II
Y sucedió que Tonico quedó imposibilitado á consecuencia de un ataque de parálisis. Acostaron al coloso en una alcobita junto al café, á fin de que pudiese oir cuanto se dijese y charlar con los amigos, pues su cabeza se conservaba sana mientras su cuerpo, un cuerpo enorme, imposible de mover ni de levantar, estaba condenado á inmovilidad absoluta. En los primeros tiempos se creyó que las piernas recobrarían algunas fuerzas, pero esa esperanza no tardó en desvanecerse, y Tonico-mi-triple pasó los días y las noches en su cama, que sólo se hacía una vez por semana, y eso con la ayuda de cuatro vecinos que levantaban al tabernero, cogiéndole por los cuatro remos, mientras volvían y sacudían el jergón y los colchones.
Y á pesar de todo, conservaba su alegría, pero era distinta, más tímida, más humilde, sintiendo temores de niño ante su mujer, la cual pasaba los días quejándose.
—Ahí está, ahí está—decía;—ese gandul, ese sinvergüenza, ese borracho, ahí está. Buena, buena la has hecho.
Él no contestaba, contentándose con guiñar los ojos cuando la vieja volvía la espalda. Por lo demás, no podía hacer ningún otro movimiento.
Su mayor distracción consistía en escuchar lo que se decía en el café y en dialogar desde la cama con los amigos cuyas voces reconocía:
—¡He, sobrino!—gritaba,—¿eres tú, Celestino?
Y Celestino Maloisel respondía:
—Yo soy, tío Tonico. ¿Cuándo galoparás borricote?
—Galopar, todavía no; pero no adelgazo y la tripa no va mal.
No tardó en hacer que sus íntimos entrasen en la habitación y le hiciesen compañía por más que al ver que bebían sin él se desesperaba. Y repetía constantemente.
—Mi yerno, eso de no poder saborear mi triple me llega al alma. Lo demás me importa un pepino, pero eso de no beber...
Entonces la cabeza de gato montés de la vieja aparecía en la ventana y decía á gritos:
—Ahí lo tenéis, ahí lo tenéis, á ese sinvergüenza al cual es preciso dar de comer, lavar y limpiar como á un cerdo.
Y cuando la vieja había desaparecido, sucedía con frecuencia que un gallo con plumas rojas se asomaba á la ventana, miraba con sus ojos redondos y curiosos lo que pasaba en el interior de la habitación, y soltaba un sonoro ki-ki-ri-ki. Y á veces también una ó dos gallinas volaban hasta los pies de la cama buscando las migas esparcidas por el suelo.
Los amigos de Tonico-mi-triple abandonaron pronto la sala del café para hacer tertulia alrededor del lecho del paralítico, pues aun enfermo como estaba, todavía les hacía reir. El maldito hubiera hecho desternillar al mismo diablo. Entre ellos había tres que acudían diariamente: Celestino Maloisel, alto, delgado, y un poco torcido como el tronco de un manzano; Próspero Horslaville, delgadito, bajo, con nariz de hurón y astuto como una zorra, y Cesáreo Paumelle que aun cuando no hablaba nunca no por esto dejaba de divertirse.
Traían una tabla del patio, la apoyaban en la cama, y allí jugaban partidas de dominó que á veces duraban desde las dos hasta las seis de la tarde.
Pero, la vieja Tonica llegó á mostrarse insoportable y no podía tolerar que su marido continuara divirtiéndose y jugase al dominó desde la cama; así que, cada vez que veía una partida empezada, se ponía furiosa, tiraba la tabla, cogía las fichas y se las llevaba al café, diciendo que ya era bastante eso de dar de comer á aquel gordo cebón que no hacía nada, ni para nada servía, para tener que soportar aún que se divirtiese y burlase de los que pasaban el día trabajando.
Celestino Maloisel y Cesáreo Paumelle inclinaban la cabeza, pero Próspero Horslaville provocaba á la vieja y se divertía enfureciéndola.
Un día, viéndola más exasperada que de costumbre, la dijo:
—¡He, tía Tonica! ¿Sabe usted lo que yo haría si me encontrase en su lugar?
Ella, clavando en su interlocutor sus ojos de lechuza, esperó á que se explicase.
—Pues—añadió—como su hombre parece un horno, le haría empollar huevos.
La vieja se quedó estupefacta pensando que se burlaban de ella y fijándose en la cara pequeña y astuta del labrador, quien agregó:
—Le pondría cinco bajo un brazo, cinco bajo otro, y lo haría el mismo día que pusiera á empollar la clueca. Nacerían á un tiempo, y cuando los polluelos hubiesen roto el cascarón, se los daría á la gallina para que los criase. Y sería un negocio.
La vieja, desconfiando, preguntó:
—¿Eso puede ser?
—¡Ya lo creo que puede ser! ¿Por qué no ha de poder ser? Del mismo modo que se empollan huevos en una caja caliente, se pueden empollar en una cama.
Esta explicación le pareció muy razonable y se fué pensativa y tranquila.
Ocho días más tarde entró en la habitación de Tonico con el delantal lleno de huevos. Y le dijo:
—Acabo de poner diez huevos en el nido de la rubia y te traigo otros diez á ti, procura no romperlos.
—Pero ¿qué quieres?—preguntó con asombro Tonico.
—Pues que los empolles, sinvergüenza.
Al principio se rió, pero como ella insistiese, llegó á enfadarse, quiso resistir, y se negó resueltamente á que le pusiese bajo los brazos los huevos aquéllos que con su calor tenía que empollar.
Pero la vieja, furiosa, le dijo:
—Pues si no los tomas, no comerás. Ya veremos lo que sucederá.
Tonico, inquieto, no quiso contestar.
Cuando dieron las dos llamó pidiendo la sopa.
—No hay sopa para ti, gandul—le gritó la vieja desde la cocina.
Creyó que era una broma y esperó, luego rogó, suplicó, juró, dió puñetazos á las paredes, pero tuvo que resignarse á que le metiesen cinco huevos en cada sobaco. Después se le dió la sopa.
Cuando sus amigos llegaron creyeron que estaba muy mal, tan inquieto y molesto parecía.
Luego jugaron la partida diaria; pero Tonico, á juzgar por la lentitud y las precauciones con que extendía la mano para coger las fichas, debía divertirse muy poco.
—¿Te han amarrado el brazo?—le preguntó Horslaville.
—Parece que tengo un peso en el hombro,—respondió Tonico.
De pronto, alguien entró en el café y los jugadores callaron.
Eran el alcalde y su secretario, que pidieron dos copitas de triple y se pusieron á hablar de cosas del país, y como conversaban en voz baja Tonico se quiso enterar de lo que decían, y olvidándose de los huevos hizo un movimiento brusco para pegar la oreja á la pared. Y se echó sobre una tortilla.
Por el taco que soltó, la vieja adivinó el desastre y lo descubrió; primero quedó inmóvil, indignada, demasiado sofocada para hablar ante aquel cataplasma amarillo pegado al costado de su marido.
Luego, temblando de rabia, se lanzó sobre el paralítico y empezó á golpearle el vientre, y sus manos caían una tras otra, con ruido sordo y como si estuviese lavando ropa en la charca.
Los amigos de Tonico reventaban de risa, tosían, estornudaban, daban gritos; mas, el hombre, muy sofocado, paraba prudentemente los ataques de su mujer para no romper los cinco huevos que tenía al otro lado.