SÉPTIMA CARTA DE APOLODORO.
Desde julio de 348 hasta 8 del mismo mes del año 347 antes de J. C.
Olinto ya no existe. Sus riquezas, sus fuerzas, sus aliados, catorce mil hombres que les habíamos enviado en diferentes veces, nada ha podido salvarla. Filipo, rechazado en todos los asaltos, valido de unos traidores se ha metido por último en esta ciudad desgraciada. Casas, pórticos, templos, todo lo ha destruido el hierro o el fuego, y en breve se preguntará «¿dónde fue Olinto?». Filipo ha puesto en venta a los habitantes, y dado muerte a dos hermanos suyos que habían tomado asilo en aquella ciudad algunos años antes.
La Grecia está consternada temiendo perder su libertad y su poder. ¿Cómo podrá defenderse contra un príncipe que dice y prueba con frecuencia que no hay muralla que no pueda saltar fácilmente un asno cargado de oro? Las demás naciones han aplaudido los decretos fulminantes que hemos expedido contra los que han hecho traición a los olintios; pero es preciso hacer justicia a los vencedores que, indignados de esta perfidia, la han afeado a los culpados. Eutícrates y Lástenes se han quejado de ello a Filipo, quien les ha contestado: «Los soldados macedonios son todavía tan rudos que llaman a cada cosa por su nombre».