IV
El señor Chantal se calló. Estaba sentado en un ángulo del billar, caídas las piernas, con una bola en la mano izquierda, y arrugando con la derecha el paño que servía para borrar los tantos que se marcaban en la pizarra, y que nosotros habíamos bautizado con el nombre de «el paño de la tiza». Algo colorado, con voz sorda, y metido de lleno en el campo de sus recuerdos, hablaba para sí recorriendo despacio los caminos de las cosas pasadas y de los antiguos recuerdos que en su imaginación despertaban como, al pasear por el jardín de la casa solariega donde se ha crecido, cada árbol, cada sendero, cada planta, los puntiagudos arbustos, el laurel que tan bien huele, y los tejos cuyo rojo grano se aplasta entre los dedos, hacen surgir, á cada paso, un hecho de nuestra vida pasada, uno de esos hechos insignificantes, deliciosos, que componen el fondo mismo, la trama de la existencia.
Yo, apoyado de espalda á la pared, y teniendo en la mano el taco inútil, le escuchaba atentamente.
Pasado un minuto repuso: «¡Canastos! ¡Y á los dieciocho años era guapa!... Y graciosa... y perfecta... ¡Ah!... Bonita, buena, y encantadora muchacha... Tenía unos ojos así, ojos grandes, azules, transparentes y claros, ojos como no he visto nunca...».
Se calló y yo pregunté: «¿Y por qué no se ha casado?».
Él contestó, pero no á mí, contestó á esta palabra «casado».
—«Por qué, por qué... Pues porque no ha querido... no ha querido. Y eso que tenía treinta mil francos de dote y la pidieron varias veces... pero no quiso... En esa época estaba muy triste. Entonces fué cuando me casé con mi prima, la pequeña Carlota, mi mujer, con quien tuve relaciones durante seis años».
Miré al señor Chantal y me pareció que penetraba en su alma, que penetraba en uno de esos dramas crueles y humildes de los corazones honrados, corazones rectos, sin reproche, uno de esos corazones cerrados é inexplorados que nadie conoce, ni siquiera aquellos que son sus víctimas mudas y resignadas.
Y, empujado por irresistible curiosidad, pregunté:
—¿Era usted quien debía casarse con ella, señor Chantal?
Se estremeció, me miró con fijeza, y dijo:
—¿Yo? ¿Casarme?... ¿Con quién?
—Con la señorita Perla.
—Y ¿por qué?
—Pues porque la quería mucho más que á su prima.
Me miró con ojos extraviados, redondos, llenos de espanto, y al fin balbució:
—¿Que yo la quería?... ¿yo?... ¡Cómo!... ¿Quién te ha dicho semejante cosa?
—¡Diablo! preciso es ser ciego para no verlo... y por esta misma causa tardó usted tanto en casarse con su prima que estuvo seis años esperándole.
Soltó la bola que tenía en la mano izquierda, se cubrió la cara con el paño de la tiza, y apoyando los codos en la mesa se puso á sollozar. Y lloraba con desolación ridícula, como llora una esponja que se oprime con fuerza, por los ojos, la nariz y la boca; todo á un tiempo. Tosía, escupía, se sonaba con el paño de la tiza y se secaba con él los ojos, y luego las lágrimas volvían á correr por todas las arrugas de su rostro, y á las lágrimas acompañaban unos ronquidos que recordaban los gargarismos.
Yo, entre asustado y avergonzado, no sabía qué decir, qué hacer ni qué intentar.
De pronto, la voz de la señora Chantal resonó en la escalera: «¿Acabáis pronto de fumar?».
Abrí la puerta y grité: «Sí, señora; en seguida bajamos».
Luego me precipité hacia su marido y cogiéndole por los brazos le sacudí con fuerza: «Señor Chantal, mi amigo Chantal, escúcheme—le dije:—su mujer nos llama, tranquilícese pronto, que es preciso bajar».
El tartajeó: «Sí, sí,... ya voy... pobre, pobre muchacha... diga que ya voy».
Y empezó á enjuagarse concienzudamente la cara con el paño que, desde hacía dos ó tres años, borraba los tantos que en la pizarra se marcaban, y apareció mitad blanco y mitad rojo, la frente, la nariz, las mejillas manchadas con tiza, y los ojos todavía llenos de lágrimas.
