III
El abogado acababa de alegar la locura y apoyaba uno en otros los dos delitos para dar más fuerza á su argumentación. Y había demostrado claramente que el robo de los dos patos procedía del mismo estado mental que las ocho puñaladas dadas en la persona del señor Marambot. Finalmente había analizado todas las fases de ese estado pasajero de alienación mental que sin duda cedería después de algunos meses de tratamiento en una excelente casa de salud. De manera entusiasta había hablado de la continuada abnegación del honrado servidor, y de los incomparables cuidados con que había rodeado á su amo, por él herido en un momento de extravío.
Este recuerdo, que conmovió hasta el fondo del alma á Marambot, hizo que se le llenasen los ojos de lágrimas.
El abogado lo advirtió, extendió los brazos desplegando las anchas mangas de su toga, negras como las alas de un cuervo, y con entonación vibrante exclamó:
—Fíjense, fíjense los señores jurados en esas lágrimas. Ahora ¿qué podré decir en favor de mi defendido? ¿Qué discurso, qué razonamientos y qué argumentos han de tener más fuerza que esas lágrimas de su amo? Dicen mucho más de lo que yo puedo decir, y hablan más alto que la ley. Esas lágrimas dicen á gritos: «¡Perdón para el insensato de una hora!» Esas lágrimas imploran, absuelven, bendicen...
Y se calló.
Entonces el presidente se volvió hacia Marambot, cuya declaración había sido excelente para su criado, y le preguntó:
—Pero en fin, caballero, aun admitiendo que usted haya considerado á ese hombre como á un demente, eso no explica que le conservase á su lado, pues no por esto dejaba de ser peligroso.
Á lo que Marambot, enjugándose los ojos, contestó:
—Qué quiere el señor presidente... en estos tiempos es tan difícil encontrar buenos criados, que seguramente hubiese perdido cambiando.
Y Dionisio fué absuelto, y por cuenta de su amo le enviaron á una casa de orates.