IX
Cuando creíamos que los norteamericanos estaban como el pez en el agua, con sus instituciones democráticas—¿nos habrán refregado el morro con ellas, hablando pronto y claro, nuestros sociólogos de corrillo intelectual y lata libre?,—ahora salimos con que el pez es rana y el agua de charca, y de las más corrompidas, y las ranas no se contentan con pedir un rey para cambio de sus males, sino que piden nada menos que un emperador. Mejor dicho, es posible que no sean las ranas, sino el único que no es rana quien lo pide. Como aquel personaje de un fin de fiesta, interpretado por Mariano Fernández, que, harto de las molestias que una finca de recreo le produce, se decide á ponerla en venta, porque dice el: Mal vendida, ya podrán darme cinco mil duritos por ella. Y al poco rato insiste en su propósito: Nada, nada, yo vendo esta finca ... ¿Quién me dijo que me daba por ella cinco mil duros?... ¡Ah! Fuí yo mismo. ¿Quién dijo que los norteamericanos necesitaban un emperador? El mismo, Teodoro Roosevelt, de imperial y sonoro nombre, ese Napoleón que, más afortunado que el primero, recoge los laureles de la guerra y cobra en buenas coronas—¡oh, presagios!—la oliva de la paz.
Yo celebraré la realización de esos imperiales sueños, aunque no sea más que por ver á su alteza Alicia (así la llamaban de antemano) de alteza imperial efectiva; porque es seguro que habrá de dar mucho juego en clase de princesa, y á qué estamos los que hemos de agarrarnos al clavo ardiendo de la actualidad, antes de que se enfríe, para escribir de cosas, á los que más calienten, muevan y remuevan esa actualidad de ordinario monótona.
Pero ¡ay! qué difícil es estar á la última moda en nada y como hemos de vivir aquí siempre retrasados en literatura, en política, en filosofía ...
En dramaturgia, cuando nos damos á imitar á Ibsen, ya es Maeterlink lo que se lleva; cuando empezamos con éste, ya es D’Annunzio; y lo mismo en filosofía: cuando empezamos á sentirnos superhombres con Nietzche, ya es la filosofía rusa la que se cotiza por el mundo ó ya hemos vuelto á Platón; como decía aquel señor á quien pretendían pasmar sus amigos con toda clase de sicalipsis exóticas. Aquí ya hemos vuelto á lo de siempre. El caso es que siempre hemos de retrasar. He aquí que cuando todo un D. Benito Pérez Galdós en España, se hace republicano, todo un pueblo tan adelantado, tan práctico y tan vivo como los Estados Unidos, declara que la república y la democracia están mandadas á retirar.
Las buenas hadas de los infantiles cuentos madrinas en todos los bautizos de príncipes, con sus carrozas voladoras y su cortejo de elfos y silfos, minúsculos y alados, ya se apresuran para llegar en torno de la regia cuna á predecir felicidad; y el hada de la Poesía, la que tiene su reino en un rosal silvestre enrejado de zarzales, la que ni adula ni miente, sólo te dirá: Príncipe ó princesita; cuando todas las hadas con su lenguaje cortesano te predicen venturas, yo sólo te compadezco; te compadezco, por el odio y la envidia que zumbarán alrededor de tu cuna, sólo por ser regia, cuando todo es amor sobre cunas humildes; te compadezco por los preceptores que atormentarán tu inteligencia para cultivarla como flor de invernadero, sabedora de muchas ciencias, ignorante de la vida; por las adulaciones cortesanas que interpondrán siempre el velo encantado de Maya entre tus ojos y la verdad; por tus pasos, siempre vigilados; por tus acciones de todos sabidas, y cuando no sabidas, calumniadas; por tu corazón, del que dispondrá la razón de Estado; por toda esa esclavitud de los reyes y de los príncipes, que os hará sonreir con amargura cuando sepáis que vuestro pueblo pide libertad. ¡Libertad, que para vosotros quisierais! Y por todo esto, cuando todas las hadas con su lenguaje más cortesano te predicen felicidad, el hada de la Poesía, la que tiene su reino entre los rosales, enrejados de zarzales, el hada libre que ni miente ni adula, con todo su corazón compadece.
