II
Dionisio salvó á su amo: pasó noches enteras sin dormir ni salir de la habitación del enfermo, le preparó las medicinas, las tisanas, las pociones, le tomaba el pulso contando ansiosamente las pulsaciones, y le cuidó con la habilidad de un enfermero y con la abnegación de un hijo.
Le preguntaba á cada momento:
—Y bien, mi amo ¿cómo se encuentra usted?
Á lo que Marambot contestaba con voz débil:
—Un poco mejor, muchacho, muchas gracias.
Y cuando el herido despertaba por la noche, sucedía con frecuencia que sorprendía á su guardián llorando en su butaca y enjugándose silenciosamente los ojos.
Jamás el ex farmacéutico se había visto tan cuidado ni tan mimado. En un principio se había dicho:
—Cuando esté restablecido me desembarazaré de ese granuja.
Pero, á pesar de que ya estaba en pleno período de convalecencia, retardaba el momento de separarse del que había pretendido asesinarle. Pensaba que nadie hubiera tenido con él tantas atenciones, y le anunció que había depositado un testamento en casa de su notario en el que, si un nuevo accidente le ocurría, le denunciaba.
Esta precaución pareció que le ponía á cubierto de toda nueva tentativa, y se preguntaba si no sería prudente conservar á su lado á aquel hombre, claro está que vigilándole atentamente.
Lo mismo que en otros tiempos, cuando vacilaba para adquirir una farmacia más importante, no podía decidirse á adoptar una resolución.
—Siempre llego á tiempo,—se decía.
Y como Dionisio continuaba dando pruebas de ser un servidor incomparable y Marambot estaba completamente restablecido, le conservó á su lado.
Ahora bien, una mañana, cuando concluía de almorzar, le sorprendió un ruido extraordinario que procedía de la cocina. Allí se dirigió y encontró que dos gendarmes sujetaban á Dionisio. Gravemente, el brigadier tomaba notas en su cuaderno.
En cuanto vió á su amo, el criado se puso á sollozar diciendo:
—Me ha denunciado usted y eso no esta bien porque al hacerlo ha faltado á lo que me había prometido. Ha faltado usted á su palabra de honor, señor Marambot, y eso no está bien, no está bien...
Marambot, estupefacto y desolado al ver que se ponía en tela de juicio su lealtad, levantó la mano diciendo:
—Ante Dios te juro, muchacho, que no te he denunciado. Ignoro cómo los señores gendarmes han podido tener noticia de que habías intentado asesinarme.
El brigadier se estremeció:
—¿Dice usted, señor Marambot, que intentó asesinarle?
El farmacéutico, sin saber lo que decía, respondió:
—Sí, sí... pero yo ni le he denunciado ni he dicho nada... Juro que no he dicho nada... Desde entonces me ha servido admirablemente..
El brigadier, muy severamente, dijo:
—Tomo nota de cuanto acaba usted de decir, y crea señor Marambot, que la justicia apreciará este nuevo motivo que ignoraba. Tengo la comisión de detener á su criado por haber robado dos patos al señor Duhamel, de cuyo delito hay testigos. Ruego á usted, señor Marambot, que me perdone, pero tengo que dar cuenta de su declaración.
Y volviéndose hacia sus hombres agregó:
—Vamos, en marcha.
Y los gendarmes se llevaron á Dionisio.