ESCENA V

Dichas, ANDRÉS, MANUEL, ELÍAS; después ANTONIO.

ANDRÉS

(Con la cabeza descubierta. En zapatos; traje de pana con remonta. Aspecto de fatiga y desesperación. A LUISA.) ¿Marcela?

LUISA

(Temblando.) No está.

ANDRÉS

¿Cómo?...

LUISA

Fué a la iglesia y vendrá en seguida... Pero, ¿qué te pasa?

ANDRÉS

(Se deja caer en una silla, con la frente entre las manos. Todos le rodean en actitud solícita y penosa.) ¡El jayón!... (Con amarguísimos acentos.) No era más que eso..., ¡un pobre jayón!...

LUISA

(A los pastores.) ¿Qué dice?

CARMEN

(Comprendiéndolo.) ¡Es Jesús el que ha perecido!

ELÍAS

Sí.

LUISA

¡Virgen de los Dolores!

MANUEL

¡Y del mal, el menos!

ANDRÉS

(Levantando la cabeza; saturada la voz de amargura.) ¡Eso es!... Un niño sin padres, raquítico, inútil, para nada sirve en el mundo.

MANUEL

Hombre, eso no... (Alusivo.) Bien consideramos la pena tuya.

ELÍAS

(En el mismo tono.) Y conocemos que él y tú... ¡Claro está!

CARMEN

(Corroborando.) ¡Las cosas de la vida!...

LUISA

(Aparte.) ¡El hijo de las dos madres!...

ANTONIO

(Llega buscando a ANDRÉS y le abraza contristado.) Andrés: supe ahora mismo la desgracia...

ANDRÉS

(Con honda intención.) Una desgracia, sí... aunque no lo parezca.

ANTONIO

¿Quién lo había de pensar? Ibamos a subir a buscarte sólo por tu mujer. (Mirando alrededor.) ¿Dónde está ella?

CARMEN

Yo iré a llamarla.

LUISA

(Deteniéndola con viva ansiedad.) No vayas, no... Ahora viene...

ANDRÉS

¡A tiempo llegará!

ANTONIO

(A los pastores.) ¿Dónde le encontrasteis vosotros?

ELÍAS

Vímosle bajar por la calzada y fuimos a ayudarle.

MANUEL

Venía con cara de difunto, cargado con el hijo.

ANTONIO

¿Y Serafín?

ELÍAS

La tía Remedios le está aliñando para traérsele a su madre.

LUISA

(Aparte.) ¡Pobre Marcela!

ANTONIO

(A ANDRÉS, que permanece absorto en un dolor sombrío.) Pero ¿cómo fué eso?

ANDRÉS

¡Por mi culpa!

ANTONIO

A ver: dilo.

MANUEL

Sí, hombre, cuenta. (Todos se preparan a escuchar con mucho interés.)

ANDRÉS

¿Qué voy a deciros? No vale para contado. (Pausa.) Cuando ayer barrunté la nieve en los cielos y en el aire, quise venir antes que reventara la nube, creyendo que había lugar...

ELÍAS

¿Y salisteis?

ANDRÉS

Esa fué mi torpeza. Jesús no había querido almorzar. Ardía y temblaba, y me entró la prisa de traerle. Como a la hora de camino, en la mitad del monte, nos alcanzó la lluvia de través, un cierzo helado que se volvía nevasca, todo envuelto en huracanes. Entonces quise volverme al invernal... Pero ya estaban rasas las veredas: nos cegaba la nieve; perdí el tino y erré el sendero.

MANUEL

¡No hay mucho que asombrarse!

ELÍAS

¡El temporal aturde al más valiente!

ANTONIO

¡El monte es cosa muy seria!

ANDRÉS

(Con la voz traspasada por el desaliento.) ¡Para qué voy a contaros más!

ANTONIO

Sí: acaba.

CARMEN

¿Cómo fué lo del niño?

LUISA

¡Dilo pronto, Andrés!

ANDRÉS

¡Que le roían la tristeza y la enfermedad y no pudo resistir como el otro!... Fuí tirando por ellos monte arriba igual que un orate, pensando acertar con la cabaña. Puse en los hombros a Jesús y llevé de la mano a Serafín no sé qué tiempo... Era todo el aire una pura cellisca y la tormenta rodaba con tronidos y relámpagos.

MANUEL

¡Pues no bregaste tú poco!

ELÍAS

Sí; que empezó a tronar a media tarde.

ANDRÉS

¡Y a escampar también!

ELÍAS

Eso.

ANDRÉS

Pero ¿sabéis dónde estábamos a aquella hora?

MANUEL

¿Dónde?

ANDRÉS

En el soto de la Cruz.

MANUEL

(Alteradísimo.) ¿En el invernal?

ANDRÉS

Sí.

ELÍAS

¿Y diste unas voces?

ANTONIO

¡Marcela acertó!

LUISA

¡Fué una corazonada!

ANDRÉS

(A los pastores, muy asombrado.) ¿De qué sabéis?...

MANUEL

¿Oíste el ijujú?

ANDRÉS

(Levantándose, con tremenda ansiedad.) Me lo pareció: ¿erais vosotros?

