre eso de las diez.

MARCELA

¿Y duró mucho?

ELÍAS

Hasta media tarde. Así que me amainó bajamos nosotros para acá. Ya rodaba la nube contra la llanura y en los pliegues del monte remanecía el ábrego.

MARCELA

En el valle escampó bien anochecido; ahora poco. (Salen ANTONIO y LUISA. Él lleva en la mano, encendido, un farol pequeño, de cuatro vidrios, uno de los cuales gira para servir de puerta. LUISA lleva una jarra de loza con ramos de colores y un solo vaso.)

LUISA

Aquí tenéis.

MARCELA

Sentaros. (A LUISA.) Anda, sirve tú, ¿quieres? (Se sienta ANTONIO.)

LUISA

Ahora mismo. (Escancia y ofrece vino blanco a los pastores y luego a su marido. Beben mientras sigue la conversación; lían cigarrillos en hojas de maíz y los encienden en la mecha del farol, descolgándole del clavo donde ANTONIO le habrá puesto en una viga próxima. Durante la escena, hasta el final del acto, se siguen sucediendo algunos truenos y relámpagos de la tormenta ya lejana.)

MARCELA

Estarán cubiertos los caminos allá arriba, ¿eh?

MANUEL

¡Hazte cargo!

MARCELA

¿Y será fácil perderse?

MANUEL

A todo nevar, sí.

ANTONIO

Porque le envuelven a uno el viento y los copos, y se nubla el sentido.

ELÍAS

Hasta puede uno ahogarse, si se tercia.

LUISA

(Con censura.) ¡Tan grave lo ponéis!

MARCELA

(A LUISA.) ¿Ves cómo yo tengo razón en afligirme?

ANTONIO

Dicen estos que no.

MANUEL

¡Quiá!

ELÍAS

Andrés no sale con los muchachos de la cabaña hoy.

MARCELA

Pero, ¿si salió antes que empezara a nevar?

ELÍAS

(Muy complaciente.) ¡Todo pudiera suceder!

MARCELA

(Alarmadísima.) ¿Cómo dices?

LUISA

¡Hombre, qué ocurrencia!

ANTONIO

¡Qué había de salir!

MANUEL

En lo tocante a eso...

MARCELA

¿Qué?

MANUEL

(Con mucha parsimonia.) ¡Sábelo Dios!

ANTONIO

¡Vaya una salida!

MARCELA

Sí; ¡Dios lo sabe! (A los pastores.) ¿Y no supisteis nada del nuestro invernal?

MANUEL

Nada, hija... Considera que el vuestro cae ponentino y el de nosotros cara al sur.

ELÍAS

¡Si hubiéramos barruntado que andaba por allí Andrés!

MARCELA

Pero la bajada al pueblo es la misma.

ANTONIO

Desde medio camino sí...

MARCELA

(A los pastores.) ¿Y no hallasteis huella ninguna?

LUISA

¡Marcela, no te mortifiques más!

MARCELA

¡No puedo remediarlo!

ELÍAS

Ni vimos alma viviente: ¡estaba el monte frío y solo como un muerto!

MANUEL

Y nos sucedió un caso.

ELÍAS

Es verdad.

MARCELA

¿Qué fué?

ANTONIO

No me lo habíais dicho.

ELÍAS

Vale poco la pena.

LUISA

A ver qué es ello.

MARCELA

¡Sí!

MANUEL

Pues, veníamos por el soto de la Cruz, cuando, en esto, va el serroján y echa un relincho que retumbó en la nieve por todas las camberas abajo. Y quien os dice que a tal tiempo, oímos unas voces como si fueran cosa del otro mundo.

MARCELA

¡Virgen de la Esperanza!

LUISA

¿Y qué hicisteis?

MANUEL

Pararnos a escuchar.

MARCELA

¿Entonces?

MANUEL

¡Todo estaba mudo, igual que antes!

MARCELA

¿Pero, aquel clamor?...

