ESCENA PRIMERA
LUISA y ANTONIO
LUISA
(Trajinando.) ¡Qué cosas se ven en este mundo!... ¡Mira que llegar yo aquí al amanecer y encontrarme a Irene y a Marcela juntas en un mismo banco!
ANTONIO
(Con alguna suficiencia, mientras pasea y fuma.) Las mujeres sois así: tan repentinas para aborrecer como para perdonar.
LUISA
Ellas no se aborrecen...
ANTONIO
Pues esa es la cuestión; que en los quebraderos de esta casa todo el personal es de valía... Marcela una venturada que no hay más que pedirle; ya lo estamos viendo; mejor criatura no cabe. Andrés, bueno a carta cabal, amigo de los pobres y pronto a sacarnos de un apuro al que más y al que menos... ¡Da en cara verle padecer el humor de la melancolía!
LUISA
(Cavilosa.) ¡Sí; llevas razón!
ANTONIO
Y si vamos a Irene, otra infeliz. Desde el percance aquel no ha vuelto a dar qué hablar ni ese es el camino... Ella trabaja, sola y enferma, dale que dale, y puja con la vida siempre clavando los ojos en este llar, donde le recogieron al hijo.
LUISA
¡Por ahí duele! (Acabó de ordenar la cocina y atiende con mucho interés a la conversación: hablan en voz discreta.)
ANTONIO
¿Y van a estar los tres como en el Purgatorio, talmente, hasta el sin fin de los años?
LUISA
(Desanimada.) ¡Qué sé yo!
ANTONIO
¡Es el sino de las personas, no digas!... Nacen con la negrura de un desvelo, como quien saca una pinta en la piel, y arrastran aquella nube hasta que vuelven a la tierra.
LUISA
¡Será... será! (Pausa.)