ELÍAS

(Desolado.) Sí; ¿cómo íbamos a pensar que eras tú?

ANDRÉS

Pero ¿escuchasteis mi grito?

MANUEL

¡El tuyo fué; no le tuvimos por cosa humana!

ELÍAS

Contamos que al hundirse gemía el invernal...

MANUEL

¡Que aullaba el viento!...

ANDRÉS

(Entre dolido y desesperado.) ¡No me disteis socorro!

MANUEL Y ELÍAS

(Muy afligidos, abrazándole.) ¡Andrés!

ANTONIO

(Con cierta pavura.) El monte es así, como una madriguera...

MANUEL

(En el mismo tono.) ¡Igual que una sima!...

ELÍAS

(A ANDRÉS.) Repara que tampoco tú fiaste en nuestra voz.

ANDRÉS

(Muy abatido.) Tampoco; asubié en la cabaña porque ya no podía Serafín andar ni yo mismo debatirme contra la fatiga y la inquietud. Esperaba allí una ayuda de Dios: ¡llegó el milagro y no tuve fe!... Respondí con un grito a otro apagado entre la nieve y el vendaval; pero respondí sin confianza, como quien sueña o tiene calentura, y no hallé amparo...

ANTONIO

(Profético.) ¡Es el destino de cada cual!

LUISA

(Llorosa.) ¡Qué lástima!

CARMEN

(Lo mismo.) Da mucha compasión.

ANDRÉS

(Vuelve a sentarse, caído en su quebranto.) ¡Sí; la suerte suya!... ¡Tenía que morirse a las inclemencias del cielo, según había nacido!

LUISA

¿Fué allí en el invernal?

ANDRÉS

Ni eso siquiera. Toda la noche padeció sin lamentarse, con los ojos más despiertos que nunca, mientras Serafín, deshambrido y cansado, acabó por dormirse. Bajo las hendeduras abiertas a los temporales no les hallé apenas el abrigo de un rincón y ni un puñado de rozo o de escamonda para mullirles una cama. Quise darles calor con mi cuerpo y no logré que Jesús dejara de temblar...

MANUEL

A lo menos tuviste luna.

ANDRÉS

Sí; muy grande y muy amarilla; ¡más triste que las mismas tinieblas!...

LUISA

¿Y después?

ANDRÉS

De amanecida empezó a crujir la techumbre con señales de hundirse. Saqué a los niños fuera, de un brazado, y se vino abajo lo que quedaba del invernal.

ANTONIO

¡Miray que es mala suerte!

MANUEL

¡Apañado estuvo!

LUISA

(A ANDRÉS, apremiante.) ¿Y qué?

ANDRÉS

Era en el valle de noche, pero hacía bonanza y ya en las cumbres quería salir el sol. Cobré ánimo, tomé rumbo de cara a la llanura y volví a cargar con Jesús; ya no le ardían más que los ojos y parecíame que estaba mejor. Pero Serafín, al despertar, sintió hambre y empezó a dolerse, muy cansado y lloroso. Y va y me dice:—Me quieres menos que a Jesús; por eso le llevas siempre a él... (Con la voz muy ensordecida.) ¡Tenía razón!... Yo entonces preguntéle al dañado. ¿Puedes andar? Y fué y contestó:—Sí. Le posé y cargué al otro... Al poco tiempo rodaba en la nieve Jesús detrás de mí. Conté que se había resbalado y quise levantarle, pero no se movía; estaba yerto. Me hinqué al lado suyo; le llamé:—¡Jesús... Jesusín!... y comenzó a reirse... ¡ja ja ja!... (Ríe de un modo siniestro.)

LUISA

(Con asombro mientras todos se alarman.) ¿A reirse?

ANDRÉS

(Poseído por la profunda emoción de su relato, se obsesiona con el recuerdo de la risa fatal, y la repite aunque con la mano sobre la boca la quiere contener.) ¡Ja ja ja!... Así ríen los que se hielan. (Sigue riendo.)

CARMEN

¡Se trascorda!

ANTONIO

(Asustado.) Pero, hombre; ¿estás en ti?

ANDRÉS

(Se domina, se levanta y continúa con la más elevada pesadumbre.) ¡Lo estoy!... Íbase la risa del niño por el monte abajo sin dejar de oirse... ¡todavía se oye!... y los ojos le relucían como un cristal, llenos de lágrimas, abiertos contra las nubes, mirando al sol... Dentro de ellos el alma fuese apagando como un cirio cuando se consume; hasta que se le nublaron los últimos ardores con una sombra muy fría, y toda la carne de la criatura se cuajó en cera mortal... (Las mujeres sollozan; los hombres se muestran muy enternecidos.) Eché a correr con el hijo que me quedaba y dejé allí solo al inocente... No le sirvieron estos brazos míos para nacer ni para morir... Una noche, hace ya nueve años, temiendo que pereciese de frío y de hambre, le abrí esa puerta y le calenté en ese llar... ¡Bendita sea la mujer que le remedió!... Pero Jesús traía consigo la condena, arrastraba una culpa, y luego de padecer toda su vida, tenía que morir de hambre y de frío, sin un regazo, sin un consuelo... ¡delante de mí!...