II

Este año, como los otros, fuí á comer con los Chantal para celebrar la Epifanía.

Según costumbre, abracé al señor Chantal, besé la mano á su esposa y á la señorita Perla, y me incliné profundamente ante las señoritas Luisa y Paulina. Me preguntaron mil cosas relativas á los acontecimientos del bulevar, á la política y á lo que de público se decía con respecto á los asuntos de Marruecos y sobre nuestros representantes. La señora Chantal, mujer gorda cuyas ideas se me antojaban cuadradas como las piedras de sillería, tiene costumbre, para cerrar las discusiones políticas, de pronunciar las siguientes palabras: «Todo esto es mala simiente para más adelante». ¿Por qué he imaginado siempre que las ideas de la señora Chantal han de ser cuadradas? No lo sé, pero cuanto dice me parece de esa forma; un cuadrado, un cuadrado grande con cuatro ángulos simétricos. Hay personas cuyas ideas se me antojan redondas y rodando como aros. En cuanto empiezan una frase con respecto á cualquier cosa, las palabras ruedan y salen diez, veinte, cincuenta ideas redondas, grandes y pequeñas, que veo correr una tras otra hasta que se pierden allá en el horizonte. Otras tienen ideas puntiagudas... Pero en fin, todo eso importa poco.

Nos sentamos á la mesa como siempre, y la comida acabó sin que se dijese nada digno de ser retenido.

Al llegar los postres, trajeron la torta de reyes; ahora bien, el señor Chantal era rey todos los años. Yo no sé si era una casualidad repetida ó una convención de familia, pero el haba tradicional se encontraba siempre en la parte de torta que le correspondía, y siempre proclamaba reina á su esposa. Por esto mi estupefacción fué inmensa cuando sentí en mi boca la presencia de algo muy duro que estuvo á punto de romperme una muela. Saqué suavemente el objeto y pude ver una muñequita de porcelana no más grande que una habichuela. La sorpresa me hizo exclamar «¡Ah!». Me miraron, y Chantal, palmoteando, se puso á gritar: «Es Gastón. Es Gastón. ¡Viva el rey! ¡Viva el rey!».

Y todos repitieron á coro: «¡Viva el rey!». Enrojecí hasta la raíz del pelo, como frecuentemente se pone uno colorado, sin saber por qué; y sosteniendo entre los dedos aquel granito de loza bajé los ojos, hice esfuerzos para reir, y no sabía qué hacer ni qué decir cuando Chantal exclamó: «Ahora, es preciso elegir una reina».

Quedé aterrado. En un segundo, mil ideas y mil suposiciones cruzaron por mi imaginación pues no sabía si querían que designase á una de las señoritas Chantal. ¿Sería un medio para obligarme á decir cuál de las dos prefería? ¿Sería un empujoncito ligero é insensible dado por los padres hacia una boda posible? La idea de la boda vaga incesantemente por todas las casas donde hay hijas mayores, y toma todas las formas, se encubre con todos los disfraces, y emplea todos los medios. Miedo atroz á comprometerme se apoderó de mí, y al mismo tiempo, ante la actitud obstinadamente correcta y cerrada de las señoritas Luisa y Paulina, sentí que en mí hacía presa extremada timidez. Elegir á una en perjuicio de otra, me pareció tan difícil como elegir entre dos gotas de agua; y además, el temor de aventurarme en un asunto que á pesar mío, suavemente, por procedimientos sencillos, discretos y tranquilos, como aquella insignificante realeza, podía llevarme al matrimonio, me turbaba horriblemente.

Pero de pronto se me ocurrió una idea luminosa, y ofrecí la muñeca simbólica á la señorita Perla. En un principio todos parecieron sorprendidos, pero sin duda apreciaron mi delicadeza y mi discreción pues aplaudieron luego con furia y se pusieron á gritar: «¡Viva la reina! ¡Viva la reina!».

En cuanto á ella, la pobre solterona, había perdido toda compostura; temblaba, estaba asustada y balbucía: «Pero no... pero no... yo no, se lo suplico... yo no...».

Entonces y por primera vez en mi vida, miré fijamente á la señorita Perla y me pregunté lo que era en realidad.

Estaba acostumbrada á verla en aquella casa como se ve á las butacas con tapices antiguos en las que uno se sienta desde la infancia sin haberse fijado nunca en ellas. Un día, no se sabe por qué, porque un rayo de sol viene á dar en el objeto, se exclama: «Toma, ese mueble es muy curioso», y se descubre que la madera está tallada por un artista, y que la tela es de gran valor. Yo nunca me había fijado en la señorita Perla.

Formaba parte de la familia Chantal, eso era todo, pero ¿cómo? ¿á titulo de qué? Era una muchacha alta y delgada que hacía esfuerzos para pasar inadvertida, pero que no era insignificante. Se la trataba afablemente, mejor que á una ama de llaves, y no tan bien como á una parienta. Y entonces comprendí una serie de cosas que hasta entonces no me habían preocupado. La señora Chantal la llamaba «Perla»; sus hijas, «señorita Perla»; y Chantal, quizá con mayor respeto que todos los demás, la llamaba únicamente «señorita».

Y la miré atentamente. ¿Qué edad podía tener? ¿Cuarenta años? Sí, cuarenta años. No era vieja, pero hacía esfuerzos para parecerlo, y esta particularidad me llamó inmediatamente la atención. Se peinaba, se vestía y se arreglaba ridículamente, y á pesar de todo no era ridícula; ¡tan poderosa era su gracia sencilla y natural, gracia velada y cuidadosamente ocultada! ¡Extraña criatura! ¿Por qué no la había observado con mayor atención? Se peinaba de modo grotesco, con rizos á la antigua usanza y completamente pasados de moda, y bajo aquel extraño tocado se veía una frente serena, cruzada por dos profundas arrugas, dos arrugas de interminables tristezas, y luego unos ojos azules, grandes y dulces, tímidos, temerosos y humildes, ojos hermosísimos que reflejaban todas las inocencias, ojos llenos de asombros de niña, de sensaciones jóvenes y también de pesares que por ellos habían pasado enterneciéndolos pero sin turbarlos.

El rostro fino y discreto, uno de esos rostros que se han extinguido sin que los hayan usado ni marchitado las fatigas ó las grandes emociones de la vida.

¡Linda boca! ¡Hermosos dientes! Pero... cualquiera hubiese dicho que no se atrevía á sonreír.

Y sin saber por qué la comparé á la señora Chantal. Sí, la señorita Perla era mucho mejor, cien veces mejor, más fina, más noble, más altiva...

Mis observaciones me dejaban turulato; se destapó el champaña, yo tendí mi copa á la reina, y bebí á su salud después de haberle dedicado un cumplido. Claramente me di cuenta de que deseaba taparse la cara con la servilleta; y cuando humedeció sus labios en el espumoso vino, todos se pusieron á gritar: «¡La reina bebe! ¡La reina bebe!». Ella se puso colorada como una amapola y se atragantó. Todo el mundo reía, pero me convencí de que en la casa la querían mucho.