Le cogí las manos y le llevé hasta su habitación diciéndole con voz baja: «Le ruego que me perdone, amigo Chantal, por haberle entristecido, pero yo no sabía,... yo no sabía, comprende usted...».
Abrazándome, murmuró: «Sí,... sí,... hay momentos muy difíciles...».
Luego hundió la cabeza en la palangana, y aunque cuando la sacó no me pareció del todo presentable, se me ocurrió una idea hábil. Como su inquietud crecía al mirarse al espejo, le dije: «Diremos que se le ha metido un grano de polvo en el ojo, y así podrá llorar cuanto quiera delante de todo el mundo».
Con efecto, bajó frotándose los ojos con el pañuelo, y todo el mundo se alarmó: no hubo quien no intentase buscar el grano de polvo que, como es natural, nadie pudo encontrar, y se contaron casos parecidos en los cuales había sido necesaria la intervención del médico.
Yo me había sentado junto á la señorita Perla y la miraba atormentado por tan ardiente curiosidad que casi se convertía en sufrimiento. Efectivamente, debía haber sido muy linda, con ojos dulces, tranquilos y tan grandes que parecía no se habían de cerrar nunca. El traje era algo ridículo, verdadero traje de solterona, y no le hacía ningún favor.
Y me parecía que veía en ella, como hacía un momento había visto en el alma del señor Chantal, y que en su alma leía desde el principio hasta el fin toda la historia de su vida, la historia de su vida humilde y llena de abnegación; pero á mis labios acudía la necesidad de interrogarla, de saber sí ella también había querido, si, como él, había sufrido ese interminable sufrimiento secreto, agudo, que no se ve, que no se manifiesta, que no se adivina pero que se siente durante la noche y en la soledad de la negra habitación. Yo la miraba, veía que su corazón latía con fuerza, y me preguntaba si aquel rostro cándido, durante las noches se habría apoyado con fuerza en la almohada y gemido y sollozado, y si su cuerpo, con ardorosa fiebre, se habría sacudido con violentas sacudidas.
Y con voz muy baja, como hacen los niños cuando rompen un juguete para ver lo que hay dentro, le dije: «Si hubiese visto llorar al señor Chantal hace un momento, le hubiera compadecido».
Se estremeció: «¡Cómo! ¿Lloraba?».
—Sí, y lloraba mucho.
—Y ¿por qué?
Estaba emocionadísima y yo continué:
—Por usted.
—¿Por mí?
—Sí. Me contaba lo mucho que en otros tiempos la había querido, y el trabajo que le había costado decidiese á casarse con la que hoy es su mujer en vez de casarse con usted...».
Su pálido rostro se alargó un poco; sus ojos siempre abiertos, sus ojos tranquilos, se cerraron de pronto y tan rápidamente que parecieron cerrarse para siempre, y resbalando de la silla al suelo, cayó suavemente, lentamente, como hubiera podido caer una cinta de seda...
Y grité: «¡Socorro! La señorita Perla se ha puesto mala».
La señora Chantal y sus hijas se precipitaron hacia ella, y mientras buscaban agua, una toalla y vinagre, cogí el sombrero y me marché.
Y me marché corriendo, con el corazón oprimido y lleno de remordimientos y de pesar. Pero, con todo, estaba contento, pues me parecía haber hecho una cosa laudable y necesaria.
Y me preguntaba: «¿He hecho bien? ¿He hecho mal?». Los pobres conservaban eso en su alma como queda el plomo en una herida cerrada. ¿No serán más dichosos ahora? Es ya demasiado tarde para que la tortura empiece de nuevo, y aún es tiempo para que la recuerden con ternura.
Y tal vez una de las noches de la próxima primavera, turbados por un rayo de luna que iluminará la hierba, se estrecharán la mano en recuerdo de tanto sufrimiento, de ese sufrimiento ahogado y cruel: y tal vez también ese corto apretón de manos hará que por sus venas pase algo de ese estremecimiento que no han conocido, y comunicará en un segundo á esos muertos resucitados, la rápida y divina sensación de esa embriaguez, de esa locura que proporciona á los enamorados, con un sólo estremecimiento, mayor felicidad de la que los otros hombres pueden recoger en toda su vida.