ESCENA VII.
Doña Leonor, el P. Guardian.
Guardian.
(Acercándose á Leonor.)
Ya estamos, hermano, solos.
Mas ¿por qué tanto misterio?
¿No fuera más conveniente
que entrárais en el convento?
¡No sé qué pueda impedirlo!...
entrad, pues, que yo os lo ruego;
entrad, subid á mi celda;
tomareis un refrigerio,
y despues...
Leonor.
No, Padre mio.
Guardian.
¿Qué os horroriza?... no entiendo...
Leonor.
(Muy abatida.) Soy una infeliz mujer.
Guardian.
(Asustado.)
¡Una mujer!... ¡Santo cielo!
¡Una mujer!... á estas horas,
en este sitio... ¿qué es esto?
Leonor.
Una mujer infelice,
maldicion del universo,
que á vuestras plantas rendida
(Se arrodilla.)
os pide amparo y remedio,
pues vos podeis libertarla
de este mundo y del infierno.
Guardian.
Señora, alzad. Que son grandes (La levanta.)
vuestros infortunios creo
cuando os miro en este sitio,
y escucho tales lamentos.
Pero ¿qué apoyo, decidme,
qué amparo prestaros puedo
yo, un humilde religioso
encerrado en estos yermos?
Leonor.
No habeis, Padre, recibido
la carta que el Padre Cleto...
Guardian.
(Recapacitando.)
¿El Padre Cleto os envía?...
Leonor.
Á vos, cual solo remedio
de todos mis infortunios,
si benignos los intentos
que á estos montes me conducen
permitís tengan efecto.
Guardian.
(Sorprendido.)
¿Sois Doña Leonor de Vargas?...
¿Sois por dicha?... ¡Dios eterno!
Leonor.
(Abatida.) ¡Os horroriza el mirarme!
Guardian.
(Afectuoso.) No, hija mia, no por cierto.
Ni permita Dios que nunca
tan duro sea mi pecho,
que á los desgraciados niegue
la compasion y el respeto.
Leonor.
¡Yo lo soy tanto!
Guardian.
Señora,
vuestra agitacion comprendo.
No es extraño, no. Seguidme,
venid. Sentaos un momento
al pié de esta cruz; su sombra
os dará fuerza y consuelos.
(Lleva el Guardian á Doña Leonor, y se sientan ambos al pié de la cruz.)
Leonor.
¡No me abandoneis! Oh, Padre.
Guardian.
No, jamás; contad conmigo.
Leonor.
De este santo monasterio
desde que el término piso,
más tranquila tengo el alma,
con más libertad respiro.
Ya no me cercan, cual hace
un año, que hoy se ha cumplido,
los espectros y fantasmas
que siempre en redor he visto.
Ya no me sigue la sombra
sangrienta del padre mio,
ni escucho sus maldiciones,
ni su horrenda herida miro,
ni...
Guardian.
¡Oh! no lo dudo, hija mia;
libre estais en este sitio
de esas vanas ilusiones,
aborto de los abismos.
Las insidias del demonio,
las sombras á que dá brío
para conturbar al hombre,
no tienen aquí dominio.
Leonor.
Por eso aquí busco ansiosa
dulce consuelo y auxilio,
y de la reina del cielo
bajo el régio manto abrigo.
Guardian.
Vamos despacio, hija mia:
el Padre Cleto me ha escrito
la resolucion tremenda
que al desierto os ha traido;
pero no basta.
Leonor.
Sí basta:
es inmutable... lo fío,
es inmutable.
Guardian.
¡Hija mia!
Leonor.
Vengo resuelta, lo he dicho,
á sepultarme por siempre
en la tumba de estos riscos.
Guardian.
¡Cómo!...
Leonor.
¿Seré la primera?...
No lo seré, Padre mio.
Mi confesor me ha informado
de que en este santo sitio,
otra mujer infelice
vivió muerta para el siglo.