La fiesta de San Isidro es como la poesía lírica eminentemente subjetiva. Hallar motivo de esparcimiento en un paisaje risueño, á la sombra de árboles frondosos, sobre prados amenos y por fondo montañas siempre verdecidas y más lejos otras que azulean, no tiene gracia alguna: la decoración pone la mejor parte. Lo admirable es hallar ocasión de regocijo en un erial con cuatro estaquillas hojosas por toda vegetación, entre sucios tenderetes, mendigos harapientos, y allá arriba, como aviso supremo de un triunfo final de la muerte, digno de figurar entre los frescos del Camposanto de Pisa, la vista de los cementerios.
Sólo un pueblo como el madrileño es capaz de poner alegría sobre todo esto; esa alegría que tanto desconcierta á los extraños, que quieren persuadirnos de que no es tal alegría. Bien esta, será humorismo si ustedes quieren; pero es la misma que ríe del hambre, de la suciedad y de la truhanería en nuestras novelas picarescas; es la misma que ríe en los mendigos de Velázquez y de Goya, la misma que se desborda en la Plaza de Toros entre horrores de sangre y peligros de muerte; alegría que solo puede comprender el que sienta la espiritualidad de esos ascetas atormentados de los cuadros del Greco, alegría que no comprenden los extraños, porque es la alegría del «no importa», ese no importa que es toda la filosofía del alma castellana.
Somos pobres, nuestra tierra es triste, sabemos que hemos de morir, después ... nada sabemos; se reza ó se blasfema, según las horas; pero como no pedimos razón para vivir ni para alegrarnos en la vida, tampoco la pedimos para morir cuando es preciso; ya supo decirlo el pueblo del Dos de Mayo; el mismo que acude á la fiesta de San Isidro á divertirse de su propia alegría, en el erial desolado, entre mendigos harapientos y á la vista de un Camposanto.
Después del éxito comercial de la exposición de automóviles, en la que apenas queda coche sin vender, empezamos á ser distinguidas las personas que nos hemos quedado sin comprar uno. Por llegar tarde, no por otra cosa, porque según los jaleadores del democrático sport, el que no tiene auto es porque no quiere.
Hay coches baratísimos, el verdadero carro do povo, como llaman en Portugal al tranvía; el sostenimiento insignificante, los chauffeurs de balde, un apostolado por vocación, los neumáticos irrompibles, ¡Y los encantos del auto! ¡Higiene, cultura, poesía! ¡El aire libre de campos y montañas, la geografía y la topografía aprendidas del modo más fácil y práctico!... ¡El amor sano al paso! ¡Y qué paso! Aquí, sin exagerar, bien puede sentirse en Cádiz repercutir un beso dado en Cantón.
Pero digan lo que quieran los propagandistas del automóvil como panacea, no es su ejercicio muy propicio á los amores; desgasta mucha fuerza nerviosa y absorbe la atención demasiado. El juego, el automóvil y las corridas de toros, son los más terribles rivales de las mujeres. Un hombre sentado á una mesa de juego ó con el guía de un 40 H. P. en la mano ó sentado en una barrera de la plaza, ante una faena de Bombita ó de Machaquito, es insensible á las seducciones femeninas. Las mujeres lo saben; por eso, ya que no pueden competir con esas tres grandes aficiones de los hombres, han decidido compartirlas con ellos; y cuando una mujer sale jugadora, automovilista ó aficionada á toros, que se quiten todos los hombres, con la ventaja para las mujeres de que ellas pueden llevar su pasión al extremo: en el juego, hasta el croupier; hasta el chauffeur en el automóvil, y en los toros hasta el torero.
En la exposición de automóviles:
Un distinguido automovilista á una belleza recién lanzada á la circulación.
—¿Vienes á ver los automóviles? ¿Quieres comprar alguno?
—Ya lo creo.
—¿Pues sabes quien puede venderte uno?
—No; lo que quiero saber es quien puede comprármelo.
Entre mujeres de hombres políticos:
Una de ellas se queja á su amiga del marcado desvío que viene observando en su marido, desde algún tiempo. Su amiga, para consolarla:
—Eso es por disciplina política.
—¿ ...?
—Como tu marido es de los liberales, esta en plena abstención.
—Si es que ayer le sorprendí abrazando á la doncella.
—Entonces es que se ha pasado á los demócratas.
Dejemos al Congreso con sus discusiones de actas, dejemos á los liberales en su abstención y á los carlistas en su incontinencia; de todo eso se hace la Historia; la Historia, que va por encima, lo mismo en las naciones que en los individuos; mientras la vida va por dentro, tan hondo á veces que apenas percibimos sus pulsaciones. Por eso hay quien, atento sólo á la superficie bullidora, no vacila en declarar: Aquí se muere algo; pero aún vivimos, por lo menos aún queremos vivir.
