ESCENA III.
El H. Meliton y Don Alfonso vestido de monte, que sale embozado.
D. Alfonso.
(Con muy mal modo, y sin desembozarse.)
De esperar me he puesto cano.
¿Sois vos por dicha el portero?
Meliton.
Tonto es este caballero. (Aparte.)
Pues que abrí la puerta es llano. (Alto.)
Y aunque de portero estoy,
no me busque las cosquillas,
que padre de campanillas
con olor de santo soy.
D. Alfonso.
¿El Padre Rafael está?
Tengo que verme con él.
Meliton.
¡Otro Padre Rafael! (Aparte.)
amostazándome va.
D. Alfonso.
Responda pronto.
Meliton.
(Con miedo.)Al momento.
Padres Rafaeles... hay dos.
¿Con cuál quereis hablar vos?
D. Alfonso.
Para mí mas que haya ciento.
El Padre Rafael... (Muy enfadado.)
Meliton.
¿El gordo?
¿El natural de Porcuna?
No os oirá cosa ninguna,
que es como una tapia sordo.
Y desde el pasado invierno
en la cama está tullido;
noventa años ha cumplido.
El otro es...
D. Alfonso.
El del infierno.
Meliton.
Pues ahora caigo en quién es;
el alto, adusto, moreno,
ojos vivos, rostro lleno...
D. Alfonso.
Llevadme á su celda, pues.
Meliton.
Daréle aviso primero,
porque si está en oracion,
disturbarle no es razon...
¿Y quién diré?...
D. Alfonso.
Un caballero.
Meliton.
(Yéndose hácia la escalera muy lentamente, dice aparte.)
¡Caramba!... ¡Qué raro gesto!
Me dá malísima espina,
y me huele á chamusquina...
D. Alfonso.
(Muy irritado.)
¿Qué aguarda? Subamos presto.
(El Hermano se asusta y sube la escalera, y detrás de él Don Alfonso.)