Resuelta á seguir su ejemplo
vengo en busca de su asilo:
dármelo sin duda puede
la gruta que la dió abrigo,
vos la proteccion y amparo
que para ello necesito,
y la Soberana Vírgen
su santa gracia y su auxilio.
Guardian.
No os engañó el Padre Cleto,
pues diez años ha vivido
una santa penitente
en este yermo tranquilo,
de los hombres ignorada,
de penitencias prodigio.
En nuestra iglesia sus restos
están, y yo los estimo
como la joya más rica
de esta casa, que aunque indigno,
gobierno, en el Santo nombre
de mi Padre San Francisco.
La gruta que fué su albergue,
y á que reparos precisos
se le hicieron, está cerca
en ese hondo precipicio.
Aún existen en su seno
los humildes utensilios
que usó la santa; á su lado
un arroyo cristalino
brota apacible...
Leonor.
Al momento
llevadme allá, Padre mio.
Guardian.
¡Oh, Doña Leonor de Vargas!
¿Insistís?
Leonor.
Sí, Padre, insisto.
Dios me manda...
Guardian.
Raras veces
Dios tan grandes sacrificios
exige de los mortales.
Y, ¡ay de aquel que de un delirio
en el momento, hija mia,
tal vez se engaña á sí mismo!
Todas las tribulaciones
de este mundo fugitivo,
son, señora, pasajeras;
al cabo encuentran alivio.
Y al Dios de bondad se sirve,
y se le aplaca lo mismo
en el cláustro, en el desierto,
de la córte en el bullicio,
cuando se le entrega el alma
con fé viva y pecho limpio.
Leonor.
No es un acaloramiento,
no un instante de delirio
quien me sugirió la idea
que á buscaros me ha traido.
Desengaños de este mundo,
y un año ¡ay Dios! de suplicios,
de largas meditaciones,
de continuados peligros,
de atroces remordimientos,
de reflexiones conmigo,
mi intencion han madurado
y esfuerzo me han concedido
para hacer voto solemne
de morir en este sitio.
Mi confesor venerable,
que ya mi historia os ha escrito,
el Padre Cleto, á quien todos
llaman santo, y con motivo,
mi resolucion aprueba,
aunque cual vos al principio
trató de desvanecerla
con sus doctos raciocinios,
y á vuestras plantas me envía
para que me deis auxilio.
No me abandoneis, oh Padre,
por el cielo os lo suplico;
mi resolucion es firme,
mi voto inmutable y fijo,
y no hay fuerza en este mundo
que me saque de estos riscos.
Guardian.
Sois muy jóven, hija mia;
¿quién lo que el cielo propicio
aún os puede guardar sabe?
Leonor.
Renuncio á todo, lo he dicho.
Guardian.
Acaso aquel caballero...
Leonor.
¿Qué pronunciais?... ¡Oh martirio!
Aunque inocente, manchado
con sangre del padre mio
está, y nunca, nunca...
Guardian.
Entiendo.
Mas de vuestra casa el brillo,
vuestros hermanos...
Leonor.
Mi muerte
solo anhelan vengativos.
Guardian.
¿Y la bondadosa tia
que en Córdoba os ha tenido
un año oculta?
Leonor.
No puedo,
sin ponerla en compromiso
abusar de sus bondades.
Guardian.
¿Y qué, más seguro asilo
no fuera, y más conveniente,
con las esposas de Cristo,
en un convento?...
Leonor.
No, Padre;
son tantos los requisitos
que para entrar en el cláustro
se exigen... y... ¡oh! no, Dios mio,
aunque me encuentro inocente,
no puedo, tiemblo al decirlo,
vivir sino donde nadie
viva y converse conmigo.
Mi desgracia en toda España
suena de modo distinto,
y una alusion, una seña,
una mirada, suplicios
pudieran ser que me hundieran
del despecho en el abismo.
No, jamás... Aquí, aquí solo;
si no me acogeis benigno,
piedad pediré á las fieras
que habitan en estos riscos,
alimento á estas montañas,
vivienda á estos precipicios.
