III

Tonico fué vencido: tuvo que empollar y que renunciar á las partidas de dominó, renunciando al mismo tiempo á todo movimiento, pues la vieja, cada vez que rompía un huevo, le cortaba los víveres con terrible ferocidad.

Pasaba las horas echado boca arriba, con los ojos fijos en el techo, inmóvil, con los brazos levantados como alas, y calentando con el calor de su cuerpo los gérmenes encerrados en los blancos cascarones.

Hablaba en voz baja como si temiese tanto al ruido como á los movimientos, y se informaba de la rubia que en el gallinero hacía el mismo trabajo que él.

Y le preguntaba á su mujer:

—¿La rubia come por la noche?

Y la vieja iba de las gallinas á su marido obsesionada, poseída por la preocupación de los polluelos que maduraban en el nido y en la cama.

Las gentes del país que conocían la historia, venían, curiosos y muy serios, á informarse del estado de Tonico. Entraban en su habitación andando de puntillas, como se entra en el cuarto de un enfermo, y preguntaban con interés:

—¿Cómo va?

—No va mal, no va mal—respondía Tonico;—pero parece que un regimiento de hormigas se me pasea por la piel.

Ahora bien, una mañana entró su mujer, y con visible emoción le dijo:

—La rubia tiene siete. Había tres huevos malos.

El corazón de Tonico latió con violencia.—Él, ¿cuántos tendría?

Y preguntó:

—¿Será pronto?

—Así lo espero—contestó la vieja, torturada por el temor de un fracaso.

Y esperaron. Los amigos, enterados de lo que debía ocurrir, se mostraban inquietos; de la cosa se hablaba en todas las casas, y la gente se informaba de puerta en puerta.

Á eso de las tres, Tonico se quedó medio dormido, pues pasaba durmiendo la mayor parte del tiempo. Inusitado cosquilleo debajo del brazo izquierdo le despertó repentinamente, y llevando allí la mano derecha, cogió á un pollito cubierto de vello amarillo que se agitaba entre sus dedos.

Tan grande fué su emoción, que empezó á chillar, y soltó el polluelo que se puso á pasearse por el pecho. El café estaba lleno de gente, los bebedores se precipitaron, invadieron la habitación, formaron círculo alrededor de la cama como suele hacerse alrededor de un saltimbanqui, y la vieja cogió con mil precauciones al animalito, que se había refugiado entre las barbas de su marido.

Nadie hablaba. Era un día de abril, cálido, y por la ventana se oían los cacareos de la clueca llamando á los recién nacidos.

Tonico, que sudaba de emoción, de angustia y de inquietud, murmuró:

—Tengo otro debajo del brazo izquierdo.

Su mujer metió en la cama su descarnada mano y, con precauciones de comadrona, sacó á la luz el segundo polluelo.

Los vecinos quisieron verlo, y todos se fijaron en él tan atentamente como si se tratase de un fenómeno.

Durante veinte minutos no nació ninguno, pero luego salieron cuatro á un tiempo.

Aquello provocó una tempestad de rumores, y Tonico, satisfecho con su éxito, sonrió enorgullecido por su extraña paternidad. Al fin y al cabo, lo que hacía no se había visto hasta entonces... ¡Qué casta de hombre!

—¡Seis! ¡Santo Dios, qué bautizo!—gritó.

Los presentes soltaron la carcajada. EL café estaba lleno, y ante la puerta esperaba mucha gente. Todos preguntaban:

—¿Cuántos hay?

—¡Hay seis!

La tía Tonica llevaba á la clueca su nueva familia, y la gallina cocleaba á más no poder, erizaba las plumas y extendía sus alas para abrigar á su creciente prole.

—¡Uno más!—gritó Tonico.

Pero se había equivocado, ¡eran tres! Aquello fué un triunfo... El último rompió el cascarón á las siete. ¡Todos los huevos eran buenos! Y Tonico, enloquecido por el contento, libre y feliz, besó al animalito, al que por poco ahoga entre sus labios. Quiso guardarle con él, en su propia cama, hasta el día siguiente; pero la vieja se lo llevó, como se había llevado á los demás, sin hacer caso de las súplicas de su marido.

Los asistentes, encantados, se fueron hablando del suceso, y Horslaville, que se quedó el último, preguntó:

—Di, tío Tonico, ¿me convidas á comer el primero?

Al oir la palabra comida, el rostro de Tonico se iluminó, y dijo:

—Pues ya lo creo que te convido, sobrino, faltaría más...