III
Terminada la comida, Chantal me cogió por un brazo. Era la hora del cigarro, hora sagrada. Cuando estaba solo se iba á fumar á la calle, pero cuando tenía invitados, se subía al billar y se jugaba una partida fumando. Aquella tarde, como era día de Reyes, se había encendido la chimenea de la sala de billar; y mi antiguo amigo, después de coger su taco, un taco muy fino que frotó cuidadosamente con blanca tiza, dijo:
—Para ti, muchacho.
Á pesar de mis veinticinco años, como me conocía desde niño me tuteaba.
Empezó la partida: hice algunas carambolas, marré otras, pero como el recuerdo de la señorita Perla no dejaba de dar vueltas por mi imaginación, pregunté:
—Dígame, señor Chantal; la señorita Perla ¿es parienta suya?
Muy asombrado, dejó de jugar y me miró fijamente.
—¡Cómo! ¿Tú no sabes?... ¿No conoces la historia de la señorita Perla?
—No.
—¿Tu padre no te la contó nunca?
—No.
—Pues es raro, vaya si es raro, porque se trata de una aventura en toda regla.
Y se calló para decir momentos después:
—¡Y si supieses lo extraño que es que me preguntes eso hoy, en día de Reyes!
—¿Por qué?
—Por qué, por qué... Escucha. Hace cuarenta y un años, cuarenta y un años hoy mismo, día de la Epifanía, y vivíamos en Roüy-le-Tors, en las fortificaciones... pero ante todo y para que comprendas bien, tengo que explicarte cómo era la casa. Roüy se alza en una colina, mejor dicho, en un altozano desde el que se domina gran extensión de prados, y allí teníamos nosotros una casa con un pensil. La casa estaba en la población, en la calle, pero desde el jardín se dominaba toda la llanura. Y ese jardín tenía una puerta de salida que daba al campo, al extremo de una escalera secreta practicada en el espesor del muro, una escalera como se encuentran tantas en las novelas. Por delante de esta puerta pasaba un camino, y en la puerta había una campana, porque los campesinos, para evitarse un rodeo, nos traían las provisiones por allí.
«Te das cuenta del lugar ¿no es eso? Pues bien, ese año, cuando llegó el día de Reyes, hacía una semana que no había cesado de nevar. Parecía el fin del mundo. Cuando íbamos á las fortificaciones para contemplar la llanura, aquella inmensa extensión blanca, blanca y helada que brillaba como si le hubiesen dado una mano de barniz, nos metía el frío en el alma. Se hubiera dicho que Dios empaquetaba la tierra para enviarla al granero de los viejos mundos, y te aseguro que aquello era muy triste.
«Vivíamos en familia y éramos muchos: mi padre, mi madre, mi tío y mi tía, mis dos hermanos y mis cuatro primas, lindas muchachas, de las cuales, la más pequeña es mi mujer. De tanta gente sólo vivimos tres, mí mujer, mi cuñada que vive en Marsella, y yo. ¡Canastos! ¡qué pronto se acaba una familia! Sólo al pensarlo me pongo á temblar. Entonces tenía quince años, ahora... ahora tengo cincuenta y seis.
«En fin, íbamos á celebrar la fiesta de Reyes, y todos estábamos contentos, muy contentos. En el salón esperábamos la comida, cuando mi hermano mayor, Jaime, dijo: 'Desde hace diez minutos, un perro está ladrando en la llanura: debe ser un animal perdido...'.
«Y no había concluido de hablar cuando sonó la campana del jardín. La campana sonaba como las de las iglesias y hacía pensar en los muertos. Todos nos estremecimos. Mi padre llamó al criado y le ordenó que fuese á ver quién era, y esperamos guardando profundo silencio: pensábamos en la nieve que cubría la tierra. Volvió el hombre asegurando que no había visto á nadie, mas el perro seguía ladrando y sus aullidos nos indicaban que no había cambiado de sitio.
«Nos sentamos á la mesa, pero los más jóvenes especialmente estábamos un poco emocionados. Al servir el asado la campana sonó tres veces seguidas y sus toques fueron largos y vibraron de tal manera que todos nos quedamos sin aliento. Con el tenedor en la mano nos miramos sin atrevernos á hablar, escuchando atentamente, y dominados por una especie de miedo que tenía mucho de sobrenatural.
«Mi madre fué la primera que abrió la boca para decir: 'Es raro que hayan tardado tanto en llamar de nuevo: Bautista, no vaya solo, uno de estos señores le acompañará'.
«Mi tío Francisco se puso en pie. Era un hércules, muy orgulloso de su fuerza y que no temía á nada ni á nadie. Mi padre le dijo: 'Toma una escopeta; no se sabe lo que puede ser'.
«Pero mi tío no hizo caso, cogió un bastón, y salió con el criado.