No salgo de este desierto;
una voz hiere mi oido,
voz del cielo que me dice:
aquí, aquí; y aquí respiro.
(Se abraza con la cruz.)
No, no habrá fuerzas humanas
que me arranquen de este sitio.
Guardian.
(Levantándose y aparte.)
¡Será verdad, Dios eterno!
¿Será tan grande y tan alta
la proteccion que concede
vuestra Madre Soberana
á mí, pecador indigno,
que cuando soy de esta casa
humilde prelado, venga
con resolucion tan santa
otra mujer penitente
á ser luz de estas montañas?
¡Bendito seais, Dios eterno,
cuya omnipotencia narran
estos cielos estrellados,
escabel de vuestras plantas! (Pausa.)
¿Vuestra vocacion es firme?... (Á Leonor.)
¿Sois tan bienaventurada?...
Leonor.
Es inmutable, y cumplirla
la voz del cielo me manda.
Guardian.
Sea, pues, bajo el amparo
de la Vírgen soberana.
(Extiende una mano sobre ella.)
Leonor.
(Arrojándose á las plantas del P. Guardian.)
¿Me acogeis?... ¡Oh Dios!...¡ Oh dicha!
¡Cuán feliz vuestras palabras
me hacen en este momento!...
Guardian.
(Levantándola.)
Dad á la Vírgen las gracias.
Ella es quien asilo os presta
á la sombra de su casa.
No yo, pecador protervo,
vil gusano, tierra, nada. (Pausa.)
Leonor.
Y vos, tan solo vos, oh padre mio,
sabreis que habito en estas asperezas,
no otro ningun mortal.
Guardian.
Yo solamente
sabré quien sois. Pero que avise es fuerza
á la comunidad de que la ermita
está ocupada, y de que vive en ella
una persona penitente. Y nadie,
bajo precepto santo de obediencia,
osará aproximarse de cien pasos,
ni ménos penetrar la humilde cerca
que á gran distancia la circunda en torno.
La mujer santa, antecesora vuestra,
solo fué conocida del prelado,
tambien mi antecesor. Que mujer era
lo supieron los otros religiosos
cuando se celebraron sus exequias.
Ni yo jamás he de volver á veros:
cada semana, sí, con gran reserva,
yo mismo os dejaré junto á la fuente
la escasa provision: de recogerla
cuidareis vos... Una pequeña esquila,
que está sobre la puerta con su cuerda
calando á lo interior, tocareis solo
de un gran peligro en la ocasion extrema,
ó en la hora de la muerte. Su sonido,
á mí ó al que cual yo prelado sea,
avisará, y espiritual socorro
jamás os faltará... No, nada tema.
La Vírgen de los Ángeles os cubre
con su manto, será vuestra defensa
el ángel del Señor.
Leonor.
Mas mis hermanos...
ó bandidos tal vez...
Guardian.
Y ¿quién pudiera
atreverse, hija mia, sin que al punto
sobre él tronára la venganza eterna?
Cuando vivió la penitente antigua
en ese mismo sitio, á donde os lleva
gracia especial del brazo omnipotente,
tres malhechores con audacia ciega
llegar quisieron al albergue santo;
al momento una horrísona tormenta
se alzó, enlutando el indignado cielo,
y un rayo desprendido de la esfera
hizo ceniza á dos de los bandidos,
y el tercero, temblando, á nuestra iglesia
acogióse, vistió el escapulario
abrazando contrito nuestra regla,
y murió á los dos meses.
Leonor.
Bien: ¡oh Padre!
pues que encontré donde esconderme pueda
á los ojos del mundo, conducidme,
sin tardanza llevadme...
Guardian.
Al punto sea,
que ya la luz del alba se avecina.
Mas antes entraremos en la iglesia;
recibireis mi absolucion y luego
el pan de vida y de salud eterna.
Vestireis el sayal de San Francisco,
y os daré avisos que importaros puedan
para la santa y penitente vida,
á que con gloria tanta estais resuelta.