La Agricultura, la Industria, el Comercio, alientan en exposiciones y concursos, á los que debe atenderse con mayor interés que al cubileteo de actas; esto es la Historia, mejor dicho, la chismografía de la Historia; lo otro es la vida, en la que debemos esperar salvación.
Si algunas veces he fustigado (según cliché) á nuestra aristocracia, no fué por prevención desfavorable contra ella, sino que puesto á satirizar y dada la natural y pícara preferencia del público por reir á costa de alguien, me pareció más piadoso hacer reir á costa de los que gozan de muchas ventajas en la vida, que á costa de los humildes que trabajan y padecen escasez de todo. Nunca me ha parecido que el tener hambre sea cosa de risa, y ya sabemos que en la mitad de nuestro teatro cómico es el hambriento principal motivo de regocijo.
Pero como nunca me dolieron prendas, soy el primero en reconocer que á nuestra aristocracia debe en primer lugar la agricultura española sus mayores progresos y adelantos. Buena prueba es la actual Exposición agrícola y de ganados.
En la sección de ganadería, hay ejemplares magníficos. Toros dignos de ser amados por Pasifae; caballos, por Semíramis.
Un toro negro, de dulce y paternal mirada, como un patriarca bíblico, nos promete dilatada sucesión y con ella pródigas provisiones de sabrosa leche y suculentos solomillos.
Vacas suizas nos hablan de praderas idílicas, ovejas y corderos de todas castas, al ser acariciados por manos de marquesas, evocan pastorales de Versalles.
Allí están nuestros famosos merinos, y la oveja castellana, y la andaluza, y las inglesas, de cabezota redonda (como los puritanos de Cromwell) y de lana apretada, que parecen talladas en piedra por escultores medioevales. Y razas cruzadas, muy dignas de consideración en estos tiempos. Y el caballo Orlof, digna cabalgadura de un héroe victorioso, para bracear sobre laureles y rosas. Y caballos andaluces de jacarandosa estampa, y tantos bellos animales, á los que nunca amaremos bastante.
Porque no hay animales fieros; si algunos lo parecen, es porque el hambre ó el hombre (no es juego de palabras) los hostiga. Pero ellos agradecen nuestros cuidados y nuestras caricias; ellos nos ofrecen sumisos su fuerza, y al someterse al hombre, parecen someterse á su natural destino. En su mirada, ó hay alegría ó dulce resignación; tristeza, sólo cuando su dueño los maltrata.
¡Como nos enseñan á vivir y á morir los buenos animales; algo hermanos nuestros porque son hijos también de la Tierra, madre de todos!
Si el príncipe Hamlet, prototipo de la duda aunque, como todos los escépticos, creyó en lo más dudoso, la eficacia de las representaciones teatrales para descubrir secretos,—aseguraba que hay algo en cielo y tierra á que no alcanza nuestra filosofía, ¿por qué no hemos de creer en ese algo? Si toda fe nos falta, tengamos fe en la fe.
Próximo el centenario de los Sitios de Zaragoza, aquel milagro de heroísmo sobrehumano, en que todos pudieron admirar á un pueblo más tullido que todos los tullidos, sin creencia y sin esperanzas en lo humano, levantarse y andar y estremecer con su empuje al mayor imperio moderno, ¿por qué hemos de sonreir y burlarnos escépticos de un humilde milagro?
Bien se que las burlas de los descreídos hubieran sido más irrespetuosas si de otra imagen se tratara. El Pilar es algo muy respetable, y mal aconsejado estaría el que á estas fechas quisiera milagrear á su costa, sin un hecho, todo lo maravilloso que se quiera, pero hecho al fin indudable, que después cada uno puede explicarse á su manera: desde el milagro divino hasta la sugestión hipnótica ó el histerismo, hay explicaciones para todos los gustos. Hay cosas que parecen sobrenaturales y son las más naturales del mundo.
Tengamos fe en la fe, no sonriamos demasiado pronto. ¿Quién sabe si aún no veremos mayores milagros?
Si algún día, un imperio absorbente ó un disolvente anarquismo, hubieran conseguido borrar las fronteras de todos los pueblos, el último patriota que sucumbiría sería un aragonés sobre la última piedra que marcaría una frontera: el Pilar de Zaragoza.