ANTONIO

La quejumbre del ábrego...

ELÍAS

O el eco del ijujú...

LUISA

¡Claro está!

MARCELA

¿No sería la voz de Andrés?

ELÍAS

¿Por aquellos rodales?

MARCELA

¿O el llanto de un niño?

LUISA

(A MARCELA.) ¡Lo que tú amontonas, criatura!

MANUEL

¡Cosa muy amarga parecía!

MARCELA

(Desolada.) ¡Me consume el miedo!

ELÍAS

Para mi cuenta fueron los crujidos del invernal ruinoso.

ANTONIO

Justo: que se hundía al peso de la nieve.

MARCELA

¿Y no fuisteis allá?

ELÍAS

¿A qué habíamos de ir?

MARCELA

(Dominada por su inquietud.) Por si algún caminante se hubiera guarecido y demandara socorro.

ANTONIO

No, mujer; por el monte no transita ningún forastero.

ELÍAS

Y los del país no asubiamos en el soto de la Cruz.

MARCELA

(A MANUEL, que parece reservado.) ¿Tú qué piensas, Manuel?

LUISA

(A MANUEL aparte.) ¡No la atemorices!

MANUEL

(Después de pensarlo.) Pues... en finiquito: yo pienso... que todos tenéis razón.

ELÍAS

(Riendo.) Está bien.

ANTONIO

(A MARCELA.) Mira: el invernal ese que cruje y se está hundiendo, no es camino de Bustarredondo, ni semejante cosa.

MARCELA

(Con recelo, a los pastores.) ¿No?

ELÍAS

No; queda muy a trasmano.

MANUEL

¡Mucho!

LUISA

(A MARCELA.) ¡Bien lo sabes tú!

MARCELA

(Con desaliento.) ¡No sé nada!

ELÍAS

(Haciendo ademán de levantarse.) Conque, Marcela, si no mandas más...

MANUEL

Sí; nos iremos.

ANTONIO

(A su mujer.) Y también nosotros.

LUISA

Sí. (Todos se levantan.)

MARCELA

(Dominándose.) ¿No queréis otro vaso de vino?

ELÍAS

Ya basta.

MANUEL

Se agradece.

ANTONIO

(A MARCELA.) A la mañanuca temprano yo vendré por aquí a ver lo que se te ocurre.

LUISA

Y yo lo mismo. (Vacilando.) ¿Tendrás miedo esta noche?

MARCELA

Para la soledad no soy medrosa.

ANTONIO

(A su mujer.) Puedes quedarte con ella.

LUISA

Eso estaba cavilando.

MARCELA

No. (Ante el ademán insistente de LUISA.) No he de ceder. Que mañana madrugues, eso sí. (Los pastores han recogido sus cayados y aguardan en el corral.) (LUISA se pone el mantón.)

MANUEL

(Desde fuera.) Si hacia el mediodía no ha bajado Andrés, iremos a buscarle.

ELÍAS

(A MARCELA.) Tú dispones.

MARCELA

Gracias por todo... ¡Ah! llevaros el farol. (Le descuelga y se le ofrece a la orilla del portal.)

LUISA

¿Te íbamos a dejar a oscuras?

MARCELA

Encenderé el candil.

ELÍAS

No es menester luz, no.

ANTONIO

La nieve nos alumbra.

ELÍAS y MANUEL

Buenas noches.

MARCELA

Que descanseis.

LUISA

(Volviendo unos pasos atrás.) A ver si te acuestas y duermes.

MARCELA

(A media voz.) ¡Ay, pídele a Dios por mí!

LUISA

(En el mismo tono.) Sosiégate, mujer, ten confianza...

ANTONIO

(Ya en el camino esperando a LUISA.) ¿Vamos?

LUISA

(A su marido.) Allá voy. (A MARCELA abrazándola.) Adiós...

MARCELA

Adiós... (Desaparecen en el campo.)