«Los demás nos quedamos temblando de terror y de angustia sin atrevernos á comer ni á hablar. Mi padre intentó tranquilizarnos: 'Veréis, nos dijo, como será algún mendigo ó algún caminante que se habrá perdido. Después de haber llamado una vez, y viendo que no le abrían en seguida, habrá intentado encontrar su camino, y al no conseguirlo, habrá vuelto á nuestra puerta'.
«Nos pareció que la ausencia de mi tío duraba una hora; cuando volvió estaba furioso y juraba: 'Nada, ¡recontra! es un guasón. Nada más que ese maldito perro ladrando á cien metros de la tapia. Si hubiese cogido la escopeta, creo que le hubiera matado para hacerle callar'.
«Se reanudó la comida pero todo el mundo era presa de viva ansiedad, pues se comprendía que algo había de ocurrir aún y que la campana sonaría de nuevo.
«Y sonó en el preciso momento en que se partía la torta de Reyes. Todos los hombres se levantaron á un tiempo. Mi tío Francisco, que había bebido champaña, afirmó que iba á matarle, y lo dijo tan furiosamente que mi madre y mi tía se abrazaron á él para que no lo hiciese. Mi padre, aunque muy tranquilo y casi impotente—el pobre arrastraba una pierna que se había roto de una caída de caballo,—declaró que quería enterarse de lo que aquello era y que iría á verlo. Mis hermanos, que tenían dieciocho y veinte años, corrieron á buscar sus escopetas, y como no hacían el menor caso de mí, me armé con una carabina de salón y me dispuse á acompañar á los expedicionarios.
«Y nos pusimos en marcha. Mi padre y mi tío, con Bautista que llevaba una linterna, iban delante; mis hermanos, Jaime y Pablo les seguían, y yo, á pesar de las súplicas de mi madre y de mi tía, que con mis primas se habían quedado en la puerta, cerraba la comitiva.
«Hacía una hora que la nieve caía con fuerza y los árboles estaban completamente blancos. Los pinos se inclinaban cediendo al peso de su lívida vestidura, semejando blancas pirámides ó enormes pilones de azúcar, y á través de la cortina que los copos formaban, apenas se veían los arbustos. Tan espesa era la nieve, que á diez pasos no se veía nada, pero la linterna iluminaba una gran cantidad de espacio. Cuando empezamos á bajar por la escalera de caracol tallada en el muro, tuve miedo, mucho miedo. Me parecía que alguien venia detrás de mí, que iba á cogerme por los hombros y á levantarme en vilo, y tentado estuve de desandar lo andado, pero, como era preciso atravesar todo el jardín, no me atreví.
«Oí que abrían la puerta que dada al campo y que mi tío empezaba á jurar otra vez: 'Recorcho ¡No hay nadie! Si llego á distinguir su sombra, me parece que ese ma... no se escapará'.
«Ver la llanura, ó mejor dicho adivinarla, pues no se la veía, era cosa siniestra: únicamente se distinguía un inmenso velo de nieve, á derecha, á izquierda, por todas partes.
«Mi tío repuso: 'Allí está el perro que ladra: voy á enseñarle que tengo buena puntería, siempre será algo'.
«Pero mi padre, que era muy bueno, lo impidió diciéndole: 'Más vale que vayamos á buscarle, pues el pobre animal ladra porque tiene hambre. Y ladrando pide socorro: llama como llamaría un hombre en situación desesperada... Vamos'.
«Y echamos á andar á través de la sábana de nieve, especie de musgo blanco que llenaba la noche y el aire, que se agitaba, flotaba, caía, y al fundirse helaba la carne; helaba la carne como hubiera podido abrasarla, con dolor vivo y rápido producido por el contacto de los pequeños copos blancos.
«En aquella pasta blanca y fría nos hundíamos hasta la rodilla, y para andar era preciso que levantásemos mucho las piernas. Á medida que adelantábamos, los ladridos del perro iban siendo más claros y más fuertes. Mi tío gritó: 'Ahí está', y nos detuvimos para observarle, como debe hacerse frente á un enemigo que se encuentra en medio de la noche.
«Como iba detrás tuve que acercarme á los otros para verlo, y aquel perro grande, negro, perro mastín de largo pelo y cabeza de lobo, plantado sobre sus cuatro patas al extremo del círculo de luz que sobre la nieve dibujaba la linterna, ofrecía un aspecto horrible y fantástico á la vez. No se movió; se había callado, y nos miraba.
«Mi tío dijo: 'Es raro; ni avanza ni retrocede: ganas tengo de pegarle un tiro'.
«Mi padre replicó con firmeza: 'No, es preciso ir á buscarlo'.
«Entonces mi hermano Jaime añadió: 'Pero no está solo: á su lado hay algo'.
«En efecto, detrás del perro había algo, un bulto gris, que no se podía distinguir lo que era. Tomando las necesarias precauciones volvimos á ponernos en marcha.
«Al ver que nos acercábamos, el perro se sentó sobre el cuarto trasero. Y no parecía malo, y cualquiera le hubiese creído contento por haber logrado atraer gente.
«Mi padre fué recto á él, le acarició, y el perro le lamió las manos; y entonces se vió que estaba atado á la rueda de un cochecito, de una especie de coche de juguete completamente envuelto con tres ó cuatro mantas de lana. Se levantaron con cuidado las ropas, y cuando Bautista acercó la linterna al cochecillo que parecía un enorme nido con ruedas, distinguimos á un niño que dormía en el fondo.
«La cosa nos sorprendió de tal manera, que no pudimos articular una palabra. Mi padre fué el primero que recobró la sangre fría, y como era hombre de gran corazón y de alma algo exaltada, extendió la mano sobre el pequeñuelo y dijo: '¡Pobre abandonado, tú serás de los nuestros!'. Y ordenó á mi hermano Jaime que hiciese rodar con cuidado el cochecillo.
«Mi padre, pensando alto, añadió:
'Algún hijo del amor cuya pobre madre habrá venido esta noche á llamar á mi puerta, esta noche de Epifanía, en recuerdo del Niño-Dios'.
«Se detuvo de nuevo, y dirigiéndose hacia los cuatro puntos del horizonte gritó cuatro veces con todas sus fuerzas: '¡Le hemos recogido!'. Luego, apoyándose en el hombro de su hermano murmuró: '¿Y si hubieses tirado apuntando al perro, Francisco?'.
«Mi tío no contestó, pero hizo la señal de la cruz, pues á pesar de sus fanfarronadas era muy católico.
«El perro, al que habían desatado, nos seguía.
«Y lo verdaderamente encantador fué la llegada á casa. Trabajo costó subir el cochecillo por la escalera, pero al fin se consiguió y se le hizo llegar hasta el vestíbulo.
«¡Qué contenta se puso mi madre! Y mis primas, la menor tenía seis años, parecían polluelos alrededor de un nido. Al fin se sacó al niño del coche, y se vió que era una niña que lo más tendría seis semanas, y entre los pañales se encontraron diez mil francos en oro, sí, diez mil francos, que papá colocó para hacerle una dote. No era hija de pobres... tal vez de algún noble y de una burguesita de la ciudad,... tal vez... hicimos mil suposiciones pero nunca llegamos á saber nada, nada... Ni siquiera el perro fué reconocido por nadie; era extraño en el país. Pero, en todo caso, él ó la que había venido á llamar tres veces á nuestra puerta, conocía perfectamente á mis padres.
«He ahí cómo la señorita Perla entró, á la edad de seis semanas, en la casa Chantal.
«Por lo demás, fué mucho más tarde cuando la llamaron señorita Perla, pues al bautizarla se le pusieron los nombres: 'María, Simona, Clara', y Clara tenía que servirle de apellido.
«Te aseguro que la entrada en el comedor, con aquel rorro despierto que miraba á su alrededor y fijaba en las personas y las luces sus ojos azules, fué cosa digna de ser vista.
«Nos sentamos otra vez á la mesa y se distribuyó la torta. Yo fuí el rey, y como usted, hace un momento, elegí por reina á la señorita Perla que ese día, estaba muy distante de comprender el gran honor que se la dispensaba.
«En fin, la niña fué adoptada y educada en la familia. Creció, pasaron los años, era amable, cariñosa, obediente, y como todo el mundo la quería, si mi madre no lo hubiese impedido, la hubieran mimado de modo abominable.
«Mi madre era mujer de orden y de jerarquía. Trataba á Clarita como á sus propios hijos, pero con todo, quería que la distancia que nos separaba estuviese bien señalada y la situación bien establecida.
«Así que, en cuanto la niña pudo comprender, se le hizo conocer su historia, y lograron que en su espíritu penetrase, suave y tiernamente, la convicción de que era una hija adoptiva de los Chantal, una criatura recogida, en una palabra, una extraña.
«Clara, con extraordinaria inteligencia y con sorprendente instinto, se dió cuenta de la situación, y supo colocarse en el lugar que le correspondía con tanto tacto, gracia y gentileza, que muchas veces hacía llorar á mi padre.
«Hasta mi misma madre, emocionada por el apasionado reconocimiento y la abnegación algo temerosa de aquella linda criatura, empezó á llamarla 'hija mía'. Y á veces, cuando la niña había hecho algo bueno ó delicado, mi madre se colocaba las gafas sobre la frente, en ella signo evidente de emoción, y repetía: '¡Pero esta criatura es una perla, una verdadera perla!'. Y ese nombre fué el que quedó á la pequeña Clara, que para nosotros se convirtió en 'la señorita Perla'».